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CIENCIA ECONÓMICA Y LA MORALIDAD DEL CAPITALISMO.- por Israel M. Kirzner |
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En
este documento exploramos un viejo tema; la tesis de que la ciencia económica
(más precisamente, un entendimiento equívoco poco generalizado de la ciencia
económica) es responsable, por lo menos en parte, por lo trágicamente errónea
visión de que una exitosa sociedad de mercado libre debe ser una sociedad
inmoral.
Desde
su origen, la ciencia económica ha explicado los logros de los mercados libre
en tanto aumentan la riqueza de las naciones, promueven intercambios de
beneficio social y la división del trabajo, obtienen la eficiencia en la
asignación de los recursos, y promueven la coordinación entre los miembros de
la sociedad. De hecho, estas enseñanzas de la ciencia económica básica han
llevado al reconocimiento, tanto por amigos como por enemigos del capitalismo,
de la ciencia económica como la base intelectual para cualquier defensa del
capitalismo. Los enemigos del capitalismo han reconocido, durante más de un
siglo y medio, que la teoría económica básica es el enemigo que debe
destruirse para poder desacreditar al capitalismo en el mercado de las ideas.
Los amigos del capitalismo han reconocido la función positiva de la economía
sensata, ya que genera un entendimiento de una apreciación por los beneficios públicos
conferidos por la libertad económica. Sin
embargo, demasiadas veces la ciencia económica ha sido presentada de tal forma
que se estima que estos beneficios surgen estrictamente de un patrón de
comportamiento individual que es denunciado como inmoral por la mayoría de
observadores éticos. El problema es, por supuesto, antiguo y ampliamente
reconocido. Data de, por lo menos, los escritos de Mandeville, quien argumentó
"que lo que llamamos perverso en este mundo, … es el gran principio que
nos hace criaturas sociables, la base sólida, la vida y soporte de todos los
comercios y empleos…". Esto llevó a las primeras condenas de la economía
por moralistas como Ruskin (quien declaró que los economistas clásicos y
quienes podían leer su trabajo con aceptación, habían entrado en "un
estado del alma completamente condenado"). La economía parecía explicar
el éxito de la sociedad de mercado libre a través de su confianza en las
acciones recíprocas sin trabas, producto de decisiones tomadas por individuos
materialistas y egoístas. Según la percepción del público, la economía no
ha logrado librarse de su dependencia (por argumentar la eficiencia y afluencia
de la sociedad de mercado) del homo económicus, definido en tal forma que se le
pinta, según la caracterización de Frank Knigth, como "el egoísta y
despiadado objeto de la condenación moral". A
decir verdad, los economistas modernos de casi todas las escuelas han
reconocido, por lo menos desde la publicación en 1932 de La Naturaleza y el
significado de la Ciencia Económica, de Robbins, que la teoría económica no
requiere de agentes egoístas y materialistas, únicamente de agentes que son
racionales, es decir, consistentemente egocéntricos (las motivaciones
altruistas están incluidas dentro de los posibles "intereses" de los
individuos). Pese a la insistencia de Frank Knight de hace tres cuartos de
siglo, de que la "idea de una distinción entre deseos económicos y otros
deseos debe abandonarse", los economistas (incluyendo algunos de sus más
prominentes discípulos) frecuentemente miden el éxito económico como si la
noción de un objetivo "económico" específico para la sociedad
estuviera claramente definido - como maximización de la "riqueza" o
el "valor" agregado, medido en dinero.
Así
es que casi, tres siglos después de Mandeville, lea percepción pública en
relación a las enseñanzas de la economía sobre el capitalismo aún están
atascadas en una paradoja. La prosperidad capitalista deriva de la libertad que
el sistema ofrece a los avaros, los aprovechados y engañosos, para timar y
explotar. Aún si la opinión pública, durante la última década, se ha
inclinado hacia una postura más favorable en relación a los mercados libres,
esto no significa que haya aflorado una percepción más benigna en cuanto a la
moralidad del capitalismo. Mas bien lo que ha ocurrido es que se ha cristalizado
una actitud cínica, ampliamente compartida, a efecto de que la inmoralidad de
la libertad económica sin freno es vista como un precio que vale la pena pagar
para gozar de los lujos del capitalismo occidental. Una cosa es afirmar que los
individuos que actúan estrictamente en atención a sus propios objetivos son
llevados, como por una mano invisible, a coordinar sus decisiones con aquellas
que están siendo hechas por otros. Otra cosa muy distinta (y falaz) es insinuar
que esta mano invisible deriva su astucia estrictamente de los fracasos morales
de los participantes en el mercado. Debemos insistir que las propiedad
coordinadoras de los mercados libre serían igual y totalmente relevantes para
sociedades integradas por participantes de mercado santamente altruistas, tanto
como por participantes despiadadamente egoístas y materialistas. Quizás
valga la pena, para afianzar este discernimiento, delinear muy brevemente cómo
operaría un mercado libre en una sociedad imaginaria de individuos santos, en
la cual cada consumidor se preocupa principalmente por ayudar a los demás, y se
ocupa en lo que nosotros acostumbramos llamar consumo (tal como comer, comprar
ropa nueva, y similares) sólo para poder llevar a cabo sus filantrópicos
objetivos primarios. Algunas veces se piensa, aún entre economistas que
debieran comprenderlo mejor, que si todos están desinteresadamente buscando
ayudar al prójimo el sistema de precios debe colapsar. Aún si se entiende que
la maximización de la utilidad por los consumidores puede mantenerse de forma
tal que se aplique a una sociedad desinteresada como ésta (simplemente
reconociendo que el deseo de ayudar a otros debe ser incorporado a la teoría de
la utilidad), se persiste en pensar que el sistema de precios debe derrumbarse
porque está ausente la motivación de la ganancia. La
verdad es que las empresas de negocios que maximizan la ganancia, cobrando los más
latos precios y pagando los salarios más bajos posibles, emergerían en una
sociedad puramente santa en exactamente la misma forma en que emergen en nuestra
sociedad. Las ganancias obtenidas por medio de la actividad de negocios, en un
mundo santo, sería sin duda invertido en elevados, santos y filantrópicos propósito,
en lugar de ser utilizado en diversiones netamente egoístas y materialistas por
parte de los empresarios exitosos. Pero esto es todo. Al manejar su negocios, el
empresario que no tienen ningún interés salvo el de librar a la humanidad de
los estragos de temidas enfermedades, actuaría estrictamente según los
principios de maximización de ganancias. Por hipótesis, su más lata ( y su única
verdadera) meta es combatir enfermedades. El punto es, por supuesto, que la
maximización de las ganancias es únicamente una meta instrumental. Tanto el
santo como el pecador podrán buscar maximizar las ganancias; son distintos en
cuanto a los usos que dan subsecuentemente a las ganancias obtenidas. (Es
exactamente igual que un santo y un pecador manejando sobre la misma carretera
de la ciudad A a la ciudad B, utilizando el mismo mapa y siguiendo los mismos
principios para conducir; se diferencian sólo en las formas en que cada uno,
respectivamente, gozará de las bondades de la ciudad B). La motivación de
ganancia, y por lo tanto el sistema de precios, dependen para su funcionamiento,
no de la omnipresencia de metas egoístas y materialistas, sino de la
omnipotencia de la acción humana deliberada. En una sociedad basada en la
división del trabajo y la libertad de entrada al mercado, aquellos
comprometidos con obtener objetivos altruistas y santos tienen todo el incentivo
para practicar actividades de negocios para maximizar las ganancias monetarias.
Nuestro
propósito al enfatizar este sencillo punto es el de aclarar la naturaleza y el
rol del negocios empresarial en nuestra sociedad capitalista. Es, después de
todo, sobre el pleno objetivo de maximización de ganancias que los críticos
moralistas han derramado su más mordaz desprecio. Es el empresario que busca la
maximización de las ganancias el que es insensible, despiadado y egoísta, así
como astutamente explotativo y crónicamente deshonesto. Y a causa de que su
actividad ser percibe como central al funcionamiento del mercado libre, se ha
creído que la sociedad de mercado descansa sobre un comportamiento sistemáticamente
inmoral como la fuerza que lo impulsa. Pero la verdad es que las ganancias no
son objetivos últimos; sólo los objetivos de consumo lo son. Las ganancias son
metas instrumentales que deben expenderse para alcanzar los objetivos últimos
de consumo. La moralidad o inmoralidad de buscar ganancias dependen enteramente
de la moralidad o inmoralidad de perseguir estos objetivos de consumo. Por
otro lado, se sigue que el objetivo de maximización de las ganancias de una
actividad de negocios se atienen, como Phillip Wicksteed señaló hace ochenta y
cinco años, no al egoísmo sino a lo que el llamó "notuismo". Es
decir, el maximizar ganancias no implica que el hombre de negocios sea incapaz
de reconocer cualquier fin más alto que su propio gozo, sin que tiene algunos
propósito, (que en el momento tienen una prioridad mayor que el propósito de
mejorar el bienestar de las personas con quienes comercia), hacia los cuales
tiene intención de destinar el lucro que gane. Podemos enfatizar, quizás
modificando la postura de Wicksteed, que no es el caso que empresarios natos que
maximizan las ganancias no tengan en consideración el bienestar de sus
trabajadores y consumidores, simplemente que esta consideración obtiene una
prioridad menor en la escala de utilidad del empresario que otros objetivos por
los cuales se busca la ganancia. Debería observarse además que, aunque para
propósitos teóricos es conveniente enfocarse en el empresario que busca la
maximización de las ganancias exclusivamente, los economistas siempre han
estado conscientes de que los empresarios del mundo real, con libertad, pueden
modificar el objetivo puramente instrumental de la maximización de las
ganancias al introducir objetivos de "consumo" (tal como cuidar
directamente de los trabajadores y consumidores) dentro de sus actividades de
"negocios". Mientras que el sistema de precios ciertamente sí
descansa sobre el concepto puro de la maximización de las ganancias, las
propiedades socialmente benignas del sistema de precios en el mundo real no
dependen de la existencia, en ese mundo, de sólo aquellos agentes puros que
pueblan el sistema teórico. No existe ninguna dificultad en aplicar la teoría
de precios a un mundo, de sólo aquellos agentes puros que pueblan el sistema teórico.
No existe ninguna dificultad en aplicar la teoría de precios e aun mundo en el
cual los empresarios integran algunos de sus objetivos de consumo directamente a
sus actividades lucrativas, la coordinación social puede alcanzarse a través
del mercado libre también en un mundo en el cual los empresario si se preocupan
urgente y genuinamente por el bienestar de sus trabajadores y consumidores.
Casi
no es necesario extendernos sobre la verdad obvia de que el negar que el
capitalismo depende para su éxito sobre el comportamiento inmoral no equivale a
afirmar que el comportamiento no ético queda de alguna forma excluido de las
reglas del juego del capitalismo. El señalar que la economía de un mercado
libre de santos no debe ser esencialmente distinto de la economía del
capitalismo del mundo real, no equivale a ungir a los capitalistas de santos. La
verdad más importante, por lo menos en un sentido muy significativo, es que el
capitalismo es un sistema éticamente neutro, es decir, promueve eficientemente
el logro de metas de toda estirpe ética. Sin duda, las economías capitalistas
existentes en la historia moderna de la economía no siempre han sido pobladas
por empresarios de carácter abrumadoramente desinteresado, santo o ético en
otros sentidos. Y quizás hayan teorías sociológicas y psicológicas que
vinculan la moralidad del comportamiento de los seres humanos al sistema económico
(capitalista, socialista, u otro) en el cual participan. (Existe, por supuesto,
una literatura de considerables proporciones de teorías contradictorias, al
respecto), nuestra tesis es simplemente, que la economía de la prosperidad
capitalista - claramente al aspecto más notorio del sistema - es independiente
de los principios éticos particulares a los cuales se suscriben los
participantes en la sociedad capitalista. Si
hay un sentido en el cual puede ser importante relacionar el éxito del
capitalismo con una implicación de las reglas del juego capitalista en relación
a la conducta inmoral individual. Mientras que el capitalismo sí es consistente
con un comportamiento abiertamente egoísta o inmoral en otras formas, el marco
de derechos de propiedad del capitalismo es tal que elimina el daño social que
uno podría atribuir a dicho comportamiento repugnante. Un conjunto de derechos
de propiedad, reforzado y protegido consistentemente, debe significar que, por
deplorable que sea el comportamiento de una persona, ese comportamiento no tiene
el poder de dañar a otros en un sentido literal. Si los derechos de propiedad,
la avaricia egoísta de un agente en la economía podría robarle a otros el uso
potencial de los recursos sociales escasos, devorados por el avaro. Con los
derechos de propiedad firmemente en funcionamiento, la avaricia puede engendrar
la codicia, puede ser responsable de conductas no caritativas, pero en términos
del peligro de que ello reduzca el bienestar de los otros, debemos pronunciarla
como virtualmente inofensiva. Donde se respetan y se mantienen las reglas de
juego capitalistas, el comportamiento inmoral de A simplemente no puede violar
los derechos de propiedad de B. No sólo es cierto, como se enfatizó con
anterioridad, que el mercado no depende de la conducta inmoral como su fuerza de
impulso, sino de hecho, el sistema de mercado libre aísla a sus participantes
de cualquier daño directo que podría ser perpetuado por una conducta inmoral
como su fuerza de impulso, sino de hecho, el sistema de mercado libre aísla a
sus participantes de cualquier daño directo que podría ser perpetuado por una
conducta inmoral, como sea que se defina. Ahora
estamos en la posición adecuada para resumir nuestra reacción a la actitud cínica,
ampliamente difundida, de que la prosperidad capitalista emerge sólo porque el
mercado libre promueve el comportamiento egoísta repugnante y la persecución
de objetivos materialistas desdeñables. Podemos resumir nuestra reacción por
medio de las siguientes afirmaciones:
No
es cierto que los éxitos del mercado libre en la satisfacción de las
necesidades y la coordinación de planes deliberados, dependan de cualquier
conjunto de objetivos de consumo necesariamente inmoral (o aún materialistas)
que persiguen los participantes del mercado. No
es cierto que el éxito del mercado libre dependa del comportamiento inmoral de
empresarios de negocios. Mientras
que el sistema de mercado libre es seguramente (neutralmente) consistente con
todo tipo de comportamiento inmoral por parte de sus participantes, las reglas
de sistema protegen a cada participante de daños directos que se comenten en su
contra por medio del comportamiento inmoral de otros. A
pesar de nuestro aparente rechazo de la tesis central de Mandeville, de que los
beneficios públicos emergen de vicios privados, no deberíamos perder de vista
un aspecto fundamental de sistema de mercado. Este es que el arreglo social
maravillosamente productivo basado en la división del trabajo, la especialización,
el descubrimiento empresarial y la coordinación social por medio del sistema de
precios, trabaja debido a que afianza los poderes productivos de los
participantes individuales para lograr, mutuamente, los propósitos de consumo
de los demás participantes. Esto quiere decir que el nivel de vida del cual
goza una persona dentro de la economía de mercado también es promovido por la
participación en esa economía de individuos obrando inmoralmente, sin ética,
o repulsivamente (y que la participación de uno dentro del mismo sistema avanza
los propósitos de estos Inmorales y repugnantes otros). "Cuando trazamos
el seductivo dibujo de ‘armonía económica’ En el cual cada uno esta
‘ayudando’ a alguien más, haciéndose ‘útil’ a él, sin sentirlo
admitimos que con la idea de ‘ayuda’ se cuelen asociaciones éticas o
sentimentales, que son estrictamente contrabando. Se nos olvida que ‘ayuda’
puede imparcialmente extenderse a fines perniciosos y destructivos o a fines
constructivos y benéficos …".
Así es que los vicios privados si pueden, seguramente, generar beneficios públicos.
La neutralidad moral que hemos reclamado para la economía de mercado no
garantiza que los beneficios que deriven los participantes del mercado de su
participación, no hayan sido indirectamente generados por el comportamiento éticamente
deplorable de otros. La neutralidad moral sencillamente significa que la
conducta éticamente deplorable no es necesaria para que la economía de mercado
sea exitosa. Podemos ser serios en nuestra preocupación por la ética y la
moral; al mismo tiempo podemos apoyar y participar en la economía capitalista
sin comprometer nuestros compromisos éticos. Hacerlo no nos exonera de la
responsabilidad de condenar y repudiar un comportamiento deplorable, la
avaricia, la corrupción y el engaño que continuamente encontraremos en la
sociedad de mercado libre (así como en otras sociedades). Pero podremos
extender nuestro apoyo y justificar nuestra participación con la convicción
segura de que no estamos por ello, automáticamente, respaldando la avaricia, la
corrupción, la degeneración o el engaño. La avaricia, la corrupción la
degeneración y el engaño no son prerequisitos para una economía de mercado
funcional y próspera.
Los
economistas pueden contribuir a dirimir malos entendidos respecto al rol de
comportamiento inmoral en los mercados, distinguiendo cuidadosamente entre la
forma de la economía de mercado en teoría y la sustancia de la cual se
componente las economías de mercado en teoría y la sustancia de la cual se
componen las economías de mercado del mundo real. En el nivel formal, no debería
existir ningún espacio para malos entendidos. En este nivel, no existe la
necesidad de medir el éxito de una sociedad en los términos de riqueza
material agregada, o de ingreso en términos puramente monetarios, los cuales
despistan al lector. A este nivel, la realidad intrusa de un mundo compuesto por
los seres humanos imperfectos que somos, no debería despistarnos y llevarnos a
concluir que la fuerza impulsadora de la coordinación del mercado es alimentada
por nuestras imperfecciones morales.
Con
un claro entendimiento de que el secreto del éxito del capitalismo consiste en
la acción humana deliberada de sus partícipes (y en la capacidad de esta acción
deliberada para estimular una actitud alerta empresarial conducente al
descubrimiento y la coordinación mutua), podemos, si queremos hacerlo como
moralistas, intentar mejorar la realidad capitalista sin poner en peligro sus
bendiciones. Podemos ir en pos de cualquier curso de acción que la sabiduría
ética y didáctica pueda identificar para elevarnos a nosotros mismos y a los
seres que nos rodean - sin interferir con el delicado y maravilloso procesos
social ‘espontáneo’ a través del cual "los hombres que nunca se ha
visto o han sabido el uno del otro, y que escasamente perciben la existencia o
los deseos del otro, aún en la imaginación, de todas formas se apoyan en cada
oportunidad, y aumentan el ámbito de realización de los propósito el uno del
otro". VII.
El difunto John Davenport, miembro distinguido por muchos años de nuestra
Sociedad, solía levantarse en nuestras reuniones pasadas y, con su caballeroso
pero apasionado estilo, suplicar a los economistas entre nosotros que infundiéramos
preocupaciones éticas vitales a nuestro árido y positivo campo profesional. Mi
súplica esta mañana es algo distinta: que los economistas entre nosotros
presentemos nuestra ciencia al mundo en una manera que, precisamente por
enfatizar las abstracciones de la teoría pura, disuada de esa desastrosa y
errada percepción de las implicaciones éticas del proceso de libre mercado,
que tan frecuentemente tiende a proyecta el pensamiento empantanado sobre la
realidad compleja. Israel Kirzner
es Miembro del Consejo Asesor de ILE y Profesor de Economía en la New York
University. CORTESIA de la Fundación Libertad,
Democracia y Desarrollo (FULIDED), en colaboración con el Centro de Estudios
Económicos y Sociales (CEES) de Guatemala |