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UNA CONSTITUCION ATEA PARA EUROPA POR ROBERT SIRICO |
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El objetivo de la
Constitución de la Unión Europea de Giscard d'Estaing —proyecto aprobado,
pero pendiente de una segunda revisión este otoño en Italia— es reducir la
oposición popular a la Unión Europea y restablecer la confianza pública. El
objetivo tiene mérito dadas las inclusiones propuestas el próximo año de
Polonia y otros pequeños estados de la Europa Central y Oriental. Pero el resultado ha
sido precisamente el contrario. Los enemigos del proyecto han acusado a sus
creadores de hacer una revolución encubierta en contra del espíritu original
de Europa, otorgando un increíble poder central al estado que pisotea el
autogobierno y la tradición nacional. Las protestas están creciendo en contra
de éstos, y se espera que el proceso de ratificación se haga más largo. Lo más
llamativo, es que el documento ha sido condenado por dar soporte a las
contribuciones de la Europa Clásica y “humanismo”, mientras que no dice ni
una sola palabra sobre la Cristiandad. El Vaticano ha protestado, así como los
judíos, protestantes y grupos musulmanes. Pero las omisiones,
también se extienden a los no creyentes. “Soy un ateo, y todo el mundo lo
sabe”, dijo el presidente de Polonia Aleksander Kwasniewski; “pero no hay
excusa para hacer referencia a los antiguos griegos, a Roma y al Siglo de las
Luces, y no mencionar los valores cristianos que tan importantes han sido en el
desarrollo de Europa. El rasgo más significativo de cada ciudad y pueblo de
Europa es cada una de sus catedrales e iglesias”. Así el prefacio de la
constitución empieza con una falsa historia que levanta sospechas: “Con la
inspiración de las herencias culturales, religiosas y humanistas de Europa,
alimentadas primero por las civilizaciones de Grecia y Roma, caracterizadas por
un impulso espiritual siempre presente en su herencia, y posteriormente por los
filósofos del Siglo de las Luces, se ha establecido dentro de la sociedad la
percepción principal del ser humano y de sus derechos inviolables e
inalienables, así como el respeto de la ley”. El debate aquí no está
en si el texto menciona o no una fe religiosa en particular; no importa cuan
arraigada pueda estar. Tiene que ver con los valores en los que Europa ha sido
unida. ¿Esa unión viene a través de la dirección central de los órganos
legislativos de Bruselas? ¿O más bien, es la unidad que brota de los valores
comunes sustentados por la gente de varios países que han construido Europa? Los autores de la
constitución, evitando la principal fuente de unidad (es decir, la religión),
parecen abrazar la visión que la unidad no es orgánica, sino legislativa. ¿Puede
la tradición Cristiana —y no simplemente como un vago “impulso
espiritual”— tener algo que ver con las personas humanas y la idea de los
derechos humanos? Esta omisión es tan absurdamente llamativa que nos hace dudar
del proyecto. Dentro de las aisladas cámaras de los ministros y tecnócratas de
la UE, ¿es realmente un tabú mencionar la palabra “Cristiandad”, o se han
de inventar vagos eufemismos para evitar ofensas? ¿Si el comité no
puede hablar al mundo Cristiano, por no mencionar el menor papel de este
colectivo en la creación de la moderna Europa, realmente puede el comité estar
seguro de escribir una constitución que gobierna a 25 estados y 480 millones de
personas? Si uno se mira en
retrospectiva la historia de la unidad europea, encuentra que el mayor campeón
de la paz entre las naciones y sobre el respeto del derecho individual ha venido
de la mano de la Iglesia Católica, en la cual, hoy día aún triunfa la idea de
unidad. Este papel de la fe ha sido agresivamente rechazado dando una bofetada a
la auténtica historia y cultura de Europa —un insulto político que avanza
hacia lo “políticamente correcto” hasta llevarlo al máximo grado de sinrazón. La constitución evita
mencionar la Cristiandad recurriendo a palabras como solidaridad y
subsidiariedad, que realmente se han forjado de las enseñanzas sociales
Cristianas, mientras que de forma extraña la constitución cambia su sentido.
Solidaridad significa aquí, no los medios de la cooperación humana, sino del
colectivismo bajo un indefinido órgano legislativo. La subsidiariedad
significa, según los valores Cristianos, que el poder superior no ha de
intervenir cuando el poder menor puede encargarse de sus propios asuntos. Sin embargo, en el
proyecto de la constitución de la UE, la subsidiariedad se aplica sólo “en
los ámbitos que no sean de competencia exclusiva la Unión” —es decir,
asume la competencia del poder superior. El gobierno de la UE, bajo esta
lectura, asume “competencia exclusiva” en todas partes. Los creadores del
proyecto se comparan con los de los Padres Fundadores de los Estados Unidos,
pero su centro de atención es totalmente diferente. No sólo destacan los
poderes del estado, sino que también crean un proyecto que el filósofo británico
Michael Oakeshott ha calificado como estado “teleocrático”
—es decir, un gobierno creado, no para hacer cumplir la ley sino para decretar
propósitos de antemano. Los objetivos de la
nueva constitución confirman este intento: “La Unión obrará en pro del
desarrollo sostenible de Europa basado en un crecimiento económico equilibrado,
en una economía social de mercado altamente competitiva, tendente al pleno
empleo y al progreso social, y en un nivel elevado de protección y mejora de la
calidad del medio ambiente, y promoverá el progreso científico y técnico.
[…] Combatir la marginación social y la discriminación y fomentará la
justicia y la protección sociales, la igualdad entre mujeres y hombres, la
solidaridad entre las generaciones y la protección de los derechos del niño
[…] fomentando la cohesión económica, social, territorial y la
solidaridad”. No hay en la propuesta
de la constitución de la UE un espíritu de auténtico liberalismo o de
libertad, sino, que más bien, hay un espíritu de aumentar los mandatos
legislativos, dictámenes, regimenes, y la burocracia. Todos sabemos que en
Europa este proceso se ha mantenido a nivel doméstico, nacional. Pero el
proyecto de constitución muestra las peores tendencias del momento consagrando
tales valores por ley. El proyecto es un símbolo creciente de las elites de la
UE para convertir el estado central en el auténtico dios de Europa. Los euro–escépticos tienen razones más que suficientes para temer que su peor miedo, se les viene encima.
Traducido
por el economista español Jorge Valin (www.jorgevalin.com) NOTAS. [i]
Artículo del Reverendo Robert A. Sirico, presidente del Acton
Institute, publicado originalmente el 17 de julio de 2003 en “The
Providence Journal” con el título “A
godless constitution for Europe”. **
El Reverendo Robert A. Sirico es
presidente del Acton Institute (también
en castellano) y cuenta con una
carrera impresionante, siendo “Master of Divinity” por la Catholic
University of America; “Doctor
Honoris Causa en Ética Cristiana” por el Franciscan University of
Steubenville; “Doctor Honoris Causa
en Ciencias Sociales” por la Universidad
Francisco Marroquin; y actualmente es miembro de la Sociedad Mont Pèlerin, American
Academy of Religion y Philadelphia
Society, entre otras. |