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CÓMO EL CRISTIANISMO CREÓ EL CAPITALISMO POR HANS PETER MULLER RATZER* |
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Comúnmente se asume que el capitalismo empezó a florecer al tiempo con el Renacimiento durante el siglo dieciocho. El capitalismo, como el Renacimiento, producía una disminución de las religiones organizadas. De hecho, escribe Michael Novak, la Iglesia Católica de la Edad Media fue el principal sitio donde empezó a florecer el capitalismo. Max Weber ubicó el origen del capitalismo en las ciudades Protestantes, pero ahora, los historiadores encuentran el capitalismo mucho mas antes en las zonas rurales, en donde los monasterios, especialmente los Cistercienses empezaron a racionalizar la vida económica. Fue la iglesia, antes de cualquier otra agencia, escribe el historiador Randall Collins, la que producía, lo que Max Weber llama las precondiciones para el capitalismo: leyes claras y una burocracia que resuelve los disputas de forma racional; una fuerza laboral especializada y móvil; la institucionalización permanente que permite transferir las inversiones a las siguientes generaciones y un permanente esfuerzo intelectual y físico, junto con la acumulación de capital a largo plazo; y una afición por los descubrimientos, las empresas, la creación de riquezas y nuevos compromisos. La gente de la Edad Media (1100-1300) estaba fascinada por los maravillosos y grandes relojes mecánicos, los nuevos engranajes para los molinos de viento y molinos de agua, las mejoras de las sorras y carretillas, nuevos aparejos para las bestias de carga, los timones de los barcos que permiten navegar en el mar, los anteojos y lupas, la fundición y el trabajo de hierro, la forma de cortar piedra y los nuevos principios arquitectónicos. Fueron creadas tantas máquinas nuevas y puestas en operación durante 1300, que el historiador Jean Gimpel escribió en 1976 un libro llamado “La Revolución Industrial de la Edad Media”. Sin el creciente capitalismo, estos descubrimientos tecnológicos hubieran sido novedades desperdiciadas y raras veces hubieran llegado a las manos de seres humanos ordinarios, a través de un rápido y fácil intercambio. No hubieran sido estudiados y rápidamente copiados y mejorados por los ansiosos competidores. Todo eso fue posible por la libertad empresarial, los mercados y la competencia. En esa época, la Iglesia Católica poseía casi una tercera parte del campo en Europa. Para la administración de estas enormes posesiones, ella estableció un sistema de leyes canónicas que abarcaron todo el continente, juntando muchas jurisdicciones de imperios, naciones, baronías, obispados, ordenes religiosas, ciudades, confraternidades, mercaderes, empresarios, comerciantes y otros. También proveía burocracias locales y regionales con juristas, negociadores y jueces.
Los Cistercienses se hicieron famosos como empresarios. Su excelente y racional contabilidad de costos permitió reinvertir todas las utilidades en nuevas proyectos y mover el capital de un lugar a otro, reduciendo las pérdidas innecesarias, persiguiendo nuevas oportunidades cuando era viable. Ellos dominaron la producción del hierro en Francia y la producción de lana para la exportación en Inglaterra. Eran de buen humor y enérgicos. Collins comenta que “Tuvieron la ética Protestante sin el Protestantismo”. Como los Cistercienses eran pocos, necesitaban dispositivos para ahorrar trabajo. Estas necesidades fueron una gran motivación para el desarrollo tecnológico. Sus monasterios eran “las unidades económicamente mas efectivas que existieron en Europa, posiblemente en el mundo, en este tiempo” escribe Gimpels. Fue entonces la iglesia medieval la que creó las condiciones que describe el economista F. A. Hayek como el “orden espontáneo”, necesario, para que un mercado pueda surgir. Eso no puede ocurrir en tiempos caóticos sin leyes. Para que el capitalismo funcione, necesita de reglas que permitan una actividad económica predecible. Bajo estas reglas, por ejemplo, si Francia necesita lana, la prosperidad llega al criador de ovejas en Inglaterra quien primero incrementa sus rebaños, sistematiza la esquilada y mejora el transporte. El Papa Juan Pablo II subraya en su Encíclica Centesimus Annus, que la mayor causa de las riquezas de las naciones proviene del conocimiento, la ciencia, el know how y los descubrimientos llamados “capital humano”. Ser letrados y estudiosos eran los principales motores de los monasterios medievales: el capital humano, la moral y el intelecto, fueron sus principales ventajas. Hace mil años, había solo unos doscientos millones de personas en el mundo, la mayoría de ellos vivían en una pobreza desesperante, bajo gobiernos tiránicos, expuestos a epidemias descontroladas y desórdenes civiles. El desarrollo económico ha hecho posible el sustento de mas de seis billones de personas a un nivel considerablemente mas alto que hace mil años y con una esperanza de vida tres veces mayor. El historiador económico David Landes que se describe a sí mismo como no creyente, manifiesta que los factores principales para el logro económico de la civilización occidental son en su mayoría de origen religioso: El encanto por los descubrimientos viene de la idea de que somos hechos a la imagen de Dios y somos también creadores; El valor religioso del trabajo duro y de la calidad; La separación teológica del Creador de su criatura, en consecuencia, la naturaleza es subordinada al ser humano y no intocable como en otras creencias; El sentido Judío y Cristiano de un tiempo lineal y no cíclico, es decir de un progreso continuo; y finalmente el respeto por la economía de mercado. Entrando al nuevo milenio, debemos esperar que la iglesia, después de unas generaciones que habían perdido sus fuerzas, vuelva a descubrir su antigua confianza en el orden económico. Pocas cosas pueden ayudar mas a salir a los pobres del mundo de su pobreza. La iglesia podría liderar una visión religiosa y moral, digna de un mundo globalizado en el cual todos vivan bajo una ley reconocida universalmente y los dones individuales sean desarrollados para el bien de todos. El capitalismo tiene que ser penetrado de este humilde don de amor y caridad, descrito por Dante como “el amor que mueve el sol y las estrellas”. Este es el amor que mantiene familias, asociaciones y naciones juntas. La actual tendencia de muchos, de basar el espíritu del capitalismo en puro materialismo, es ciertamente un camino hacia un declive económico. La honestidad, la confianza, el trabajo en equipo y el respeto por las leyes, son dones del espíritu. Ellos no pueden ser comprados. |
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OFICINA DE ILE |
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INSTITUTO DE LIBRE EMPRESA (ILE) Free Enterprise Institute Lima,
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