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14 ERRORES DE LA DIRIGENCIA OPOSITORA VENEZOLANA.- POR ALBERTO MANSUETI |
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“La
ciencia de la oposición es más difícil que la ciencia del gobierno” (A.M.) En
Venezuela, la tesis del fraude le viene muy cómoda a la dirigencia opositora.
Le evita el penoso deber de tener que revisarse y cuestionarse. Muy
supeditados a los medios de comunicación y a sus creaturas -principalmente los
periodistas, el ejército de sesudos analistas, la “sociedad civil” y las
ONG-, hallamos lo que queda de los viejos partidos. Y sus recientes
desprendimientos. En su conjunto, todos estos factores constituyen la oposición
al chavismo. Y buena parte de la clase media profesional -empobrecida por el
estatismo- es su principal fuente de sustentación social y cantera de
liderazgo. A
la dirigencia opositora -con el debido respeto y consideración- cabe señalarle
ciertos errores, a saber: 1.
No entender el chavismo, expresión local del neocomunismo. ¿Qué cosa
es el neocomunismo? Es la expresión más moderna del estatismo. Es el viejo
comunismo, actualizado con la nueva ola ecofemindigenista, posmoderna y
antiglobalizadora (corriente que paradójicamente también ella viene
globalizada). No es comunismo marxista sino gramsciano. La actual oposición
venezolana parece ignorar este complejo fenómeno de la izquierda políticamente
“correcta” y New Age, que trasciende con mucho las fronteras del país, de
Latinoamérica, e incluso del Tercer Mundo. La oposición enrostra a Chávez,
entre otras cosas, el ser muy provincial y aldeano, muy de Sabaneta, su pequeño
pueblo natal. ¡Pues eso mismo parecen los opositores, comparando a Chávez con
Pérez Jiménez! ¿Es esa su única referencia? ¿Los años ’50? Parecen no
haber leído a la pareja Michael Hardt-Toni Negri, no saber quién es Bové, ni
pasearse por los Websites de la nueva izquierda mundial, apoyada y financiada
por las Agencias de la ONU. 2.
No entender a Chávez. Aunque típico y folklórico, y muy pintoresco,
Chávez no es un simple caudillo local; es uno de los epígonos neocomunistas más
emblemáticos del mundo de hoy, junto con Lula de Brasil, Mugabe de Zimbabwe,
la Bonafini de Argentina, y la Menchú de Centroamérica; por cierto, todos muy
parecidos a Chávez en su forma de pensar, hablar y actuar. Son los guevaristas
exitosos, los setentosos que han triunfado, los Bill Clinton y Al Gore de por
aquí. Los jefes opositores venezolanos no los reconocen. Es que los opositores
no parecen actualizados -¿es casual que su media etaria casi duplica a la de
la cúpula chavista?-, y no saben qué cosa enfrentan ni cómo combatirla. 3.
Olvidar que el adoctrinamiento de las izquierdas produjo sus frutos. En
Venezuela, y desde hace décadas, las izquierdas están infiltradas en los
medios masivos, y en todos los niveles de la educación venezolana. Desde allí
han hecho un paciente, y muy crucial e influyente trabajo de “formación”
ideológica, desacreditando al mercado, los EEUU, la empresa privada, la economía
y el capital, descalificando la “democracia formal” (representativa), y
endiosando al Estado, la “justicia social” y la “redistribución de la
riqueza” … Buena parte de la opinión pública confiesa hoy ese credo
socialista y antiimperialista patriotero -insuflado por cantores populares como
Alí Primera, caricaturistas como Zapata y los de la revista el “El Camaleón”-,
y Chávez es quien lo encarna y personifica de manera más completa y
coherente. El adoctrinamiento se ha potenciado y actualizado recientemente.
Mucho material catequético neocomunista se ha propagado, conservando en parte
el viejo discurso populachero, obrerista y antipatronal de las izquierdas de
antes, pero en conjunción con los nuevos temas, mucho más resaltados:
terrorismo ecológico, “género”, “exclusión-inclusión”, racismo,
oposición cerril al progreso y vindicación del atraso, relativismo, “nueva
espiritualidad” y todos los demás clichés de la colección. Chávez ha
comprendido a la perfección este discurso, lo ha adoptado y hecho suyo, y lo
practica todos los días. Y encuentra aceptación y resonancia en muchos
ambientes. (Incluye la versión para los empresarios criollos mercantilistas,
proteccionistas y contratistas, con su “responsabilidad social
empresarial”.) Y la oposición no tiene respuesta: plagada de grupos y
personajes de izquierda -algunos muy “aggiornados” también ellos, otros
menos-, no acierta a una clara definición ideológica de signo opuesto. 4.
Pretender combatir a Chávez siendo como Chávez. El neocomunismo
aparece como algo fresco e inédito, sin pasado cuestionable; y ha calado muy
hondo en vastos sectores de la población … y también en buena parte de los
cuadros opositores. Irónicamente, éstos pretenden combatir a Chávez hablando
¡un eco de su mismo lenguaje! Esto es trágico, salvo poquísimas excepciones
los “caudillos” de oposición parecen querer emular a Chávez, ser más
populistas que él, transformarse en clones suyos. Sin embargo, ¿quién quiere
copias, teniendo el original? 5.
Exigir la unidad con cualquiera y a toda costa; aún al precio de tener
que permanecer en un vacío ideológico que le deja el terreno totalmente libre
al chavismo en ese campo. Libres de ataduras y compromisos frustrantes y
castradores, los chavistas tocan absolutamente todos los temas divinos y
humanos, mientras la oposición sólo habla monotemática y obsesivamente de Chávez,
o se mantiene en el terreno superficial de las platitudes y los deseos píos.
De esta manera la fórmula ideológica chavista no tiene rival, es el único
discurso político completo -con su componente doctrinario entero- que puede
escucharse en Venezuela, porque los medios de comunicación cercenan y censuran
cualquier manifestación ideológica opositora con la excusa de que “rompe la
unidad” y “distrae los esfuerzos”. 6.
Criticar a Chávez pero no al socialismo. Y si hay crítica al
socialismo es sólo por el aspecto dictatorial, no por el totalitarismo. Es más,
¡la oposición propone sólo medidas “redistributivas”, “sociales”,
etc.! Sin embargo Venezuela ya tiene una fuerza socialista en el poder, y esos
programas populistas llamados “Misiones”, y un Presidente socialista. ¿Para
qué quiere más? 7.
No hablar casi de política con mayúsculas. Es decir, hablar hasta la
saturación del tamaño de las marchas y de las máquinas electorales, y demás
detalles y minucias por el estilo; pero apenas una que otra palabra sobre
privatizaciones (o estatizaciones), regulaciones (o desregulaciones), leyes
malas (o buenas), inflación (o deflación), deuda externa, funciones del
Estado, gasto fiscal, impuestos, crimen, droga, familia, regiones, municipios,
obras públicas, etc. Muchos ciudadanos tomamos esto como un insulto a nuestra
inteligencia y madurez. En realidad, las jefaturas oposicionistas parecen
desconocer que los problemas que a ellos más les afectan (Chávez y el
chavismo) no necesariamente son los mismos ni más graves que los problemas que
nos afectan a los venezolanos de a pie (principalmente económicos y de
inseguridad.) Y seguramente desconocen que esos problemas son consecuencia del
sistema (estatista) de Gobierno y no del gobernante de turno. 8.
Mostrar las heridas en lugar de convocar a la creación de riqueza y
bienestar. Así como el chavismo se parece al castrismo, la oposición
antichavista se parece al anticastrismo, en sus inefectivas estrategias. ¿Qué
han ganado los anticastristas con ese permanente lamento quejoso, mostrando
continuamente las heridas? ¿Qué hubieran podido ganar convocando a la
prosperidad mediante una economía de mercado? Así la discusión política se
degrada y perierte, y el debate sobre los problemas de fondo y sus verdaderas
soluciones brilla por su ausencia. 9.
Practicar un activismo agotador y estéril, en lugar de trabajo político.
O sea: interminables marchas y concentraciones -muchas veces prepotentes,
agresivas y arrogantes-, en lugar de formar y organizar a la gente según
preferencias ideológicas estatistas de izquierda, o de derecha, o liberales;
es decir, concepto del mundo y de la vida, de la sociedad y del Estado, del
Gobierno y la economía, etc. 10.
Desacreditar (o consentir en el descrédito) a los partidos, ensalzando
a los medios de comunicación y sus creaturas, los periodistas y las ONG. Se
olvida que Chávez es precisamente producto y consecuencia del descrédito de
los partidos. Y con esta desacreditación, los partidos MVR -la agrupación
partidista de Chávez- y los demás de su coalición se enfrentan a unos homólogos
rivales (los partidos opositores) muy minados y menoscabados. Como a la
descalificación de los partidos se acompaña la de la actividad política en
general -ensalzando la enteléquica “sociedad civil”-, los emeverristas son
los únicos que pueden desarrollar actividades políticas y partidistas sin
verse aquejados de la “mala conciencia” que indefectiblemente afecta a sus
opositores cuando lo hacen. 11.
Alegar a los gritos que se tiene mayoría, y olvidarse si se tiene o no razón.
En este rasgo y en muchos otros la oposición incurre en los mismos defectos y
vicios que critica al oficialismo. Se parecen demasiado. Por ejemplo, y a propósito
de parecidos y semejanzas; si uno se toma el trabajo de comparar el “Plan
Consenso País” (de la oposición) con el “Plan de Desarrollo Económico-Social
de la Nación 2001-2007” (del Gobierno) va a encontrar no pocas -mas no
sorprendentes- similitudes de fondo, en concepto y lenguaje, más allá de
ciertas diferencias menores en forma y estilo. 12.
Creer que el país se divide en dos sectores, cuando en realidad las franjas
son tres: chavistas, antichavistas, y un “tercer sector” que simple y
llanamente vive de su trabajo y para su familia, y no se identifica con unos ni
con otros -reluctante siquiera a votar, es abstencionista por principio-, y que
los militantes de oposición se empecinan en fingir que no existe. (Los
chavistas terminaron por admitir que existe, lo tomaron en consideración y
cuenta, y a él se dirigieron; tal vez ese reconocimiento sea uno de los
secretos de su triunfo.) 13.
Olvidarse de medir los rechazos. Cuando los jefes opositores encargan
encuestas, no miden los rechazos, en muchos de ellos más numerosos que las
aceptaciones. ¿Por qué rechazos? Por el golpe de estado del 11-Abril 2002,
por el salvaje paro petrolero que le siguió, por las “guarimbas” (corte de
calles con quema de cauchos) y tantas otras acciones de fuerza, propias de
quienes no tienen razones ni argumentos para declarar, convencer y atraer.
Estas acciones violentas no le simpatizaron a la gente, incluyendo el tercio de
población que no se reconoce en el chavismo pero tampoco en el antichavismo
militante y virulento. En una elección con múltiples opciones o candidatos,
los rechazos tienen importancia menor; pero un referendum es una opción dicotómica,
en la cual un rechazo muy fuerte puede pesar más que una preferencia. En
tiempos del bipartidismo AD-Copei nos acostumbramos los venezolanos a votar
“en contra” de una opción más que a favor de la otra, si hay sólo dos
viables para escoger. 14.
Por último: repetir con obcecación que el 11-Abril no hubo golpe de estado
sino vacío de poder; y ahora, que el 15-Agosto de 2004 no hubo fracaso y
derrota de la dirigencia opositora sino fraude y contubernio del oficialismo.
En esta obcecación que no reconoce las verdades incómodas, también la
oposición se parece al chavismo. Casi podría uno enunciar y seguir una regla
infalible para distinguir la verdad de la mentira: “verdad es lo que cada
bando dice del contrario; mas no lo que afirma de sí mismo ...” En fin, la
elite opositora no quiere admitir humildemente las realidades aún cuando no
gusten, ni reconocer honestamente los errores. ¡Ese es su mayor error! |