ETNOCACERISMO: LIBERALISMO, HERENCIA JUDEOCRISTIANA  (PARTE II) POR ALBERTO MANSUETI


Muchas gracias a todos por la calurosa acogida a mi anterior artículo, tan motivadora que aquí estoy de nuevo; pero con permiso y perdón de Uds., y aprovechando de su gentileza, esta vez me despacho con cierta munición pesada que me había dejado en el tintero (quiero decir, el keyboard), para este y un tercero que le sigue. ¡Avisados! Ahí va.

 

Los políticos inescrupulosos y manipuladores pretenden dar ribetes religiosos a los movimientos que dirigen, porque nada hay más movilizador que una religión, la cual reclama del creyente adhesión total; y por ese camino llevan el estatismo a su fase totalitaria. Lamentablemente muchos lo consiguen: hacen de sus credos y políticas una religión, y sus gregarios seguidores les secundan con religiosos fervor. Así pasó con el comunismo ruso y el nazismo. Y el fenómeno se repite. Uno observa líderes endiosados, marchas que parecen procesiones, adláteres que lucen como sacerdotes y diáconos, asambleas políticas que son verdaderas celebraciones litúrgicas.

 

 

¿Qué tiene una religión?

 

Pero por su lado, cada religión contiene una teología, con su visión y explicación del cosmos y del mundo, y su antropología o visión del hombre -su origen y destino- resumidas en una profesión de fe; y una ética -privada y pública-; y una al menos una denominación, persuasión o Iglesia, con su clero y su liturgia.

 

Y cada visión del hombre, contiene una visión de la sociedad. Las hay con una antropología jerárquica o de castas, como es típicamente la del hinduismo, aunque también las de primitivas religiones americanas prehispánicas. Y otras con antropología horizontal, igualitaria -en el buen sentido del concepto: igualdad de los humanos en dignidad y derechos, no en resultados, ni siquiera en oportunidades-; y libertaria. Típicamente es la teología bíblica. Las primeras promueven colectivismo, guerras, estatismo, imperios, desigualdades y esclavismo, y desprecio por el trabajo en todas sus formas, sobre todo por el comercio. La segunda en cambio realza el valor de la persona humana individual -con su dimensión social, mas sin sujetarse por ello al colectivo-, y sus libertades, la dignidad del trabajo de todos, y el comercio libre y pacífico dentro y a través de las fronteras.

 

Antes de seguir, digamos que en todas las religiones conviene distinguir sus formulaciones originales de las interpretaciones y prácticas posteriores, muy deformadas a veces, al punto de volverlas irreconocibles. Pero eso vale no sólo para las religiones, sino también para los credos filosóficos y políticos no religiosos.

 

 

El credo político judeocristiano

 

De cada visión de la sociedad, en cada religión se desprende un correspondiente conjunto de creencias políticas. En particular, el del cristianismo se compone de las doctrinas bíblicas de trabajo y mercado libres, Gobierno limitado, e instituciones privadas separadas del Estado; las cuales, desarrolladas en los “siglos cristianos” -IX a XIII aproximadamente- fueron muchísimo tiempo después apodadas “capitalismo”, “Estado-gendarme” y “liberalismo”. En su versión original, las tres se enuncian respectiva y resumidamente así:

 

A. Trabajo y mercado libres. El hombre y la mujer tienen el deber de colaborar con Dios en el trabajo de la creación -Génesis 1 y 2-, para lo que deben proveer y ser productivos, no meramente multiplicarse. A este fin tienen el derecho a trabajar libremente -en agricultura, comercio, industria, etc.-, a contratar la labor de otros, a ser propietario de los medios de producción y de los frutos producidos, a intercambiarlos libremente, a ahorrar y acumular capital. Y a educar a sus hijos; los padres, privadamente, no el Gobierno. Un derecho otorgado por Dios es inalienable; no se basa en autoridad humana.

 

B. Gobierno limitado. Tiene por función reprimir el bandidaje, nada más -Libros de Reyes, Epístolas de San Pablo-; por tanto no debe interferir en el trabajo y actividades económicas de la gente.

 

C. Instituciones privadas separadas del Estado. Tampoco deben las autoridades políticas interferir en familias, escuelas, iglesias y otras instituciones no económicas, que deben ser independientes. Y a tal fin han de permanecer en las esferas de la vida privada -lo que no es del César- y autosostenidas de manera voluntaria, como se interpreta de la Biblia.

 

Es la catequesis tradicional (hace tiempo un tanto olvidada) del cristianismo universal, en sus denominaciones e Iglesias más autorizadas y representativas.

 

 

La visión del poder

 

Conforme a la Biblia el Gobierno proviene de Dios; por lo tanto, tiene límites, ya que el Altísimo no delega poder alguno de modo ilimitado. Si el derecho de los reyes es divino, esto implica precisamente que su autoridad conoce límites; ¡no lo contrario!

 

De hecho la tesis del derecho divino de los monarcas sólo pudo justificar su poder absoluto y otros abusos y crímenes atroces como la Inquisición, mediante la burda falsificación -no es del Medioevo sino del Renacimiento y posterior- de una teología cuya antropología respectiva no es jerárquica, todo lo contrario. No hay castas: el actual género humano entero proviene de una sola familia, la de Noé (Génesis 10); lo cual, de paso, cierra toda posibilidad al racismo. Y la doctrina bíblica del pecado natural implica una prevención muy clara contra cualquier abuso de poder; no es casual que el despotismo floreciera por lo general en países donde la gente no podía leer la Biblia, ni que surgiera a su lado, como estrecho y firme aliado, el oscurantismo anticientífico. Que es antibíblico: al describir la creación, la Biblia enseña que Dios puso al mundo regularidad y orden; por tanto sus leyes naturales pueden y deben ser investigadas libremente, ya que siendo dictadas por Dios, conocerlas es parte del trabajo humano. Y el mandato al trabajo comprende además todo lo que contribuye a edificar y progresar la civilización, pero bajo las leyes de Dios, no de los hombres.

 

 

Max Weber ... y sus consecuencias

 

El sociólogo alemán Max Weber, muy agudamente investigó en los años ’20 que el mayor florecimiento histórico del capitalismo liberal -y de las ciencias- coincidió, y no casualmente, con la observancia práctica y estricta de este sencillo credo político, hecho para el bienestar del hombre y la mujer comunes; no para una raza o clase superior. Practicado por algunos pueblos: judíos en todo el mundo, musulmanes españoles, y cristianos calvinistas en el norte de Europa. (Y no por la cuestión de la predestinación, en lo cual Weber se equivocó; pero nadie es perfecto ...) Weber también investigó la sociedad de castas de la India, donde no hay trazas de capitalismo liberal -ni de ciencias o progreso civilizatorio-; y no le fue difícil encontrar la explicación. De sus estudios y sus resultado dejó concienzuda constancia en varias obras; y Weber no era creyente, y era socialista (aunque democrático).

 

Del origen bíblico y cristiano de lo que después se vino a llamar capitalismo liberal no hay duda; pero entonces podemos suponer el verdadero aunque oculto motivo por el cual los más acérrimos enemigos del liberalismo -como el etnocacerismo que ahora nos ocupa- se le oponen tan fieramente, al punto de detenerlo y hacerlo retroceder: ¡es precisamente por su éxito! En el fondo sospechan su verdadero y antiguo origen. Y lo que rechazan es el judeocristianismo (¿es casual que anticapitalismo y antijudaísmo vayan siempre de la mano?); y el capitalismo y sus “records” no son sino algo que odian mucho de la civilización cristiana: un vestigio inoportuno, un testigo incómodo. En Deuteronomio 4:5-8 Dios dice que la sabiduría de su Ley se vería en la práctica. Y que al aplicarse, serviría como testimonio de la realidad de Dios, al pueblo que la practicase, y a las naciones que observasen los óptimos resultados. ¡Y vaya si ha sido así!

 

Por eso, cuanta estadística u otra evidencia se les presente a los antiliberales que compruebe la eficacia del sistema libremercadista, es para ellos recordatorio molesto de uno de los buenos frutos terrenales de la religión. Por ese motivo les resulta tolerable (y auspiciable) cualquier versión “descremada” o esterilizada del judaísmo o el cristianismo, desprovista de su credo político original, potencialmente exitoso; o sea: subversivo. Y quienes aceptan el capitalismo liberal, es sólo en la línea que procede de su versión iluminista dieciochesca, secularizada (descristianizada), desgajada de su tronco. Por consiguiente, inoperante. Sin historia y sin raíces. La nada antes de Adán (Smith). Pero así su justificación moral como sistema de Gobierno se hace dudosa y cuestionable, ya lo veremos.

 

 

¿Qué le pasó al cristianismo?

 

A lo largo de los siglos XVIII, XIX y XX, la religión cristiana se fue mutilando, perdiendo su credo político; quedó incompleta sin un claro, consistente, específico y escritural (bíblico) sistema normativo de moral pública, o código de conducta referente a los Gobiernos.

 

Es cierto que toda Iglesia ha de ser una institución privada y separada del Estado; mas ello no implica que la religión no tiene opinión acerca de la organización de la vida pública, ni del modo como han de conducirse los negocios, las empresas y la actividad económica. Sin embargo, y a pesar de ello, para la mayoría de sus practicantes la religión cristiana ha quedado reducida a una mínima expresión, a algo muy “intimista”: sólo a lo que uno cree sobre la vida futura y el otro mundo, pero no sobre éste.

 

Y su moral, limitada a la conducta privadísima, en el templo sobre todo, aunque también -en menor grado- en la casa, y casi en el dormitorio (por no decir en la cama). El cristianismo no es algo que influya o tenga que ver en el comportamiento del cristiano en la plaza pública o el cuarto de votación, ni siquiera en su oficina o trabajo. Es algo que uno ha de tener muy guardado dentro de sí, y de la familia, sobre todo si quiere actuar en política. Porque se supone que religión no tiene nada que ver con política; y tal vez se oponen. Lo cual es totalmente falso: ¡nada hay más relacionado y cercano a la política que la religión! Para mal o para bien de la una y la otra, y de la gente. Para mal, si se las confunde y se pierde noción de la diferencia y límites. Para bien, si se las distingue con propiedad y clarifican sus reales conexiones.

 

Esta forma de pensar “intimista” o de closet es además una flagrante contradicción para una religión cuyo Fundador invitó a sus practicantes a la responsabilidad de ser nada menos que “luz para el mundo”, según el Evangelio de San Mateo (5:14), muy probablemente aludiendo al principio del testimonio sobre lo eficaz de la Ley de Dios establecido en Deuteronomio (4:5-8). ¡Tremenda responsabilidad!, la cual se acrecienta en nuestro descristianizado siglo XXI. Por otro lado, las personas y sus mentes requieren consistencia. Si los cristianos abandonamos nuestra visión propia acerca de este mundo, no tardaremos en adoptar como nuestra la que sin embargo es propia de un mundo no cristiano -y tendremos así la mente dividida entre Dios y el César, por un tiempo al menos-; y que ahora, para colmo, es claramente anticristiano. Es neopagano, como puede advertirse a simple vista por el estatismo reinante por doquier, cada vez más acentuado y asfixiante, y por el espacio y tiempo dedicado los horóscopos, cartas del tarot y otras supersticiones en los medios de comunicación. Y por la libertad sexual que se promueve, no por casualidad inversamente al resto de las libertades: orwellianamente, mientras más se somete a la gente, ¡más libre debe sentirse!; y para ello, ¿qué mejor que el sexo? (¿Me explico?)

 

 

¿Y qué le pasó al liberalismo?

 

El etnocacerismo es como el zapatismo mexicano, los tupamaros de Venezuela y otras corrientes de Neoizquierda más o menos aborigenistas que campean en América latina: furiosa y visceralmente antiliberales. Cabe entonces decir que el divorcio entre el cristianismo y la doctrina libremercadista o del Gobierno limitado les perjudicó severamente a ambos:

-- Al cristianismo le privó de su capítulo político y económico, importante elemento de toda religión completa, la cual también tiene su mensaje para esta vida y este mundo.

-- Y al capitalismo liberal le privó de la que fue la fuente principal sino única de su justificación moral y legitimación, al menos hasta el siglo victoriano (el XIX).

 

El divorcio tuvo dos gravísimas consecuencias:

-- a la inmensa mayoría de cristianos de todas las denominaciones -y judíos, de paso-, les lanzó (con el clero al frente) en brazos del socialismo, que como sabemos, es una herejía cristiana;

-- y el liberalismo, ideológicamente indefenso en el terreno moral, tuvo que salir a buscar justificaciones en otra parte, fuera de la religión cristiana.

 

 

“Justificación moral se busca. Hay recompensa”

 

-- ¿Dónde? ¿En la Filosofía? Imposible, pues la única filosofía capacitada para la tarea -el realismo aristotélico- ha sido y es la más despreciada por las Universidades, prácticamente ignorada. Y muy injustamente; entre otros motivos, por su afinidad con la religión bíblica.

 

-- ¿En las Humanidades, Economía y demás “ciencias sociales”? Imposible, porque las tendencias hegemónicas son productos de las filosofías anti realistas: nominalismo, empiricismo, idealismo, utilitarismo, positivismo, materialismo, pragmatismo, conductismo, etc. Por ello tienden a congeniar naturalmente con las políticas antiliberales a la moda en cada momento, y a sostenerlas intelectualmente, cualesquiera sean, comunistas o nazis p. ej. Porque confieren al colectivo y al Estado la capacidad de ganar conocimientos válidos y objetivos sobre el mundo real, y la voluntad de tomar decisiones libres en él, facultades ambas que no obstante niegan al individuo ordinario común y corriente. En particular el utilitarismo, sin norma objetiva para decidir a favor de la utilidad individual de Fulano o de Mengano, tiende al socialismo, a “la mayor utilidad del mayor número” según la críptica fórmula de Jeremy Bentham. De allí la doctrina semisocialista de John Stuart Mill y la economía “clásica” inglesa. Que sabemos en qué terminó: en Karl Marx y el comunismo. ¿Y la “neoclásica”? En John M. Keynes y el welfarismo. Tales son los frutos del utilitarismo. “Por sus frutos los conoceréis” (Evangelio de San Mateo otra vez, 7:16)

 

Para colmo, aún las corrientes de base realista, digamos Economía austriana y Escuela del Derecho Natural, no proporcionan justificativos tanto morales -los que la gente requiere- como científicos. Que resultan complicadísimos para la gran audiencia. No sirven para legitimar políticas públicas, al menos en una democracia. Por eso los liberales utilitaristas -casi todos lo son- se pasan la vida sudando a mares para explicar Economía según Mises a la platea (y a los palcos, y a veces también a las graderías) ... y no pasa nada. Aplastantes mayorías salen corriendo a desgañitarse vivando a los Castro, a los Chávez y a los Humala.

 

Políticamente, sólo el liberalismo puede enfrentar eficazmente al etnocacerismo; pero para ello debe reencontrarse con su justificación moral. Tarea pendiente. Seguimos en el próximo, si Dios lo permite (y si Uds. son tan amables).


Fuente: http://albertomansueti.tripod.com  

E-mail:alberman02@hotmail.com

Pagina de Inicio