LA FILOSOFIA LIBERAL.- POR BENJAMIN ROUGGE 

Intentaré responder a la pregunta que, para mi desilusión, muy pocas personas se han molestado en hacerme. La pregunta es la siguiente: ¿Exactamente cuál es la filosofía social de Ben Rogge? O como lo han planteado algunos, ¿qué clase de loco soy?

Yo supongo que uno debe esperar causar sospechas y confusión cuando se pide, al mismo tiempo y a la vez, que se elimine el sistema de seguridad social, que las leyes que han hecho del fumar marihuana un crimen sean abolidas conjuntamente con las leyes que prohíben el empleo de menores y que se venda Parque Nacional de Yellowstone (***) a la gente de Disneylandia. Esta es sin duda una mezcla de ideas, pero es la mezcla que a mí me gusta. Para mí, estos elementos aparentemente diversos representan simplemente diferentes aplicaciones de un mismo principio básico fundamental. Este principio indica que a cada hombre o mujer debe permitírsele bailar su propio tango, sólo o en parejas, o en grupos tan grandes como Iglesia de los Mormones o General Motors, en tanto lo hagan en paz.

Para el pensador liberal, en cierto sentido, son los medios de la acción humana los que cuentan y no los fines. El liberal responde a cada uno de los ideólogos: "Usted tal vez tiene la razón, y puede seguir tratando de convencerme a mí y a otros, pero debe hacerlo sólo por medio de la persuasión. Usted no puede imponer sobre mí sus ideas por la fuerza, ni sobre ningún otro. Esto implica que no puede apedrear al hereje, flagelar a la prostituta, rapar al hippie, torturar a los judíos, asesinar policías o coactar al empresario. Esto significa también, y es lo más importante, que no puede utilizar a la fuerza pública para que ésta lo haga por usted.

¿En qué se diferencia un liberal de los demás?

Comparémoslo primero con los conservadores, con quienes erróneamente se les confunde. Es cierto que juntos se expresan en contra del sindicalismo, de los salarios mínimos y del impuesto sobre la renta. Pero cuando el liberal canta contra las leyes de protección a la industria o por la eliminación de los impuestos aduaneros, suele cantar sólo.

Lo que yo deseo es que no se confunda a la sociedad con el Estado, y que la sociedad no sea absorbida por el Estado. La sociedad, con su intrincada red de restricciones a la conducta individual basada en la tradición, costumbres, religión, moralidad y sus muy poderosas sanciones, ha hecho posible la vida civilizada y le ha dado sentido. Yo no propongo una anarquía, todo lo contrario. Creo en la continuidad, en el importante papel que desempeñan las tradiciones y costumbres, en las normas de conducta personal y en la gran importancia de la élite de cada sociedad, por imperfecta que ésta pueda ser.

Pero, contrariamente a lo que piensan los políticos conservadores, yo no deseo ver convertidas estos influjos a la conducta individual en normas establecidas por el Estado. Al repasar la historia, podemos darnos cuenta que, siempre que el proceso social de las costumbres se convirtió en ley, la civilización cesó de avanzar. Primeramente, porque la sanción pagada por el innovador, que ya de por sí es severa sin la ley, se hizo tan severa al punto de incluir la pena de muerte, que detuvo todo sano proceso de cambio y cuestionamiento, que ha sido lo que ha movido a las civilizaciones a niveles más altos de desarrollo.

Otra razón importante ha sido la corrupción de la élite causada por el poder investido en ella por la ley para imponer sus puntos de vista. Esta deja así de jugar un papel de beneficio social y cesa toda justificación de su existencia. La historia está llena de ejemplos de hombres destacados que fueron corrompidos y destruidos por el influjo de poseer el poder de coerción.

¿Qué ocurre si comparamos al liberal con los progresistas? Lo que ocurre es muy sencillo: el progresista empieza en donde el liberal se detiene, y se detiene en el punto en el que el liberal empieza. Del mismo modo en que el liberal está a favor de los malos hábitos en tanto estos sean pacíficos, el progresista lo apoya. Pero, a diferencia del liberal, el progresista sí está de acuerdo en la utilización de los poderes coercitivos del Estado en lo que concierne a los cambios sociales que propugna. Si se le pregunta al progresista si debiera existir una Agencia de Censura de Espectáculos Públicos, dice que no. Si se le pregunta si debiera una Agencia para el Control de Drogas y Productos Alimenticios, dice que . ¿Debiera intervenir la ley en caso que dos adultos cometan de mutuo acuerdo actos inmorales en privado. Nunca, dice el progresista. Pero, si se le pregunta ¿debiera intervenir el Estado en caso que dos adultos lleguen a un acuerdo libremente de prestar y recibir servicios por US$ 2,25 al día el uno al otro, aun cuando el salario mínimo establecido por ley sea US$ 2.80, y aún cuando represente para el trabajador el quedarse sin trabajo? , responde el progresista. Los ejemplos podrían continuar interminablemente.

El liberal tiene como postura su oposición a la intervención del Estado en cualquier acción humana pacífica de individuos o grupos, así sea esta la actividad política, un acto sexual o el proceso económico de mercado.

¿Qué tiene que ver el liberal con los izquierdistas? Existen aparentemente algunas similitudes, sobre todo en el deseo de no ser gobernados por el statu quo, o por la élite. Pero aquí se termina el romance. Para el liberal, la propiedad privada es la extensión de la propia personalidad humana, y un elemento esencial en la estructura de toda sociedad de hombres libres. Para los izquierdistas, la propiedad privada es una intervención arbitraria del statu quo para reprimir el espíritu libre de los hombres y reprimir la expresión de la miseria y sufrimiento humanos.

Para el liberal, la política de confrontación de la izquierda no es pacífica, ni aceptable como un objetivo social. La intención de imponer sobre una minoría constituye chantaje. "Cedan a nuestras demandas y abandonaremos su oficina", "láncenos de su propiedad y será usted el culpable de alterar la paz y el orden", "llame a la autoridad para proteger lo que es suyo y se convertirá en un oligarca reaccionario". Para el liberal, esta situación no sólo no tiene ningún sentido, le es hasta peligrosa. El objetivo que nos hemos fijado de lograr para la humanidad un sistema en que prevalezca la razón sobre la fuerza, no podemos justificarlo si para lograrlo usamos la fuerza sobre la razón.

He allí la diferencia entre el liberal y los ideólogos de la izquierda. Para aquél, el fin último es la selección correcta de los medios para alcanzarlo, y no el fin por sí. Además, valga mencionar que los objetivos de la izquierda son difíciles de identificar, particularmente en lo que se refiere al tipo de arreglo social que desean establecer. Sobre todo cuando lo que propugnan es un ave fénix que habrá de resurgir de entre las cenizas de lo que hoy tenemos.

Así pues, el liberal responde a los conservadores, a los progresistas y a los izquierdistas del mismo modo que Huckleberry Finn: "Gracias, pero ya he estado allí". El liberal insiste en que lo que hace distinta a la sociedad civilizada no son los objetivos que sus miembros persiguen, sino los medios que utilizan para alcanzarlos. Insiste en que debemos mantener la incertidumbre y el escepticismo ante las opiniones, ideas y revelaciones del más capaz de los hombres. Al fin y al cabo, éste no es sino un mortal e imperfecto humano más. Y, ya que nos tan difícil el reconocer de entre nosotros a los menos imperfectos, debido a nuestras propias imperfecciones, cae por su propio peso que cada uno de nosotros, los imperfectos, sigamos a nuestra propia estrella por nuestro propio e imperfecto camino.

El liberal, a quien los ideólogos han acusado de ser utópico, resulta ser, de entre todos, el que concibe el mundo dentro de la situación más realista: un mundo imperfecto. Defiende la idea de que si, en este mundo de imperfectos, a cada cual se le dejara tomar sus imperfectas decisiones, y actuar conforme a ellas, en tanto lo haga en paz, y gozar los frutos de sus éxitos y sufrir la agonía de sus fracasos, la humanidad podría, por lo menos, lograr la dignidad y vivir la comedia o la tragedia que es la vida y que es, al fin y al cabo, lo que hace al hombre un hombre y no una cosa. Y así, al este del edén, ¿qué otra cosa podríamos esperar?

Referencias

(*) Elaborado originariamente por el autor para ser leído ante los estudiantes de Wabash College (Crawfordsville, Indiana, EE.UU.) y posteriormente publicado en su libro Can Capitalism Survive? (Indianapolis, Liberty Press, 1979,pp. 55-63), en donde constituye el Capítulo 2 de la II Parte (The Philosophy of Freedom). "The Libertarian Philosophy" (su título original) ha sido traducido y adaptado por Iván Alonso, y anteriormente apareció en Ama-gi Número 6, Junio, Lima, 1990, pp. 6-7.

(**) Columinsta invitado de ILE y Distinguido profesor de Economía Política de Wabash College (ver nota anterior) e investigador de Foundation for Economic Education en Nueva York. Es graduado de Hastings College (A.B.), de University of Nebraska (M.A.) y de Northwestern University (Ph.D.). Así mismo, es un destacado miembro de American Economic Association y de Mont Pélerin Society. Al igual que Hayek, se considera a sí propio un Old Whig.

(***) Una versión norteamericana de Parque Nacional de Manu (Perú).

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