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¿UN LIBERALISMO “SOCIAL”? Y el problema con los demócratas POR ALBERTO MANSUETI * |
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Muchos
sedicentes liberales se hacen un “liberalismo” a su gusto y medida
cada cual.Raimondo Cubeddu,
Atlas del Liberalismo, 1997 “Social-liberalismo”
se titula un ensayo que Ludwig von Mises publicó en 1926, denunciando ya
por aquel entonces la mezcolanza incoherente de principios liberales y
antiliberales. Y en 1927 publicó su “Liberalismo”, en el que describe
el liberalismo genuino -ampliamente desconocido entonces y hoy-, y
denuncia el falso. “Buena parte de lo que pasa por liberalismo hoy en día”,
escribió, “ya de liberalismo no tiene nada”. Y
eso era en Europa; así que ¿cómo nos deja eso a los países
subdesarrollados? Y era en 1927. Así que nada nuevo hay bajo el sol en
esta materia. Desde viejos tiempos cada generación de estatistas reedita
las mismas leyendas y mitologías del estatismo, con ligeras
modificaciones. Y el discurso liberal genuino está vedado. Así se
propaga el estatismo dentro de cada generación, y a las siguientes. En
su profético tango “Cambalache”, Enrique Santos Discépolo -ese sí
era un poeta y filósofo popular- dio en el clavo: la mezcolanza es grave
mal, el desorden. Y suele provenir del desconocimiento de los niveles jerárquicos
del ser, es decir, del orden propio de la realidad, que es un orden como
de distintos estratos superpuestos. Unas realidades son más reales que
otras. Discépolo no empleó esas palabras, mas sí el concepto. “No hay
aplazaos ... ni escalafón: lo mismo un burro que un gran profesor.” Y
la degradación general: “en el mismo lodo, todos manoseaos.” Profunda
sabiduría. Y poder de síntesis. Destruccionismo.
En el último capítulo de “Socialismo” (1922) Mises nos reveló el
verdadero nombre del socialismo: “destruccionismo”, porque sólo puede
destruir valor y riqueza, pero no crearlos. Sólo puede vivir de una
riqueza que sólo el capitalismo puede crear. La suya es una existencia
prestada. El
mal no existe por sí mismo.
Mises no lo sabía, pero es un caso de un principio más general: el mal
carece metafísicamente de entidad propia; y existe nada más pegado al
bien. No hay bancos porque hay atracadores de bancos; pero sí hay
atracadores de bancos porque hay bancos, y sin ellos, los atracadores no
son nada. Por eso capitalismo es producir; y socialismo es consumir lo que
otros producen. Sin capitalistas, ahorristas, empresarios, gerentes y
trabajadores haciendo riqueza, los socialistas no son nada. Pueden imitar
empresas y empresarios, pueden apropiarse de la riqueza que otros crean,
consumir buena parte y “redistribuir” alguna otra, y pueden impedir su
producción; pero no pueden hacerla. Debilidad
y fortaleza. El capitalismo es
tan eficiente, que incluso muy debilitado y casi borrado por el gigantesco
aparato estatista que lo parasita, es aún tan fuerte y productivo, que es
capaz de hacer riqueza suficiente para sostener a ambos: parásitos y
productores. Por eso la economía de EEUU es todavía más eficiente
relativamente, y por eso la migración latinoamericana a través del
“Muro de hojalata”, y las remesas de dinero; y por eso las economías
latinoamericanas son tan ineficientes absolutamente. El
orden del mercado es un orden natural.
Es ontológicamente superior al orden puramente gubernamental que el
estatismo pretende imponer, porque es de un nivel más profundo, de una más
elevada jerarquía entitativa. Por eso las leyes positivas, ontológicamente
inferiores a las naturales, pueden contrariar a éstas -como de hecho lo
hacen las estatistas-, pero no impunemente. Pobreza, malestar, degradación
y confusión, son parte del precio que pagamos por el estatismo, un
desorden que procede de la violación de las leyes naturales, y que
produce solamente desorden. El
libre mercado, un sistema mal defendido.
Mises escribió más de una docena de libros excelentes -no superados
hasta la fecha- mostrando con meridiana claridad expositiva las razones
económicas, jurídicas y políticas la superioridad del libre mercado
sobre el estatismo, y las falacias de este último. Muy bien, pero no es
suficiente. La superioridad es ante todo metafísica y moral; pero Mises
no podía verlo, limitado por las angostas fronteras del utilitarismo que
sin embargo defiende en “Teoría e Historia” (1957), abjurando de toda
metafísica y toda ley natural. La defensa del liberalismo quedó sin
blindar, en espera de una filosofía realista apta para mostrar todos los
niveles de la realidad. Filosofía
realista. P. ej. la filosofía
bíblica y aristotélica de Tomás de Aquino (s. XIII) Desafortunadamente,
algunos seguidores posteriores carecían de su genio, y redujeron el
pensamiento del maestro a un “sistema” de secas y áridas
disquisiciones en una jerga un tanto abstrusa. En “El campesino del
Garona” (1966), Jacques Maritain -el filósofo tomista católico francés-
señala como principal responsable al Cardenal Tomás de Vío el Cayetano
o Gaditano, allá en el s. XVI. Tal vez; de todos modos el perjuicio se
hizo y la Filosofía realista permaneció por siglos casi inaccesible y
sin servir, pese a su potencial. Utilitarismo,
una mala filosofía. Si se
justifica el libre mercado en razones puramente de utilidad y no ontológicas
-mostrando que es un orden natural y moral- se le hace flaco servicio,
pues se abre la puerta a interminables argumentos utilitaristas y
supuestamente “técnicos” en pro del intervencionismo gubernamental.
Algunos hasta disfrazados de liberales. “Social-liberalismo”.
Cualquier persona, grupo o institución se declara liberal, pero sostiene
posiciones antiliberales en diverso grado, en base a justificaciones más
o menos utilitarias. Toman por “liberalismo” una relativista
tolerancia benevolente hacia todas las ideas, que termina en un vago
eclecticismo. Pero afirmar que todas las opiniones son igualmente
verdaderas equivale a sostener que ninguna lo es. Confusión.
Y la confusión que se genera es el mayor escollo que el liberalismo
confronta en su tarea de esclarecimiento, más grave que el descrédito
causado por las falsas acusaciones de sus adversarios. Tolerancia.
La tolerancia hacia todas las personas, cualesquiera sean sus ideas, no
implica tolerancia hacia todas y cualesquiera ideas, porque las hay
sumamente destructivas, ante las cuales no se puede ser tolerante, aún
cuando se deba serlo con quienes las sostienen. Ejemplo: el estatismo,
concreción de toda filosofía política socialista o colectivista. La
gran mentira. “Vivimos en una
sociedad (o en un mundo) capitalista”. Alguna vez fue cierto, cuando el
liberalismo económico tendió a predominar en Occidente -en tiempos de
Marx-; pero ahora del capitalismo ya no queda ni el recuerdo, ni pistas
claras sobre las referencias, sobre todo en América latina. Sin embargo,
la mentira sirve a los estatistas para: a) culpar al capitalismo de todos
los males, supuestos o verdaderos; b) sembrar la confusión mental; c)
exigir medidas estatistas cada vez más radicales. La
segunda gran mentira. “No que
la intervención estatal sea necesariamente mala, es que hasta ahora no ha
sido eficiente ni honesta, pero puede serlo.” (Así dicen los
autocandidateados a interventores eficientes y honestos.) ¿Pero y por qué?
Si por generaciones las intervenciones salen mal siempre, ¿no se ve que
lo malo no está en los sucesivos cocineros sino en la receta misma? Esclavismo.
El estatismo nos fuerza a trabajar largas jornadas extraordinarias, sea de
manera independiente o no, por lo general combinando varias actividades.
Se nos hace trabajar para otros, para sostener total o parcialmente el
consumo -en muchos casos muy dispendioso- de los cientos de miles o
millones de improductivos o poco productivos, amparados tras la sombra
protectora del Estado. Límites
a la riqueza; no al poder. Las
inmensas nóminas burocráticas consumen la riqueza que otros crean,
aunque sus sueldos y salarios se contabilizan en el PBI como
“riqueza”, por eso crecen las cifras mostradas por los gobernantes, añadiendo
el insulto al perjuicio. En su mayor parte se justifican asumiendo que
“moderan” el afán de ganancias, o sea que ponen límites y topes a la
riqueza que otros crean. ¿Y el afán de poder -o de notoriedad- no
requiere moderación? ¿Cómo es que deben ser limitadas las utilidades y
no el poder? Innmoralidad.
El socialismo declara que la riqueza es inmoral, aludiendo a las ganancias
del mercado. Pero como no vivimos una economía de mercado, es casi
imposible hoy forjar una fortuna sin el abrigo y protección del Estado; y
eso sí hace inmoral a la riqueza, y complica el panorama. Cómo
se nos esclaviza. De maneras
muy poco visibles. Mediante los altísimos impuestos escondidos en los
precios, indirectos o no, de todas formas todos trasladables. Y las
ineficiencias también se trasladan. La inflación de dinero incrementa la
carestía. Resultado: varios empleos en cada hogar y a veces en la misma
persona; y sólo para sobrevivir. (Y después nos hablan de
“consumismo” ... ¿no es irónico?) Eso sólo descalifica al
estatismo. El libre mercado es el único sistema justificado moralmente:
“Quien no trabaja, que no coma”, escribió a los cristianos
tesalonicenses el Apóstol Pablo (2 Tes 3:10), un trabajador y fabricante
de tiendas por cuenta propia -empresario- que seguramente contrataba a
otros trabajadores empleados para ayudarle. No vivía a costa de nadie, y
tomaba eso a mucha honra. Los
esclavos no tenemos tiempo. No
queda así más espacio en la agenda personal, en la mente, en el corazón.
No queda tiempo para Dios, la familia o uno mismo. No nos dejan tiempo a
los esclavos para investigar, documentarnos y esclarecernos, a fin de
averiguar por nuestros medios la verdad de nuestra condición, y la salida
posible. Revelaciones ambas que obviamente no podemos esperar de nuestros
amos estatistas, parásitos que viven de nuestro trabajo y producción. ¡El
estatismo sí es esclavista, expropiador y “alienante”! Nos impide
acceder a lo que parece el secreto mejor guardado ...: ¿Qué
es liberalismo? Gobierno
limitado, mercados libres, instituciones privadas separadas del Estado. Es
la doctrina que confina al Estado a sus funciones propias: represivas del
fraude y la violencia -defensivas y policiales-; judiciales; y a lo más,
de obras públicas contratadas para mejorar la infraestructura de
comunicaciones de los mercados, recolectando los impuestos estrictamente
necesarios a estos fines. Estas funciones son las más descuidadas y
olvidadas por el Estado al pretender ocuparse de todo los demás negocios
y asuntos -producción y comercio, finanzas, educación, medicina, arte y
cultura-, impidiendo así a los particulares atenderlos oportuna y
eficazmente por sus medios propios, los de mercado. Hay
escuelas y orientaciones liberales.
En la economía hay la escuela austríaca, y otras como las del
“Supply-side”, Chicago, y Virginia (“Public Choice”), aunque
afines; y eso mencionando sólo las tendencias de más bulto. Y si vamos a
la política y la filosofía, al liberalismo utilitarista se oponen el
objetivismo randiano y las corrientes cristianas, por lo menos. Y
una doctrina liberal inequívoca:
Gobierno limitado, mercados libres, instituciones privadas separadas del
Estado. Es el perímetro dentro del cual caben las escuelas y tendencias
... pero dentro. Perímetro significa límites: hay un adentro y hay un
afuera. Y los social liberalistas quedan fuera. Intervencionismo
“moderado”. Los esclavos
carecemos de tiempo para leer libros como “Crítica del
intervencionismo” de Mises (1929), o “La Economía en una sola lección”
(1946) de Hazlitt, y aprender qué es liberalismo. Y enterarnos de los por
qués de nuestros padecimientos: las intervenciones estatistas, aún
“moderadas”, que a la vista de la pobreza reinante, y del pobre
desempeño de la economía, sus crisis casi crónicas y recesiones poco
menos que permanentes, son consideradas pocas e insuficientes por sus
propulsores; y al faltar conocimiento de doctrina liberal, nos encajan
dosis más y más abundantes, algunas de las cuales se etiquetan de
“neoliberales”. Progresión.
Es mentira la moderación. En todo sector privado por naturaleza
-negocios, bancos, enseñanza, transportes, comunicaciones, medicina o
previsión- sólo caben dos situaciones: hay o no intervención estatista.
No puede haber “un poquito”. Y si la hay, aunque sea un poquito,
fracasa, y como la gente sólo conoce las “medicinas” estatistas
reclama dosis más fuertes, y así seguimos de mal en peor. El
neoliberalismo existe. Aunque
los neoliberales lo niegan, porque se esconden, tras sus resonantes
fracasos en los ’90, los cuales nos trajeron el actual tsunami
socialista. Neoliberalismo es el social-liberalismo de la segunda mitad
del siglo XX, y tampoco tiene nada de liberal: más gasto público, más
impuestos, más deuda, más reglamentos ... y el cambio de monopolios
estatales por monopolios privados. Es la continuación del estatismo por
otros medios. La educación p. ej. sigue estatizada. El
omnipotente Ministerio de Educación.
Cada año se exigen más credenciales educativos para acceder a puestos de
trabajo. Y cada año los titulados egresan con más estatismo en la
cabeza, pero menos instrucción. Los institutos docentes se hallan todos
bajo control del Estado -sean nominalmente privados o estatales-; y así
la causa del retroceso se deja ver: el Ministerio que decide quién enseña
qué, cómo y cuándo, por cuáles textos autorizados y según cuáles
programas, y hasta la vestimenta que pueden o no usar educandos y
educadores. Eso es desde hace mucho tiempo. Y cuando los abusos dirigistas
se llevan a extremos -partidización- gremios y padres se quejan. Pero, ¿por
qué ahora descubren manipulación ideológico-política en la enseñanza,
si siempre la hubo? ¿No
es un poco tarde? En todas las
áreas las quejas sobre abusos estatistas surgen cuando el mal está muy
avanzado, la confusión es muy pero muy grande, y no puede verse el
remedio porque a sus proponentes -los liberales- prácticamente nos han
barrido del mapa. Los
medios “informativos”. No
informan. Nos saturan con detalles anecdóticos y asuntos menudos y
secundarios. Las cuestiones de fondo permanecen ignotas. “Denuncian” síntomas
y consecuencias del estatismo: desempleo, carestía, miseria, corrupción,
desborde criminal, vulnerabilidad a las fuerzas naturales, etc.; pero sin
mención de causa excepto: ¡la insuficiente intervención estatista!
También nos cuentan cuáles leyes estatistas el Parlamento (¿?)
reemplaza por otras más estatistas. Y cuáles partidos estatistas pierden
las elecciones (o las encuestas) a manos de otros más estatistas. Y nos
narran con pormenores los avatares parlamentarios, y los de los comicios y
pleitos comiciales, de las empresas encuestadoras, y de los juzgados y las
1001 incidencias de los procesos judiciales en que se involucran o son
involucrados los dirigentes ... de cuyas ideas nada se sabe explícitamente. Opiniones.
Además, los medios socialistas nos adoctrinan. Y los otros también,
porque ahora la publicidad y las telenovelas difunden “valores”
colectivistas, y los artistas y otros famosos, y locutores, periodistas,
“analistas” (¿?), clérigos, y hasta figuras del deporte y el
modelaje, cuyas opiniones acerca de todo lo divino y humano son
consultadas ... Opiniones todas iguales y siempre las mismas: estatistas.
Y sin olvidar el ciudadano de la calle, cada vez más solicitado. “¡Expresa
tu opinión!”, se le invita. Pero no se le dice que antes de hacerse
opinión y expresarla se informe, y bien (como no sea del contenido de las
leyes estatistas), porque se da el mismo valor a las opiniones más
informadas que las menos informadas o las mal informadas. Objetividad.
La objetividad se ha perdido en el periodismo, sólo que ahora todos los
medios lo reconocen sin vergüenzas -“sin-vergüenzas”-, y así se
eximen de esfuerzo por mejorar. Desde luego, no puede esperarse otra cosa
si la objetividad se ha perdido por completo en el ambiente en general, y
campean el subjetivismo más ramplón y “la dictadura del
relativismo”, tan valientemente denunciada por el Cardenal Joseph
Ratzinger horas antes de ser elegido Papa. “Expertos”.
Proliferan como mala hierba los “especialistas” del estatismo, que
ganan mucha plata y prestigio y poder con sus soluciones “técnicas”
en base utilitarista. Llenos de diplomas, generan sin embargo mucha
confusión, y mucha discusión inconducente alrededor de dilemas falsos.
(Por cada verdad, el error se multiplica, y los varios errores diferentes
pueden ser contradictorios.) Opciones
“técnicas”. Porque es
cierto que hay infinidad de opciones técnicas para cada una de las
intervenciones estatales; algunas son malas, y otras, peores. Es como si
Ud. se decide a cometer un homicidio: tiene muchas opciones técnicas.
Puede usar veneno, puñal, pistola, tirarle una bomba a su victima,
arrojarla de un edificio, ahorcarla, ahogarla, aplastarla con un automovil
(mejor si es un camión) ... Pero de todos modos es homicidio. Lo mismo
con las intervenciones estatistas: de todos modos son destructivas. Derechos
Humanos. Ese es el formato del
estatismo ahora. Se supone que el Estado garantiza a cada quien su
“educación y salud”, empleo, vivienda, comida, automóvil barato,
etc., lista de prestaciones que se expande con cada “nueva generación
de derechos humanos”. Los instrumentos propios del mercado son
satanizados como “egoístas”, y así los medios políticos-burocráticos
son exaltados y quedan como únicos disponibles. (Y una de las causas del
agravamiento y la perpetuación de la pobreza es la relativa inhabilidad
de la mayoría de los más pobres y menos instruidos para conducirse en
estos “mercados” político-burocráticos.) “Reclama
tus derechos”; “participa”.
Se supone que cada “derecho” es un título que autoriza a reclamar la
prestación “al organismo correspondiente” del Estado, el cual debe
contar con “la participación de todos”. Esto es de la esencia de la
política correcta, es el “discurso único”, núcleo del lavado de
cerebro estatista de hoy. Que le da a la actividad y a la discusión políticas
-que se pretenden extender a todas las personas universalmente- una
uniformidad narcotizante. La “participación” es la recluta, inserción
y encuadramiento en las organizaciones estatistas -no necesariamente bajo
forma de entes gubernamentales, también pueden mimetizarse como ONGs o
como empresas-, a fin de recibir la doctrina estatista del momento
(reeditada por cada generación de estatistas con ligeras modificaciones.) ¿Baja
autoestima? Los estatistas
insisten en un supuesto deficit en la autoestima, que alegan inhibe a la
gente de reclamar y participar; puro chivo expiatorio para excusar los
reiterados fracasos del sistema. Los buenos psicólogos (si quedan) que
trabajan con “tests” y otros indicadores, saben que no faltan en masa
a los humanos el amor propio y la consiguiente estimación a uno mismo, ni
requieren ser “elevados” masivamente por los Gobiernos. No hablamos de
los casos clínicos, poco frecuentes. Por eso el cristianismo predica
humildad, lo contrario a sobreestimarse, que es lo natural en el humano. Demagogia.
No obstante, ya se sabe: si te quieres ganar simpatías, halaga; si
quieres sacarle algo a alguien sin que preste atención, adula. El halago
adormece y predispone a favor del adulador. Por eso el estatismo halaga y
adula al pueblo; en la antigua Grecia se llamó “demagogia”, y a los
demagogos se les castigaba con el destierro. El estatismo es una religión
politeísta que comienza por endiosar al pueblo, atribuyendole caracteres
casi divinos: lo declara infalible, profundamente sagaz e infinitamente
bondadoso, moralmente sano y noble, elogiable en todo y con “derecho”
a todo; sigue por endiosar al Estado; y termina endiosando al Líder
Supremo. Dependencia
del Estado. Pero si la
dependencia del Estado es sistemática y prolongada, puede causar baja en
la autoestima, progresiva infantilización y oscurecimiento de la
inteligencia. La doctrina estatista es un mar de contradicciones, sobre
todo entre el papel -que aguanta todo- y los hechos; y la gente debe
convivir con esas contradicciones, y eso puede enloquecer a cualquiera. Relajamiento
de los “standards”. El
estatismo embrutece; y nos rebaja en lo moral: confundida en sus
conceptos, y bajo la apremiante circunstancia, la gente también confunde
lo que está bien y lo que no, y se comporta de cualquier modo. Tal y como
afirma la filosofía realista -base y fundamento del liberalismo genuino,
histórico- voluntad e inteligencia andan muy relacionadas, progresando o
retrocediendo juntas. Combinaciones.
En 1913, Lenin escribió que Marx había combinado la Economía llamada clásica
inglesa con la Filosofía alemana y el socialismo francés. Tenía razón,
sólo que los tres componentes son de poco valor, con excepción de parte
del primero. Y si Ud. mezcla tres burradas no le va a salir una cosa
inteligente, ¿no cree? Para colmo esa mezcla no cementa bien porque
incluye algunos elementos potencialmente discordantes. Economía,
Política y Filosofía. Análogamente,
el liberalismo combina la Economía austríaca -heredera de los fisiócratas
y economistas políticos franceses del s. XIX, y del marginalismo-, la
Escuela el Derecho natural, y la Filosofía realista (en distintas
versiones según las convicciones religiosas). Y los elementos de esta
mezcla son conciliables, a diferencia del marxismo. La Filosofía realista
es el mejor cemento. Gramscismo.
Hoy en día los socialistas académicos reemplazan el marxismo por el
gramscismo. El italiano Antonio Gramsci (en los ’20 y los ’30) usó la
misma mezcla de Marx, excepto el único componente en parte rescatable,
Economía política inglesa, que cambió por ... las enseñanzas de su
paisano Maquiavelo. Que sirven para justificar la inmoralidad política en
nombre de la “razón de Estado” (¿?). La guinda de la torta. Sin
embargo, el de Gramsci es un marxismo “no leninista” destinado a la
clase media. La cual ahora lo consume, combinado con la religión “científica”
de la Nueva Era -según detalla mi amigo el filósofo brasileño Olavo de
Carvalho- propalada por tantos libros de “autoayuda” (que mucho
autoayudan a sus autores, editores, distribuidores y vendedores). ¿Por
qué el social-liberalismo? Básicamente
porque el socialismo avanza. Quienes antes no eran socialistas ahora son
semi-socialistas; y quienes ya lo eran, ahora son socialistas completos. Y
quienes ya eran socialistas completos, ahora son más radicales y
extremosos. Y en estos tiempos democráticos muy poca gente tiene entereza
suficiente como para ser minoría. Los
demócratas. Se puede ser demócrata
y liberal, siempre y cuando la democracia sea limitada: los derechos a la
vida, libertad y propiedad no están sometidos a votación. Pero en
general y salvo honrosas excepciones, a los demócratas no les interesa
mucho el liberalismo sino el Gobierno. Y no les interesa tanto la verdad,
como estar en mayoría. Ni que sus oponentes estén en un error, sino que
estén en minoría. Esto no resuelve el problema, lo agrava. En primer
lugar porque puede no ser verdad, y una mentira nunca ayuda; estorba y
perjudica, a la corta o a la larga. Y en segundo lugar, porque así se
escamotea la discusión del fondo del asunto, y se lleva por donde no es:
los números. No
es cuestión de números. Mises
enseñó que la economía no es cuestión de cifras sino de conceptos; y
eso con mayor razón aún aplica a la política. Para la verdad o falsedad
de una afirmación no es relevante el número de sus sostenedores. Una
mayoría no hace una verdad. Por otra parte, la mayoría es circunstancial
y cambiante ... excepto cuando tiene el cerebro muy lavado y no ve luz. El
socialismo es mayoría. En
“El Criterio” (1845), el filósofo español Jaime Balmes distingue
entre persuadir y convencer. Se convence con la verdad; en cambio, con la
sofistería y el engaño se persuade, sobre todo si se es hábil en las
artes dialécticas. La mayoría de la gente ya ha sido persuadida a favor
del socialismo. Y hace tiempo. No siempre los socialistas se imponen por
la fuerza bruta o el fraude electoral. En América latina se imponen por
el fraude semántico, una forma de engaño. Por eso el Gobierno de EEUU
lleva casi 50 años tratando de sacar a Castro del poder en Cuba por la
fuerza y no ha podido. Temo que con Chávez en Venezuela pase lo mismo. Los
liberales somos minoría. Los
anti socialistas configuramos una microminoría; y dentro de ella los
liberales consistentes somos una minoría aún más exigua, si cabe. Y si
los demócratas se empeñan en demostrar lo contrario, hacen parte del
problema y no de la solución. Porque toda solución pasa por un diagnóstico
correcto y completo del problema; de otro modo no se halla la salida. Y la
salida al estatismo pasa por admitir y reconocer francamente las
realidades de la opinión pública, aunque desagradables. Solamente así
será posible apuntar siquiera al primer paso, que es el cambio del clima
de opinión. Y
muchas gracias por su amable gentileza en seguirme hasta aquí. Espero no
haberle defraudado. |
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OFICINA DE ILE |
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INSTITUTO DE LIBRE EMPRESA (ILE) Free Enterprise Institute Lima,
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