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El
nada luminoso sendero mercantilista Charles
M. Philbrook* 17
de agosto de 2006 Si
China y Perú alguna vez compartieron un pasado maoísta, hoy, comparten
un presente mercantilista. Más allá de una posible predilección escatológica por
palabras que empiezan con eme, la intervención estatal en los mercados
casi siempre refleja desconfianza, inseguridad e ignorancia del rol que éstos
últimos deben cumplir en una economía moderna.
Al ignorar qué mueve a los mercados, de la inseguridad a la
desconfianza, hay un solo paso; de la desconfianza a la intervención y la
posterior regulación, una sola firma; de la regulación a la esclerosis
económica, un solo gobierno. Siglos
atrás, los mercantilistas, partían del supuesto que lo que era bueno
para una empresa era bueno para un país: los ingresos, afirmaban, debían
ser mayores a los egresos. En
el caso de la empresa esto se veía reflejado en las utilidades; en el
caso del país, en su balanza comercial positiva y en su posterior
acumulación de metales preciosos. Cualquier
país que siguiese fiel y consuetudinariamente este precepto básico
–daba a entender el supuesto- tenía garantizado el progreso.
España
siguió el consejo mercantilista ad
pedem litterae, y literalmente sabemos cómo acabó; Estados Unidos,
en cambio, y otros países anglosajones optaron por el libre comercio.
Éste último, The Wealth of
Nations, Hamilton, la visión económica de los founding
fathers, y el consiguiente progreso de los Estados Unidos tienen tanto
en común como los dedos de una mano. La
esencia del libre comercio yace en que son las importaciones,
contrariamente a lo que afirman los mercantilistas, las que determinan el
bienestar de un país. La
libre importación de productos, más baratos y de mejor calidad que los
domésticos, cumple una doble función: aumenta el salario real del
consumidor y promueve la competencia ya que, ahora, la producción
nacional se encuentra ante la disyuntiva de competir o perecer.
La competencia, a su vez, lleva a mejoras en productividad, la
cual, a través del tiempo, se convierte en el único factor relevante que
explica el salto cualitativo de subdesarrollo a desarrollo económico. Un país cuya productividad crece a una tasa promedio anual
de 3.5% puede esperar a que su ingreso nacional se duplique cada 20 años.
Otro, con casi nula productividad, sólo puede esperar y aspirar a
que su pueblo no se dé cuenta de que le han robado el futuro.
Esas son las lecciones del pasado; lecciones que el izquierdismo
académico se encarga de mantener bajo ene llaves. China
y Perú, al no haber aprendido del pasado, están condenados, como diría
Santayana, a repetirlo. Hasta hace poco, y desde 1995 (gráfico 2), China mantenía, mercantilistamente, el yuan atado al dólar a 8.28. Al exportar más de lo que importa (punto B en el gráfico 1) una mayor demanda por yuanes en el mercado cambiario debería haber llevado a una apreciación de la moneda. Esta mayor apreciación, eventualmente, hubiera puesto en el disparadero a las importaciones (punto C) hasta llevar la balanza comercial al cero teórico en el cual éstas y las exportaciones se cancelan mutuamente. Las
autoridades monetarias, en cambio, optaron por mantener fijo el tipo de
cambio (punto A). Al hacerlo
creyeron, al igual que sus hermanos ideológicos del pasado, que construían
un mejor futuro para su nación ignorando que, lo que en realidad creaban,
era una caja de Pandora financiera.
Veamos:
al aumentar las exportaciones netas y mantenerse fijo el tipo de cambio
(distancia vertical A-B, gráfico 1) las reservas internacionales
comenzaron a aumentar. Hoy,
éstas llegan a casi $1 trillón, es decir, un millón de millones, de las
cuales un 80% está en dólares (gráfico 2). Gráfico 2
Esta
situación crea problemas y distorsiones a nivel interno y externo;
problemas y distorsiones que el paso del tiempo ha magnificado y llevado a
un punto sin retorno. Una
primera observación que salta a la vista es que este crónico y
artificial superávit comercial no es característico de países pobres,
en desarrollo. Históricamente,
estos países han sido importadores netos de capital y, al serlo, demandan
externamente ese factor de producción relativamente escaso en sus economías:
Das Kapital. China, en cambio, es la versión negativa de una fotografía
de país tercermundista: ahorra más de lo que invierte localmente y esta
diferencia bordea el 4% de su PBI; ese excedente, que no es otra cosa que
la imagen espejo de la brecha comercial positiva, financia un mayor
consumo de países como Estados Unidos.
Curioso, en verdad: China, país pobre, es exportador neto
de capitales y, Estados Unidos, país rico, es importador neto de
capitales…¿Puede haber una mejor definición de distorsión? En
los últimos años, como consecuencia directa del tipo de cambio fijo, la
oferta monetaria ha venido creciendo más rápido que la producción de
bienes y servicios en la economía china.
En el 2005, por ejemplo, M2 ha crecido 20% ó 2 veces más que el
PBI. Como el banco central no
tiene un control efectivo de la economía y de las herramientas monetarias
a su disposición, gran parte de ese dinero se filtra en la economía y
hace que se produzca una explosión crediticia. Al no estar los mercados financieros libres de la
interferencia y corrupción política, la asignación de recursos responde
más a intereses partidarios que a análisis de riesgo crediticio. Esto explica el informe de la consultora Ernst & Young por el cual la cartera pesada de los cuatro bancos
más grandes podría llegar a unos $358,000 millones, equivalente a un 28%
del PBI nominal medido por el tipo de cambio oficial.[1] A
los problemas de cartera pesada hay que sumarle los de sobre-inversión en
diversos sectores de la economía, como el de cementos, aceros, construcción
y metal-mecánico, por citar unos cuantos.
Ahora bien, si hay sobre-inversión debe darse un exceso de
capacidad instalada lo cual debe llevar a cada vez menores utilidades.
¿Vemos esto? Parece que sí: de acuerdo al National
Bureau of Statistics las utilidades corporativas en el sector
industrial aumentaron el año pasado en un 25%, pero estuvieron
concentradas en un 80% en los sectores energético y minero; el resto de
las empresas del sector industrial tuvo que conformarse con repartirse el
20% restante, o mejor dicho, el 5% del total.[2] Ahora
bien, en el frente externo la ausencia de librecambismo, o la presencia de
un agresivo mercantilismo, si gustan, ha hecho que un gran porcentaje de
este exceso de dólares en el flujo circular de la economía china se
recicle comprando bonos del tesoro de los Estados Unidos.
Esto nos lleva por dos caminos algo peculiares, caminos que, por
cierto, un inversionista sabio y añejo difícilmente recorrería: por un
lado, el retorno promedio a la inversión extranjera (IED) es de un 15%
con lo cual China se presta del mundo a 15% para invertir en bonos del
tesoro de los Estados Unidos que pagan 5% (¿flujo de caja negativo?); por
otro lado, esta compra masiva de bonos del tesoro convierte en prisionero
al gobierno de Pekín en lo que al futuro económico de los Estados Unidos
concierne. Un
menor crecimiento en el país del jazz
puede volver insostenible el déficit en cuenta corriente que éste tiene
y que ya bordea el 7% de su PBI. Si
esto lleva a que el dólar se derrumbe, digamos, en un 20%, la reserva
federal se vería obligada a seguir subiendo sus tasas de interés.
[3] Estas
tasas de interés más altas harían que el precio de los bonos del tesoro
norteamericano, en poder del banco central chino, pierdan valor.
La pérdida de capital, que esta variación nominal en el tipo de
cambio dólar/yuan produciría, bien podría ser del orden del 15% del PBI
chino. En
fin, esto es algo que los mercantilistas y todos aquellos que buscan
limitar a los mercados, ignoran: mientras más se regule y más se
estrangule a la economía, menor será el control que sobre ella se tenga
(gráfico 3).
Cada uno es dueño de escoger la piedra con la cual tropieza; cambia radicalmente la esencia de esta gran verdad cuando son otros los que nos ponen la misma piedra en el camino. Ahora que el Banco Central de Reserva del Perú anuncia que impedirá que el sol siga apreciándose uno se pregunta si de nada sirvieron los errores del pasado.[4] Uno se pregunta si de nada sirve el reflejo de nuestra imagen en el espejo chino. Uno se pregunta si no será verdad aquel dicho, por el cual, “sólo Dios y los idiotas no cambian.” *
Director de Estudios Económicos, Datum
Internacional, S.A. [1]
“Lex:
Ernst&Young/China”, Financial Times, 15/mayo/2006 [2]
“China Riding a Runaway Horse”, David Pan, Asia Times,
20/julio/2006 [3] Los diversos estimados, en torno a la necesaria depreciación del dólar, van desde un 7% hasta un 40%. El proyecto de ley del senador Schumer, de aplicar aranceles de 22% a las exportaciones procedentes de China, apuntan a un porcentaje intermedio del rango. [4] “BCR evitará que dólar baje de 3.20”, Diario Gestión, 15/agosto/2006 |
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