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Sellinger
School of Business and Management,
Loyola
College
El
propio término “servicio público”... es uno absurdo. Todo bien es útil
“para
el
público” y casi todo bien...puede ser considerado “necesario”. Cualquier
designación
de unas pocas industrias como “servicios públicos” es completamente
arbitraria e injustificada. Murray
Rothbard, Power and Market
A
la mayoría de los así llamados servicios públicos se les ha otorgado exclusividad por
parte
del gobierno porque se piensa que son “monopolios naturales”. Explicado
brevemente,
se dice que emerge un monopolio natural cuando la tecnología de producción,
como
por ejemplo costos fijos elevados, provoca que los costos totales en el largo
plazo
declinen
al aumentar la producción. En tales industrias, dice tal teoría, un solo
productor
eventualmente
será capaz de producir a un costo más bajo que cualquier otro par de productores,
por lo tanto creándose un monopolio “natural”. El resultado serán precios
más
altos si más de un productor sirve a ese mercado.
Más
aún, se dice que la competencia causaría inconvenientes al consumidor dada la
construcción
de infraestructura redundante, por ejemplo, excavaciones en las calles para el
tendido
de líneas dobles de gas o agua potable. Evitar tales inconvenientes es otra razón
presentada
para otorgar exclusividad a industrias cuyos costos promedio declinan en el
largo
plazo.
Es
un mito que la teoría del monopolio natural fue desarrollada primero por
economistas,
y utilizada luego por legisladores para “justificar” exclusividades
(monopolios).
La verdad es que los monopolios fueron creados décadas antes de que la
teoría
fuera formalizada por economistas de mentalidad intervencionista, quienes la
utilizaron
como justificación ex post para la intervención gubernamental. En la época en
que
los primeras exclusividades estaban siendo otorgadas, la gran mayoría de
economistas
entendían
que la producción a gran escala y con uso intensivo de capital no llevaba al
monopolio,
si no que era un aspecto absolutamente deseable del proceso competitivo.
La
palabra “proceso” es importante aquí. Si la competencia se ve como un proceso
empresarial
de rivalidad y dinámico, entonces el hecho de que un productor individual
tenga
los costos más bajos en cualquier momento dado es de poca o ninguna
importancia.
Las
permanentes fuerzas de la competencia –incluyendo la competencia potencial-
vuelven
un
monopolio de libre mercado algo imposible. La teoría del monopolio natural es
también
ahistórica. No existe evidencia alguna de que la historia del “monopolio
natural”
ocurriese
en la práctica –de un productor que alcance costos promedios más bajos en el
largo
plazo que otros en la industria y de esa manera establezca un monopolio
permanente.
Como
se discutirá a continuación, en muchas de las así llamadas industrias de servicios
públicos
o básicos de los siglos dieciocho y diecinueve, existieron de forma literal y
frecuentemente
docenas de competidores.
Economías
de escala durante la era de las licencias de exclusividad
Durante
la última parte del siglo diecinueve, cuando los gobiernos locales empezaban a
otorgar
exclusividades, la noción económica generalizada era que un “monopolio”
era algo
causado
por la intervención gubernamental, no por el libre mercado, a través de
contratos
exclusivos,
proteccionismo y otros medios. La producción a gran escala y las economías
de
escala eran vistas como una virtud competitiva, no como un mal del monopolismo.
Por
ejemplo,
Richard T. Ely, co-fundador de la American Economic Association, escribió que
“la
producción a gran escala es algo que de ninguna manera implica producción monopolizada”1.
John Bates Clarck, co-fundador junto a Ely, escribió en 1888 que la
noción
de que los carteles industriales “destruirían la competencia” no debería
“ser aceptada
apresuradamente”. 2
Herberg
Davenport de la Universidad de Chicago advertía en 1919 que la existencia
sólo
unas pocas firmas en una industria donde existiesen economías de escala no
“requeria
de
la eliminación de la competencia 3”,
y su colega, James Laughlin, notaba que incluso
cuando
“un cartel es grande, un cartel rival puede presentarle competencia muy
agresiva”.4
Tanto
Irving Fisher 5 como Ewin R.A.
Seligman 6 estaban de acuerdo en
que la producción a gran escala generaba beneficios competitivos a través del
ahorro de costos en publicidad, ventas
y provisión cruzada.
Las
unidades de producción a gran escala inequívocamente beneficiaban al
consumidor,
de acuerdo a los economistas de fines de siglo. Ya que sin producción a gran
escala,
de acuerdo a Seligman, “El mundo volvería a un estado más primitivo de
bienestar,
y
virtualmente renunciaría a los invalorables beneficios de la mejor utilizarión
del capital”.7
Simon Patten de la Wharton School expresaba una visión similar al decir
que “la
combinación
de capital no causa ningún perjuicio económico a la comunidad... los carteles
son
mucho más eficientes que los pequeños productores a los que desplazaron”8
Como
virtualmente casi todo economista de la época, Franklin Giddings de Columbia
veía
la competencia como los actuales economistas de la Tradición Austriaca: un
proceso
dinámico
de rivalidad. Consecuentemente, él observaba que la “competencia de algún
tipo
es
un proceso económico permanente... Por lo tanto, cuando la competencia de
mercado
parece
haber sido suprimida, debemos preguntarnos qué ha sucedido con las fuerzas que
la
habían
generado. Debemos cuestionarnos más allá, hasta que grado la competencia de
mercado es realmente suprimida o transformada en otra forma de competencia”9
En otras
palabras,
una empresa “dominante” que supera con precios inferiores a sus rivales en
cualquier
momento dado no ha suprimido la competencia, pues la competencia es un
“proceso
económico permanente”.
David
A. Wells, uno de los escritores económicos más populares de fines de siglo
diecinueve,
escribió que “el mundo demanda abundancia de bienes elementales, y los
quiere
baratos; y la experiencia muestra que sólo puede obtenerlos mediante el uso de
grandes
capitales a escala extensiva”10 Y
George Gunton creía que la “concentración de capital
no saca a los pequeños capitalistas del mercado, si no que simplemente los
integra
en
más grandes y complejos sistemas de producción, en los cuales son capaces de
producir...de
forma más barata para la comunidad y obtener un ingreso mayor para sí
mismos...En
vez de la concentración del capital como destrucción de la competencia, lo
opuesto
es verdadero...Mediante el uso de grandes capitales, maquinaría mejorada y mejores
instalaciones el cartel puede y de hecho supera en ventas a la corporación”11
Las
citas anteriores no son una selección si no más bien una lista exhaustiva. Puede ser
extraño
según los estándares actuales, pero como A.W. Coats señalaba a finales de los
1880’s
sólo existían diez hombres que habían alcanzado el status profesional de
tiempo
completo
como economistas en los Estados Unidos de Norteamérica.12
Por lo tanto, las
citas
anteriores cubren virtualemente a todo economista profesional que tuvo algo que
decir
con
respecto a la relación entre las economías de escala y la competitividad a
fines de
siglo.
La
trascendencia de estas perspectivas radica en que estos hombres observaron de primera
mano la aparición de la producción a gran escala y no vieron que llevase hacia
estados
monopólicos, “naturales” o de otro tipo. En el espíritu de la Escuela
Austriaca,
entendían
que la competencia era un proceso vivo, y que la predominancia en el mercado
era
siempre temporal en ausencia de regulación gubernamental creadora de
monopolios.
Esta
idea es también consistente con mis propias investigaciones sobre que los “carteles”
de
fines de siglo diecinueve estaban de hecho bajando sus precios y expandiendo su
producción
más rápido que el resto de la economia –eran las más dinámicas y
competitivas
de
todas las industrias, no monopolistas.13
Quizás es por ello que fueron el blanco de los
legisladores
proteccionistas y sujetos a leyes “antimonopolio”.
La
profesión económica abrazó la teoría del monopolio natural luego de los 1920’s,
cuando
cayó enamorada del “cientificismo” y adoptó una teoría más o menos
ingenieril de
la
competencia y categorizó a las industrias en forma de retornos de escala
constantes,
decrecientes
y crecientes (costos totales promedio declinantes). De acuerdo a esta forma
de
pensar, las relaciones tecnológicas terminaban la estructura de mercado, y
consecuentemente
la competitividad. El significado de competencia no era visto como un
fenómeno
de comportamiento si no una relación matemática. Con la excepción de tales
economistas
como Joseph Schumpeter, Ludwig von Mises, Friedrich Hayek y otros
miembros
de la Escuela Austriaca, el proceso vivo y permanente de rivalidad y
empresarialismo
fue ampliamente ignorado.
¿Qué
tan “naturales” fueron los primeros monopolios naturales?
No
existe absolutamente ninguna evidencia de que al iniciar la regulación de los
servicios
públicos existiese tal cosa como un “monopolio natural”. Como Harold Demsetz
ha
señalado:
"Seis
empresas eléctricas fueron organizadas en el año de 1887 en la ciudad de
Nueva
York. Cuarenta y cinco empresas de electricidad tenían permiso de operar en Chicago
en 1907. Hasta 1895, Duluth, Minessota, estaba atendida por cinco empresas
de
alumbrado público y Scranton, Pennsilvania, tenia cuatro en 1906...Durante la
última
parte del siglo diecinueve la competencia en la industria del gas era la situación
normal en este país. Antes de 1884 seis empresas competitivas operaban en
Nueva
York...la competencia era usual y especialmente persistente en la industria
telefónica...Baltimore,
Chicago, Cleveland, Columbus, Detroit, Kansas City,
Minneapolis,
Philadelphia, Pittsburg y St. Louis, entre las ciudades grandes, tenían al
menos
dos proveedores de servicio telefónico en 1905."14
En
una declaración modestísima, Demsetz concluye que “uno empieza a dudar de
que las
economías de escala caracterizaban las industrias de servicios básicos al
momento en
que
la regulación empezó a reemplazar a la competencia de mercado”.15
Un
ejemplo altamente educativo sobre la inexistencia de monopolios naturales en las
“utilities”
o “servicios básicos” se provee en el libro de 1936 por el economista
George T.
Brown
titulado “The Gas Light Company of Baltimore”, que lleva el engañoso título
de
“Un
estudio del Monopolio Natural”16.
El libro presenta “el estudio de carácter evolutivo
de
los servicios básicos en general, con énfasis especial en la mencionada
empresa radicada
en
Baltimore, los problemas de la cual no son “peculiares ni para la empresa de
Baltimore
ni
para el Estado de Maryland, pero son típicos de toda la industria de los
servicios
públicos”17
La
historia de la Gas Light Company de Baltimore aparece prominentemente en toda la
historia
del monopolio natural, en teoría y práctica, dado que el influyente Richard T.
Ely,
quien
era profesor de Economía en la Universidad Johns Hopkins de Baltimore, relató
los
problemas
de la empresa en una serie de artículos a través del Baltimore Sun que fueron
luego
publicados como un libro de gran éxito en ventas. Mucho del análisis de Ely se
volvió
dogma económico con respecto a la teoría del monopolio natural.
La
historia de la Gas Light Company de Baltimore es, que desde su fundación en
1816,
constantemente
luchó contra nuevos competidores. Su respuesta no fue solamente la de
tratar
de competir en el mercado, si no también de ejercer influencias (lobbying) en
las autoridades estatales y locales para evitar que se les concediera carácter
legal formalizado a
sus
competidores. La compañía operaba con economías de escala, pero eso no impedía
que
numerosos
competidores emergieran una y otra vez. “La competencia es la vitalidad de los
negocios”,
decía el editoria del Baltimore Sun en 1851 mientras celebraba las noticias
sobre
nuevos competidores en la industria del alumbrado basado en gas.18
La
Gas Light Company de Baltimore, sin embargo, “se oponía a la concesión de
derechos
de operación a la nueva compañía”.19
Brown declara que “las empresas de gas en
otras
ciudades estaban expuestas a competencia ruinosa”, y luego cataloga de qué
forma
esas
mismas compañías intentaban desesperadamente entrar al mercado de Baltimore.
Pero
si tal competencia era tan “ruinosa”, ¿por qué estas companías querrían entrar a
nuevos
–y presumiblemente tan “ruinosos”- mercados? O bien la teoría de Brown
sobre la
“competencia
ruinosa” –que pronto empezó a ser la generalmente aceptada- era incorrecta,
o
estas compañías eran glotonas irracionales, ávidas de pérdidas financieras.
Al
ignorar la naturaleza dinámica del proceso competitivo, Brown cometió el mismo
error
que muchos otros economistas aún cometen: creer que la competencia
“excesiva”
puede
ser “destructiva” si los productores de bajos costos logran sacar del
mercado a sus
rivales
menos eficientes.20 Tal competencia puede ser “destructiva” para los competidores
que
operan con altos costos, pero es benéfica para los consumidores. En 1880 existían
tres
empresas
en la industria del gas en Baltimore compitiendo agresivamente una contra la
otra.
Trataron de fusionarse y operar como un monopolio en 1888, pero un nuevo
competidor
dañó sus planes: “Thomas Alva Edison introdujo el alumbrado basado en
electricidad,
que amenazaba la existencia de todas las empresas de gas”.21
Desde ese
momento
en adelante existió competencia entre empresas de gas y de electricidad, lo
cual
implicó
altos costos fijos y esto a su vez llevó a economías de escala. Sin embargo,
ningún
monopolio
“de mercado” o “natural” se materializó jamás.
Cuando
un monopolio en realidad apareció, fue solamente por intervención estatal. Por
ejemplo,
en 1890 una ley fue introducida por el congreso de Maryland que “exigía un
pago
anual
a la ciudad de parte de la Consolidated [Gas Company] de $10.000 al año y 3% de
todos
los dividendos declarados a cambio del privilegio de disfrutar de un monopolio
de 25
años.”22
Este es el mecanismo ahora común entre los funcionarios gubernamentales
de
coludir
con los ejecutivos industriales para establecer un monopolio que se aproveche de
los consumidores, y luego compartir el botín con los políticos en la forma de
derechos de
operación
e impuestos sobre las utilidades monopólicas. Esta forma de operar es
especialmente
común hoy en día en la industria de la televisión por cable. La “regulación”
legislativa
de las empresas de gas y electricidad produjeron como predecible resultado
precios
monopólicos de los cuales el público se quejó amargamente. En vez de
desregular
la
industria y dejar que la competencia modere los precios, se adoptó regulaciones
de los servicios públicos para tranquilizar a los consumidores, los cuales de
acuerdo a Brown,
“sentían
que la forma negligente en que sus intereses estaban siendo atendidos [por el
control
legislativo de los precios del gas y la electricidad] resultaba en tarifas altas
y privilegios
monopólicos. El desarrollo de la regulación de servicios públicos en Maryland
tipificó
la experiencia de otros estados.”23
No
todos los economistas fueron engañados por la teoría del “monopolio
natural”
promulgada
por los monopolistas de servicios básicos y sus asesores económicos
remunerados.
En 1940 el economista Horace M. Gray, el asistente de decano de la escuela
de
postgrado de la Universidad de Illinois, investigó la historia del concepto de
los
“servicios
públicos”, incluyendo la teoría del “monopolio natural”. “Durante el
siglo
diecinueve”,
Gray observó, se creía de forma generalizada que el interés público sería
mejor
atendido mediante otorgar privilegios a individuos particulares y a
corporaciones” en
muchas
industrias.24 Esto incluía
patentes, subsidios, aranceles, expropiaciones de tierras
para ferrocarriles y licencias de operación monopólica para servicios “públicos”.
El
resultado
final fueron monopolios, explotación y corrupción política.25
Con respecto a los
servicios
“públicos”, Gray registra que “entre 1907 y 1938, la política de
monopolios
creados
y protegidos por los estados se estableció firmemente sobre una porción
significativa
de la economía y se volvió la base de la regulación moderna de los servicios
públicos”.26
Desde entonces y en adelante, “el status de servicio público se volvió
el
refugio
de todos los aspirantes a monopolista que encontraban muy difícil, costoso o precario
conseguir y mantener un monopolio por medio de acciones privadas solamente.”27
Para
apoyar esta posición, Gray señaló como virtualmente cada aspirante a
monopolista
en
el país trató de ser designado un “servicio básico”, incluyendo la radio,
los bienes raíces,
la
leche, el transporte aéreo, el carbón, el aceite y las industrias agrícolas,
para nombrar
sólo
unas pocas. En el mismo espíritu, “el experimento entero de la NRA puede ser
considerado
un esfuerzo de parte de las grandes corporaciones para asegurar aprobación
legal
en sus prácticas monopolistas”.28 Aquellas
industrias afortunadas que lograron ser
políticamente
designadas como “servicios públicos” también utilizaron la noción de ser
un
servicio
público para dejar fuera a la competencia.
El
papel de los economistas en este plan fue construir lo que Gray llamó una
“racionalización
confusa” para las “siniestras fuerzas del privilegio y el monopolio
privado”.
La protección a los consumidores fue quedando en un plano muy lejano.29
Investigaciones
económicas más recientes apoyan el análisis de Gray. En uno de los
primeros
análisis estadísticos de los efectos de la regulación de tarifas en la
industria
eléctrica,
publicado en 1962, George Stigler y Clare Friedland no encontraron diferencias
significativas
en precios y utilidades de servicios públicos (utilities) con o sin comisiones
que
las regulen entre 1917 y 1932.30 Los
reguladores iniciales de tarifas no beneficiaban al consumidor, si no que eran
“capturados” por la industria, como sucedió en tantas otras
industrias,
desde camiones pasando por aerolíneas hasta llegar a la televisión por cable.
Es
digno
de mención –aunque no muy laudable- que les haya tomado a los economistas 50
años
empezar a estudiar los efectos reales, en vez de los teóricos, de la regulación
de
tarifas.
Dieciséis
años después del estudio Stigler-Friedland, Gregg Jarrell observó que 25
estados
sustituyeron regulaciones estatales por municipales de las tarifas de energía
eléctrica
entre 1912 y 1917, el efecto de lo cual fue elevar los precios en 46% y las
ganancias
en 38%, mientras se reducía el nivel de producción en 23%.31
Por lo tanto, la
regulación
municipal fracasó en su intento de mantener bajos los precios. Pero esas
industrias
querían un incremento aún más rápido de sus precios, asi es que presionaron
exitosamente
por regulaciones estatales bajo la teoría de que los legisladores estatales
estarían
menos presionados por grupos de consumidores locales, que los alcaldes y los
concejos
municipales. Los resultados de esta investigación son consistentes con la
interpretación
previa de Horace Gray de que la regulación de los servicios públicos es un
plan
anti-consumidor, monopolista y fijador de tarifas.
El
problema de la “Duplicación Excesiva”
En
adición al argumento de las economías de escala, otra razón que ha sido esgrimida
para
conceder licencias de operación exclusivas a los “monopolios naturales” ha
sido que
el
permitir demasiados competidores es demasiado molestoso. Es demasiado costoso
para
la
comunidad; dice ese argumento, permitir que diferentes proveedores de agua
potable,
energía
eléctrica u operadores de televisión por cable excaven en las calles. Pero
como
Harold Demsetz ha observado:
"El
problema de la duplicación excesiva de sistema de distribución es atribuible a
la
falla de las comunidades de ponerle un precio apropiado al uso de estos recursos
escasos.
Es derecho de utilizar vías de propiedad pública es el derecho de usar un
recurso
escaso. La ausencia de un precio para el uso de estos recursos, un precio lo
suficientemente
alto para reflejar los costos de oportunidad de alternativas como un
tráfico
ininterrumpido y vistas no obstruídas, llevará a su sobreutilización. La
asignación
de un precio apropiado para el uso de estos recursos reduciría el grado de
duplicación
a niveles óptimos".32
Por
lo tanto, así como el problema de los monopolios “naturales” está
provocado
realmente
por la intervención estatal, también lo está el de la “duplicación” de
infraestructura.
Este último existe por la falla de los gobiernos en ponerle un precio a los
recursos
urbanos escasos. Dicho de forma más precisa, el problema está realmente
causado
por el hecho de que el gobierno sea propietario de las calles bajo las cuales
las
líneas
(de gas, eléctricas, telefónicas, etc) están colocadas, y que la
imposibilidad del
cálculo
económico racional en instituciones socialistas les impide apreciarlos
adecuadamente,
como ocurriría en un régimen competitivo (mercado) basado en propiedad
privada.
Al contrario de lo que arguye Demsetz, la dotación de un precio racional es
imposible
precisamente debido a la propiedad gubernamental de las carreteras y calles.
Políticos
iluminados y benévolos, incluso aquellos que hubiesen estudiado a los pies de
Demsetz,
no tendrían forma racional de determinar qué precio cobrar. Murray
Rothbard explicó todo esto más de 25 años atrás:
"El
hecho de que el gobierno deba dar permisos para el uso de sus calles ha sido
citado
para justificar estrictas regulaciones de “servicios públicos”, muchos de
los
cuales
(como las empresas de agua potable o eléctricas) necesitan utilizar las calles.
Las
regulaciones fueron entonces tomadas como un quid pro quo voluntario. Pero el
hacerlo
ignora el hecho de que la propiedad gubernamental de las calles es un acto
permanente
de intervención. La regulación de los servicios públicos o de cualquier
otra
industria desincentiva la inversión en estas industrias, y de esa forma
privando a
los
consumidores de la mejor satisfacción de sus necesidades. Esto es así pues se
distorsiona
la asignación de recursos que tiene el libre mercado.33
El
así llamado argumento de “monopolio debido a un espacio limitado” para las
licencias
exclusivas de operación, aclaraba a continuación Rothbard, es una pista falsa,
puesto
que muchas firmas sean rentables en cualquier línea de producción “es una
cuestión
institucional
y depende de información tan concreta como el grado de demanda de los
consumidores,
el tipo de producto vendido, la productividad física de los procesos, la oferta
y
precio de los factores productivos la previsión de los empresarios, etc. Las
limitaciones
espaciales
pueden algo indiferente”34
De
hecho, aún si las limitaciones espaciales permitiesen sólo a una firma operar en un
mercado
geográfico particular, eso no implica un monopolio, ya que “monopolio” es
una
apelación
sin significado a menos que se logre un precio monopólico”, y “todos los
precios
en
un mercado libre son precios competitivos”.35
Sólo
la intervención del gobierno puede generar precios monopólicos.
La
única manera de lograr un precio de mercado que refleje los verdaderos costos
de
oportunidad
y lleve a niveles óptimos de “duplicación” es a través del libre
intercambio en
un
libre mercado genuino, algo imposible por definición sin propiedad privada y
mercados
libres.36
El aparato político no es un sustituto válido para los precios
determinados por el
libre
mercado debido a que el cálculo económico (contabilidad de costos) es
imposible sin
mercados.
En
existencia de propiedad privada de calles y aceras, los propietarios individuales
serían
invitados a aceptar un intercambio de descuentos (en precios) por el
inconveniente
temporal
de que una empresa de servicios públicos abra una zanja en su propiedad. Si la
“duplicación”
ocurre bajo tal sistema, es debido a que los individuos libres eligieron el
servicio
adicional o los precios más convenientes o ambas cosas más que el costo que
les
representaba
la inconveniencia de un proyecto de construcción temporal sobre su
propiedad.
Los mercados libres no necesitan de un monopolio o de “duplicación
excesiva”
en
ningún sentido económicamente significativo.
La
competencia por el área
La
existencia de economías de escala en el agua potable, el gas, la electricidad o
cualquier
otro “servicio público” no presupone ni requiere un monopolio o precios
monopólicos.
Como Edwin Chadwick escribió en 1859, un sistema de subasta competitiva
por
las licencias de operación para proveedores privados puede eliminar la formación
de
precios
monopólicos siempre y cuando exista competencia por “esa área”.37
Siempre y
cuando
exista una puja vigorosa por la licencia de operación, los resultados pueden
ser
tanto
el evitar la duplicación de infraestructura como el logro de un precio
competitivo del
producto
o servicio. Esto es, que la puja por la licencia puede darse en la forma de una
asignación
de esta a la empresa que ofrezca a los consumidores el precio más bajo por una
calidad
de servicio constante (en contraposición al pago más alto por la licencia).
Harold
Demsetz revivió el interés en el concepto de “competencia por un área” en
un
artículo
de 1968.38 La teoría del
monopolio natural, Demsetz señaló, fracasa en “revelar
los
pasos lógicos que llevan de una economía de escala en la producción al precio
monopólico
en el mercado”.39 Si un
oferente puede hacer el trabajo a menor costo que dos
o
más, “entonces al oferente con el menor precio se le otorgará el contrato,
sea el bien
cemento,
electricidad, máquinas de estampillas postales o lo que sea, pero el precio más
bajo
ofrecido no tiene por qué ser un precio monopólico....La teoría del monopolio
natural
no
provee ninguna base lógica para la existencia de precios monopólicos”.40
No existe
razón
para creer que el proceso de licitación (subasta) no sea competitivo. Hanke y
Walters han mostrado que un proceso de licitación de esa naturaleza funciona muy
eficientemente
en la industria de provisión de agua potable en Francia.41
El
Mito del Monopolio Natural: Las empresas eléctricas
De
acuerdo a la teoría del monopolio natural, la competencia no puede subsistir en
la
industria
de energía eléctrica. Pero la teoría es contradicha por el hecho de que la
competencia
ha subsistido de hecho por décadas en docenas de ciudades de los EE.UU. El
economista
Walter J. Primeaux ha estudiado la competencia del sector eléctrico por más de
20
años. En su libro de 1986, Direct Utility Competition: The Natural Monopoly
Myth,
concluye
que en aquellas ciudades donde existe competencia directa en la industria
eléctrica:
•
La rivalidad directa entre dos firmas competitivas ha existido por
largos períodos de tiempo –por más de 80 años en algunas ciudades;
•
Las empresas eléctricas compiten vigorosamente a través de precios y
servicios;
•
Los clientes han obtenido beneficios sustanciales de la competencia, comparados
con ciudades donde existen monopolios (exclusividad) del servicio
eléctrico;
•
Al contrario de la teoría del monopolio natural, los costos son en
realidad menores donde existen dos firmas operando;
•
Al de la teoría del monopolio natural, no existe exceso de capacidad
instalada cuando hay competencia que cuando hay exclusividad en la industria
eléctrica;
•
La teoría del monopolio natural falla en todo sentido: existe
competencia,
las guerras de precios no son “serias”, existe mejor servicio al
cliente
y mejores precios cuando hay competencia, la competencia persiste por
muy
largos períodos de tiempo y los consumidores mismos prefieren la
competencia
por encima del monopolio regulado, y
•
Cualquier problema de satisfacción al cliente provocado por líneas de
poder duplicadas son consideradas menos significativas que los beneficios de la
competencia
por los consumidores.42
Primeaux
también encontró que aunque los ejecutivos de las empresas eléctricas
generalmente
reconocían las ventajas de la competencia para con el consumidor,
¡personalmente
preferían un monopolio!
Diez
años después de la publicación del libro de Primeaux, al menos un estado –California-
está transformando su sector eléctrico “de un monopolio controlado a un
puñado
de empresas de propiedad pública a un mercado abierto”.43
Otros estados están
moviéndose
en la misma dirección, abandonando finalmente la infundada teoría del
monopolio
natural a favor de la competencia natural:44
•
La Corporación Ormet, una empresa de fundición de aluminio en West
Virginia obtuvo permiso del estado para solicitar propuestas competitivas de
40 empresas eléctricas;
•
Alcan Aluminum Corp. en Oswego, New york ha tomado ventaja de
innovaciones tecnológicas que le permitieron construir una planta generadora
de
poder junto a su fábrica, cortando sus costos de energía en dos tercios.
Niagara
Mohawk, su anterior (y de altos precios) proveedor de energía, está
planteando
una demanda al estado para prohibir a Alcan el utilizar su propia
energía;
•
Las autoridades políticas de Arizona permitieron a Cargill Inc.
comprar
energía de cualquier parte en la zona Oeste; la empresa calcula
ahorrar
$8 millones al año;
•
Nuevas leyes federales permiten a las empresas de servicios públicos
importar energía barata, utilizando las líneas de otras empresas para
transportarla;
•
El Comisionado de Servicios Públicos de Wisconsin, Scott Neitzel,
recientemente
declaró que “los mercados libres son el mejor mecanismo para
entregar
al consumidor...el mejor servicio al más bajo costo”;
•
El prospecto de competencia futura está ya forzando a algunos
monopolios
a cortar sus costos y precios. Cuando la TVA (Tennessee Valley
Authority)
se enfrentó a la competencia de Duke Power en 1988, logró sostener
sus
tarifas sin incrementos durante los siguientes años.
Los
beneficios potenciales para la economía de EE.UU. provenientes de la desmonopolización
de la industria eléctrica son enormes. La competencia inicialmente
ahorraría
a los consumidores al menos $40 millardos al año, de acuerdo al economista
especializado
en servicios públicos Robert Michaels.45
También desataría el desarrollo de
nuevas
tecnologías que serían económicas de desarrollar debido a costos de energía
más
bajos.
Por ejemplo, “los fabricantes de autos y otros que trabajan con metal podrían
hacer
un
uso más intensivo de herramientas de corte basadas en láser y fundidoras láser,
dado
que
ambas son devoradoras de electricidad”46
El
Mito del Monopolio Natural: La televisión por cable
La
televisión por cable es también un monopolio de licenciamiento en la mayoría de
ciudades
debido a la teoría del monopolio natural. Pero el monopolio en esta industria
es
cualquier
cosa menos “natural”. Al igual que en la electricidad, existen docenas de
ciudades
en los EE.UU. donde existen empresas de TV por cable compitiendo. “La
competencia
directa...actualmente se da en al menos tres docenas de jurisdicciones a nivel
nacional”.47
La existencia de competencia persistente en la industria de la TV por
cable
revela
como una mentira la noción de que esa industria es un “monopolio natural” y
por lo
tanto
requiere de licencias de operación exclusivas. La causa del monopolio en la
televisión
por cable es la regulación gubernamental, no las economías de escala. Aunque
los
operadores de cable se quejan de “duplicación” es importante tener en
cuenta que “si
bien superdotar un sistema de cable ya existente puede reducir la rentabilidad del
operador
actual,
sin lugar a dudas mejora la posición de los consumidores que encontrarán
precios
determinados
no por costos históricos, si no por el juego de la oferta y la demanda”.48
Tanto
como en el caso de la energía eléctrica, los investigadores han encontrado que
en
las
ciudades donde existe empresas de cable competidoras, los precios son inferiores
un
23%
en promedio que los de los operadores de cable monopólicos (con exclusividad).49
Cablevisión
de la Florida central, por ejemplo, redujo sus precios básicos de $12,95 a
$6,50
mensuales
en áreas “duopólicas” para poder competir. Cuando Telestat ingresó a
Riviera
Beach,
Florida, ofrecía 26 canales en su servicio básico por $5,75, comparados con la
oferta
de Comcast de 12 canales por $8,40 mensuales. Comcast respondió mejorando su
atención
al público y bajando sus precios.50 En
Presque Isle, Maine, cuando el gobierno de
la
ciudad invitó a la competencia, la firma original rápidamente mejoró su
servicio de sólo
12
a 54 canales.51
En
1987 la Pacific West Cable Company demandó a la ciudad de Sacramento,
California
sobre la base de la Primera Enmienda (a la Constitución) por impedir su entrada
al
mercado del cable. El jurado encontró que “el mercado de TV por cable de
Sacramento
no
era un monopolio natural y que el argumento del monopolio natural era una
argucia
utilizada
por la parte demandada como pretexto para conceder una sola licencia de
operación...para
promover la recepción de pagos en efectivo y provisión de servicios ‘en
especie’...y para obtener aportes de campaña (electoral) más elevados.52
El gobierno de la
ciudad
fue forzado a adoptar una política competitiva del cable, cuyo resultado fue
que
Scripps
Howard, la empresa inicial bajara su precio mensual de $14,50 a $10 para
enfrentar
el
precio de un competidor. La compañía también ofreció instalación gratuita y
tres meses
de
servicio gratuito en cada área geográfica donde tenía competencia. Aún así,
la mayoría
de
sistemas de cable en los EE.UU. son monopolios de exclusividad precisamente por
las
razones
denunciadas por los miembros de ese jurado de Sacramento: son esquemas
mercantilistas
en los que un monopolio se crea para el beneficio de las empresas de cable,
quienes comparten el botín con los políticos a través de contribuciones de campaña,
tiempo-aire
gratuito para programación “de servicio público”, contribuciones a
fundaciones
locales
favorecidas por los políticos, paquetes accionarios y contratos de consultoría
para
los
bien relacionados, y varias clases de regalos a las autoridades que otorgan las
licencias.
En
algunas ciudades, los políticos reciben estas coimas indirectas de cinco a diez
años
de
varias empresas hasta conceder una licencia finalmente. Luego se benefician de
una
parte
de las rentas monopólicas obtenidas por la empresa exclusiva. Como el
economista
en
jefe de la FCC (Comisión Federal de Comunicaciones) Thomas Hazlett, quien es
posiblemente
la autoridad más importante del país en la economía de la industria de la TV
por
cable, ha concluido: “podemos caracterizar al proceso de otorgamiento de
licencias
como
burdamente ineficiente desde una perspectiva de bienestar del público, incluso
si no
ofrece
beneficios para el gobierno municipal que las otorgue”.53
La barrera de entrada a la
industria
de la TV por cable no son las economías de escala, pero la conspiración política
para
fijar precios entre los operadores de cable y los políticos locales.
El
Mito del Monopolio Natural: El servicio telefónico
El
más grande mito en este tema es la noción de que el servicio telefónico es un
monopolio
natural. Los economistas han enseñado a varias generaciones de estudiantes
que
el servicio telefónico es un ejemplo “clásico” de falla de mercado y que
la regulación
gubernamental
en “interés del público” era necesaria. Pero como Adam D. Thierer
recientemente
demostró, no existe nada “natural” acerca del monopolio telefónico
disfrutado
por AT&T por tantas décadas; fue una mera creación de la intervención
estatal.54
Una vez que las patentes originales de AT&T expiraron en 1893,
docenas de
competidores
aparecieron. “Para fines de 1894 más de 80 competidores independientes
habían
conquistado ya un 5% del mercado...al terminar el siglo, más de 3.000
competidores
existían.55
En algunos estados hubo más de 200 empresas telefónicas operando
simultáneamente.
En 1907, los competidores de AT&T habían conquistado el 51% del
mercado
telefónico, y los precios estaban siendo reducidos drásticamente por la competencia.
Más aún, no hay evidencia de que se formasen economías de escala, y las
barreras
de entrada eran obviamente inexistentes, al contrario de lo que cuenta la teoría
del monopolio natural aplicada a la industria telefónica.56
La eventual creación del monopolio
telefónico
fue el resultado de una conspiración entre AT&T y políticos que querían
ofrecer
“servicio
telefónico universal” como un “derecho” a sus electores. Los políticos
empezaron
por denunciar a la competencia como “duplicante”, “destructiva”, “un
desperdicio”,
y varios economistas fueron pagados para asistir a audiencias del Congreso
en
las que declararon en tono taciturno a la telefonía un monopolio natural. “No
hay nada
que
pueda obtenerse de la competencia en el negocio de la telefonía local”,
concluía una de
las
audiencias.57
La
cruzada para crear una industria telefónica monopolizada con mecanismos
gubernalmentales
finalmente tuvo éxito cuando el gobierno federal usó la Primera Guerra
Mundial
como excusa para nacionalizar la industria en 1918. AT&T todavía operaba su
sistema
telefónico, pero estaba controlado por una comisión gubernamental encabezada
por
el
Jefe Nacional de Correos. Como en muchas otras instancias de regulación
gubernamental,
AT&T rápidamente “capturó” a los reguladores y utilizó el aparato
regulatorio
para eliminar a sus competidores. “Para 1925 no sólo había establecido cada
estado
guías muy estrictas sobre regulación de tarifas, pero la competencia telefónica
local
fue
desalentada o explícitamente prohibida al interior de muchas de estas
jurisdicciones”.58
La
destrucción total de la competencia en la industria, concluye Thierer, provino de las
siguientes
fuerzas: políticas de licenciamiento exclusivas; monopolios protegidos para
“carriers
dominantes”; utilidades garantizadas o empresas telefónicas reguladas; la política
forzosa
del gobierno de “acceso telefónico universal” que implicaba la mayor
facilidad de
cumplir
con órdenes regulatorias para una sola empresa; y regulación de tarifas diseñada
para
lograr el objetivo socialista de “servicio universal”.
Que
la competencia de libre mercado haya sido la fuente del monopolio telefónico
desde
inicios del siglo veinte es la más grande mentira jamás contada por la profesión
económica.
El libre mercado nunca “falló”; fue el gobierno el que fracasó en permitir
competencia
de mercado libre al implementar su plan corporativista en beneficio de las
empresas
telefónicas, a costa de los consumidores y los competidores potenciales.
Conclusiones
La
teoría del monopolio natural es una ficción económica. Tal cosa como un “monopolio
natural” jamás ha existido. La historia de los así llamados “servicios públicos”
es
que a fines del siglo diecinueve y principios del veinte las empresas competían
vigorosamente
y, como en todo el resto de industrias, no les gustaba la competencia. Las
empresas
obtuvieron monopolios por parte del gobierno, y entonces, con ayuda de algunos
economistas
influyentes, fabricaron la racionalización (justificación) ex post para su
poder
monopólico.
Este
debe ser uno de los más grandes golpes de relaciones públicas de todos los
tiempos.
“Por medio de un proceso calmante de racionalización” escribió Horace M.
Gray
hace
más de 50 años, “la gente es capaz de oponerse a los monopolios en general
pero
aprobar
ciertos tipos de monopolio...Dado que esos monopolios eran “naturales” y
dado
que
la naturaleza es benévola, se deducía que estos eran monopolios
“buenos”...El
gobierno
ha sido justificado en el establecimiento de monopolios “buenos”.59
En
una industria tras otra, el concepto del monopolio natural está finalmente
derrumbándose.
Energía eléctrica, TV por cable, servicios telefónicos, y el correo, están a
punto
de ser desregulados, bien sea legislativamente o de facto, debido a cambios
tecnológicos.
Introducida en los EE.UU. aproximadamente al mismo tiempo que el
comunismo
fue introducido en la ex-Unión Soviética, la concesión de licencias de
exclusividad
están a punto de fenecer de la misma forma. Como todos los monopolistas,
tratarán
de utilizar hasta el último recurso para manipular y mantener sus privilegios
monopólicos,
pero las ganancias potenciales -para los consumidores- de tener mercados
libres
son demasiado grandes para justificarles. La teoría del monopolio natural es
una
ficción
económica del siglo diecinueve que defiende privilegios monopólicos del siglo
diecinueve
(o dieciocho, en el caso del Servicio Postal de los EE.UU.), y no tiene lugar
válido
en la economía estadounidense del siglo veintiuno.
Fuente:
The
Review of Austrian Economics Vol. 9, No. 2 (1996): 43-58 ISSN 0889-3047
Traducido
por Juan Fernando Carpio,
Director Ejecutivo del
Instituto
para la Libertad en Quito, Ecuador (Sudamérica.)
Referencias
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Richard
T.Ely, Monopolies and Trusts (New York: MacMillan, 1990), p. 162.
2
John
Bates Clark y Franklin Giddings, Modern Distributive Processes (Boston: Ginn
& Co.,1888), p. 21.
3
Herbert
Davenport, The Economics of Enterprise (New York: MacMillan, 1919), p. 483.
4
James
L. Laughlin, The Elements of Political Economy (New York: American Book, 1902),
p. 71.
5
Irving
Fisher, Elementary Principles of Economics (New York: MacMillan, 1912), p. 330.
6
E.R
A. Seligman, Principles of Economics (New York: Longmans, Green, 1909), p. 341.
7
Ibid.,
p. 97.
8
Simon
Patten, “The Economic Effects of Combinations" Age of Steel (Jan.
5,1889): 13.
9
Franklin
Giddings, "The Persistence of competition," Political Science
Quarterly (March 1887): 62.
10
David
A. Wells, Recent Economic Changes (New York: DeCapro Press, 1889), p. 74.
11
George
Gunton, "The Economics and Social Aspects of Trusts," Political
Science Quarterly (Sept. 1888):
385.
12
A.
W. Coats, "The American Political Economy Club" American Economic
Review (Sept. 1961): 621-37.
13
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J. DiLorenzo, "The Origins of Antitrust: An Interest-Group
Perspective," International Review of
Law
and Economics (Fall 1985): 73-90.
14
Burton
N. Behling, "Competition and Monopoly in Public Utility Industries”
(1938), in Harold Demsetz,
ed.,
Efficiency, Competition, and Policy (Cambridge, Mass.: Blackwell, 1989), p. 78.
15
Ibid.
16
George
T. Brown, The Gas Light Company of Baltimore: A Study of Natural Monopoly
(Baltimore,
Maryland:
Johns Hopkins University Press, 1936).
17
Ibid.
p.5
18
Ibid.
p.31
19
Ibid.
20
Ibid.
p.47
21
Ibid.
p.52
22
Ibid.
p.75
23
Ibid. p.126. Énfasis añadido.
24
Horace
M. Gray, “The Passing of the Public Utility Concept", Journal of Land and
Public Utility
Economics
(Feb. 1940): 8.
25
Ibid.
26
Ibid.
p.9
27
Ibid.
28
Ibid.
p.15
29
Ibid.
p.11
30
George
Stigler and Claire Friedland, “What Can Regulators Regulate? The Case of
Electricity”, Journal of
Law
and Economics (October 1962): 1-16.
31
Gregg
A. Jarrell, "The Demand for State Regulation of the Electric Utility
Industry," Journal of Law and
Economics
(October 1978): 269-95.
32
Demsetz,
Efficiency, Competition, and Policy, p. 81.
33
Murray
N. Rothbard, Power and Market: Government and the Economy (Kansas City: Sheed
Andrews and
McMeel,
1977), pp. 75-76.
34
Murray
N. Rothbard, Man, Economy, and State: A Treatise on Economic Principles
(Auburn,Ala.: Ludwig
von
Mises Institute, 1993), p. 619.
35
Ibid.
p.620
36
Ibid.
p.548
37
Edwin
Chadwick, “Results of Different Principles of Legislation and Administration
in Europe of
Competition
for the Field as Compared With Competition Within the Field of Service,”
Journal of the
Statistical
Society of London 22 (1859): 381-420.
38
Harold
Demsetz, “Why Regulate Utilities?” Journal of Law and Economics (April
1968): 55-65.
39
Ibid.
40
Ibid.
41
Steve
Hanke and Stephen J. K. Walters, 'Privatization and Natural Monopoly: The Case
of Waterworks," The Privatization Review (Spring 1987): 24-31.
42
Walter
J. Primeaux, Jr., Direct Electric Utility Competition: The Natural MonopolyMyth
(New York:
Praeger,
1986), p. 175.
43
“California
Eyes Open Electricity Market”, The Washington Times, May 27, 1995, p.2.
N.
del E. Debe notarse que lo que parecía una tendencia hacia la apertura de
mercado en California, terminó
siendo
un fiasco demagógico. Sobre el particular es fundamental revisar dos artículos
del prof. George
Reisman:
“California Screaming, Under Government Blows” escrito para el Ludwig von
Mises Institute
Daily
Article, en Dic. 22 de 2000, y “The Great Power-Shortage Myth” en la misma
publicación
(www.mises.org)
en Sept. de 2004 debido a dos instancias correspondientes de fallas de energía
en el estado
de
California. En ellos se atribuye adecuadamente el problema al impedimento de
crear fuentes de energía
eléctrica
que no se basen en gas a una tendencia ambientalista radical, en un contexto de
creciente uso de
equipos
electrónicos en fábricas y hogares; es decir, oferta y distribución
fuertemente restringidas y demanda
creciente
por el propio progreso económico.
44
La
siguiente información proviene de Toni Mack, "Power to the People,"
Forbes, June 5,1995, pp. 119-26.
45
Ibid.
p.120
46
Ibid.
p.126
47
Thomas
Hazlett, “Duopolistic Competition in Cable Television: Implications for Public
Policy," Yale
Journal
on Regulation 7 (1990).
48
Ibid.
49
Ibid.
50
Ibid.
51
Thomas
Hazlett, "Private Contracting versus Public Regulation as a Solution to the
Natural Monopoly
Problem,"
in Robert W. Poole, ed., Unnatural Monopolies: The Case for Deregulating Public
Utilities
(Lexington,
Mass.: Lexington Books, 1985), p. 104.
52
Pacific
West Cable Co. v. City of Sacramento, 672 F. Supp. 1322 134940 (E.D. Cal. 1987),
citado en
Hazlett,
"Duopolistic Competition."
53
Thomas
Hazlett, “Duopolistic Competition in Cable Television.”
54
Adam
D. Thierer, “Unnatural Monopoly: Critical Moments in the Development of the
Bell System
Monopoly”,
Cato Journal (Fall 1994):267-85.
55
Ibid.
p.270
56
Ibid.
57
G.
H. Loeb, “The Communications Act Policy Toward Competition: A Failure to
Communicate”, Duke
Law
Journal 1 (1978):14.
58
Thierer,
“Unnatural Monopoly: Critical Moments in the Development of the Bell System
Monopoly” p.
277.
59
Gray,
“The Passing of the Public Utility Concept”, p. 10.
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