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ORIGENES DEL PENSAMIENTO PROGRE POR PABLO MOLINA |
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Nota
del Editor: Este trabajo es lectura imprescindible,
sobre todo para quienes todavía siguen creyendo que la causa del libre
mercado es independiente y separable de la lucha en pro de la familia y la
moralidad, y en defensa de los valores y principios nuestra cultura
occidental y cristiana. (¡Sí, aunque la fórmula suene anticuada!) Su
autor, Pablo Molina es un talentoso escritor y periodista español. En
“Libertad Digital” ha publicado una serie de 4 artículos, que me he
tomado la libertad de editar como ensayo para mis amigos del ILE. Aquí
van. 1. La
revolución frustrada: Lenin y Rosa Luxemburgo 2.
Propaganda y subversión: Gramsci y Münzenberg 3. El
secuestro de la sociedad civil: Herbert Marcuse 4. El
desfonde de la posmodernidad 1. La
revolución frustrada: Lenin y Rosa Luxemburgo Tras la
primera Guerra Mundial y el hundimiento de la II Internacional Socialista,
una vigorosa corriente doctrinal dentro del marxismo, sobre todo a partir
de 1945, da por periclitada la teoría leninista de la conquista violenta
del poder por la clase proletaria. En lugar
de asaltar el Estado para cambiar la mentalidad de la sociedad, los
izquierdistas acomodados en las sociedades del bienestar (socialdemócratas),
adoptan la tesis contraria: que es necesario primero transformar
radicalmente el alma humana, para que el poder caiga en manos de la
izquierda, en palabras del propio Gramsci: “como fruta madura”. El actual
gusto por la contracultura, el antiamericanismo primario, el ecologismo
furibundo, el pacifismo a la violeta y, en general la predilección de la
progresía de ahora por todos los enemigos del sistema occidental, tienen
su origen en este revisionismo marxista de principios del siglo pasado.
Veamos. A
comienzos del Siglo XX, los teóricos de la II Internacional consideraban
que los conflictos sociales acabarían lanzando violentamente a un
proletariado cada vez más depauperado y numeroso, contra la minoritaria
clase burguesa, dando como resultado el triunfo de la revolución
socialista. En la
verborrea marxista clásica, a un cambio sustancial en las condiciones
económicas de la sociedad (infraestructura) seguiría de forma inexorable
una mutación del pensamiento y la moral colectivas (superestructura),
naciendo el hombre nuevo, que cumpliría por fin el ideal socialista
anunciado por sus profetas. Convencidos de que el futuro estaba
predeterminado por las leyes de la dialéctica, la implosión definitiva
del capitalismo y la llegada de la revolución proletaria eran tan sólo
mera cuestión de tiempo. Aunque
sin embargo, junto a esta corriente de marxismo contemplativo, coexistían
enérgicos líderes partidarios de “ayudar” activamente a la historia
a cumplir sus designios. Era el caso de Rosa Luxemburgo y su “gimnasia
revolucionaria”, que las masas debían ir practicando para que el
advenimiento marxista no les cogiera con las articulaciones morales
anquilosadas. O el más clásico ejemplo de Lenin, bastante más
desconfiado, quien no creía que el sistema capitalista fuera a reventar
por sí sólo de un día para otro (por aquello de las “contradicciones
internas”); por el contrario, era necesario colaborar de forma exógena
con esas contradicciones, inoculando al proceso las dosis necesarias de
lucha revolucionaria, hasta llegar a la toma violenta del poder por la
clase proletaria, que era, por otra parte, de lo que se trataba. Cuando
los vientos que anunciaban el inicio de la primera Guerra Mundial
empezaron a recorrer Europa entera, los dirigentes marxistas creyeron ver
la oportunidad definitiva para el triunfo de la revolución proletaria en
todo el continente. Según la ortodoxia marxista, la clase trabajadora debía
responder de forma homogénea ante el conflicto, al margen de los
intereses de las burguesías dirigentes nacionales, negándose a luchar
contra sus hermanos de clase. La tremenda crisis abierta por una guerra
dentro del sistema continental capitalista, no podía tener mas que una
salida: La Revolución. La famosa
moción de Stuttgart de la II Internacional, proclamada en 1907, era
suficientemente explícita al respecto: “En caso de que la guerra llegase a estallar, los socialistas tienen el deber de intervenir para hacerla cesar inmediatamente y de utilizar con todas sus fuerzas la crisis económica y política creada por la guerra, para hacer agitación entre las capas populares más amplias y precipitar la caída de la dominación capitalista”. Sin
embargo, las previsiones optimistas de la Internacional acabarían en un
completo desastre y, por extensión, supondrían el final de la propia
organización. A excepción de Rusia y Serbia -por motivos muy concretos-,
los socialistas, junto con los sindicalistas y los anarquistas,
participaron mayoritaria y entusiásticamente en la Unión Sagrada con sus
clases dirigentes para la defensa nacional. En 1914, los socialdemócratas
alemanes -al igual que sus correligionarios ingleses y franceses en sus
respectivos parlamentos- votaron en el Reichstag como un sólo hombre a
favor de los créditos de guerra, aspecto éste terminantemente prohibido
por la II Internacional, ratificado en sus distintos congresos. En todos
los países involucrados en el conflicto bélico, los obreros, dirigidos
por sus partidos de corte socialista, fueron alegremente a la lucha en
defensa de sus respectivas naciones (y no de sus intereses de clase)
dejando “la revolución” para otro momento. Los
dirigentes marxistas, seguros como estaban de la infalibilidad de sus análisis
materialistas, quedaron petrificados por esta orgía obscena de
patriotismo proletario. Ni
siquiera el estallido de la Revolución Rusa fue estímulo suficiente para
que en los frentes, las masas proletarias entraran en razón e hicieran de
una vez lo que la Historia y sus ungidos dirigentes esperaban de ellas. En
lugar de eso, los espartaquistas alemanes, que habían visto en la
revolución bolchevique la ocasión perfecta para agitar las conciencias
de los trabajadores de forma irreversible, fueron molidos a palos ¡por
sus hermanos de clase! (Los grupos paramilitares encargados de la represión
fueron dirigidos por el socialdemócrata Noske, que cumplió este
cometido, forzoso es decirlo, con singular eficacia). Rosa Luxemburgo, líder
del levantamiento, experimentó en sus propias carnes la “gimnasia”
que ella misma pregonaba para las masas, aunque en este caso no fue
precisamente revolucionaria si no más bien todo lo contrario: acabó
asesinada a bayonetazos y arrojada a un canal, descubriéndose su cadáver
varios meses más tarde. Otros levantamientos similares en Baviera o
Budapest fueron igualmente aplastados con facilidad. Los
trabajadores del mundo se unían, sí, pero no para acabar con el
capitalismo, sino para moler a palos a los que trataban de organizar la
revolución marxista en su nombre. Parecía
increíble pero, aunque las previsiones establecidas por la dialéctica
marxista, cuyo cientifismo histórico estaba fuera de toda duda,
vaticinaban el fin del sistema burgués capitalista tras el cataclismo bélico
y el advenimiento inexorable de la dictadura del proletariado, el
resultado fue exactamente el contrario. Era
imperativo, por tanto, un cambio de estrategia radical. Si la imposición
violenta del paradigma marxista resultaba un evidente fracaso aún en las
circunstancias más favorables para la agitación revolucionaria, la clave
estaba en modificar las conciencias (superestructura) a través de la
cultura, los medios de comunicación, las universidades y demás centros
de pensamiento, hasta que el poder cayera en el regazo marxista,
recordemos, como fruta madura. Al
estudio de esta estrategia dedicamos la próxima entrega de esta serie. 2.
Propaganda y subversión: Gramsci y Münzenberg Probablemente,
Antonio Gramsci fue el primer intelectual marxista que comprendió la
necesidad de trasladar la lucha de clases al terreno de la cultura de
masas. Junto a Lukacs, otro teórico del “terrorismo cultural” según
su propia definición, sentaría las bases para el acceso al poder
mediante la demolición de los pilares morales de la tradición
judeocristiana. Finalmente Willi Münzenberg, principal dirigente de la
Kommintern en la primera mitad del Siglo XX, se encargaría -con eficacia
estalinista- de extender por occidente las consignas para la subversión. El
comunista Antonio Gramsci, uno de los pocos dirigentes marxistas a los que
el fanatismo ideológico no le impedía cierta capacidad para el frío análisis,
percibió tras su primera visita a la URSS, que el comunismo no funcionaba
como sistema de organización social. Y que de hecho sólo subsistía
penosamente bajo regímenes que empleaban la violencia y el terror de
masas como arma para la obediencia política. Cuando
Mussolini, el socialista -no olvidarlo- que acabó creando el fascismo,
llevó a cabo su marcha sobre Roma, Gramsci puso en práctica la táctica
habitual de los dirigentes comunistas en tiempos de crisis: Salir huyendo
a uña de avión. (En España, al final de la contienda civil, los cuadros
dirigentes del PCE protagonizaron episodios similares. Otros camaradas, a
falta de aviones soviéticos, utilizaron ambulancias de la Cruz Roja,
llenas por cierto de alhajas y otros objetos valiosos, para pasar la
frontera evitando los rigores de una huida a pié con los nacionales pisándoles
los talones, como es bien conocido). Ya en
Rusia Gramsci -ningún otro destino más apropiado para el exilio de un
fervoroso marxista-, consignó con frialdad la terrible aberración que
constituía el régimen soviético, así como los sufrimientos sin fin que
provocaba entre la población. Al menos hizo gala de una honestidad
intelectual a la que fue ajeno el resto de “tontos útiles” (Lenin
dixit) que volvían de sus visitas a la URSS cantando glorias sin fin del
sistema bolchevique: “la libertad de crítica en la URSS es total”,
proclamaba solemne Jean-Paul Sartre, tras una de sus giras turísticas al
paraíso proletario. Puesto
que la dialéctica marxista como herramienta analítica no podía haber
perdido su infalibilidad, ¿cómo explicar la causa de este rotundo
fracaso? Según el italiano, había que buscarla en la tradición
judeocristiana, que durante 2.000 años había estado infectando el alma
de occidente hasta hacerla irrecuperable para el ideal comunista. La
propiedad privada como pilar del sistema económico, la familia como forma
de organización social, y una determinada tradición moral ampliamente
compartida, impedían que la historia fluyera en la dirección prevista
por los científicos del marxismo. Finalizado
este breve trabajo de campo por tierras bolcheviques -y horrorizado tras
comprobar los métodos de un Stalin recién llegado al poder- Gramsci
volvió a su país para liderar el Partido Comunista Italiano. Pero
Mussolini tenía planes distintos, así que le metió en la cárcel y tiró
la llave. En este régimen
de enclaustramiento obligado, tan favorable para el recogimiento
espiritual y la reflexión serena que requiere toda empresa intelectual de
campanillas, Gramsci teorizó brillantemente sobre la necesidad de
subvertir el sistema de valores occidental como elemento previo e
imprescindible para el éxito del ideal comunista. Para ello, concretó el
italiano, era requisito imprescindible ganar para la causa marxista a los
intelectuales, al mundo de la cultura, de la religión, de la educación,
en definitiva a los sectores más dinámicos en el mundo de las ideas, con
la seguridad de que en unas cuantas generaciones cambiaría radicalmente
el paradigma dominante en occidente. Sus Cuadernos de la Cárcel, son el
compendio indispensable para comprender las claves de este cambio de
estrategia. (De la importancia seminal de este trabajo, puede hacerse el
lector una idea tan sólo indagando en Internet a través de Google, con
las palabras “quaderni” y el nombre del italiano: el primer resultado
que aparece, si se solicitan sólo páginas en español, es un estudio
hagiográfico de la obra de Gramsci editado por la UNESCO, quizás el
mayor conciliábulo de tontos útiles del planeta, lo que, dicho sea de
paso, confirma plenamente las teorías del aludido.) Por su
parte el húngaro Gregory Lukacs, otro brillante teórico totalitario,
llegaba en sus análisis a las mismas conclusiones. Lukacs, además, tuvo
la oportunidad de poner en práctica sus teorías durante la breve
dictadura de Bela Kun en su país, bajo la que desempeñó las funciones
de comisario para la cultura. En el breve plazo que duró en Hungría la
dictadura comunista, Lukacs -se preguntaba“¿Quién nos librará de la
civilización occidental?”- instauró, como parte de su proyectado
terrorismo cultural, un radical programa de educación sexual en los
colegios. Los niños eran instruidos en las bondades del amor libre y los
intercambios sexuales, así como en la naturaleza irracional y opresora de
la familia tradicional, la monogamia o la religión, que privaban al ser
humano del goce de placeres ilimitados. Como se
puede ver, los patrones intelectuales de la generación del baby boom
tienen su origen en el programa ideológico diseñado por el húngaro con
medio siglo de antelación. Nada nuevo bajo el sol. Es
importante insistir en que Lukacs y Gramsci coincidían plenamente con los
objetivos finales del marxismo clásico y su diseño de una sociedad
nueva, modulada bajo los parámetros de la ingeniería social comunista.
Lo único en lo que diferían respecto a sus antecesores era en los medios
para alcanzar esos fines. Aunque nuestros progres actuales lo ignoren
(como tantas otras cosas), éste es el origen doctrinal del progresismo
contemporáneo. De hecho,
podríamos decir que Gramsci y Lukacs son los padres intelectuales del
progre del Siglo XXI, y si la izquierda de a pié prefiriera la lectura
sosegada a la deglución acrítica de mantras prefabricados, los
institutos de enseñanza media y las aulas universitarias estarían llenas
de camisetas con la imagen de estos dos precursores de la revolución
cultural, en lugar del sempiterno Ernesto Guevara. Ambos pusieron las
bases de la contracultura que nuestros progres adoptaron como propia a
partir de los 60, cuyo fin es erosionar las bases del sistema de vida de
occidente, y sólo así hacer posible el sueño marxista de una sociedad
en la que propiedad privada, familia y tradición moral acaben siendo
reliquias del pasado. Pero
estos escarceos teóricos no hubieran tenido apenas virtualidad en la
forma de vida occidental sin la participación de la más formidable
maquinaria de propaganda marxista. Hablamos, naturalmente de la
Kommintern, o Internacional Comunista, dirigida por un genio de la
infiltración y el agit-prop como Willi Münzenberg. Münzenberg
había sido compañero de Lenin ya en su etapa suiza, antes de la revolución
bolchevique. Una vez conquistado el poder, el nuevo líder soviético le
puso a trabajar junto a Karl Radek, intelectual radical polaco dedicado a
“racionalizar” las ideas revolucionarias, y Félix Dzerzhinsky,
creador de la Cheka e inventor de la policía secreta como instrumento de
terror revolucionario. Se convirtió Willi Münzenberg en el responsable
directo de las operaciones de propaganda en occidente. Münzenberg
utilizó la Kommintern para la consecución de un objetivo muy sencillo en
su definición, pero tremendamente complicado de llevar a cabo. En
esencia, su misión fue inocular en la conciencia de occidente, como una
segunda naturaleza, la idea de que cualquier crítica o reproche al
sistema soviético sólo podía provenir de personas fanáticas, fascistas
o sencillamente estúpidas; mientras que los partidarios del comunismo
eran, por el contrario, gente con una mente avanzada, partidarios del
progreso de la humanidad y tocados por un halo especial de refinamiento
intelectual. Para sus
planes, los hombres de Münzenberg contaron con la colaboración, dentro
de occidente, de una auténtica pléyade de escritores, periodistas,
artistas, actores, directores de cine, científicos o publicistas, desde
Ernest Hemingway a John Dos Passos, y de Bertolt Brecht a Dorothy Parker.
Todos dispuestos a defender una imagen idealizada del sistema comunista y
a esparcir por el mundo la leyenda de las bondades del régimen soviético;
pero sobre todo, las espantosas maldades del capitalismo “represivo”.
La opinión que el propio Münzenberg tenía de todos ellos era muy pobre,
baste señalar el calificativo que empleaba en privado para definirlos:
“El club de los inocentes”. Bajo su
dirección la Kommintern se convirtió en el primer “multimedia” de la
Historia, con decenas de periódicos, revistas, editoriales, estaciones de
radio o productoras de cine formando un complejo entramado dispuesto para
la difusión del tipo de mensajes que interesaba a la dirección
comunista. El éxito
de la estrategia de Münzenberg pudo influir en su posterior reproducción
a escala nacional por parte de corporaciones empresariales privadas,
cercanas a los centros de poder socialista, y con algunos ejemplos
exitosos bien conocidos. Su condición empresarial, rabiosa y
saludablemente capitalista, no entorpece su particular empeño en la
difusión de los dogmas típicos de la vulgata marxista en contra de la
globalización, el libre mercado, los EEUU, y sobre todo de la moral
judeocristiana, esa de la que se nutre diariamente la parroquia de su
barrio. Münzenberg,
además, fue el creador de la figura de la “agencia de noticias”, que
bajo su inspiración servía tanto para labores de intoxicación
informativa como para ocultar excelentemente a los hombres encargados de
las tareas de espionaje en los países anfitriones. Pero además
de la Kommintern de Willi Münzenberg, la llamada Escuela de Francfort,
fundada por Lukacs y otros miembros del Partido Comunista Alemán, estaba
llamada a desempeñar un papel directo en las tareas de subversión
cultural, especialmente en EEUU, donde recaló huyendo del nazismo (de
nuevo el proverbial heroísmo comunista), toda esta troupe de
intelectuales concienciados. A su
examen y al de las claves del combate contracultural que se viene
desarrollando desde hace ya medio siglo, dedicaremos el siguiente capítulo
de esta serie. 3. El
secuestro de la sociedad civil: Herbert Marcuse A
comienzos de los años 20 del siglo pasado Lucaks, junto con otros compañeros
del Partido Comunista Alemán, creó el Instituto de Investigación
Social, ligado académicamente a la Universidad de Francfort. En su seno,
los sucesores de Gramsci recogerían su legado intelectual para producir
una escolástica marxista con la que emprender “el largo camino a través
de las instituciones”. Las
figuras más importantes de la Escuela de Francfort fueron Max Horkheimer,
bajo cuya dirección se consolidó su prestigio internacional como centro
de pensamiento avanzado, el crítico musical Theodor Adorno, el psicólogo
Erich Fromm, y un joven talento nacido de la propia escuela llamado
Herbert Marcuse. Todos ellos arribaron a EEUU huyendo del nazismo,
encontrando calurosa acogida en la Universidad de Columbia, Estado de
Nueva York. A los
efectos de este breve estudio, el hito más importante de la escuela de
Francfort es el desarrollo de lo que se llamó “La Teoría Crítica”.
La crítica a la que hace referencia su denominación se dirigía,
obviamente, hacia la sociedad occidental capitalista, que estos pensadores
marxistas declaran férreamente oprimida por una mentalidad tradicional
judeocristiana, a la vez que manipulada por las estructuras burocratizadas
de los grandes medios de comunicación. Los medios producen una falsa
cultura, con el objeto de apaciguar, reprimir y entontecer a las masas,
mediante la imposición de aberraciones conceptuales tales como el
cristianismo, la autoridad, la familia, el capitalismo, la jerarquía, la
moralidad, el patriotismo, la tradición, la lealtad, el conservadurismo o
la continencia sexual. Bajo la
teoría crítica, el sistema occidental es acusado de cometer innumerables
pecados: toda clase de genocidios contra el resto de las civilizaciones
(el mito rousseauniano del buen salvaje); mantener sojuzgados a sectores
enteros de la población (mujeres, minorías étnicas, homosexuales,
etc.); y fomentar en los niños y adolescentes el nacimiento y desarrollo
de todo tipo de conductas de carácter fascista. Se trata de un marco
filosófico que pretende inculcar un pesimismo constitutivo en el alma
occidental, a pesar de ser la sociedad más próspera y libre del planeta.
Sin embargo, como escribió Aron, «todo régimen conocido es torpe y
culpable si uno lo compara con un ideal abstracto de igualdad o libertad».
A grandes rasgos esta fue la estrategia psicológica para que la generación
occidental de los 60, la más privilegiada de la Historia, se convenciera
a sí misma de vivir en un infierno insufrible. Pero quizás
el hito más importante de la Escuela de Francfort fue la publicación del
libro de Herbert Marcuse "La tolerancia represiva", que muy
pronto se convertiría en lectura de culto en los ambientes académicos.
Marcuse, como ya se ha apuntado, llegó a EEUU junto con los demás
integrantes de la escuela, pero a diferencia de la mayoría de sus compañeros,
no volvió junto a ellos a Alemania en los 50. Cuando los campus
universitarios norteamericanos ardían en las oleadas violentas de los 60,
Marcuse era una figura venerada entre los sectores más radicales. Sus
alocuciones a los estudiantes llamándolos a la rebelión le convirtieron
en un icono intelectual. Suya es la consigna «haz el amor y no la guerra». En “La
tolerancia represiva”, Marcuse construye su terrible acta de acusación
formal contra la burguesía. La considera no sólo como un crisol de
conductas arcaicas o pasadas de moda, sino como la causa directa de la
opresión fascista que soporta la sociedad. Así como el marxismo clásico
criminalizó a la clase capitalista, la Escuela de Francfort, a través de
Marcuse, declaró culpable de los mismos delitos al sector sociológico
formado por las clases medias. El desarrollo teórico posterior de esta
idea seminal llevó a sus estudiosos a concluir que los individuos que
crecían en familias tradicionales eran incipientes fascistas, nazis
potenciales, al igual que los
que hacen gala de algún síntoma de patriotismo, los practicantes de
religiones tradicionales, o en general, los
autotitulados conservadores. Pero
Marcuse es también el responsable de otras herramientas dialécticas del
arsenal progre, como el concepto mismo de «tolerancia represiva». Según
el mismo, aceptar la existencia de una amplia variedad de puntos de vista
(otros lo llamamos simplemente «libertad de expresión») es, en
realidad, una forma escogida de represión. Por otra parte, Marcuse definió
su particular concepto de la tolerancia como la comprensión
condescendiente para todos los movimientos de izquierda, conjugada con la
intransigencia más absoluta respecto a las manifestaciones de matiz
conservador. Un
ejemplo claro de esta táctica totalitaria se pudo ver en España
recientemente. En el tratamiento informativo de los sucesos acaecidos en
la manifestación de la Asociación de Víctimas del Terrorismo, en la que
José Bono fue objeto de una agresión inexistente. Las protestas de un
grupo de ciudadanos contra la presencia de un ministro del PSOE, fueron
calificadas como cruel agresión y acto injustificable de exaltación
fascista. Por el contrario, las violencias muy reales y en algunos casos
con riesgo físico que en los últimos años ha padecido el sector
conservador, como el destrozo de las sedes de AP o las pancartas con gravísimos
insultos a sus representantes políticos (con fotografías incluidas, para
que no hubiera duda), sólo han merecido comprensión y argumentos
exculpatorios de los custodios de la ortodoxia democrática. “Más daño
hacen las bombas de Irak.” La circunstancia de que el autor de la
palinodia más agresiva sobre el resurgimiento del fascismo ibérico
-publicada a raíz del suceso- acumulara en sus manos las carteras de
Interior y Justicia, suceso inédito en las democracias avanzadas y, en
cambio, algo muy habitual en los regímenes fascistas, sólo añade el
tradicional toque esperpéntico de la izquierda cuando se pone a
pontificar. En
realidad, Marcuse no hacía sino actualizar las directrices de órganos
comunistas como el Comité Central del PCUS, que ya en 1943 instruía a
sus cuadros con esta consigna: «Nuestros camaradas y los miembros de las organizaciones amigas deben continuamente avergonzar, desacreditar y degradar a nuestros críticos. Cuando los obstruccionistas se vuelvan demasiado irritantes hay que etiquetarlos como fascistas o nazis. Esta asociación de ideas, después de las suficientes repeticiones, acabará siendo una realidad en la conciencia de la gente». Esta técnica
dialéctica ha sido diligentemente adoptada por la progresía contemporánea.
Cualquier discusión en la que los argumentos conservadores se hacen difíciles
de refutar, es zanjada por el progre de turno tachando de fascista a su
contradictor. Sigue plenamente vigente 60 años después. Este es el
origen de lo que se llama “políticamente correcto” -marxismo cultural
sería la definición más apropiada en términos históricos-, especie de
estricnina intelectual adoptada por el progresismo dominante como elemento
constitutivo de su particular cosmovisión. Desemboca con éxito
arrollador en la imposición de todos los tópicos prefabricados en
defensa de la agenda cultural, intelectual y moral de la izquierda. Basta con
asomarse a los medios de comunicación para constatar la magnitud de la
dictadura de este marxismo cultural, que obliga a la aceptación de sus
principios bajo pena de excomunión democrática. La homosexualidad, la
infidelidad, el aborto, la promiscuidad exacerbada, y en general cualquier
conducta contraria a la esencia y valores de la familia tradicional, es
ofrecida a través de programas de testimonio, tertulias o teleseries como
expresiones altamente enriquecedoras del ser humano. El menoscabo de la
propiedad privada en beneficio de un “interés público”, la masiva
intervención estatal en asuntos privados como la enseñanza y el mal
llamado Estado del Bienestar, son considerados también elementos
imprescindibles para el progreso de las sociedades. Por el contrario, la
religión -“Cómo cocinar un Cristo para dos personas”-, la defensa de
la propiedad privada y el capitalismo, elementos imprescindibles para el
progreso económico, la familia como forma de organización social, y la
observancia de un código moral transmitido durante generaciones, son
elementos situados en el punto de mira de los acorazados del progreso, con
carácter permanente. Cualquiera
que se atreva a disentir del dictado del marxismo cultural configurado a
través de estas consignas, es tachado inmediatamente de reaccionario, fanático
o, si persiste en su empeño, de fascista. Bajo el régimen
despótico de lo políticamente correcto, las únicas expresiones
religiosas admisibles son las que ponen el acento en conceptos típicos de
la agenda progre: la justicia social, el ambiente, el
“multiculturalismo”, la redistribución internacional de la riqueza y
el tercermundismo anticapitalista. Por otra
parte, tras varias décadas de marxismo educativo, nuestros alumnos son
los menos capacitados en las áreas clásicas de conocimiento (en algunos
casos rayando en el puro analfabetismo), pero en cambio conforman las
generaciones más hipersensibilizadas con los tópicos promovidos por la
izquierda como los riesgos de la contaminación, la lucha contra la opresión
capitalista, la tolerancia sin límites, el pacifismo sin condiciones, el
multiculturalismo y el relativismo ético. El éxito
del programa intelectual gramsciano queda atestiguado con ejemplos como el
de Michael Walzer. En el número de invierno de 1996 del órgano marxista
Dissent, Walzer enumeraba las siguientes conquistas: «el visible impacto del feminismo, los efectos de la discriminación positiva, la emergencia de los derechos políticos de los gays y la atención que se les presta en los medios de comunicación, la aceptación del multiculturalismo, la transformación de la vida familiar incluyendo el incesante crecimiento de las tasas de divorcio, cambio de roles sexuales, nuevas formas de concebir la familia y, de nuevo, su representación favorable en los medios, el progreso de la secularización, la expulsión de la religión en general y del cristianismo en particular de la esfera pública (aulas, libros de texto, códigos legales, lapsos de vacaciones, etc.), la virtual abolición de la pena capital, la legalización del aborto y los éxitos iniciales en el esfuerzo para regular y limitar la posesión de armas de fuego». Pero lo más
destacable de todo es, como admite el propio Walzer, que todas esas
conquistas han sido impuestas por las élites progresistas, sin que
respondan a la presión de movimientos de masas. Todo este
proceso histórico ha desembocado finalmente en la aceptación
generalizada de la agenda política completa de la izquierda. Hasta los
partidos “de la derecha” conjugan con total despreocupación términos
como desarrollo sostenible, cambio climático, equilibrio norte-sur,
justicia social, y defienden sin reservas la educación pública, el
estado del bienestar, etc. Es quizás la última fase de esta larga marcha
a través de las instituciones diseñada en su día por Gramsci con
dimensiones proféticas. Y que
Aldous Huxley concretó admirablemente cuando escribió: “un estado totalitario realmente eficiente, es aquel en el que las élites controlan a una población de esclavos que no necesita ser coaccionada, porque en realidad ama esta servidumbre.” 4. El
desfonde de la posmodernidad Toda esta
vastísima empresa contracultural, sólo sirvió para retrasar tal vez
unas décadas el hundimiento del bloque soviético. Sin embargo, la labor
de disolución de los ideales en los que se sustenta la sociedad libre
característica de los sistemas occidentales, ha sido un éxito rotundo.
Tan sólo una cultura degradada o una civilización dando sus últimas
boqueadas, es capaz de asimilar el material de derribo esparcido por la
vulgata marxista y adoptarlo como patrón de conducta.
La
consecuencia inmediata del aplastamiento de los principios que sustentan
el orden natural (familia, propiedad privada, moral tradicional, libre
comercio), no podía ser otra que la increíble desorientación de las
sociedades que lo han padecido. En el estado de cosas actual, se acepta prácticamente
como un dogma de fe que la realidad sencillamente no existe, con lo que el
hombre se despoja voluntariamente de su principal herramienta de
supervivencia: La razón. Si nada
es bueno o malo, moral o inmoral, si todo es relativo, si las afirmaciones
absolutas son observadas como la demostración del carácter autoritario
de quien las sostiene, si no se admite que el ser humano puede conocer la
existencia de una realidad objetiva, integrando la información que le
proporcionan sus sentidos a través de la razón, entonces el mundo se
convierte en algo incomprensible y amenazador, un sitio en el que no
merece la pena esforzarse por alcanzar unas metas de cuya moralidad nadie
puede responder. En la
sociedad actual, la masa sustituye una visión integrada de la existencia
de acuerdo con patrones racionales, por los principios que le ofrece la
atmósfera cultural que les rodea. Pero la educación, sometida al dictado
de los ingenieros sociales que inundan sus estratos superiores, ya no es
una herramienta de transmisión del conocimiento analítico, sino un medio
de reformar la sociedad en virtud de un patrón predeterminado. Los medios
de comunicación, las películas, etc., presentan por lo general a una
serie inagotable de tarados, drogadictos, depravados y psicóticos en sus
múltiples variantes como modelos de conducta (repase mentalmente el
lector cualquier película de “nuestro director de cine más
internacional”) o, en el mejor de los casos, como representantes del
alma humana, invitándonos a imitarles o, al menos, a mostrar nuestra
comprensión en lugar del enérgico rechazo espontáneo que deberían
suscitar en cualquier mente sana. Los
intelectuales, la última esperanza de cualquier sociedad que quiera
iniciar su rearme moral, ofrecen, salvo contadas excepciones, un espectáculo
grotesco caracterizado por el escepticismo militante, el laicismo
agresivo, el pesimismo constitutivo o el gusto por la autodepravación en
sus múltiples posibilidades. Durante
la II Guerra Mundial, no fue infrecuente el suicidio entre los voluntarios
rechazados por no resultar aptos. En contraste, si se pregunta a la
izquierda política de nuestro tiempo cuales son los ideales que debe
defender occidente, la respuesta será un tal brebaje de generalidades
grandilocuentes sobre la humanidad, el diálogo entre civilizaciones, los
derechos humanos, la legalidad internacional emanada de la ONU, la paz
mundial o el desarrollo sostenible. Ni un insecto se dejaría matar por
ellos. Cuando se
ha conseguido llevar a la mitad más próspera y libre del planeta a este
estado de desfonde intelectual y moral, el terreno queda convenientemente
abonado para que fructifiquen hasta las ideas más delirantes de la
intelectualidad orgánica de izquierdas, siempre removiendo los cascotes
del muro de Berlín, a la búsqueda de alguna idea que no ofenda en exceso
la inteligencia humana. En este
estado de postración intelectual, no resulta extraño el extraordinario
florecimiento de la irracionalidad, el misticismo absurdo y las doctrinas
descabelladas, de todo lo cual el movimiento de la Nueva Era es su
principal expresión. Si el progresismo es la quintaesencia de la
ingravidez intelectual, la New Age es su trasunto oligofrénico, lo que la
convierte, de inmediato, en una propuesta atractiva para el espíritu
contemporáneo, pues ofrece una oportunidad para integrar todos aquellos
elementos absurdos que la esquizofrenia postmoderna había dispersado. El
movimiento New Age es una corriente cultural (es decir contracultural),
cuyo origen se localiza en la costa oeste de EEUU durante los ’60. Se
basa en una concepción mágica de la realidad, en la que los arcanos de
las culturas más disparatadas (atlantes, rosacruces), las terapias más
absurdas y una antropología irracional, se trufan con un mesianismo
milenarista, un pacifismo ultramilitante y el inevitable toque OVNI,
formando una grasienta empanada de imposible digestión. La renuncia y
abdicación intelectual de sus practicantes es tan severa, que dentro del
movimiento de la Nueva Era no resulta extraño encontrar a cristianos que
creen firmemente en la reencarnación, o estrellas de Hollywood cuya
evidente politoxicomanía y hedonismo no les impide declararse fervorosas
seguidoras del ascético budismo zen. En
realidad, la New Age sirve perfectamente a los fines establecidos por los
ideólogos de la guerra contracultural. Porque su mística, al contrario
que la judeocristiana, no está basada en la comunión o el crecimiento
personal, sino en la disolución total con un evanescente “todo cósmico”.
Este carácter decadente de la ética y la estética New Age, que
entroniza el relativismo moral y cultural como un valor a perseguir,
convierte a esta corriente en un aliado virtuoso de la intelectualidad
progresista, en su tarea de dejar a la sociedad sin recursos eficaces
contra su propaganda anticapitalista. Es hora
de insistir en que el capitalismo es el único sistema que permite al
individuo llegar tan lejos como su inteligencia, ambición o habilidad le
lleven, recompensándole en consecuencia. Bajo el orden capitalista, el éxito
no depende del dictado arbitrario de unos pocos, sino de la aceptación de
una mayoría libre. No nos
engañemos: nuestro sistema de vida capitalista no es atacado por este ejército
de zombis morales por sus defectos (que los tiene como todo lo humano),
sino por sus virtudes. La motivación real de los colectivistas
hegeliano-marxistas que controlan nuestra cultura no es su amor al
comunismo o su pasión por la “liberación del tercer mundo oprimido”,
sino su odio visceral hacia el sistema de vida occidental capitalista. Su
mediocridad les impide admitir que el éxito de los demás se debe a su
superior talento o disciplina; por tanto insisten con empeño en que toda
fortuna es fruto del robo. Y por extensión, que la riqueza de los países
prósperos procede de la explotación injusta de las zonas míseras del
planeta. Por eso siguen repitiendo que los que defendemos la libertad
civil y la propiedad privada somos peligrosos egoístas totalitarios,
mientras que los apóstoles de mayores controles estatales o los que se
declaran fascinados por el régimen castrista, son los auténticos
adalides de la libertad y el progreso. Ahora, más
que nunca, es necesaria una rebelión intelectual y moral que desenmascare
todo este veneno social y los agentes que lo inoculan. Aunque la tarea es
ingente, es posible detectar algunos incipientes movimientos reactivos en
amplias capas de la población. El éxito
de iniciativas como Libertad Digital, o más coyunturalmente las masivas
manifestaciones en defensa de cuestiones que afectan al orden social y a
los principios en que se sustenta la unidad nacional, así lo demuestran a
nuestro juicio. El nerviosismo de la izquierda lo corrobora. Es como si
todos esperaran a que el vecino afirme públicamente que el “rey va
desnudo” para sumarse con bravura a esta denuncia de lo evidente. Pues
bien, proclamemos ya, ahora, que el rey no sólo va en pelotas, sino que
además, estamos dispuestos a rebelarnos contra su tiranía con las
herramientas que proporciona a todo hombre la razón, la moral y la
inteligencia, para distinguir lo que la Historia ha demostrado que hace a
las sociedades prósperas de lo que las esclaviza. En última
instancia, la única diferencia entre la conquista violenta del poder por
una minoría totalitaria, como pretendía el leninismo, y la obtención
del mismo por caminos difusos previa aniquilación del arsenal moral e
intelectual de la sociedad, si finalmente sucede, sólo estribará en que
la agonía habrá sido más larga y las víctimas mucho más numerosas. Es
posible que estemos inmersos en una guerra perdida de antemano, pero aún
así, nosotros estamos dispuestos a luchar en ella con todas sus
consecuencias. ¿Y Usted ...? Tomado de “Libertad Digital” |
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