POSMODERNISMO: RELATIVISMO, NEOESCEPTICISMO, NEOHILISMO POR RAYMOND BOUDON (I PARTE)


Traducción de Alberto Mansueti del libro Liberalism in Modern Times. Essays in Honor of José G. Merquior, Ernest Gellner y César Cansino (eds.), Praga, Central European University, 1996.

 

 

                                                PARTE I: EXPOSICIÓN

 

 

# El consenso posmoderno, características generales

 

Hay amplio consenso en muchos círculos intelectuales respecto a un grupo de "verdades" tácitamente aceptadas: por ejemplo, que los juicios de valor no pueden ser objetivos, sino que siempre son ilusiones sociales. Dicho de manera más general, cualquier teoría, ya sea normativa o positiva, siempre es "convencional" en el amplio sentido de la palabra, pues la "convención" se interpreta, en muchos casos, como el resultado de un proceso de mutación y selección, y no como un acuerdo explícito. Todas las creencias se deben explicar en su contexto y no por su validez objetiva. En general, cualquier afirmación del tipo "X es verdadero", "X es correcto", "X es malo", "X es erróneo", etcétera, debe considerarse como una versión abreviada de "X se considera verdadero, correcto, malo o erróneo en el contexto C".

 

Esto puede llamarse “convencionismo”. La noción de Bar Hillel (1954) sobre la indexación se debería extender a todos los enunciados.

 

# Según el posmodernismo, la objetividad no existe

 

Este enfoque “convencionista” es ciertamente relevante para algunos enunciados, grupos de enunciados o reglas. Por ej., las reglas de cortesía que se utilizan en una sociedad determinada dependen del contexto, aunque también pueden servir en general para facilitar la interacción social. Pero según los teóricos posmodernos, se debe considerar que el "convencionismo" explica toda y cualquier actitud, regla o creencia: lo que consideramos bueno, verdadero, bello o atractivo no debería ser nunca objetivamente bueno, verdadero, atractivo o bello, sino percibirse como tal por el efecto de las "convenciones" sociales locales.

 

Esta posición convencionista contradice nuestra experiencia inmediata: tendemos a pensar que nuestros juicios de valor tienen su raíz en los objetos reales a los cuales los aplicamos. Creemos que sentimos que una acción moral es buena o que opinamos que una obra de arte es maravillosa porque así lo son. En contradicción con esta experiencia, los pensadores posmodernos nos enseñan que una obra de arte nunca es maravillosa objetivamente. El hecho de que un actor social en un determinado tiempo y en un contexto específico crea X o Y se debe explicar exclusivamente mediante las características de su contexto social.

 

Un corolario de esta vulgata posmoderna es que la disciplina que Augusto Comte puso a la cabeza de su jerarquía de las ciencias, es decir, la sociología (en lenguaje moderno: "sociología" más "antropología"), tiene –junto con la biología– una vocación: convertirse no sólo en la reina de todas las ciencias humanas y de la ciencia posmoderna por excelencia, sino en la única ciencia "real" (1). La epistemología, la moral, la estética, la filosofía y la psicología y muchas otras disciplinas que se cultivaron tradicionalmente en las largas épocas premoderna y moderna, de Platón a Foucault, son severamente condenadas por los pensadores posmodernos, por partir de la suposición realista: que algo es real o bello porque así es objetivamente, y de que podemos explicar por qué es así.

 

Véase a Paul Feyerabend (1975): la epistemología es una ilusión. La antropología es la única disciplina capaz de hablar con seriedad respecto a la ciencia. Ve al científico de la misma manera que los antropólogos ven a los zandes, es decir, sólo tratan de comprender por qué lo que hacen, piensan o creen tiene significado para ellos, dado su contexto social. A ningún antropólogo se le ocurriría afirmar que las creencias de los zandes son la verdad. En contraste, los epistemólogos se acercan a los científicos con el a priori “equívoco” de que la verdad y la objetividad existen, así como la realidad. Para Feyerabend, sustituir la epistemología por la antropología tiene el efecto de liquidar una “ilusión” moderna en beneficio de una verdad posmoderna. Los teóricos posmodernos más avanzados y consecuentes han propuesto incluso sociologizar a las ciencias naturales y sustituir la expresión "ciencias naturales" por la de "ciencias naturales sociales". (2) Entonces, si todos los enunciados del tipo "X es correcto", "X es bueno", etcétera, se indexan socialmente, ¿por qué no hacerlo también con la física o la química?

 

# El caso especial de las ciencias duras

 

Sin embargo, debe ser más difícil apoyar este relativismo en el caso de la ciencia que en el del arte. Esto explica por qué la socioantropología de la ciencia es una dimensión básica del pensamiento de los posmodernos y probablemente su rama más activa y espectacular: para los nihilistas posmodernos, la ciencia era, en efecto, el territorio más difícil de conquistar. Esta dificultad intrínseca explica tal vez por qué la socioantropología de la ciencia tiene, en definitiva, una calidad intelectual mayor que, por ejemplo, la sociología posmoderna del arte o de las leyes. "Mostrar" que la verdad científica son ilusiones sociales implica no sólo estar familiarizado con las ciencias duras, sino tener cierta sofisticación en la argumentación. En este caso, el público debe estar convencido, mientras que en otros casos es suficiente con girar el molino de las plegarias.

 

# ¿Es nuevo el posmodernismo?

 

Mucha gente siempre ha considerado tácitamente, mucho antes que se desarrollara el posmodernismo, que las creencias morales son ilusiones sociales. Blas Pascal, y Michael de Montaigne antes que él, habían sugerido que estaban culturalmente indexadas. Sin embargo, para Pascal sólo un tipo particular de reglas morales –nuestras costumbres tradicionales– son convencionales. El mismo Karl Marx hacía énfasis en que las normas legales se determinan externamente hasta cierto límite. Sin embargo, los pensadores posmodernos ignoran a Marx o a Friedrich Nietzsche y más bien parafrasean la vulgata nietzscheana o marxiana. (3)

 

En lo que respecta a los valores estéticos o morales, la única dificultad seria con la que se enfrentó el posmodernismo fue la de verter el vino antiguo en nuevas botellas posmodernas.

 

# Popper, Kuhn, Feyerabend y Latour contra las ciencias duras

 

Un reto mayor fue acercar las ciencias duras al destino nihilista común. Sin embargo, el pensamiento posmoderno podría sacar provecho de que Karl Popper ya había iniciado involuntariamente esa operación.

 

A) Popper decía que no existen teorías científicas verdaderas, sino sólo teorías provisionalmente no falsas. De modo que con Popper la ciencia perdió parte de su aura. Sin embargo, su "racionalismo crítico" tendía a fortalecer el racionalismo al hacerlo más crítico. Popper trató de encontrar la línea divisoria entre la ciencia y las demás actividades cognitivas. Arguye que la metafísica es legítima y significativa, pero que es, por su propia esencia, distinta de la ciencia: mientras que se puede probar que las teorías científicas son falsas, no sucede lo mismo con las teorías metafísicas. La mayor enseñanza que nos dejó Popper es que no pueden existir verdades científicas propiamente hablando.

 

B) Thomas Kuhn (1962) llegó más lejos: ninguna discusión entre paradigmas puede ser concluyente. La elección entre teorías diferentes es siempre subjetiva y se basa en criterios como la elegancia. El progreso no es menos real en la ciencia que en el arte o en la filosofía, pero tampoco es más real. Para que exista una condición necesaria y suficiente en que aparezca una sensación de progreso, es necesario que se dé continuamente una actividad dentro de un marco estable. De manera recíproca, no puede existir progreso de un paradigma a otro: son inconmensurables. Entonces, no sólo la ciencia sino también la filosofía aristotélica o la escultura barroca pueden darnos, y de hecho nos dan, la impresión de poder progresar. En contraste, la filosofía por sí misma es incapaz, ya que la filosofía es una noción polisémica que abarca actividades heterogéneas llevadas a cabo en marcos inconmensurables.

 

En pocas palabras, la diferencia entre la ciencia y el arte o la filosofía no se derivaría del hecho de que la primera fuera capaz de progresar, sino del hecho de que varios estilos o marcos tienden a coexistir al mismo tiempo en el arte, la ciencia social de la filosofía, mientras que un paradigma dominante tiende a estar presente en la filosofía. ¿Por qué esta situación monopólica por una parte y oligopólica por otra? No me lo pregunten.

 

C) Feyerabend (1975) fue todavía más lejos. La sola impresión de que las ciencias naturales pueden progresar se derivaría de una "ilusión epistemológica". Percibimos la física de Aristóteles como inferior a la de Galileo Galilei, y no es así. Tan sólo tenemos la ilusión de que ésta es mejor porque, bajo el efecto de una historia mítica de la ciencia, sólo hemos retenido las cuestiones que contestó exitosamente la física de Galileo y no la de Aristóteles, pero hemos ocultado las que resolvió éste y no Galileo. La ciencia, sostiene Feyerabend, es un sistema de creencias que no son ni mejores ni más objetivas que las creencias religiosas. Hübner (1985) retomó este tema: los mitos ofrecen explicaciones que no pueden ser consideradas legítimamente menos válidas que las que propone la ciencia.

 

D) Un "antropólogo de la ciencia", B. Latour, llegó hasta lo que probablemente sea el final de este sendero nihilista: no sólo se pueden explicar los mismos "hechos" científicos en muchas formas inconmensurables, sino que los hechos mismos deben considerarse como ilusiones (significativas y sociales): son meros constructos que los científicos tratan –provisional o definitivamente– como hechos.

 

# Según el posmodernismo, la realidad tampoco existe

 

Dicho de otra manera, los hechos científicos no son nada más que datos producidos artificialmente y que los científicos consideran como verdades. Una vez aceptada esta teoría, se soluciona sin dificultad el problema tradicional de por qué las teorías abstractas y matematizadas de los físicos corresponden con el mundo, ya que no existe una realidad "afuera" que sea diferente de la imagen que de ella produce la ciencia. Entonces, la coincidencia entre realidad y ciencia es necesariamente perfecta, pero es una ilusión.

 

Puede ser que Latour bromee, (4) o que hable en serio, cuando sostiene que su "teoría" es verdadera. Pero de ser así, sin lugar a dudas terminaría con la filosofía del conocimiento, según la desarrolló Platón, René Descartes, David Hume o Emmanuel Kant.

 

Más allá de sus diferencias mutuas, los pensadores posmodernos concuerdan en un punto: que la única empresa intelectual seria respecto a la ciencia, una vez que las "ilusiones" creadas por la epistemología o la filosofía del conocimiento se han disipado, describe a los científicos y sus creencias de la misma manera en que Evans-Pritchard describió las creencias de los zandes. De acuerdo con nuestro Protágoras posmoderno, la subcultura representada por tal o cual laboratorio, comunidad o red científica es la medida de todas las verdades científicas.

 

# ¿Por qué el posmodernismo se ha impuesto, pese a ser absurdo?

 

No hace falta decir que muchos filósofos de la ciencia han expresado críticas convincentes en contra de estas posiciones. Sin embargo, el hecho sociológico intrigante es que no lograron atraer mucha atención. ¿Por qué? Hago a un lado esta pregunta –el hilo negro de este ensayo– por el momento y continuo con mi análisis.

 

# Gran parte de las ciencias suaves son afectadas por el nihilismo posmoderno

 

El escepticismo radical posmoderno se ha convertido en el estilo dominante, no sólo de la sociología y la antropología de las ciencias duras, que en sí mismas son una ciencia suave, sino de todas las ciencias suaves. En este sentido es sencillo proporcionar una larga lista de síntomas que llevan a la misma dirección.

 

Había una vez en que la crítica literaria partía del punto de vista de que era posible argumentar objetivamente acerca de la mejor interpretación de un texto. Baruch Spinoza había establecido este programa al afirmar que, cuando dos pasajes de los textos sagrados parecen contradictorios, es aconsejable introducir el postulado de que es posible reconciliarlos.

 

Estos principios clásicos han desaparecido para beneficio del concepto posmoderno de acuerdo con el cual el significado de cualquier texto siempre será una creación de su lector. De aquí el deber de los escritores posmodernos: ser oscuros, ya que mientras mayor sea la oscuridad del escritor, mayor será la libertad de sus lectores. "Mes vers ont le sens qu’on leur préte", dijo Paul Valéry. Este principio lo han generalizado para todos los textos los críticos literarios y sobre todo los "descontructivistas": la noción de que un texto pueda tener un significado objetivo es una ilusión social. Sale la crítica literaria y entra la socioantropología de la literatura.

 

Estas ideas posmodernas son tan antiguas como el mundo; sin embargo, Benda (1945) las llamó "bizantinismo" y sostuvo con razón que éste ha sido una tradición permanente, sobre todo en Francia. Evidentemente, no es verdad que los textos literarios no tengan en general un significado objetivo. Se puede demostrar, incluso en el caso de los poemas más esotéricos, (5) que una interpretación puede ser considerada tan buena como otra, por lo menos en principio. Pero como sucedió en el caso de la filosofía de la ciencia, estas objeciones no fueron escuchadas. (6)

 

# Si todas las teorías son ilusiones, entonces, ¿por qué el posmodernismo va a ser la excepción?

 

Es muy curioso que, aunque los escépticos posmodernos, de Feyerabend a Richard Rorty, nos digan que la socioantropología es la única fuente de conocimiento creíble, la sociología misma no está protegida del escepticismo radical posmoderno. Esto puede apreciarse en el ejemplo de Lepenies (1985).

 

Este historiador alemán de las ciencias sociales tiene un impresionante conocimiento factual de una serie de movimientos intelectuales europeos. Epistemológicamente, es un "positivista" en el sentido actual de la palabra entre los historiadores: la única manera de evitar los juicios de valor es poner todos los hechos en un mismo nivel. Sin embargo, el "positivismo" de Lepenies parece haber salido del Zeitgeist. Es por esto que representa en sí mismo un síntoma interesante. Sus escritos sobre la historia de la sociología clásica no prestan ninguna atención al hecho de que Alexis deTocqueville, Max Weber o Emile Durkheim descubrieron explicaciones, si no es que definitivas, por lo menos sólidas y válidas de muchos fenómenos: el excepcionalismo religioso de Estados Unidos, el desarrollo desigual de la agricultura en la Europa del siglo XVIII, las tasas diferenciales de suicidio, etcétera. Lepenies ignora estas teorías clásicas, que son tan ingeniosas y sólidas como las teorías de las ciencias naturales, tal vez porque para él, a pesar de su "positivismo", las explicaciones y las teorías genuinas deben ser tratadas como ilusiones. ¿Cómo explicar de otra manera que retenga en esencia de Weber, Durkheim y los demás, los temas en los que parecen parafrasear sin mucha originalidad los temas ideológicos, social filosóficos y emocionales de su tiempo? Ignora, a cualquier costo, sus logros cognitivos y hace hincapié abiertamente en el hecho de que sus ambiciones científicas deberían ser consideradas obsoletas e incluso ridículas.

 

Lepenies no es sólo un síntoma del escepticismo radical prerreflexivo de nuestro tiempo. Además, lo lleva involuntariamente al extremo ya que, según él, incluso la ciencia reina –la sociología– es tratada como una ilusión.

 

# “Culturalismo” o relativismo cultural

 

Entonces, al igual que las ciencias duras, las ciencias sociales deben tratarse como ilusiones en cuanto pretenden servir a una función cognitiva. Deben considerarse como creencias significativas, como productos culturales, que no difieren en su esencia de las creencias míticas o religiosas. Sin embargo, al igual que con las ciencias naturales, este escepticismo es contradictorio con los hechos duros más evidentes: el que las ciencias sociales puedan producir, y de hecho hayan producido, conocimiento duro. Entonces, para citar ejemplos tomados de mi medio intelectual inmediato, veamos una brillante disertación recién presentada en la definitivamente nada posmoderna Sorbona, que propone una teoría convincente del excepcionalismo religioso de Québec antes de la Révolution tranquille. Otro ejemplo explica por qué Bolivia era políticamente más inestable que otros países latinoamericanos. (7) Y éstos son sólo ejemplos. Los cito únicamente para sugerir que no sólo Tocqueville o Weber sino también estudiantes de doctorado generan continuamente, en diversos lugares, genuinas contribuciones al conocimiento.

 

# Más escepticismo radical

 

Otro síntoma que vale la pena destacar del desenfrenado escepticismo radical que caracteriza a nuestra época es que la distinción clásica y crucial entre ideas y opiniones parece haber desaparecido por completo. Recordamos el nombre de Hume, por lo menos eso supongo, pues hizo importantes contribuciones al conocimiento; como cuando sostuvo la imposibilidad lógica de la inducción. Recordamos el nombre de Kant porque hizo una importante aportación a la teoría del conocimiento, cuando afirmamos que nos acercamos a la realidad mediante marcos mentales, o a la teoría del sentimiento moral, cuando sostuvo que los valores no pueden reducirse a intereses. Estas ideas han sido moduladas indefinidamente y han inspirado a varios filósofos y también a psicólogos (psicólogos de la Gestalt) o sociólogos (como George Simmel y Weber). Recordamos el nombre de Tocqueville porque explicó el excepcionalismo estadounidense o las diferencias entre las sociedades francesa y británica de fines del siglo XVIII con teorías que nunca han sido invalidadas. Todos han ofrecido ideas (es decir, enunciados con una validez objetiva real o potencial) y no una opinión (es decir, enunciados interesantes sólo hasta el punto en el que están relacionados con una determinada persona o contexto).

 

Aunque no quiero explayarme en este punto, la noción misma de "clásicos" refuta el enfoque del historiador de acuerdo con el cual el valor de una contribución –al arte, a la ciencia, etcétera– sería relativo a los valores del observador. Supongo que los "clásicos" son aquellos que han hecho una contribución objetivamente válida en su campo de actividad. Simmel (1977) expresó implícitamente lo mismo cuando ideó formas de "medir", casi en un estilo lazarsfeldiano, la importancia de sus contribuciones.

 

Sin embargo, al contrario de estas observaciones, la historia de la sociología y de todas las ciencias sociales y humanas, incluida la filosofía, tiende a escribirse de manera doxográfica, como si Hume, Kant, Tocqueville, Durkheim o Weber sólo hubieran tenido opiniones respecto al mundo. (8)

 

# El derecho también es relativizado …

 

Las ciencias duras y las suaves no son las únicas actividades que los escépticos posmodernos tratan como algo que produce exclusivamente ilusiones con significado social. Para los escépticos de primer grado, las normas legales se deben considerar como inspiradas exclusivamente por el "peso" de la costumbre, mientras que para los escépticos sofisticados radicales que siguen la inspiración marxista, se les debe considerar como un medio utilizado más o menos conscientemente por la "clase dominante" para consolidar su poder.

 

En este caso, el escepticismo emplea de manera radical la agudeza que Marx tomó prestada de la Ilustración, como acertadamente dijo Nisbet (1966). Sin embargo, Marx estaba muy consciente de la autonomía de la ley, así como la de la ciencia. (9) Sostenía que los factores sociales podían explicar su nacimiento, pero una vez en el mundo, tienden a volverse autónomas. Para los escépticos modernos, la ley –al igual que la ciencia o la moral– debe tenerse como un producto cultural que refleja exclusivamente las diversas fuerzas anónimas que cada cultura emite.

 

# … y el arte

 

Se puede detectar fácilmente el mismo humor escéptico en el campo de la estética. En cuanto creencias científicas, los valores estéticos son considerados ilusiones sociales: no tendrían correlaciones objetivas. Un escritor importante sobre este tema es H. Becker (1982). (10) En pocas palabras, la idea principal de su renombrado libro es que los valores estéticos deberían ser analizados como efectos de la influencia social de las redes que construyen lo que el llama los "mundos del arte".

 

Veamos un ejemplo menos esotérico que los que usa el propio Becker para ilustrar su teoría: después de la segunda Guerra Mundial, en Estados Unidos, Mozart era considerado mucho menos importante que Beethoven. Ahora no sería así. Esta variabilidad espacio-temporal en los juicios estéticos "mostraría", según Becker, que no son objetivos. De otra manera, las categorías estéticas serían irreversibles. Por otro lado, estas jerarquías no pueden considerarse subjetivas, es decir, como dependientes de las idiosincrasias personales. De no ser así, el amante del arte no las consideraría "tácitamente existentes", ni sería significativo deliberar respecto a estas jerarquías de valores. De manera que la única teoría que puede abarcar todos estos hechos y unirlos es la teoría que ve que las categorías estéticas tienen sus raíces en razones sociales intersubjetivas.

 

Sin embargo, ¿quién va a influir en estas evaluaciones sociales? Becker responde que las redes de expertos y los que toman las decisiones en los "mundos del arte". De manera que las redes sociales deberían ser la medida de todas las cosas. No obstante, Becker no queda satisfecho al decir que Leonard Bernstein o Sony tienen el poder para influir, por ejemplo, en el consumo de discos de Mozart, lo cual es un enunciado aceptable. Ellos también fijarían el valor musical relativo de Mozart aquí y ahora. Este valor sería una ilusión social: mientras que es meramente un encubrimiento social de la actividad del mundo de la música, el público lo percibe como algo objetivo, es decir, como un atributo de la música de Mozart en sí. Sin embargo, la influencia causal de las redes postuladas por la teoría se contradice a menudo con datos que muestran que el valor objetivo de las obras de arte también es responsable de las preferencias del público. (11)

 

Del mismo modo que Feyerabend propone olvidarse de la epistemología, Becker propone olvidarse de la estética en beneficio de la sociología de los "mundos del arte". Al igual que muchos escépticos radicales, Becker ve su propia contribución como una propuesta para tratar los hechos estéticos de una manera sobria y genuinamente científica wie sie eigentlich sind, como realmente son, en contraste con los filósofos que los abordarían con a prioris muy pesados y hasta con el público mismo, quien pensaría ingenuamente que el valor de Mozart sería una propiedad de las obras de Mozart.

 

# El posmodernismo en trazos gruesos

 

En conjunto, el trabajo de Becker ilustra de manera clásica el síndrome característico del posmodernismo, el cual observamos en otras áreas:

-- Nihilismo: los valores son ficciones.

-- Sociologismo: los valores se producen socialmente.

-- Culturalismo / historicismo: los valores son un encubrimiento del contexto social relevante, aquí y ahora.

-- Antropología: la reina de las ciencias.

-- Enfoques tradicionales (estética, etcétera): obsoletos y sin valor.

-- La vocación de la antropología: desmitificar las ilusiones.

 

# La vida continúa, a pesar del esnobismo posmodernista

 

La influencia y el público al que ha llegado el escepticismo radical posmoderno es un fenómeno social intrigante.

 

A pesar del reflejo "posmoderno" sobre la ciencia, ésta parece crecer como nunca y su rápido progreso lo comprueba. De modo que el estilo dominante del reflejo sobre la ciencia parece no tener nada que ver con la ciencia. (Esto no quiere decir que los científicos no se sientan atraídos ocasionalmente por esta filosofía escéptica de la ciencia.)

 

La reflexión "posmoderna" sobre el arte también contradice muchos hechos indebatibles. Se nos dijo que los valores artísticos son sólo ilusiones, meras convenciones entre los miembros de los mundos del arte. La redes pueden deshacer mañana las glorias que ahora fabrican.

 

Se puede resumir en una palabra una versión alternativa de este escepticismo radical: esnobismo. Si las obras que la clase superior considera y trata como símbolo de distinción se tuvieran por grandiosas, los valores estéticos serían meras ilusiones.

 

Veblen (1960), Q. Bell (1976) y otros trabajaron hace tiempo la idea de que los "gustos" artísticos pueden explicarse, a menudo, por medio de la función latente de la identificación social que satisfacen. Entonces, la inutilidad de los jardines ingleses simboliza la fuente económica que pueden desperdiciar los miembros de la clase alta: representan un símbolo de pertenencia de clase. Sin embargo, Veblen, al igual que Q. Bell y Simmel (1978), quien también desarrolló la idea de que los "gustos" pueden tener una función de identificación social, fueron muy específicos en un punto: el esnobismo ciertamente no puede explicar los valores estéticos por sí. El esnobismo explica los gustos musicales de... los esnobs y no los del conocedor, dice Simmel. Para él, los valores estéticos son objetivos. De no ser así, no habría conocedores, ni distinción alguna entre esnobs y conocedores, en contradicción con las observaciones sociológicas más evidentes.

 

Esta objetividad es tan evidente como la existencia de verdades científicas. El hecho de que Beethoven, Debussy, Messiaen y otros hayan creado un lenguaje nuevo, nuevas combinaciones de sonidos y ritmos nunca oídos antes que ellos, formas musicales que no se habían empleado con anterioridad, es un hecho duro, capaz de satisfacer al historiador más "positivista". El hecho de que nadie había pintado como Manet o Toulouse-Lautrec o de que, al hacerlo, pudieron expresar temas que no habían sido expresados antes que ellos, es de igual manera un hecho duro. El hecho de que la sonata para piano opus 111 de Beethoven o de que el cuarteto Pour la fin du temps de Messiaen sean una fuente duradera de emoción para aquellos que están preparados para degustar estas obras también es un hecho duro. En su obra La náusea, Jean Paul Sartre legitimó la idea de que ir a un concierto es un hecho motivado por el esnobismo. Puede ser que así sea. Pero es difícil ver en qué terreno las emociones que la gente dice experimentar pueden ser consideradas como ilusiones por parte de un observador. Desafortunadamente, este abuso se comete con frecuencia. De la misma manera en que Ludwing Wittgenstein (1967) reprobó la idea de que la gente primitiva pudiera creer en las ideas que él consideraba tontas, decidió, en forma unilateral, que no creían en lo que ellos explícitamente decían creer. Sin embargo, así como creer en la magia es un hecho duro, también lo son las emociones estéticas. Es ilegítimo tratar estos hechos como arbitrarios.

 

En conjunto, las teorías posmodernas sobre el arte tropiezan con un obstáculo: no consideran los hechos evidentes, como el poder duradero de la emoción contenida en obras de arte "grandiosas", o como el que algunos artistas sean considerados clásicos. Los sociólogos del arte posmodernos no pueden explicar un simple hecho sociológico: ¿por qué tantas obras de Enrik Ibsen, William Shakespeare o Moliére se representan permanentemente en todo el mundo?

 

# Por supuesto, la moral es arbitraria también

 

Se puede observar la misma contradicción entre los sentimientos morales como son y el pensamiento posmoderno sobre la moral. Para algunos teóricos posmodernos, los fenómenos morales, la moral, en cuanto las normas legales, son en última instancia la forma que emplean las "redes" o la "clase dominante" para mantenerse en el poder. Vivimos en un mundo egoísta y se debe analizar la moral como una hipocresía social que esconde intereses egoístas. Para otros pensadores posmodernos, la moral ya no debería existir; en el mundo posmoderno, sería un asunto meramente privado.

 

Estos enfoques también tropiezan con hechos duros. ¿Cómo van a ser compatibles, por decir, con el sentimiento de indignación que experimenta normalmente un observador despreocupado, cuando ve que le roban el bolso a una anciana? Ninguna de la teorías escépticas actuales respecto a los sentimientos morales puede explicar este hecho. O veamos la reciente situación política de Francia (primavera-verano de 1992). Encuestas recientes han demostrado que, en bien del realismo, mucha gente acepta con normalidad una cantidad considerable de corrupción entre los políticos. Sin embargo, tienen poca tolerancia para el cinismo: benefíciese de su posición política para lograr una vida más cómoda, pero no finja ser inocente o quiera estar por encima del derecho consuetudinario. ¿O acaso no es un sentimiento de indignación lo que normalmente experimentan, incluso las personas despreocupadas, cuando un crimen queda impune? ¿No es el valor lo que da origen normalmente a una evaluación positiva, aun de aquellos que no reciben un beneficio "externo" de ésta? Todos estos hechos no son sólo hechos duros, son tan triviales que uno debe excusarse por mencionarlos.

 

Algunas veces, las teorías posmodernas sobre la moral son indirectamente escépticas, como cuando ven la evaluación positiva del castigo ya sea como una manifestación de un instinto primitivo de venganza o, en su forma utilitaria, como proveniente de una preocupación indirecta de los individuos para su seguridad. Sin embargo, aun si se mostrara que el castigo no tiene ningún efecto sobre la frecuencia de un tipo de delito, la gente lo exigiría. La sociología clásica, sobre todo en la voz de Durkheim, ha visto que tanto la teoría utilitaria como la de la "venganza" contradicen una serie de datos que se observan a simple vista.

 

# Posmodernismo en resumen

 

En varias materias –arte, ciencia, moral, etcétera–, las teorías posmodernas actuales parecen contradictorias con muchos hechos duros. El criterio popperiano debería conducir a rechazarlas. Pero sabemos, como lo demostraron Duhem y otros, que incluso los científicos pueden tener buenas razones para sostener teorías que los datos contradicen fuertemente. A falta de una mejor teoría, siempre pueden esperar que un arreglo menor incremente la compatibilidad entre la teoría y el mundo. Sin embargo, para sobrevivir, la teoría debe tener suficiente coherencia y, si es extrínsecamente debatible, debe ser intrínsecamente aceptada. Es decir, sin tomar en cuenta su congruencia con el mundo, sus enunciados deben parecer aceptables. De otro modo, no se pueden evocar las excusas de Duhem, Quine y Durkheim.

 

Las teorías posmodernas no sólo son ahora extrínsecamente muy débiles (incompatibles con datos obvios), sino que también son intrínsecamente muy debatibles.

 

 

Notas

 

1. Como dijo Rorty en una entrevista en el periódico francés Le Monde el 2 de marzo 1992.

2. Bouillon y Randnitzky (1991).

3. Véase Ferry y Renaut (1985) respecto la influencia de las vulgatas nietzscheanas y marxianas sobre el posmodernismo.

4. Como sugiere Amsterdamska (1990).

5. Véase Pommier (1990).

6. La crítica literaria posmoderna est< representada no sólo en el descontructivismo, sino también en otras ramas. Véase Pommier (1986) y antes Picard (1965).

7. Blais (1992), Lavaud (1991).

8. Boudon (1992b).

9. Merton (1964).

10. Becker (1982).

11. Menger (1986).

Pagina de Inicio