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Una
breve y razonada reflexión sobre el relativismo y sus consecuencias,
demostrando sus errores básicos. Durante mis clases y en algunas otras
circunstancias, he encontrado estudiantes y personas que sin darse mucha cuenta
de ello, sostienen tesis relativistas. Es a ellos a quien se dirige
principalmente este documento
Hace ya tiempo, en una de las clases que he dado, surgió el punto del
relativismo. Uno de los alumnos lo expresó con estas palabras aproximadas,
“yo tengo mi manera de pensar y usted tiene la suya, cada quien piensa
diferente y en eso no hay problema, cada quien tienen su verdad”. La tesis
sostenida por ese alumno, quizá con escasa conciencia, es sencilla de entender:
no hay verdades absolutas, cada quien piensa que lo que quiere y todos están en
lo correcto. Si alguien cree que es legítimo comprar discos piratas y otro
piensa lo contrario, según ese estudiante, ambas personas tienen razón.
En esta historia simplificada, le respondí al alumno que entonces haría lo que
yo quería hacer, puesto que mi verdad era cierta; lo que yo deseaba era
reprobar a todos los alumnos que estuvieran vestidos con una camisa negra, como
la de ese alumno. Ir vestido de negro era mi criterio para reprobar a los
alumnos. Ésa era mi verdad y él debía respetarla aceptando una calificación
inferior a 70.
Desde luego, el alumno hizo un gesto de desaprobación, sin entender mucho lo
que pasaba, ante lo que pudo percibir como injusto o al menos no consistente con
su expectativa de obtener una calificación basada en exámenes y no basada en
los colores de su ropa. Es decir, sin quererlo, él estaba reconociendo que había
un criterio que no era relativo ni subjetivo, ni dependiente de mis ideas o de
las suyas, para dar una calificación. Antes él había dicho que cada quien
tiene su verdad, pero cuando yo le dije cuál era mi verdad, él protestó
contra “mi verdad”.
Aún así, me parece que el estudiante no comprendió el error de razonamiento
que estaba él cometiendo. Si él argumenta que reprobarlo por usar una camisa
negra es injusto, eso necesariamente indica que él cree que mi idea de hacerlo
por esa razón es errónea y que “mi verdad” no era correcta. Para pensar
que calificar sobre la base del color de la ropa es erróneo se necesita un
criterio que es externo a lo que yo pienso y a lo que él piensa, alguna idea
que se considere válida, verdadera, aceptada y de aplicación universal. En
otras palabras, es falso eso de que cada quien tiene su verdad. Cada quien tiene
sus ideas y sus opiniones, pero eso no significa que esas ideas sean verdaderas
ni ciertas.
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Éste es el problema del relativismo, manifestado en la noción de creer que lo
que cada persona piensa es una verdad y que por tanto no hay verdades absolutas.
El relativismo es una noción sencilla de negar con tan sólo acudir al muy
usado ejemplo de entender que dos más dos son cuatro y que eso es una verdad
absoluta y universal. Por más que alguien quiera creer lo contrario, será
falsa su creencia. Sin embargo, a pesar de que sea sencillo probar que el
relativismo es falso, esa noción persiste y tiene una cierta popularidad.
El engaño del relativismo es el de proponer que no existen principios
absolutos. De acuerdo con esto, respetando la “verdad propia” de cada
individuo, todas las acciones de toda persona deben ser sin excepción
consideradas válidas y aprobadas. Por ejemplo, un vecino puede entrar a nuestra
casa y llevarse el televisor sin que eso sea considerado una acción mala. El daño
causado por el robo tendría que ser aceptado por todos porque ésa es la verdad
del vecino, la de entrar a casas de otros y llevarse lo que necesita sin pagar.
Igualmente, si el relativismo fuera admitido, un alumno tendría que aceptar
como legítimo el robo de su computadora cuando ese robo sea hecho por una
persona para la que su verdad sea robar como un medio válido de vida. También,
el estudiante tendría que admitir como válidas las calificaciones dadas por un
profesor sobre la base del color de la ropa que usa, por otro profesor sobre la
base del uso de tatuajes y por otro sobre la base de lecturas hechas y
comprobadas
Será natural que el estudiante al que le fue robada su computadora o que es
evaluado sobre bases extrañas, vea esos actos como negativos, incluso cuando él
sostenga la idea de que no hay verdades absolutas. Protestará, se sentirá mal
ante el robo y lastimado por sus malas calificaciones, con lo que incluso
creyendo que no hay verdades absolutas estará reconociendo que sí las hay. Sin
quererlo, estará aceptando que existe un criterio absoluto que indica que el
robo es reprobable y que las calificaciones deben darse sobre otras cosas que no
son el color de la ropa o el número de tatuajes.
Es la aceptación de principios absolutos como el de respetar a la propiedad
privada o como el de calificar sobre la base del conocimiento real del alumno.
Si se reconocen principios como esos, necesariamente se debe reconocer que
pueden existir otros principios absolutos también.
¿Cuál
es la razón por la que algunas personas creen que las ideas son relativas y
cada quien tiene su verdad? Quizá sea por un mal definido concepto de libertad,
por un énfasis alocado en la independencia personal, o por alguna otra razón,
como la inexperiencia o impreparación personal. No lo sé con seguridad, pero
lo que sí sé es que el más arduo defensor del relativismo va a protestar
cuando alguien le arroje una piedra a la cabeza, cuando su auto sea robado, o
cuando un amigo suyo sea asaltado. Si algo así le sucede a ese relativista, él
va a reaccionar como el más profundo defensor de los valores absolutos.
Una fuente que suele alimentar al relativismo, además de una mala entendida
libertad, es la realidad de culturas y comunidades en diversas partes del mundo
con una variedad de creencias. Si bien existe un acuerdo esencial sobre lo bueno
y lo malo en casi todas las culturas, debe reconocerse que entre ellas no hay
acuerdos totales. Esto ha servido, en parte, para hacer creer que no hay ideas
absolutas acerca de la moralidad y de la ética. Esto es un error, pues muy fácilmente
puede comprenderse que si bien dos culturas tienen creencias diferentes en
cuanto, por ejemplo, al sexo, lo que esas dos culturas hacen es expresar sus
opiniones al respecto. La Antropología no es el estudio de valores morales como
sí lo es la ética y la moral. Encontrar dos culturas con normas sociales
opuestas no puede hacer concluir que ambas normas son moralmente válidas.
El relativismo, por ejemplo, haría perfectamente justificables los gobiernos de
Hitler, Pol Pot y Stalin y los genocidios que ellos realizaron. Si se acepta que
cada quien tiene una verdad y que esa verdad relativa y personal es legítima,
necesariamente debe llegarse a la conclusión de que es moralmente aceptable el
tener campos de concentración para condenar allí al que sea que se oponga a la
verdad del gobernante, como en esas dictaduras.
Si se acepta que el relativismo es cierto, se abandona por consecuencia lógica
toda posibilidad de defensa de ideales como la democracia, la libertad de
expresión y el bienestar de las personas. Peor aún, la aprobación del
relativismo implica, por necesidad lógica, la imposibilidad de reprobar actos
de corrupción, robos, asesinatos, secuestros y otras conductas de similar
naturaleza. Si el relativismo fuese válido, no habría manera de reprobar la
conducta del secuestrador que mata a su víctima, pues él alegaría que ésa es
“su verdad” y que merece ser respetada por todos.
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El relativismo, como se dijo antes, es sencillo de demostrar como una noción
falsa. Las siguientes son algunas maneras de ver la incongruencia del
relativismo y, por lo tanto, su falsedad.
• Cuando una persona sostienen que todo es relativo está utilizando una
afirmación que es absoluta. Si lo que dice es cierto, esa afirmación también
es relativa y por eso mismo es falsa. Para probar que todo es relativo se ha
requerido utilizar una idea absoluta, con lo que se acepta que el relativismo es
al menos incongruente, pues necesita usar un razonamiento absoluto para negar lo
absoluto.
• Lo mismo sucede con la persona que dice que no hay verdades universales. Eso
que está afirmando es, por definición, un verdad universal. Es decir para
negar que existen valores universales se está usando una aseveración
universal. No tiene sentido.
• El relativista puede sostener también que todas las generalizaciones son
erróneas, lo que es en sí misma otra generalización. No tiene sentido usar
una herramienta para probar que esa herramienta no existe.
• Algunos relativistas dicen que no se debe ser dogmático, que los que creen
en valores absolutos son dogmáticos y que tratan de imponer sus creencias en
los demás. Eso alegan, pero ellos hacen lo mismo de lo que se quejan: están
tratando de imponer su idea de que no hay que ser dogmático en los demás y por
eso ellos mismos son dogmáticos. Su dogma es que no hay dogmas.
• Hay personas que dicen que la verdad es sólo cuestión de opiniones, pero
resulta que eso que dicen tiene que ser necesariamente sólo una opinión.
Consecuentemente lo que afirman no tiene sentido.
• Otros argumentan que las verdades son imposibles de conocer, pero lo que
dicen intenta ser una verdad y así se niegan a sí mismos. Es decir, cuando
alguien dice que no es posible conocer a la verdad eso que afirman es en
realidad una verdad que sostienen, la de no poder conocer la verdad.
• Y peor aún, cuando alguien dice que no existen los absolutos, ellos están
usando una aseveración absoluta. El sólo decir que no existen principios
absolutos es una afirmación absoluta.
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El problema del relativismo no es únicamente el ser ilógico, sino el de hacer
creer a las personas que pueden hacer legítimamente lo que cada una quiere sin
que en ello haya una consideración moral. Puedo emborracharme, puedo drogarme,
puedo copiar los trabajos, puedo tener relaciones sexuales con varias personas,
puedo hacer lo que se me antoje porque no veo nada malo en ello, ya que cada
quien tienen su verdad. Entonces, el relativismo descubre una faceta terrible:
él es ilógico, irracional y tonto, pero a pesar de eso se utiliza como una
excusa para justificar actos reprobables. Es decir, mucho de la defensa del
relativismo puede deberse a que él sirve de pretexto para justificar acciones
negativas.
Por ejemplo, un joven que bebe en exceso y defiende esa conducta suya
argumentando que según él nada malo hay en eso, está cometiendo un error muy
básico de razonamiento, pero además está usando una excusa para justificarse
a sí mismo. Posiblemente esto explique algo de la popularidad del relativismo,
porque sirve como defensa o pretexto para hacer lo que a uno se le antoje.
Cualquier acto puede ser defendido usando como justificación al relativismo.
Todo exceso y acción negativa es aceptada como algo justificable por el
relativismo y, no sorprende que quienes realizan esas acciones sean los más
arduos defensores del relativismo.
Igualmente, alguien puede argumentar que si un cierto acto reprobable es
realizado por muchos, ésas es una justificación para él realizarlo también.
Por ejemplo, si se piensa que la corrupción es una costumbre generalizada en
algún lugar, el relativista justificará también ser él corrupto porque todos
los son. La violación generalizada de un principio ético no es una justificación
válida para cometer algo que es inválido, pues eso conduciría al relativismo
otra vez: habría sociedades en las que ser corrupto es positivo y sociedades en
las que no lo sea. Las sociedades pueden tener hábitos o costumbres distintos,
pero eso no cambia la realidad de que existen principios absolutos.
En
un estudio estadístico, por ejemplo, de investigación de mercados, de los que
he visto muchos en mi vida, se usan mediciones estadísticas como promedios,
desviaciones estándar y otras fórmulas. Un promedio es un cálculo absoluto y
consiste en sumar los valores de todas las observaciones para luego dividir ese
total entre el número de esas observaciones. Eso es un promedio y no hay manera
de decir que se trata de una cuestión relativa; nadie puede argumentar en
contra de eso, diciendo que para él un promedio no es eso, sino otra cosa
subjetiva para él. Esto sucede y es fácilmente entendible en todas las
ciencias y tecnologías.
Si existen valores y principios absolutos en esos campos, no hay razón por la
que ellos no existan en otros terrenos, como la ética, la moral o el estudio en
general del ser humano. Sin embargo, quien inicia sus actividades de estudio en
terrenos científicos es fácil presa de una actitud relativista cuando enfrenta
tantas y tan variadas opiniones. Las ardientes discusiones entre partidarios del
socialismo y del liberalismo son un ejemplo claro de una situación que puede
hacer pensar al primerizo en la posibilidad de que no existan principios y
valores absolutos.
Debe esa persona entender una situación inevitable. Los humanos no nacemos con
conocimientos ciertos y totales; los humanos debemos descubrir los principios y
valores que rigen nuestro mundo, como la Ley de la Gravitación Universal, o la
manera de realizar una correlación múltiple, o las fórmulas de resistencia de
materiales que deben usarse para construir un puente sólido. En este avance de
conocimientos es natural y lógico que se tengan diferentes opiniones a pesar de
que existan valores y principios absolutos. Lo que sucede es que al estar en el
proceso de descubrirlos es lógico que se tengan distintas versiones... hasta
que la comprobación real llega a demostrar su verdad absoluta.
Por eso es más sencillo aceptar las verdades absolutas en terrenos que tienen
la ventaja de contar con mecanismos de pruebas y experimentos, que en los campos
en los que la experimentación y ese tipo de demostración no es posible, como
la Ética e incluso la Economía. El hecho de que las demostraciones físicas no
sean sencillas o sean del todo imposibles, no es un argumento para negar que no
hay principios absolutos en ciertos campos. Las controversias y los altercados
producidos en terrenos como la Economía, por ejemplo, entre las tesis de Marx y
los razonamientos de la Escuela Austriaca, no deben llevar a la idea de que cada
quien tiene su verdad. Esas querellas académicas son pasos necesarios en el
proceso de arribo a un conocimiento cierto y absoluto.
Es, por tanto, una tentación siempre presente el caer en el error de pensar que
la falta de acuerdos en algún terreno es una prueba que demuestra que el
relativismo es válido. Esta tentación es fácil de anular cuando se piensa en
los adelantos científicos que antes estaban en proceso de discusión y que
ahora son aceptados; el funcionamiento del telescopio, que ahora nos tomamos
como válido, no fue aceptado por muchos en el principio. Eso mismo está
sucediendo ahora en muchos terrenos y no es causa sólida para aceptar al
relativismo.
Quien se encuentra en sus primeras incursiones en un campo como el de la Economía
o la Política, se verá casi de inmediato expuesto a controversias en casi
todos los asuntos, por ejemplo, en las posiciones de los defensores y los
detractores del libre comercio, los mercados libres, la fijación natural de
precios y demás. El que se den esas controversias es natural, pues expresan
diferente opiniones y juicios por parte de cada persona en un campo en el que no
es sencillo ver principios aceptados y absolutos... lo que no quiere decir que
no existan.
Por último, una reflexión sobre este tema no puede ignorar a la libertad. Sin
duda alguna debe aceptarse como un valor absoluto esa cualidad del ser humano.
Somos personas libres y esa libertad significa que podemos realizar conductas
malas, pero no significa que debemos hacerlas. Es decir, la libertad pone al ser
humano frente a la decisión de actuar de manera positiva o negativa y le da
responsabilidad sobre la decisión que tome.
Necesariamente la libertad lleva en sí misma la idea de responsabilidad y lo
que hace el relativismo hace es retirar esa responsabilidad dejando incompleta a
la libertad para convertirla en el poder hacer todo lo que se antoje, sin
limitaciones y, necesariamente, sin usar la razón para ver las consecuencias de
los actos humanos. Es decir, apoyar al relativismo significa irremediablemente
dejar de pensar sobre las consecuencias de los actos personales y es, por tanto,
una negación de la libertad.
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