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Los propagandistas de la
“responsabilidad social” quieren que los empresarios se entreguen a
“valores supremos”. Los negocios, arguyen, deberían sacrificar el objetivo
de maximizar ganancias y voltear su mirada hacia las necesidades de la
sociedad; el de los sacrificados empleados y cualquier otro grupo vulnerable de
la sociedad, incluyendo el medio ambiente. Por el contrario, los reclamos
hechos, en nombre de ellos, utilizando la etiqueta de la "responsabilidad
social", es un veneno que perjudicará a todos.
Las empresas privadas deben darse cuenta que lo que ellos poseen no es por deuda
con la sociedad. La riqueza es creada, no alquilada de algún colectivo que
reclama su parte. Ni las necesidades de otros constituyen un legítimo reclamo
sobre el esfuerzo empresarial. Lejos de alentarlos por las ganancias que
honestamente ganan, los empresarios y gerentes, deberían estar bien
preocupados. Si invierten más arriesgadamente que otros, merecen cada dólar de
las ganancias que obtienen. Y las acciones que invierten en grandes empresas son
propiedad privada—no de la sociedad— y están en su derecho de demandar
maximización de ganancias.
Cuando dicen que los empresarios deben sacrificar sus ganancias, los
propagandistas de la responsabilidad social, en realidad, están deseando que
renuncien a cualquier oportunidad de ser felices y ricos: un carro nuevo,
educación de calidad para sus hijos o una buena alimentación.
La responsabilidad social empresarial es una exigencia injusta. No piden
sacrificar los motivos de lucro de manera ocasional, sino de abandonar para
siempre el espiritu emprendedor. Por ejemplo, ser “socialmente responsable”
de una bodega, no es administrar la tienda para propio beneficio, sino que debe
vender productos a pérdidas, por que los pobres consumidores, quienes no pueden
pagar el precio completo, los necesitan. Un empresario “nunca” debe
prestar atención a cualquier arbitraria necesidad —sólo debe pensar por último
en sí mismo, aún si esto significa sacrificarse por su negocio. Por lo tanto,
abandonar las ganancias y el crecimiento del negocio, es una irresponsabilidad
que los altruistas no comprenden hasta ahora.
Es
un mito —y premisa fundamental de la responsabilidad social—que existe un
inherente conflicto de intereses entre los racionales empresarios, trabajadores
y consumidores. Las ganancias de un
individuo no hace pobre al otro. Por el contrario: una consecuencia de la alta
productividad y de la riqueza empresarial es que la economia entera se
beneficia. Las altas ganancias significa incremento de la estabilidad laboral, y
mejores pagos para los trabajadores productivos, como también, precios bajos
para todos los consumidores. Cuando los empresarios prosperan, el nivel de vida
crece para todos.
Sin embargo, la ganancia es moral, no porque eleve el nivel de vida de
todos sino por que el empresario tiene el derecho a vivir para sí mismo y,
disfrutar de los beneficios de su esfuerzo.
Si los partidarios de la responsabilidad social realmente quisieran aminorar la
pobreza en el país, deberían alentar a los empresarios — y no culparlos—
para que maximicen sus ganancias. Sin embargo, sus reales motivos no es la
benevolencia hacia los pobres, sino el de subordinar a la empresa privada a la
agenda social estatista. Observe, por ejemplo, las “grandes” denuncias de
corrupción contra algunos empresarios sentados con Montesinos en el Servicio de
Inteligencia Nacional. Han
inducido a la gente a sentir resentimiento contra la empresa privada y, todo lo
que suene a privatización y libre mercado.
Sembrando la desconfianza hacia la
iniciativa privada y exaltando a la
opinión pública, esos partidarios están conduciéndonos a políticas públicas
más intervencionistas, al estilo de los ochentas. Después de todo, ellos
argumentarán: si los negocios son "responsables" con la sociedad,
entonces el gobierno deberá ejercer su poder y obligar a las empresas a cumplir
con su deuda social.
¿Cuál es el antídoto al veneno de la responsabilidad social empresarial?
Primero, darse cuenta que la ganancia o beneficio es moral, y que uno no debe
deudas a la sociedad. Segundo, afirmar el derecho moral a preservar su vida y
sus ganancias. Y tercero, rechazar a ser considerado como ofrenda para el altar
de la responsabilidad social. Después de esto, no debería sentir verguenza de
esgrimir argumentos morales, pues
son su mejor defensa. Hoy, los empresarios necesitan más que nunca de la
filosofía económica y moral de la libertad, que ningún otro grupo de la
sociedad.
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