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Hablemos
un poco de la “Revolución Mexicana” iniciada a principios del siglo
pasado y festejada cada 20 de noviembre. Hay gente que cree que sólo fue
una revuelta, un pleito cruento por el poder cuyas heridas cicatrizaron
muy
pronto, yo creo todo lo contrario. Fue un parteaguas de la historia de México
cuyos efectos sigue sufriendo la gente pobre.
El
período de Porfirio Díaz, de casi tres décadas, es satanizado por los
libros de texto que la Secretaría de Educación Pública distribuye
gratuitamente en todas las escuelas del país. Sin embargo, sabemos que en
ese período se construyeron los ferrocarriles, las empresas de
electricidad, telefonía, banca, textiles, etcétera. Con esto se
generaron muchos puestos de trabajo y un sin número de productos para el
bienestar del mexicano. Lo asombroso de todo este desarrollo es que prácticamente
nada era del gobierno, no eran empresas paraestatales, todo era de agentes
privados: ingleses, norteamericanos, españoles, mexicanos, franceses,
etc.
También
se sabe y se ha explotado hasta la saciedad, que Díaz era muy cruel
contra sus adversario políticos, es decir, contra aquellos que le querían
disputar el puesto. También contra aquellos que querían gobernar algún
estado de la república sin la bendición de Díaz. Porfirio no estaba
dispuesto a
abrir la puerta para que alguien destruyera su proyecto de nación.
Simplemente
quería un México desarrollado, con capacidad industrial
y agropecuaria
comparable a los países más avanzados de la época. Podríamos
decir entonces que en el campo económico Díaz abrazó el liberalismo, y
en el
campo político era un dictador que no admitía voces discordantes. Pero
los
años le cayeron encima, se hizo viejo y perdió la fuerza para pelear
contra
los adversarios políticos y contra los que tenían otra visión de las
cosas. Tarde se dio cuenta que no había formado estadistas que
defendieran y continuaran su proyecto.
En
el contexto internacional la oleada marxista tomaba fuerza. Lenin
organizaba a los bolcheviques para tomar el poder en Rusia, en China surgía
el
Partido Comunista y en México la intelectualidad se deslumbraba con los
profetas del socialismo. Incluso los Estados Unidos de América empezaban
a
abandonar el liberalismo económico que le había colocado como la primera
potencia económica mundial en menos de un siglo. Prácticamente todo el
mundo
se lanzaba a los brazos del comunismo. Marx sonreía desde la tumba.
Porfirio
Díaz toma el barco “Ypiranga” hacia Francia (1911) para morir
algunos años después (1915) lejos de su país. Mientras, los que
quedaron con la mesa servida empezaron por destruir la vajilla. Emiliano
Zapata en el sur y Pancho Villa en el norte, como si fueran los discípulos
brillantes de Benito Musollini, se encargaban de destruir el sistema
capitalista. Las haciendas, que habían alcanzado altos niveles de
producción se vinieron abajo, los banqueros prefirieron huir antes que
ver su cuellos colgados de
un árbol, la
industria quedó semiparalizada.
La
revolución mexicana se asentaba para poner las nuevas reglas del juego y
gobernar durante un siglo. Surgía así una economía estructuralmente
diferente a la que había construido Porfirio Díaz. Ahora el Estado
tomaba el papel rector. Se despojó a los grandes terratenientes y aún a
los rancheros para
que las tierras quedaran en poder del Estado.
Los
recursos naturales como agua, petróleo, minerales, uranio etcétera
quedarían en manos del gobierno; nació el monopolio educativo
gubernamental;
la electricidad, telefonía, telegrafía se transformarían en monopolios
delEstado. Para controlar el poder político en todo el país el gobierno
creó el
Partido Nacional Revolucionario luego transformado en el Partido
Revolucionario Institucional. También el Estado creo los grandes
sindicatos
que jugarían, como decía Lenin, el papel de correas de transmisión de
las políticas estatales y las organizaciones campesinas para tener bajo
contro a todo
el agro.
En
otras palabras, la Revolución Mexicana fue la expresión del proceso
comunista que envolvió al mundo durante un largo siglo. Creó estructuras
tan
fuertes que son difíciles de desmantelar en una o dos décadas. Ya el
presidente Manuel Ávila Camacho hizo un pequeño intento logrando 30 años
de crecimiento continuado, pero finalmente fracasó; luego, Salinas de
Gortari, también lo intentó y aunque logró avances importantes no se
puede decir que
desmanteló el sistema comunista; con Vicente Fox la izquierda se puso en
guardia desde el primer día de su mandato y prácticamente no lo dejaron
cambiar nada. Ahora, con López Obrador, e inspirado en los “exitos”
de
Chávez, Lula y Kirchner, los comunistas amenazan con un orgulloso
renacimiento.
Tal
parece que desmantelar el comunismo es un enigma muy difícil de
resolver . No
bastan las políticas económicas. Ludwig von Mises dice que hay
que buscar la explicación de los procesos sociales en las ideas que posee
la
gente. Si esto es cierto, quiere decir que mientras nuestras escuelas y
universidades, prensa y radio sigan dominadas por gente de izquierda, el
comunismo persistirá y le bastará con cambiar de ropaje para mantenerse
en
el
poder.
En
fin, lo que se puede decir de la Revolución Méxicana es que no ha
muerto,
por desgracia. Su espíritu sigue vivo y es una realidad que, aunque no
nos
guste, debemos reconocer. Ojalá algún día se comprenda esa pesadilla
para
estar en posibilidades de crear nuevas estructuras económicas y políticas
en
verdadero beneficio del pueblo mexicano.
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