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SOBREREGULACIÓN, DESREGULACION Y REGULACIÓN SIN ESTADO POR JOHN BLUNDELL Y COLIN ROBINSON |
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1.
Estado frente a regulación voluntaria En
la actualidad, la "regulación" o la "desregulación" es un
tema común de conversación. Los empresarios hablan de ella constantemente
porque tiene un enorme impacto sobre sus actividades; de ella también se ocupan
los grupos de presión; los programas de noticias de televisión la incluyen en
sus espacios, y los individuos hablan sobre la influencia que ejerce en sus
vidas privadas. Prácticamente todos los debates sobre temas de actualidad que
se celebran en los medios de comunicación terminan haciendo sugerencias para
establecer nuevas regulaciones. En general, por "regulación" se
entiende los intentos que hacen los gobiernos, empujados por un sinfín de
razones distintas, por imponer reglas a los demás, ya sea por vía legislativa
o administrativa. Las
reglas son una parte fundamental de la vida. Pero hacerlas no es necesariamente
una función del gobierno: pueden (y de hecho suelen) establecerse de forma
voluntaria. En las democracias avanzadas de Europa Occidental y América del
Norte, los acuerdos institucionales que rigen la conducta de individuos y
organizaciones han evolucionado desde hace siglos a la luz de la experiencia. No
sería posible vivir vidas relativamente ordenadas, tal y como hacemos, si las
reglas que rigen nuestra vida y nuestras normas de comportamiento no hubieran
surgido y se hubiesen ido convirtiendo en normas sociales a través de los años
(algunas integradas, a posteriori, dentro de un marco de ley y orden). Contrariamente
a lo que dicen las teorías convencionales, la alternativa a la regulación
estatal no es la ausencia de regulación, sino un amplio abanico de acuerdos
voluntarios. En la práctica, se dan ambos tipos de regulación tanto en el
Reino Unido como en otras sociedades democráticas, aunque, debido a la
necesidad urgente de ofrecer soluciones instantáneas ante cualquier supuesta
"crisis", la regulación estatal se impone sobre las soluciones
voluntarias porque se da por supuesto que el estado siempre tiene en sus manos
una solución que va a aportar más beneficios que costes, una idea que se
encargan de defender muchos políticos de miras cortas. La experiencia nos enseña
que esta presunción no está fundamentada. Una gran parte de la regulación
estatal tiene consecuencias inesperadas: cuando una regulación no consigue los
objetivos establecidos, de inmediato surge otra que supuestamente tendrá éxito.
Así es como el estado regulador actúa, acumulando estratos de regulación cuyo
efecto, entre otros, es la reducción de la transparencia democrática. Este
breve estudio analiza cómo surge la regulación estatal; evalúa los costes de
la regulación, su incidencia en la actividad económica y los problemas que
acarrea; también se recogen algunos ejemplos de regulación voluntaria; y
concluye con algunas recomendaciones en un intento de ampliar el ámbito de
estos medios voluntarios. Su intención es fomentar el debate sobre el alcance y
el ámbito de actuación tanto del estado como de la regulación voluntaria. 2.
Algunos problemas de principios La
regulación estatal adopta una gran variedad de formas, que van desde el extremo
de la planificación central de la actividad económica, pasando por sistemas de
planificación no coercitivos (la llamada "planificación
indicativa"), hasta medidas encaminadas a mejorar el comportamiento del
mercado, próximas al ideal de "competencia perfecta" que preconizaban
los economistas neoclásicos. Los principios de la planificación económica, en
cualquiera de sus múltiples variedades, han sido objeto de las críticas más
duras. Además estas prácticas están muy desacreditadas debido a la
experiencia de las economías planificadas de la Unión Soviética y de otros países. A
pesar de que la idea de "mejorar" el comportamiento del mercado haya
merecido tantas críticas como las vertidas contra la planificación económica,
este concepto sigue vigente en nuestros días. Se sigue recurriendo a ella para
justificar la intervención del estado, por ejemplo a la hora de fomentar la
salud y la seguridad, salvaguardar el medio ambiente, subvencionar la educación,
mejorar la seguridad en el trabajo, establecer salarios mínimos, evitar la
"explotación" del trabajador, y proteger a los inversores de sus
propias decisiones. En
realidad, el establecimiento y el crecimiento de la regulación tienen poco que
ver con estas ideas. Como resulta evidente, son antes que nada el resultado del
comportamiento propio de buscadores de rentas que caracteriza a los grupos de
presión y a los reguladores (ver Apartados 4 a 7, a continuación), sabedores
de las ventajas que comporta la introducción y la expansión de la regulación
estatal. Pero las justificaciones intelectuales que subyacen en la defensa de la
regulación tienen bastante repercusión, ya que dan un barniz de respetabilidad
a un proceso que casi siempre dista mucho de ser digno de respeto. Los
argumentos intelectuales, tal y como los expresan los economistas
convencionales, suelen justificar la regulación estatal afirmando que se puede
mejorar el comportamiento de un determinado mercado porque éste
"falla", es decir no cumple los objetivos que dicta el "interés
general". De esta forma, se afirma que el estado está obligado a
intervenir para mejorar lo que debería ser sólo responsabilidad del mercado.
Ahora bien, este concepto de "fallo del mercado" como fundamento teórico
de una decisión política plantea un problema de fondo, al aceptar como medida
de evaluación lo que estos economistas convencionales postulan como modelo a
largo plazo de competencia perfecta. Como se trata de un estado idealizado que
jamás existe en la práctica, el hecho de medir los mercados del mundo real según
ese modelo condena una y otra vez al fracaso a todos los mercados, presentes y
futuros. Por eso, el recurso al modelo del fallo del mercado conduce
inevitablemente a fomentar una intervención cada vez más amplia del estado en
todos los campos de la economía, no sólo porque sea cierto que existen
problemas en el mercado, sino porque su comportamiento nunca estará a la altura
de ese ideal inalcanzable. En realidad, muchos de estos "fallos"
forman parte de los procesos normales del mercado, y no son desviaciones de una
situación que habría de ser supuestamente emulada en la práctica. Más
aún, el concepto de "fallo del mercado" implica la existencia de un
Estado perfecto: un organismo omnisciente y altruista capaz de detectar y
perseguir sin descanso el "interés público". Se le atribuye a este
estado benévolo y bienintencionado la capacidad de detectar y corregir los
fallos del mercado, con total independencia de los intereses de quienes forman
parte de él y sin ulteriores consideraciones políticas. Pero resulta evidente
que la comparación entre un mercado "imperfecto" y un estado perfecto
no es neutra, y si se tuvieran en cuenta las imperfecciones del propio estado
disminuiría la demanda de una mayor intervención estatal. Cuando se le preguntó
a Alfred Marshall su opinión acerca de una intervención estatal destinada a
resolver un problema particular, respondió: "¿Está usted pensando en un
estado sabio, justo y todopoderoso, o en el estado tal como es?". Curiosamente,
muchos de los que reclaman más regulación estatal desconocen que en la base de
sus argumentos, se encuentra un modelo de funcionamiento del estado y de los
mercados que probablemente casi ninguno de ellos suscribiría. Más aún, dados
los fallos de este modelo regulador subyacente, los problemas prácticos en la
implementación de la intervención resultan imposibles de evitar. Trataremos
seguidamente algunos de estos problemas, empezando con los costes de regulación. 3.
Cuestión de costes Mucha
gente cree que los argumentos con que los gobiernos suelen justificar la
imposición de regulaciones son respetables. La gente desea, entre otras cosas,
gozar de buena salud, tener seguridad, minimizar los efectos adversos del
entorno en la actividad humana, proporcionar una buena educación a sus hijos,
que se trate bien a los trabajadores, e impedir que los delincuentes se
infiltren en los mercados financieros. La cuestión es saber si esos objetivos,
que casi todos, por no decir todos, consideramos deseables, se alcanzarán mejor
mediante la regulación estatal o la acción voluntaria. A
medida que las regulaciones estatales han ido incrementándose en los últimos años,
se han empezado a plantear serias preguntas al respecto en los países europeos,
en EEUU y en Japón, a pesar de la dificultad que entraña su evaluación. Se
conocen las partidas de gastos de los presupuestos estatales, pero éstas son sólo
una parte del total. También es posible evaluar los costes, mucho más
elevados, del cumplimiento de las regulaciones ("costes de
cumplimiento"), que recaen sobre las empresas y los individuos, pero los
costes "invisibles" (sobre todo los efectos adversos en el desarrollo
empresarial y tecnológico, tal como se expone en el Apartado 8), son prácticamente
desconocidos. Las
estimaciones realizadas acerca de los costes de la regulación federal en EEUU
incluyen los costes de cumplimiento, pero no los costes invisibles. Un estudio
evalúa los costes de cumplimiento en unos 700.000 millones de dólares,
mientras que los costes soportados por las agencias gubernamentales federales se
reducen a 15.000 millones de dólares. Según esta estimación, los costes de
cumplimiento representan un 9% del PIB de EEUU, es decir casi 7.000 dólares por
familia (aproximadamente el 19% de los ingresos de dos personas en una familia
normal).9 En EEUU, los costes derivados de la regulación económica tienden a
disminuir a causa de la desregulación que se ha producido en algunos grandes
sectores (gas natural, telecomunicaciones, líneas aéreas y más recientemente
el suministro eléctrico), mientras que los costes de la regulación
"social" (incluida la regulación medioambiental) se han incrementado
considerablemente, duplicándose, en términos reales, en los últimos diez años. En
otros países, los costes de regulación no están tan bien documentados. Pero
no hay ninguna razón para suponer que la gigantesca disparidad entre los costes
de regulación soportados por el estado y el total de los costes de regulación
sea un fenómeno exclusivo de EEUU. Como explicamos en el siguiente apartado,
esta disparidad es inherente al proceso mismo de regulación estatal. Más aún,
la experiencia indica que el crecimiento acelerado de la regulación estatal
"social" también se produce en otros países. En otras naciones
desarrolladas, a pesar de la reducción de las barreras arancelarias y de la
desregulación en los suministros básicos y en algún sector del transporte,
esta forma de regulación sigue ganando terreno. 4.
¿Quién paga el coste de la regulación? La
disparidad entre los costes totales y los costes que recaen en los reguladores
en sumamente significativa. En EEUU, los costes que corren a cargo del estado
alcanzan tan sólo un 2% del total de los costes de cumplimiento; representarían
una parte aún menor del total si se tuvieran en cuenta los costes invisibles.
En consecuencia, en lo que se refiere al estado y a las agencias estatales
encargadas de la regulación, el grueso de los costes de la regulación son
"externos" (es decir, los pagan otros). Más que cualquier otro
factor, este hecho contribuye a explicar el frenético aumento de la regulación. Los
argumentos utilizados por los economistas convencionales en pro de la regulación
no se tienen en pie. El argumento fundamental es que existen
"externalidades" que los mercados privados no tienen ni tendrán nunca
en cuenta. Por esa razón el estado debería intervenir con el fin de asegurar
que se tiene en cuenta cualquier coste o beneficio externo. Pero en la práctica,
lo que ocurre es que se crean nuevas externalidades. Estos costes que
normalmente habrían sido "internos" (y por tanto tenidos en cuenta
por los agentes implicados) no recaen sobre los reguladores y en consecuencia,
por muy bien intencionados que sean, para ellos dichos costes pasan a ser
externalidades. En tales circunstancias, y dado que el grueso de los costes no
recae sobre los reguladores, la regulación no deja de aumentar superando con
creces su nivel de "eficiencia", que en teoría, se sobrepasa cuando
los costes derivados de una nueva regulación exceden los beneficios que se
derivan de ella. En pocas palabras: aunque los "fallos" del mercado
son el motivo que se suele aducir para reclamar más y más regulaciones, la
propia regulación induce a una forma particular de "fallo". 5.
Sobrerregulación El
proceso esbozado más arriba indica que si se tiene en cuenta el conjunto de
costes y beneficios, la regulación estatal excederá siempre, sin excepción
alguna, el nivel de eficiencia que la justificaría. Así pues, bienvenidos al
mundo de la sobrerregulación. La
sobrerregulación es objeto de crítica y protestas en numerosos países, como
ha sido reconocido por la OCDE, que ha propuesto un proyecto global, para todo
el ámbito de la OCDE, de alternativas a la regulación. Se han puesto en marcha
iniciativas de desregulación en varios países, entre ellos EEUU, Japón y el
Reino Unido. En este último país, un estudio de 1998 concluía que "...
las regulaciones impuestas para conseguir resultados socialmente deseables
suelen tener consecuencias no esperadas y aciagas en el empleo y el
crecimiento". De forma parecida, el presidente de la Better Regulation Task
Force inglesa, Christopher Haskins, afirma que Gran Bretaña tiene demasiadas
regulaciones y que las posibles alternativas privadas pueden conseguir los
mismos objetivos con "más eficacia y menores costes". "La acción
voluntaria de los individuos o de los grupos de individuos", sigue diciendo
Haskins, "puede conseguir los mismos objetivos con mucha más eficacia que
el estado. Demasiada gente depende del estado para conseguir formas de protección
que podrían perfectamente organizar ellos mismos por su cuenta". Resulta
muy difícil introducir cambios en la regulación estatal a causa de la lentitud
y la complejidad del proceso político. No es raro que se pongan en marcha
regulaciones anacrónicas, que corresponden a épocas ya superadas (ver más
abajo). Más aún, las regulaciones suelen sobrevivir a las circunstancias que
las vieron nacer. La regulación inglesa sobre la apertura dominical del
comercio (Sunday Trading) es un clásico ejemplo de regulación anacrónica.
Probablemente la regulación no suscitaría tanto entusiasmo si se prestara más
atención a su evolución histórica y a la experiencia de los países que han
sabido reaccionar ante determinados problemas sin recurrir a la regulación del
estado. Según un estudio reciente realizado por dos sociólogos británicos
acerca de las restricciones reguladoras, "nuestras instituciones no tienen
capacidad de respuesta porque vivimos en sociedades que no reflexionan sobre su
propia historia. Siempre estamos pendientes de los posibles peligros que nos
acechan en el futuro, y sin embargo, sólo si pensamos en la forma frívola y
exagerada en que hemos reaccionado en el pasado a situaciones de pánico técnico
o moral, sabremos reaccionar con racionalidad. (...) Hemos de volver la vista
atrás y aprender a ser escépticos". Las
posiciones críticas ante la regulación excesiva también se han visto
intensificadas por el hecho de que una regulación demasiado pormenorizada (o
poderosa) resulta incompatible con las necesidades de unas empresas que han de
competir en mercados sometidos a los vertiginosos cambios que produce la
"globalización". Como dice Murray Weidenbaum, ex presidente del
Consejo Económico Asesor de la Presidencia de EEUU: "Ningún país tiene
un organismo especial destinado a sabotear la economía o a incrementar la
inflación. Pues bien, muchas de las decisiones de los estados, en especial las
referidas a fiscalidad, gasto público y regulación, tienen exactamente ese
efecto. El coste de las regulaciones resulta particularmente peligroso. Son
impuestos camuflados que reducen la competitividad de las empresas nacionales
justo cuando han de enfrentarse a un mercado cada vez más globalizado". Es
lo que está ocurriendo en los países de la Unión Europea. Carecemos de datos
fiables acerca de la regulación en la Unión Europea, pero parece evidente que,
a pesar de la promesa realizada por Jacques Santer de que el principio de
subsidiariedad iba a significar "menos y mejores" reglas, la regulación
comunitaria ha seguido creciendo. Según datos basados en estudios de la propia
UE, el número total de disposiciones legales dictadas por la Comunidad y la Unión
Europea creció de 1.947 en 1973 a 14.729 en 1990 hasta alcanzar 23.027 en 1996.
Un signo indiscutible de la creciente actividad reguladora de Bruselas es el número
de páginas producidas por el Departamento de Publicaciones de la UE, que se ha
multiplicado en siete años, pasando de 886.996 en 1989 a 1.916.808 en 1996. Los
costes de cumplimiento serán inevitablemente mayores en aquellos países en los
que la interpretación nacional de las normas de la UE ha sido más estricta que
la dictada por las propias normas, como ha ocurrido en el Reino Unido. También
lo serán en los países con una fuerte tradición de respeto a la ley, a
diferencia de aquellos otros en los que el respeto a la autoridad legal es más
débil. 6.
Regulación y grupos de interés Otro
motivo para el establecimiento y el incremento de las regulaciones es el hecho
que existen numerosos grupos de interés, de todas clases, tamaños y categorías,
que se benefician de ellas. La "búsqueda de rentas" mediante la cual
algunos grupos de interés inclinan la intervención estatal en provecho propio
explica el hecho, ampliamente observado, de que la intervención estatal suele
estar dominada más por los intereses de determinados productores o grupos que
por el interés general. Si
algunos grupos llegan a tener tanta influencia en la regulación (y en otras
decisiones políticas), es porque los beneficios potenciales de la regulación
son acaparados por los miembros de esos mismos grupos, mientras que los costes
de la regulación se reparten entre un amplio número de consumidores o incluso
entre todos los miembros de la sociedad. Pongamos por ejemplo un sector cuyos
miembros saldrían beneficiados de la protección contra las importaciones. Si
este sector tiene éxito, la totalidad de los beneficios (por ejemplo, mayores
beneficios a corto plazo y salarios más altos) sólo repercutirán en sus
miembros. Por el contrario, los costes (por ejemplo precios más altos para los
productos en cuestión) repercutirían negativamente sobre un número muy amplio
de consumidores. Teniendo
en cuenta la concentración de beneficios, el sector tiene un motivo muy
poderoso para invertir recursos en presionar a favor de las medidas de protección,
por ejemplo elaborando información acerca de la supuesta pérdida de puestos de
trabajo que acarrearía la no intervención de Estado. Además, y como es de
esperar, el sector industrial interesado está mejor informado sobre su situación
que el propio estado, y tiene grandes posibilidades de llevarse el gato al agua. Si
la regulación se produce, los consumidores sólo soportarán una pequeña parte
de estos costes. Por lo tanto, carecen de verdaderos motivos para invertir
tiempo, dinero y energías en contra de las medidas de regulación. Más aún,
muchos consumidores ni siquiera se darán cuenta de que la regulación ha
acarreado costes. De ahí que, aunque llegue a haber millones de
"perjudicados -por no decir víctimas- invisibles" de una determinada
regulación, y aunque los costes totales excedan con mucho los beneficios
obtenidos por el grupo de presión, los perjudicados apenas manifestarán alguna
forma de oposición, si es que llegan a hacerlo. El
sector agrícola rebosa de ejemplos de prácticas de "búsqueda de
rentas", beneficios concentrados y costes dispersos. En Beyond Good
Intentions, Doug Bandow presenta el ejemplo de los productores de miel
norteamericanos. En total, suman unos 2.500 y reciben unas ayudas anuales del
Departamento de Agricultura norteamericano por un total de 100 millones de dólares
(un promedio de 40.000 dólares por productor). En 1987, se introdujo una
variación casi insignificante en estas ayudas, gracias a la cual los quince
mayores productores empezaron a recibir 6 millones de dólares más al año, es
decir un promedio de 400.000 cada uno. El beneficio para cada uno de los
productores fue más que considerable, mientras que el promedio del coste para
cada ciudadano norteamericano resultó extremadamente reducido, apenas dos
centavos, es decir menos de lo que cuesta franquear una carta de reclamación. La
concentración de los beneficios de la regulación supera con creces a la
dispersión de los costes y por esa razón, los beneficiarios de la regulación
ejercen una presión mucho más significativa y tienen más capacidad de
influencia en el poder público que los perjudicados. 7.
Problemas de los mercados regulados A
los grupos de presión les interesa la promulgación de regulaciones, tal y como
se ha explicado más arriba. Por su parte, los reguladores no pagan los costes
derivados de sus acciones, los mercados regulados. En consecuencia, los mercados
regulados presentan determinadas características, algunas de las cuales
presentamos a continuación. A.
Tendencia a la expansión de los organismos reguladores. El ansia de construir
imperios es una ambición compartida por todo tipo de organizaciones, pero
conseguirlo en un mercado competitivo depende en buena medida de la resistencia
que opongan los adversarios. Sin embargo, no existe ningún método infalible
para evaluar de forma objetiva qué cantidad de regulación resulta beneficiosa.
Por eso resulta muy difícil controlar la acción de las instituciones
reguladoras, y el aumento en la regulación se nutre de la discrepancia entre
los costes soportados por los reguladores y los costes totales de la acción
reguladora (ver Apartados 3 y 4). Como son los demás los que pagan casi todos
los costes, los organismos reguladores no tienen motivo alguno para reducir esos
costes. Muy al contrario, tienden a favorecer situaciones en las que se coarta y
obstaculiza la innovación tecnológica. En el campo de la salud y la seguridad,
por ejemplo, lo que desean por encima de todo es demostrar que han hecho todo lo
que es técnicamente posible para evitar que se les eche la culpa de los
posibles accidentes. Recurrir a un análisis coste/beneficio carece de utilidad,
porque los costes y los beneficios son todos futuribles, es decir inciertos y de
evaluación estrictamente subjetiva. Por regla general, el interés de los
reguladores les llevará a exagerar los beneficios, subestimar los costes y
sobrestimar la demanda de regulaciones. B.
Regulación a favor de algunas empresas. En algunos casos, determinadas empresas
ya consolidadas en un sector se muestran favorables a la regulación, porque es
una forma de evitar posibles competidores al aumentar los costes de acceso al
mercado. Sabemos que en EEUU, a finales del siglo XIX, los mismos productores
estaban a favor de la introducción de medidas reguladoras. Tal y como se deduce
de otros estudios, la Ley Federal de 1938 que estableció un salario mínimo
proviene en realidad de la voluntad de los políticos y los trabajadores
textiles de Massachusetts para obstaculizar la competencia de la industria
textil de los Estados sureños, con sueldos más bajos. Más recientemente, se
ha comprobado que por regla general las grandes empresas oponen menos
resistencia que las pequeñas a imposiciones como la del salario mínimo. La
consecuencia de todo ello es que en los mercados regulados suele desaparecer la
competencia, con lo que los consumidores soportan precios más altos y peores
servicios. C.
Reguladores captados por las empresas. Una vez establecida la regulación, el
regulador ha de confiar en la información que le suministran las empresas del
sector en cuestión (se produce por tanto una situación de "asimetría
informativa"), por lo que, al menos en parte, depende de la empresa sujeta
a regulación. Más aún, es muy posible que el regulador se lance a pensar en
una futura carrera profesional en el sector regulado, y hay un largo historial
de reguladores que acaban encontrando trabajo en sectores sobre los cuales
tuvieron poder o responsabilidad reguladora. Se producirá una situación de
"captación" o "seducción reguladora", por así decirlo,
cuando el regulador se solidariza con los productores y actúa en interés de
estos últimos. O tal vez se dé el caso de un regulador seducido o captado por
otro tipo de grupos de presión (por ejemplo, grupos
"medioambientales"). Siempre que los reguladores actúan en interés
de los productores o de otros grupos de presión, son los consumidores los que
acaban pagando el precio. D.
Los políticos adoran las regulaciones. La popularidad de las regulaciones se
debe a que dan la impresión de que se está "haciendo algo" ante un
problema determinado. Los medios de comunicación y los programas informativos,
con frecuencia presionados por grupos de interés, se aferran a los accidentes,
a las posibles situaciones de emergencia y a errores humanos de toda índole.
Invocan el principio de precaución y exigen todo tipo de medidas, aun cuando
suele haber escasa certeza científica acerca de lo que suele ser relevante en
esos casos y acerca de las actuaciones necesarias. Un ejemplo reciente son las
medidas draconianas adoptadas en el Reino Unido para combatir el supuesto riesgo
de la BSE (enfermedad de las vacas locas) en relación con la enfermedad de
Creutzfeld-Jakob en los seres humanos. En términos generales, la respuesta política
a hechos como éste suele consistir en abrir una investigación, promulgar más
regulaciones e incluso crear un nuevo organismo regulador. El estado tiene plena
conciencia de que este tipo de reacción impulsiva beneficia muy poco a la
gente, por no decir nada. En realidad, se actúa para responder a las demandas
de medidas suscitadas por la asimetría en la información (predominio de las
malas noticias). 8.
Costes elevados y consecuencias perversas El
auge de la regulación tiene poco que ver con cualquier consideración sobre el
interés general. Es la niña mimada de los grandes grupos de presión, de los
reguladores y de los políticos. Y como los costes que origina son dispersos,
los consumidores que los pagan no tienen suficientes motivos para oponerse a
ella. Aun
así, los costes de la regulación son considerables. Como ya se ha explicado,
es posible evaluar algunos de estos costes, por ejemplo los que figuran en las
partidas de los presupuestos del Estado, o los costes de cumplimiento de las
normas que pagan los afectados por la regulación. Pero los costes invisibles
son con diferencia los más elevados. Consisten en precios más altos y menor
calidad para los consumidores; en la tendencia a favorecer los intereses de
determinadas empresas; y, lo que es tal vez más importante, en desincentivar la
iniciativa empresarial, la innovación y por tanto el desarrollo tecnológico y
organizativo. Unas reglas rígidas, incapaces por naturaleza de tener en cuenta
el futuro desarrollo de la tecnología, obstaculizan cualquier innovación, ya
sea en cuanto al producto en sí o a su comercialización. En consecuencia, se
bloquean los avances y la vida de la gente no progresa ni mejora como podría
haberlo hecho en otro caso. La
regulación estatal actúa en muchas ocasiones como un elefante en una cacharrería.
Por el motivo que sea, un proceso o una situación concentran la atención del público.
Se aprueba una regulación basada en los conocimientos y la tecnología del
momento. Por mucho que los burócratas y funcionarios (ver Apartado 7) aspiren a
un estándar de calidad alto, al poco tiempo los conocimientos se han
multiplicado, se producen avances tecnológicos y aparecen nuevas formas,
mejores y más fáciles, de hacer las cosas. Pues bien, la introducción de esas
valiosas novedades se verá obstaculizada por una regulación encaminada, en
principio, a mejorar la situación. Hasta que los burócratas o los políticos
no vuelvan a plantearse el asunto, la regulación seguirá sin reflejar todos
los cambios que se han producido. Por otro lado, los cambios en la regulación
que se impone a los mercados se producirán en pequeñas dosis mientras que los
que afectan a la tecnología o a los conocimientos avanzan a una rapidez
vertiginosa. Así
pues, la regulación estatal se basa en principios inciertos y aboca a
dificultades prácticas. No es lícito afirmar, como suelen hacer los
partidarios de la intervención estatal, que a largo plazo ésta resulta
beneficiosa y consigue su objetivo de satisfacer un concepto tan poco objetivo
como el del "interés general". No sólo los costes de la regulación
tienden a ser muy elevados, sino que casi con toda seguridad la regulación
obstaculizará cualquier solución rentable de los problemas que esa misma
regulación pretendía resolver. Con el tiempo, el prolijo entramado de
regulaciones será un obstáculo para que se produzca cualquier avance en la
satisfacción de los deseos de la gente, incluida la demanda de servicios de
salud, seguridad, o protección medio ambiental. Los fallos a la hora de
satisfacer las demandas de los consumidores aparecen sobre todo en sectores
donde no hay libertad de elección, es decir en aquellos que están intervenidos
por el Estado, como la educación, la sanidad y el transporte, donde prevalecen
los intereses de monopolios que no tienen ningún interés en defender su
prestigio. Más
aún, la regulación estatal suele tener resultados perversos. Hasta hace poco,
el Reino Unido estaba sujeto a controles en el mercado inmobiliario que
dificultaban el alquiler de viviendas y locales comerciales; las restricciones
salariales echaban a perder multitud de vocaciones, capacidades profesionales y
oportunidades de empleo; y los precios intervenidos incrementaban las presiones
inflacionistas que querían aliviar. El medio ambiente es uno de los sectores en
los que más presiones hay en pro de la regulación estatal. Pues bien, en el
medio ambiente los efectos perversos de la regulación han alcanzado
proporciones espectaculares. La antigua Unión Soviética y los países del Este
son los mejores ejemplos de los desastrosos efectos en el medio ambiente que
producen las medidas más extremas de regulación, como son las derivadas de la
planificación centralizada. El sector eléctrico nacionalizado de Inglaterra y
de Gales, obligado por el estado a recurrir al carbón y a la energía nuclear,
es un ejemplo más de cómo la intervención estatal es causa directa de una
excesiva contaminación, así como de una reducción en la seguridad del
suministro. No
siempre las consecuencias de la regulación son tan graves como en estos casos.
Pero sí es frecuente que el ingenio humano, puesto a prueba por las
regulaciones, obtenga resultados inesperados. Un reciente estudio expone algunos
de los efectos de una regulación norteamericana de los años 70 según la cual
los pijamas para niños debían estar fabricados en materiales resistentes al
fuego. En la práctica, esta regulación impedía el uso del algodón, pero como
los padres querían para sus hijos ropa de algodón, que es mucho más cómoda,
los fabricantes inventaron nuevos nombres, como "conjuntos de algodón
peinado", para designar los pijamas de toda la vida. En 1996, y demostrada
la inutilidad de la regulación, se permitió la ropa de algodón. Pero la nueva
regulación obliga a que la ropa sea lo más ajustada posible para evitar los
riesgos de quemaduras, con lo que los padres han acabado comprando tallas más
grandes. Resulta difícil evaluar la cantidad de recursos desperdiciados en este
tipo de juegos en los que los reguladores se dedican a regular, los regulados a
sortear las reglas, los reguladores a promulgar nuevas regulaciones, y así
sucesivamente. 9.
Regulación sin Estado Por
muy extendida que esté la idea de que los mercados "se equivocan", lo
cierto es que en la práctica los objetivos que persigue cualquier regulación
se alcanzan sobre todo gracias a la interacción cotidiana de consumidores y
productores. Los individuos, ya sea como productores o como consumidores,
demandan servicios de salud y seguridad, protección en el trabajo y protección
del medio ambiente. A medida que aumenta el nivel de vida y se van cubriendo las
necesidades básicas de los consumidores, estas demandas aumentan a un ritmo
superior al de los ingresos. Este efecto puede observarse durante un período de
tiempo en un país determinado, o comparando países con distintos niveles de
vida en un momento dado. En consecuencia, los productores actuales o futuros
deberían estar interesados en satisfacer estas demandas. Es una forma de tener
éxito y conseguir prestigio. Desde
un punto de vista más amplio, las alternativas voluntarias a la regulación
estatal permiten el funcionamiento de los mercados, asegurando la existencia de
remedios legales o de otra índole para quienes se ven perjudicados por las
acciones de otros. También abren la posibilidad de formas de protección
rentables y compatibles con el mercado, como los seguros, la puesta en vigor
voluntaria de estándares e incluso de establecimiento de estándares propios.
Sin duda el resultado será imperfecto, pero también lo son todas las
soluciones imaginables. En
ausencia de regulación estatal, el suministro de los bienes que este tipo de
regulación intenta garantizar depende de las demandas de los consumidores. Los
consumidores compran un artículo por sus características y su marca, no sólo
por el artículo en sí. Por lo tanto, las empresas compiten para proteger y
aumentar su prestigio, produciendo bienes que ofrecen las características que
exigen los consumidores (lo que incluye la seguridad del producto, los
beneficios que ofrece para la salud y los efectos benéficos o no agresivos para
el medio ambiente). El prestigio de una empresa es, potencialmente, su mejor
activo, y en condiciones de libre competencia, las empresas son las primeras
interesadas en defender y aumentar su prestigio respondiendo a las necesidades y
a las demandas de los consumidores, así como en distinguir su propio producto
del de los demás, con la consiguiente creación de una marca. Las empresas
también compiten a la hora de ofrecer buenos salarios y condiciones de trabajo
adecuadas a sus empleados, porque quieren defender el prestigio que da tener a
los mejores trabajadores. Siempre
que lo crean conveniente, las empresas se asociarán para ofrecer estándares de
calidad para sus productos y procedimientos de certificación destinados a
captar la confianza de los consumidores. Surgirán oportunidades rentables para
la creación de servicios independientes y privados de normalización y
certificación, por lo que surgirán nuevas empresas y nuevos servicios. Otras
empresas ofrecerán servicios de información al consumidor. El auge de Internet
permite prever un aumento de las oportunidades para los consumidores, gracias a
los llamados "infomediarios", que ayudarán a los consumidores a
reducir los costes de búsqueda y selección de un producto en un entorno
complejo. En
esta situación, es probable que se recurra con mucha mayor amplitud que hoy en
día a los seguros privados. Por ejemplo, la gente se protegerá a sí misma
asegurándose contra eventualidades tales como el desempleo, la enfermedad o la
vejez, y también se protegerá contra posibles defectos en los bienes y
servicios que adquieren. Estas protecciones están ya incluidas en muchas
hipotecas y en contratos de venta a plazos, así como en compras realizadas con
tarjeta de crédito. 10.
Cambiar los incentivos de los reguladores Una
forma de reducir la cantidad de regulación y de limitar sus efectos adversos
que no provoca demasiadas alteraciones en el régimen existente es cambiar los
incentivos de los reguladores con el fin de frenar su tendencia a construir
imperios y a oponerse a otro tipo de regulaciones. A este respecto, se ha
conseguido cierto éxito en la regulación de los suministros públicos básicos
en el Reino Unido al imponer a los reguladores la obligación de fomentar o
facilitar la competencia. En el momento en el que se aplicaron estas
imposiciones, no se comprendió la amplitud de su significado, a pesar de que se
sabía que transformar un sector industrial y hacerlo pasar del monopolio a la
competencia requería este tipo de medidas. Sin embargo estos incentivos se han
extendido más de lo previsto. No sólo han permitido a los reguladores tomar la
iniciativa a la hora de fomentar la apertura de los mercados, sino que han
cambiado la naturaleza de los incentivos. Los reguladores son conscientes de que
una de las formas más importantes por las que se juzgará su comportamiento
(por ejemplo, cuando se estudie la renovación de su mandato) es conocer hasta dónde
han llegado a la hora de fomentar la competencia en el mercado que controlan.
Por lo tanto, si se acepta que la competencia es la mejor forma de salvaguardar
los intereses de los consumidores, al ofrecerles más opciones, se deduce que
los reguladores de los suministros básicos en el Reino Unido tenderán a actuar
en la mayor medida posible en interés de los consumidores. La "titularidad
de los derechos" de los productores no ha supuesto un problema tan
importante en el sector británico de los suministros como lo ha sido en EEUU. Además,
el fomento de la competencia significa que a medida que ésta se va
desarrollando en los mercados de suministros básicos, disminuye la necesidad de
regular. La deducción lógica es que la regulación sólo cubre áreas de
"monopolio natural" en estado puro (como por ejemplo las redes de
cableado, las tuberías y las vías). En otras palabras, existe un mecanismo
dentro del régimen de regulación de los suministros básicos en el Reino Unido
que impone una coacción a la regulación y que con el tiempo hará que se vaya
reduciendo el tamaño de los organismos dedicados a esta tarea. Es
cierto que el sector de los suministros básicos presenta algunas características
especiales, como el poder que ejercen en el mercado los nuevos propietarios
inmediatamente después de la privatización, por lo que las medidas
obligatorias de defensa de la competencia son indispensables. Sin embargo, la
idea de imponer una medida que obligue a los reguladores a actuar en interés de
los consumidores y que haga poco atractivo su afán de expansión puede
aplicarse a muchos otros mercados que siguen regulados y no sólo en el Reino
Unido. Por ejemplo, una imposición que fomente la competencia podría incluirse
en las responsabilidades de los reguladores financieros para impedir que se
vuelvan excesivamente poderosos y frenar así sus ansias expansionistas.
Contribuiría a evitar que se intensificara la regulación que tiende a
producirse en los sistemas reguladores que no están controlados y que asfixian
el mercado. Se podrían aplicar imposiciones similares en otros sectores
regulados. 11.
Formas voluntarias de regulación Es
muy útil estudiar algunos casos en los que la regulación ha surgido de forma
natural, en vez de venir impuesta por los gobiernos, con el fin de saber si
estos casos tienen aplicaciones más amplias. Procedimientos
de conformidad y establecimiento de estándares de calidad. Hay que distinguir
claramente entre el establecimiento de estándares de calidad y los
procedimientos de conformidad y control (por ejemplo, la inspección, los tests
y la certificación) que se utilizan una vez que se han alcanzado los estándares.
La intervención de terceras partes independientes en los procedimientos de
conformidad y en el establecimiento de estándares de calidad tiene una larga
historia. En ausencia de una regulación estatal, ambos procedimientos se
producen a través de una acción voluntaria, tal y como demuestran los
siguientes ejemplos. A.
El caso de Underwriters Laboratories. En EEUU, Underwriters Laboratories (UL) es
una organización privada sin ánimo de lucro que otorga certificaciones de
seguridad independientes en sectores tan diversos como los aparatos eléctricos,
los accesorios del automóvil, los aparatos médicos, los sistemas de alarma o
los productos químicos. No sólo realiza tests y emite certificados, sino que
también establece estándares de calidad después de realizar un proceso de análisis
transparente y profundo. A pesar de que han surgido otras entidades, esta
organización se ha convertido en los últimos cien años en la entidad más
importante en su campo. Su prestigio es tal, que los vendedores minoristas se
resisten a vender productos que no lleven una certificación de UL, o de uno de
sus competidores, a pesar de que no existe una obligación legal de ofrecer esta
certificación. Aunque la certificación sólo se refiere a la seguridad, si el
producto no lo obtiene, su comercialización será extremadamente difícil. El
sistema voluntario funciona muy bien porque los estándares de calidad son
perfectamente reconocibles. Por eso los fabricantes y los minoristas tienen un
poderosísimo incentivo para cumplir con ellos. En
lo que se refiere a la eficacia y a la capacidad de respuesta del mercado, UL se
sitúa en una posición muy diferente de la de un organismo estatal. Opera en un
mercado competitivo (cuenta con doce competidores y el acceso al mercado está
abierto) por lo que tiene suficientes incentivos para controlar sus costes y
adaptarse a las circunstancias. Además, todos los gastos que conlleva
establecer los estándares de calidad y de conformidad tienen que estar dentro
de un margen aceptable para sus clientes. Por lo tanto, se evita la tendencia a
una regulación excesiva que suele producirse cuando la entidad reguladora sólo
soporta una pequeña fracción de los gastos de sus propias actividades. B.
El éxito de UL y del programa "Kite Mark" de la British Standards
Institution, demuestra las ventajas de la acción voluntaria sobre la regulación
estatal obligatoria. El propio interés de las compañías les incita a obtener
la certificación del regulador y la entidad reguladora tiene mayores incentivos
que un organismo regulador estatal. C.
El Mar del Norte. La seguridad de las plataformas en alta mar es un asunto
especialmente complicado. Sin embargo (o quizás debido a su complejidad), el
gobierno quiere involucrarse cada vez menos en la letra pequeña de la regulación
sobre seguridad. Después
del trágico accidente que se produjo en 1988 en la instalación Alpha de la
plataforma petrolífera Occidental's Piper en el que murieron 167 personas, y
tras la investigación realizada por Lord Cullen, se sustituyó el régimen de
seguridad demasiado riguroso que regía en el momento del accidente y que,
evidentemente, había resultado totalmente ineficaz. A partir de ese momento no
se establecerían condiciones detalladas para cada plataforma en alta mar; por
el contrario, se dejaba a los empresarios y a los propietarios libertad para
formular sus propios planes de seguridad (los llamados "expedientes de
seguridad") que deberían contar con la aceptación del Departamento de
Seguridad e Higiene (HSE). Los empresarios y los propietarios podrían escoger
entre seis entidades autorizadas de certificación para realizar los estudios de
sus instalaciones. En
1996, el gobierno británico introdujo (concediendo un periodo transitorio de
dos años) una nueva forma de comprobación. Al empresario o al propietario de
una plataforma petrolífera no se le exime de elaborar un expediente que debe
aceptar el HSE, pero no está obligado a dirigirse a una de las seis entidades
de certificación existentes para realizar los expedientes de seguridad de la
plataforma. De esta forma, el empresario o el propietario identifica él mismo
las llamadas "situaciones de peligro extremo" y contrata a un
"profesional independiente y competente" (por ejemplo, una compañía
eléctrica o un especialista en pozos artesianos). De esta forma, los
propietarios y los empresarios establecen sus propios estándares de calidad, a
través de los servicios de un profesional que tan sólo ha de ajustarse a las
definiciones del HSE de las palabras "independencia" y
"competencia". D.
Autorregulación del alcohol en el Reino Unido. En el Reino Unido, los
proveedores de bebidas alcohólicas actúan dentro de un marco de licencias y de
regulación que establece el estado. Pero, dentro de este marco, ha surgido un
sistema de regulación voluntaria, sobre todo gracias a Portman Group (una
entidad financiada por el sector de bebidas y cuyo objetivo es impedir el abuso
del alcohol y fomentar el "consumo responsable"). Las campañas de
educación del consumidor que se pueden ver en la televisión y en otros medios
de comunicación, algunas de ellas patrocinadas por la industria de las bebidas,
han contribuido a reducir el número de fallecidos o heridos graves en
accidentes de tráfico relacionados con la bebida en el Reino Unido más que en
el mayoría de los países. Las cifras han pasado de 1.800 anuales en 1980 a
menos de 600 en la actualidad. Otros países que se han decantado por medidas
reguladoras estatales han visto cómo las cifras descendían a menor ritmo. Por
ejemplo, EEUU ha aumentado a veintiún años la edad mínima para comprar
alcohol; Australia ha introducido pruebas de alcohol aleatorias a gran escala; y
en los países escandinavos, se imponen cuantiosas multas y se dictan sentencias
de cárcel. Para
hacer frente al problema del consumo de alcohol por parte de los menores,
Portman Group creó en 1990 una tarjeta que certificaba la edad, llamada
"Proof of Age", para ayudar tanto a los vendedores minoristas
(responsables de cumplir la ley que prohíbe vender bebidas alcohólicas a los
menores de 18 años) como a los compradores legítimos que no tenían un
pasaporte u otra identificación que probara su edad. Otra
iniciativa de Portman Group está dirigida a reducir la confusión que se generó
con el lanzamiento de las "alcopops" (bebidas alcohólicas que se
presentan como refrescos sin alcohol). En abril de 1996 se introdujo un Código
Deontológico sobre Denominación, Empaquetado y Comercialización de Bebidas
Alcohólicas, que se revisó en 1997, y cuyo objetivo es evitar la confusión
entre bebidas alcohólicas y no alcohólicas, así como impedir que se asocie el
consumo de bebidas alcohólicas con comportamientos antisociales. Además,
Portman Group ofrece un servicio de asesoramiento a los fabricantes. De esta
forma, las compañías pueden obtener una orientación previa para saber si los
productos que quieren lanzar se adaptan al Código en cuestión. 12.
Otros casos de regulación voluntaria Se
podrían dar más ejemplos de regulación voluntaria que funcionan con éxito, y
también áreas en las que podrían sustituir con ventaja a la regulación
estatal. Tal y como se indica en un estudio norteamericano, "la regulación
se suele identificar con el estado o con el gobierno federal, pero es un
concepto erróneo. Hoy en día existe un gran número de entidades privadas que
regulan un segmento considerable de la actividad del mercado sin la intervención
del estado". Hay
un sinfín de modelos. En algunos casos, el estado proporciona un marco de
regulación y las compañías del sector crean una organización de
autorregulación que da contenido a ese marco, evitando de esta forma los
inconvenientes de unas leyes estatales demasiado inflexibles y restrictivas. El
caso de Portman Group es un ejemplo de este modelo. En
otros casos, un sector industrial es responsable en gran medida de sus propias
actividades pero tienen que darse ciertas condiciones legales en la inspección
(por ejemplo, con la mediación de un "profesional competente"). La
seguridad en las plataformas petrolíferas del Mar del Norte es uno de los
ejemplos que ilustra este caso. Hay
otros ejemplos (como el de Underwriters Laboratories) en los que la regulación
está totalmente en manos del sector privado. Ha surgido un sistema de regulación
natural como respuesta a las demandas de productores y consumidores. Entidades
independientes proporcionan al mercado estándares de calidad, así como
procedimientos de conformidad (tests, certificaciones, etc.). La
gran ventaja de los sistemas que han surgido de forma natural es que evitan gran
parte de las dificultades prácticas que tiene la regulación estatal y de los
que ya se ha hablado en este artículo. Dado que para las entidades privadas de
regulación los costes de regulación no son externos, se evita la tendencia a
la sobrerregulación que se produce en los sistemas estatales. Además, este
sistema se adapta con más facilidad a las circunstancias cambiantes. Tal y como
se explica en el Apartado 8, uno de los costes más importantes de la regulación
estatal (además de los costes "invisibles") es el freno que impone a
la iniciativa empresarial y a la innovación, fruto de la rigidez de las leyes
dictadas por la regulación estatal. La
mayor flexibilidad de los sistemas privados supone una ventaja considerable.
Además habrá que reconocer a los mercados su capacidad para crear incentivos
que propicien comportamientos seguros y prudentes. Por ejemplo, hace poco, uno
de los autores de este artículo tuvo que suscribir un seguro de automóvil en
el que el primer conductor era su hijo adolescente. El agente de seguros le pidió
una fotocopia de las últimas notas escolares de su hijo. Al comprobar que eran
excelentes le ofreció un jugoso descuento. También se puede obtener un
descuento adicional si el asegurado realiza un curso completo de educación
vial. El agente envía una fotocopia de las notas y el certificado de haber
realizado el curso, junto con el resto de la documentación, a la compañía de
seguros: el descuento por tener buenas notas es ligeramente superior al del
curso. Es evidente que el mercado está haciendo un tipo de distinciones sutiles
que las entidades reguladoras son incapaces de tener en cuenta. Por
último, vale la pena considerar lo que ocurriría si se privatizara el sistema
de concesión del permiso de conducir en el Reino Unido. En este momento, se
concede a un joven de 17 años un permiso que es válido durante 53 años, es
decir, hasta que cumple 70. No tiene que hacer nada más, ni asistir a ningún
cursillo de adaptación, y los escasos incentivos al buen comportamiento
consisten en pequeños descuentos anuales en su póliza de seguros si no tiene
siniestros. Si el sistema recayera en manos privadas, y por qué no en las de
las compañías de seguros, asistiríamos con toda seguridad a muchas novedades,
y surgiría un gran número de cursillos de adaptación. Además es inconcebible
que el sector privado otorgara un permiso por más de 50 años. 13.
Conclusiones Un
estudio americano sobre regulación terminaba así: "... Hay todo un mundo
de regulación privada que ha sido ignorada por los reguladores, los miembros
del Congreso, el presidente y los periodistas". Lo mismo se puede decir del
Reino Unido, a pesar de que en ambos países la regulación privada está
aplastada por la regulación estatal. Pero de todas formas debería estudiarse
la magnitud de la regulación privada y sus efectos: en el Reino Unido sería
una buena tarea para la Better Regulation Task Force y el nuevo departamento
llamado Regulatory Impact Unit, ya que la regulación voluntaria parece tener
ventajas insustituibles sobre la estatal. Con mucha frecuencia, la regulación
estatal no parece ser efectiva a la hora de alcanzar los objetivos que ella
misma establece. Los costes para su cumplimiento suelen ser elevados y por
consiguiente la iniciativa empresarial se debilita. Podría compararse con un
enorme y costoso martillo que no acierta a clavar un clavo relativamente pequeño.
Podríamos hacer cuatro recomendaciones, que van de la menos a la más radical: ==
Imponer a otros reguladores contratados por el estado la obligación de fomentar
la competencia que ahora se aplica a los reguladores de los suministros básicos
(o una imposición que tuviera un impacto similar) con el fin de frenar las
tendencias expansionistas de las entidades reguladoras; ==
Transferir el control y los procedimientos de conformidad (inspección, tests y
certificación), siempre que sea posible, de los reguladores estatales al sector
privado. Por ejemplo, la obligatoriedad de recurrir a los servicios de un
"profesional competente" (como en el caso de las plataformas del Mar
del Norte) podría sustituir a las leyes de obligado cumplimiento. De esta
forma, el estado exige la regulación pero no establece estándares
pormenorizados ni se implica directamente en los procedimientos de conformidad; ==
Permitir que las compañías privadas establezcan estándares de calidad (que
pueden rivalizar con los que establecen los reguladores estatales); y/ o hacer
que el cumplimiento con los estándares establecidos por las entidades privadas
sea voluntario, de tal forma que la regulación privada siga manteniendo su carácter
no coercitivo. Los fabricantes deciden si se acogen o no a ciertos estándares
en particular, y si eso contribuye a mejorar su prestigio. Uno de los factores más
importantes en las decisiones de compra de los consumidores sería valorar la
importancia de ciertos estándares de calidad. Estas recomendaciones deberían interesar a los gobiernos de muchos países, que están preocupados por los efectos de la regulación y que han sabido reconocer sus peligros. El coste de la regulación estatal es tan elevado que es esta razón suficiente para sustituir una gran parte de sus actividades por la regulación voluntaria con el fin de mejorar los resultados económicos. Además, muchos de los problemas que intenta resolver la regulación estatal se abordarían mejor por medios voluntarios. Ya sea para mejorar las condiciones sanitarias o de seguridad, conservar el medio ambiente, establecer condiciones de trabajo propicias, fomentar un código ético en la venta de productos financieros, o abordar otros problemas que conciernen a la regulación estatal, hay poderosas razones para argumentar que deberíamos decantarnos por la regulación voluntaria. |