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¿SIRVE AL LIBRE MERCADO LA TESIS DE LA SUBSIDIARIDAD? POR JOSE LUIS TAPIA Y ALBERTO MANSUETI |
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Casi
todos los defensores de la
economía de libre mercado esgrimen el principio constitucional de la
subsidiariedad del Estado, como si se tratase de una firme línea de
defensa contra el intervencionismo estatal. Pero esto no es tan así.
Hay otro principio mucho más sólido y más apto para defender la libre
empresa, la propiedad privada y los mercados abiertos a la competencia:
el de la separación de las esferas pública y privada. Este sí que no
deja oportunidad alguna al estatismo. En
el Perú y América latina, las políticas de libre mercado no han
hallado una firme línea de defensa intelectual. Casi todos sus
partidarios se siguen aferrando a la tesis de la subsidiariedad, que es
una defensa muy pobre y un muro fácilmente perforable. La
doctrina de la subsidiariedad pone al Estado a hacer todo lo que el
mercado no puede hacer. Pero es lamentable que este criterio no se
aplique a las funciones del Estado, sino al sector privado. Así, si de
la iniciativa privada no surge un gran supermercado en cada pueblito, aún
de 2 mil habitantes, el Estado debería ponerlo. O debería
necesariamente construir un aeropuerto o una carretera donde no hay
inversión privada. O asimismo -siguiendo esta errónea línea de
razonamiento-, debería construir el Estado una base espacial, una fábrica
de misiles o una planta enderezadora de plátanos, puesto que del libre
juego de los mercados no se materializan estas iniciativas. De hecho, así
es históricamente como el Estado ha incursionado con sus empresas e
instituciones en agricultura, minería, pesca, industria, banca y
finanzas, educación, ciencia y tecnología, medicina, bellas artes,
etc., etc. ... pretendiendo suplir al mercado. Sin
embargo, la pregunta es ¿por qué no se materializan todas las
iniciativas a través de los mercados ...?. La respuesta es porque la
sociedad tiene otras necesidades, otras prioridades, y por ende prefiere
asignar y aplicar a esos otros usos que son recursos disponibles
altamente costosos. Y mal haría el Estado en contrariar las prioridades
establecidas por la sociedad de modo espontáneo a través de los
mercados. Más que escasos, deberíamos enfatizar que los recursos son
costosos. Tienen un costo de oportunidad, es decir: usos excluyentes.
Quiere decir que cuando son asignados a un uso determinado, ya no quedan
disponibles para otros usos alternos. Lamentablemente,
la doctrina de la subsidiariedad se ha tomado como pretexto para toda
suerte de intervencionismos estatales en el Perú como son las
regulaciones, altos impuestos, creación de empresas, reguladoras y
superintendencias. Y ello porque es intelectualmente muy débil. No
establece una separación rigurosa entre las funciones del Estado y de
los mercados. Lo único que la sociedad no puede hacer por sí misma a
través de los mercados, y requiere del Estado, es el cumplimiento de
las tres funciones propias y naturales del Estado. La
primera es la represiva. Esto es, seguridad interna y externa; o sea:
lucha contra la delincuencia y defensa nacional. La representación
exterior -diplomática y consular- es una función anexa a esta. La
segunda es la Judicial. Es decir: encausamiento de los delitos y
resolución de conflictos y pleitos. Y la última, de Obras Públicas.
Pero el concepto debe reducirse más que nada a las carreteras, caminos
e infraestructura de comunicaciones licitándolas al sector privado. Estos
son los “negocios públicos” que deben mantenerse rigurosamente
separados de los “negocios privados”, sean asuntos familiares, económicos
y financieros, de culto, de pensamiento, educativos o de salud. El
Estado podría apoyar eventualmente a los más pobres mediante la
financiación de sus servicios médicos, educativos y previsionales,
pero no a través de la prestación directa sino como dice Milton
Friedman de cupones (vouchers) a los beneficiarios, que podrían así
asistir a instituciones privadas, competetitivas y por lo tanto
eficientes. Servicios
públicos como agua, luz, gas, y teléfonos, se prestan mucho más
eficientemente por empresas privadas en competencia. Pero es
imprescindible la reforma judicial. Está comprobado que los entes
reguladores dependientes del Ejecutivo no pueden reemplazar eficazmente
a los jueces, si estos son imparciales, honestos y capaces de ofrecer
una justicia decente, accesible, rápida y no tan costosa. Si un usuario
o consumidor se considera tratado con injusticia, debería recurrir a
los predios del Poder Judicial. No a una agencia ejecutiva como
Indecopi, Osinerg, Osiptel, Ositran, y las superintendencias. En
definitiva, se trata de redefinir las funciones respectivas del Estado y
el sector privado. Es de la mayor importancia sobre todo ahora, a propósito
de la reciente claudicación del Gobierno frente a las irracionales
demandas de los transportistas.
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