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DE COMO EL TIBÓN SE CONVIRTIÓ EN PELLEJOS.- POR SANTOS MERCADO |
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Permítame, estimado lector, contarle un cuento
con sabor económico. Había una vez, en un pequeño pueblo
polvoriento, un pordiosero
que nunca había probado carne. Su cabello negro denunciaba que en
realidad no era de edad muy avanzada, pero estaba más que desnutrido.
Con demasiado esfuerzo se
mantenía en pie, su mirada constantemente se dirigía a los cielos como
esperando un milagro: que alguien llegara para obsequiarle un pedazo de
pan o que Dios se acordara de él. Y el milagro se hizo, un turista
norteamericano, rico y
generoso se apiadó de él y le preguntó ¿qué puedo hacer por ti buen
hombre?. El pordiosero le confesó que su mayor deseo era probar la
carne antes de morir. El turista generoso no solo estaba dispuesto a
conseguirle un buen trozo de carne sino que acudió con el mejor
carnicero del pueblo y le ofreció un contrato que duraría mientras
tuviera vida el pordiosero. Le dijo al carnicero
“cada día este hombre vendrá a tu negocio y tu le vas a dar
un kilo de carne. Yo vivo en New York pero
te mandaré un cheque mensual por trescientos dólares (el
kilogramo costaba 10 dólares), aquí te pago por adelantado lo del
primer mes y solo debes avisarme cuando este hombre muera para dar término
al contrato”. El carnicero jamás volvió a ver al turista
generoso, pero cada mes recibía por correo puntualmente su cheque. Este cuento no es precisamente de adivinanzas
pero le pido al estimado lector unos segundos de reflexión antes de
seguir para que complete usted mismo esta historia. ¿Qué fue lo que
sucedió? Muy bien, acertó usted!!!. En efecto, el
carnicero entregó durante los primeros meses un kilogramo de carne
diariamente al pordiosero y de la mejor calidad, tal como estipulaba el
contrato. Durante el segundo año ¿cree usted que el carnicero se
preocupó por buscarle carne con mejor calidad que la que había
entregado antes? Pues no, efectivamente, en lugar de mejorar empezó a
entregar carne de menor calidad y para no hacerle el cuento largo, al
quinto año la buena carne se transformó en huesos y pellejos y los
kilogramos se redujeron a 500 gramos. Si usted no me toma por atrevido
le diré que para el año diez el pordiosero se murió de hambre. ¿Adivina
usted por qué? En efecto, éste ya no comía carne, a pesar de que el
carnicero recibía puntualmente su cheque. Es más, el carnicero siguió
recibiendo durante varios años sus trescientos dólares aún cuando hacía
ya buen rato que el pordiosero había entregado cuentas a San Pedro. Después de quince años el norteamericano se
interesó por conocer el resultado de su piadosa actitud así que mando
a sus investigadores a aquel lugar. Al darse cuenta del fraude del que
fue víctima se pregunta: ¿Qué fue lo que pasó? “El carnicero era
una persona honorable, el contrato estaba claro, mandé el dinero
puntualmente para que aquél recibiera siempre la mejor carne y con
kilogramos de a mil gramos”. ¿En dónde me equivoqué? Nuestro turista tenía cierta inclinación por
la ciencia económica, así que se decidió a hacer
experimentos con tal de satisfacer su curiosidad científica. Se
dio la tarea de buscar
condiciones similares pero con otros carniceros, otros pordioseros y en
distintos pueblos para ver
qué resultados obtenía. El experimento le salió caro pero los datos
logrados le dejaron más
que satisfecho. En efecto, encontró que el comportamiento del fenómeno
era muy parecido en cada caso. Es decir, la carne buena se transformaba
en mala y los kilogramos perdían gramos con el paso del tiempo hasta
que de plano llegaban a desaparecer. ¡En todos los casos se corrompía
el sistema! Su conjetura es que el comportamiento de los carniceros (o de cualquier agente económico) depende del sistema que se establece. Así que, para probar su idea se decidió a cambiar el sistema y se los contaré en el siguiente artículo. |