DE COMO EL TIBÓN SE CONVIRTIÓ EN PELLEJO (II).- POR SANTOS MERCADO 

 

Aquel piadoso  turista, empeñado en beneficiar al pordiosero con un kilogramo de carne cada día, perdía el sueño tratando de comprender el porqué obtuvo un resultado tan  adverso a sus bondadosas intenciones.

 

Con buena intuición, ya sospechaba que posiblemente su error consistía en haber elegido un sistema de financiamiento inadecuado. En efecto, había garantizado el pago seguro, por adelantado  y de largo plazo al carnicero; vagamente  recordaba aquel dicho mexicano   "músico pagado, toca mal son".

 

Su afán por conocer la verdad y comprobar su conjetura  le  condujo a repetir la experiencia en varios pueblos para  observar los resultados. En cada lugar seleccionó a un beneficiario (pordiosero, mendigo, etc.) y a un oferente (carnicero), siendo éste último el receptor del dinero. Pero casi en todos ellos notó el mismo patrón de comportamiento: una tendencia a rebajar el peso y la calidad de la carne que recibía el  beneficiario. ¿Qué hacer? ¿Cómo garantizar que el beneficiario no se transforme en víctima del oferente? Quizás podría contratar un ejército de supervisores o policías para vigilar a cada carnicero, o convocar a los diputados para que inventaran una ley  que conminara a los comerciantes a comportarse con honradez. Pero estas alternativas serían más caras y nada  garantizaría que los policías o diputados no se coludieran con el carnicero, así que decidió probar un sistema diferente. Comenzó por no hacer trato directo con ningún carnicero. "De hoy en adelante -dijo- le haré llegar a cada beneficiario  un cheque diario por diez dólares para que compre la carne en el establecimiento de su preferencia". El acuerdo consistía en que el pordiosero no podía cambiar el cheque en la cantina, ni comprar  zapatos, sólo tenia que hacerlo efectivo diariamente en alguna carnicería (de las muchas  que había en cada pueblo).

 

Había que  observar el comportamiento del nuevo sistema. Para ello, de alguna manera se tenía que  pesar  la carne que adquiría cada beneficiario, así como observar la calidad del producto. Después de varios meses de llevar este costoso experimento económico se constataron dos curiosos  resultados

 

El primero consistía en  que el peso de la carne era bastante estable y exacto: ¡los kilogramos eran de mil gramos en promedio! Cierto que algún carnicero intento dar algunos gramos de menos, pero el pordiosero, ahora transformado en cliente, tenía la fuerza suficiente para exigir el peso correcto o simplemente cambió de  carnicería, a una que tuviera una báscula honesta. Pero lo más sorprendente fue que la calidad de la carne que llegaba a las manos del beneficiario  fue mejorando paulatinamente. Los resultados fueron diametralmente distintos que cuando el generoso hombre estuvo subsidiando directamente a los carniceros. Nuestro bondadoso turista ansiaba una explicación. ¿Por qué se obtienen resultados distintos con tan solo cambiar el destinatario de los recursos?

 

La explicación.

 

En el primer caso, se estableció un sistema de subsidio a la oferta. Por tanto, se creo una especie de monopolio pues aunque existían otros carniceros, el pordiosero estaba restringido a recibir mercancía de un solo oferente. El carnicero, como todo hombre de negocios, intentaba obtener la mayor ganancia posible. Como el cheque de diez dólares ya no podía incrementarse, entonces, una forma de aumentar  sus utilidades era entregar carne de segunda y guardar la de primera para otros clientes que pagaran mejor precio. Después de todo, la venta era segura, ya no había riesgo alguno de perder al cliente. Y esta conducta se repitió en cada oferente subsidiado. Por eso es que cada uno de los carniceros se comportaba de manera semejante robando algunos gramos y dando carne cada vez de menor calidad.

 

En el segundo caso, cuando el turista decidió dirigir los subsidios a cada pordiosero, se creo un fenómeno muy diferente. Ahora el pordiosero tenia la facultad de elegir la carnicería; si no le gustaba la carne, cambiaba a otro oferente. Esta capacidad de elegir del pordiosero inducía competencia entre los oferentes y obligaba al carnicero a entregar  carne  de buena calidad pues de otra manera no realizaba  la venta. Cada oferente sospechaba que si no dejaba satisfecho al cliente, éste no regresaría y como consecuencia, estaría perdiendo ingresos. En efecto, cuando el pordiosero, ahora transformado en cliente, se acercaba a los vendedores de carne, todos le brindaban una sonrisa  y ofrecían su mejor mercancía. En realidad, en este modelo de subsidio a la demanda  se establecía un sistema de riesgo y competencia  entre los carniceros que les inducía a dar el peso completo y la mejor mercancía disponible.

 

En el caso del monopolio, el oferente ya no tiene el riesgo de perder ingresos, ya que son seguros y obligados. Este sistema monopólico  les hace perder motivaciones para dar mejor mercancía y servicio al cliente. Sin embargo, en el segundo experimento se creo un sistema de mercado donde el cliente podía elegir, y por lo tanto, premiar al mejor. Esto creó un efecto de competencia de tal suerte que aunque se  carecía supervisores, legisladores o policías, se lograba un resultado mucho mejor que el de monopolio.

 

Nuestro turista quedó  satisfecho con el conocimiento logrado y nosotros quedamos muy preocupados pues nuestras políticas gubernamentales de "beneficio social" se aplican al estilo de subsidio a la oferta. ¿No será que por eso los resultados son muy pobres? 

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