LA TORMENTA ECONÓMICA PERFECTA POR CHARLES M. PHILBROOK*

 

 

Voto a voto, la interminable elección de un nuevo capitán del barco, se reduce a dos aspirantes: uno, sin experiencia alguna y, otro, con experiencia pero en aquello que, precisamente, no se quiere repetir. Una vez que todos los discursos y todas las plazas, se hayan dicho y hayan escuchado, sólo quedará un eco en el ambiente de aquel consejo de Harry S Truman a sus colegas en campaña: “Si no los pueden convencer, confúndanlos.”

 

Desde el comienzo del milenio hasta nuestros días, una serie de desbalances financieros, a nivel mundial, se han ido agravando con el paso del tiempo.  Es con las correcciones a estos excesos financieros con las cuales tendrá que lidiar el nuevo presidente, en su primer o segundo año de gobierno y, de salir elegido el de la experiencia previa, pronto se dará cuenta que, la misma, sólo le sirve para evitar “ese” camino…pero no para indicarle por cuál otro ir.

 

En el año 2000 sucedió algo puntual en los mercados de capitales de los EE.UU.: el índice Dow Jones y el Nasdaq colapsaron.  Entre 1995 y el 2000 habían aumentado 400% y 700%, respectivamente.  En ese mismo lapso de tiempo, sin embargo, el ingreso nacional creció en un 20%.  Ahora bien, si los precios de las acciones dependen de los dividendos corporativos, los cuales dependen de las utilidades corporativas las cuales, a su vez, dependen del crecimiento del PBI, ¿qué hizo que estos índices llegaran a esos niveles? La respuesta yace en el papel que juega la especulación en los mercados financieros.

 

Cada gran era tecnológica, después de la Revolución Industrial, ha producido una exuberancia irracional en los mercados, empezando con la de 1786 (máquina a vapor) y terminando en la de 1995 (internet y la tecnología de la información).  Esta última, la de 1995, sin embargo, es importante porque infló los mercados a niveles nunca antes alcanzados y, de ahí, el título de este ensayo.

 

La era de internet hacía creer que se había llegado a la conquista del ciclo económico, algo así como la conquista de la Luna por el hombre; la nueva economía –afirmaban los ilustrados- permitía que la productividad aumentase exponencialmente; se podía tener mayores utilidades, mayores salarios, menores precios…todo esto, ¡sin inflación!  Un nuevo paradigma había reemplazado al de la vieja economía.  Los mercados, obviamente, hicieron lo que mejor saben hacer: creer y crecer.

 

El 2000, al reventar la burbuja, la Reserva Federal empezó a bajar sus tasas de fondos federales con el fin de evitar una gran recesión económica: de 6.25% llegó a 1% el 2004.  Esto hizo que se creara dinero.  La liquidez global (base monetaria en EE.UU más las reservas internacionales en los bancos centrales) creció en un 22% (del 2003 al 2004).  Las reservas internacionales pasaron de $2 trillones (millones de millones) el 2000, a $4 trillones, el 2005; es decir, si se toma la ecuación de intercambio como punto de referencia, y se estima un crecimiento del PBI mundial y una inflación, promedio, de 4% en ambos casos, se puede argüir que un 33%, del aumento en estas reservas, terminó siendo usado en actividades que no están directamente relacionadas con la producción de bienes y servicios (¿bolsas de valores?, ¿bienes raíces?, ¿commodities?).

 

Todo lo dicho plantea la siguiente interrogante: ¿Si hay tanto dinero porqué no hay inflación? En parte, esto se explica por la mayor presencia de China en la economía mundial y por la tan vapuleada globalización.  El gran tamaño de China (poblacional y económicamente) produce la siguiente dinámica: al importar commodities industriales para hacer caminar su industria genera inflación en estos mercados (bienes primarios) y, al exportar estos productos (bienes secundarios), en gran escala, produce deflación (¿ropa al peso?).  La globalización, a su vez, refuerza el ciclo: las economías “tercerizan” su capacidad instalada y, al hacerlo, esa mayor oferta global de bienes y servicios impide que la inflación asome la cabeza por los índices.

 

En suma, en épocas de gran especulación, se rompe el equilibrio entre producción, ingreso y gasto.  Al ser los mercados financieros el puente inter-temporal, que une el ingreso del futuro con el consumo del presente, se crea una ilusión de bonanza de la cual Mark Twain aconsejaba no deshacerse nunca porque cuando ésta se haya ido –decía- podrá uno seguir existiendo, pero habrá dejado de vivir… Algo muy parecido sucede con los mercados cuando hacen, ¡prrrrt!

 

Como lo que se busca es presentar todas las piezas del rompecabezas, “hasta que se vea la gran ola”, a la especulación en los mercados financieros hay que agregarle lo que significó la gran crisis asiática de 1997.  La misma produjo dos grandes cambios económicos: los países de la región se volvieron más cautos en sus finanzas y en su manejo del tipo de cambio.  El primero, aumentó el ahorro interno (menor gasto público) y, el segundo, abarató las exportaciones.  La cuenta corriente pasó de déficit a superávit y la región de ser importadora a exportadora neta de capitales.

 

A esto hay que sumarle el hecho que China pegó su moneda al dólar durante más de una década (8.28 yuanes por dólar), lo que obligó a que los países de la región –que no quisieran perder competitividad frente a China- hicieran los mismo.  Esto explica -en parte- porqué la región, con el tipo de cambio subvaluado, exporta más de lo que importa; explica porqué se ven obligados a reciclar estos dólares comprando bonos del tesoro de los EE.UU. con lo cual mantienen bajas las tasas de interés y estimulan un mayor consumo, especulación y sobre-inversión en diversos sectores de la economía norteamericana.

 

En el 2004, un 70% del déficit en cuenta corriente de los EE.UU. fue financiado por bancos centrales, principalmente asiáticos.  Súmenle a esto el hecho que todo el mundo parece ahorrar (países emergentes, empresas norteamericanas y japonesas, países de la OPEP) y verán que sólo uno parece gastar: EE.UU., es decir, el mundo -en gran parte- produce más de lo que consume y el país del norte consume más de lo que produce.

 

Cuando el FMI recomienda que las economías asiáticas aprecien sus monedas, para que el dólar se deprecie y pueda cerrarse la brecha comercial entre ambos, olvida un pequeño detalle: es tal la cantidad de bonos del tesoro norteamericano que tiene China que una corrección del dólar, en un 10%, haría que el banco central chino tenga una pérdida de capital que bordearía un 15% del PBI (!)

Todo lo cual nos lleva al Perú: La bolsa de valores, el riesgo-país, el precio de los minerales, todo esto, tiene un comienzo…y, todo esto, tendrá un fin.

 

El oro, plata, cobre y zinc representan el 80% de las exportaciones del sector minero, el cual abarca un 60% del total de las exportaciones peruanas.  Los tres primeros se encuentran a un 89%, 87% y 21%, respectivamente, por encima de su precio promedio histórico (en términos reales, desde 1945).  Los precios de los commodities, de los activos financieros, etc., siempre oscilan alrededor de “ese” promedio; siempre regresan a el.  De darse, las exportaciones caerían en unos $3,000 millones.  El índice de Goldman Sachs, GSCI, que estima el rendimiento de 24 commodities, el 2002, bordeaba los 180 puntos; hoy, sin sudar, ya pasó los 480, es decir, en tres años aumentó 166% (!)  Su promedio, entre 1980 y 2006, es de 170 puntos.

 

Ahora bien, de piedras pasemos a papeles: lo que pase con la Bolsa de Valores de Lima (BVL) es de suma importancia porque las AFP han invertido en ella unos $10,000 millones.  Con un ratio P/E de 30 (según Bloomberg) el inversionista está pagando $30 por cada dólar de utilidad neta, o, dicho de otro modo: las utilidades como porcentaje del precio, en promedio, le están rindiendo un 3.33%; si se tiene en cuenta que hay bonos (menos riesgo) que rinden más de 6% es obvio que alguien está especulando con los ingresos de futuras generaciones.  Si ésta regresara al punto “máximo” de 1997, perdería unos $23,000 millones en capitalización bursátil.  Con ratios P/E y precio/valor contable por la estratósfera, ¿alguien en el BCR se ha puesto a pensar en las consecuencias económicas de esta burbuja el día que empiece a perder aaaaire?

 

Por último, veamos el tema del riesgo-país, el cual se determina en los mercados de capitales norteamericanos (variable exógena en un 70%).  Si la FED sigue subiendo la tasa de fondos federales (“fed funds”), y la inflación por el lado de mayores costos laborales empieza a surgir, los precios de los bonos norteamericanos a 10 años perderían valor, subiría la tasa de interés, disminuiría el spread vertical con los títulos de deuda peruanos, se empezarían a vender éstos (“flight to quality”) y…voilà!, el riesgo- país habría aumentado.  El 2002, el índice EMBI+ de JP Morgan era de 13%.  Hoy, es de 2%; ahora, si regresara a niveles promedio de 1999-2002, el riesgo-país podría llegar a 6% (ó 600 puntos base).

 

En fin, ¿es el fin del mundo? No.  ¿Tiene solución?, claro que sí: solo recuerden que la razón por la cual un médico comete errores es porque peca de optimista en el tratamiento, y de pesimista en el resultado.

(*) Dir. Estudios Económicos, Datum Internacional, S.A.

OFICINA DE ILE

INSTITUTO DE LIBRE EMPRESA (ILE)

Free Enterprise Institute

Lima, Perú
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