|
VIVIR SIN ROBAR (O POR QUE NO SOY DEMOCRATA) POR ALBERTO MANSUETI * |
|
La
gente se horroriza cuando se entera de altos funcionarios que le roban al
Estado -generalmente en combinación con particulares- por cifras enormes,
a veces astronómicas. Pero nadie se escandaliza cuando el Estado nos roba
a millones de particulares -y funcionarios menores- por sumas
considerables. Ni siquiera alguien lo advierte. Y eso es todos los días.
¿Por qué ...? Porque el saqueo es legal. Pero también porque todos
participamos en el botín. Pero
no obstante, hay salida. Podemos vivir sin robar ni ser robados. La
gente cree que la corrupción en las altas esferas del Estado deja menos
para el reparto; eso explica tanta indigada protesta contra la corrupción,
que no es sino una simple consecuencia del estatismo. El tema merece mayor
detenimiento. ¿Quiere ver cómo nos roban a todos y todos robamos a
diario? Lea la primera parte de este ensayo: “Estatismo”. ¿Quiere ver
cómo Ud. y todos podríamos vivir muchísimo mejor sin esa desagradable
costumbre de robar? Lea la segunda: “Capitalismo liberal”. PARTE
I: ESTATISMO La
democracia termina en delincuencia. El llamado Estado de Bienestar
(“Welfare State”) es la enorme maquinaria burocrática encaminada a
“redistribuir” la riqueza por medios políticos, es decir, coactivos.
Es el Estado Criminal: roba, y para disfrazar el robo, miente. Y todo
encubierto de un manto de legalidad y decencia por virtud de la mayoría,
que consiente el pillaje mediante el ejercicio democrático, y así se
transforma en cómplice, esperando un reparto del botín. Pero lo robado
nunca llega a las masas, salvo despojos y migajas distribuidos entre
quienes tienen buen acceso a los “mercados políticos” y destinados a
lograr su apoyo. De todos modos hay saqueo y mentira generalizada. Y
así es en todo el mundo. Ya lo había anticipado Frederic Bastiat en
1848. En ese mismo año Marx y Engels publicaron su “Manifiesto
Comunista”, y el mundo cogió el rumbo equivocado. Bastiat publicó
“El Estado”, en pro del rumbo opuesto, y el mundo lo ignoró, pese a
ser un verdadero “Manifiesto Liberal” de extraordinaria lucidez, y
-hoy lo constatamos- de tremendo valor profético. Mentira.
El Estado nos promete servicios educativos, médicos, previsionales y
otros igualmente impropios de su naturaleza, como viviendas y créditos.
Para empezar, digamos que esto es una vulgar estafa, una mentira, por el
simple hecho de ser una promesa falsa, de cumplimiento imposible. Un pez
no puede volar; tampoco un automóvil. Si alguien le jura a Ud.
construirle un edificio no siendo compañía constructora, o le promete
fabricarle un carro no siendo industria automotriz, allí hay engaño. Y
el Estado no es Superman o Batman, no es nada más que el monopolio legal
de la fuerza para los servicios públicos propios: defensa nacional,
justicia pública, y contratación de obras de interés general como
caminos y puentes. ¿Cómo va a cumplir funciones de maestro, médico,
tutor y compañía de seguros, siendo por naturaleza militar, juez, policía
y contratista de obras? Por eso es que los servicios públicos impropios
no llegan nunca, o llegan tarde y con muchos defectos. O llegan -lo que es
más importante- con costos elevadísimos, muchos de ellos ocultos; y así
“lo barato sale caro”, porque quien puede ha de pagar dos veces -los
impuestos y los precios- como ocurre con la “educación y la salud”. ¿Por
qué las escuelas privadas funcionan mejor que las estatales, e igual en
los servicios médicos, previsionales, etc.? Por la simple razón de que
enseñanza, medicina y previsión no son negocios públicos. No son por
naturaleza asunto del Estado y los Gobiernos, sino de instituciones
privadas, funcionando con arreglo al principio de ganancias y pérdidas en
régimen de competencia abierta; es decir: bajo el control del cliente,
que puede cambiar de empresa si no le gusta el servicio. Esto no es así
con el Estado. Y atosigado con los servicios públicos impropios, el
Estado olvida los propios, y por eso descuida la frontera, la seguridad
personal, la justicia y las obras públicas. Mentiras
para encubrir mentiras. Una vez que se nos ha mentido acerca de las funciones del Estado, se
nos dice que no puede cumplirlas porque gobierna este partido y no el
otro. Y que debemos hacer campaña electoral por el otro y
“participar”. O pedir reformas electorales y “participar” de todos
modos. Mentiras. Como si los del otro partido no hubieran estado antes en
el Gobierno, o sus padres, y antes de ellos, sus abuelos; ¡y ellos sin
aprender nada! Para que un partido sirva en el Gobierno, antes debe
demostrar que sirve en la oposición. ¿Cómo? Señalando apropiadamente
cuál es el rumbo político acertado y la senda para rectificar. Pero si
así no lo hace, ¿cómo va a ser en el Gobierno? Robo.
Supuestamente los Gobiernos van a financiar los servicios públicos
impropios con impuestos. Pero, ¿de dónde salen los impuestos? De nuestro
bolsillo mismo, sólo que por la fuerza, que es la vía propia del Estado.
Ahí ya hay robo. Y en países como Venezuela, se supone que los Gobiernos
deben echar mano de las utilidades de compañías petroleras confiscadas a
sus legítimos dueños hace unos 30 años, y que ahora son propiedad
estatal. Eso fue una exacción -venta con apremio a precio forzoso-, otra
vez robo legalizado, y al igual que hoy con los impuestos, se espera del
Estado que comparta un botín robado. Eso nos pone a todos a participar en
una empresa criminal: “Roba, pero dame una parte a mí”, les dice a
los Gobiernos la descarada mayoría democrática. Nada
bueno puede salir de un crimen. ¿Por qué nos extrañamos, sorprendemos y
rasgamos vestiduras cuando los Gobiernos se tragan todo el botín y
reparten muy poquito, salvo a sus íntimos amigos y familiares? Me parece
que los demócratas son un tanto hipócritas. Estupidez.
Pero es que además los demócratas se creen demasiadas mentiras, parecen
algo estúpidos. ¿O no se dan cuenta que el Estado saquea todos los
bolsillos -no solamente los ricos- incluyendo a las coaliciones
mayoritarias de pobres y clase media que apoyan y alientan a los Gobiernos
ladrones? Vea Ud.: a)
La inflación es un impuesto disfrazado, que a todos nos afecta. Sus
beneficiarios son los titulares del monopolio de emitir dinero y sus
asociados más cercanos; a ellos el “dinero fresco” (recién impreso)
les llega antes que al resto, cuando los precios aún no han subido. Pero
suben enseguida, impelidos con ese tremendo empujón del billete nuevo; y
todos somos víctimas, indiscriminadamente, cuando vamos al mercado -la
subasta diaria- y los encontramos más altos. b)
El IVA es otro impuesto indiscriminado, que va junto con los precios, como
todos los indirectos. Y así, entre impuestos disfrazados e indirectos, es
como nos empobrecen a todos. O a casi todos. Nadie
pide nuestro consentimiento para establecer estos impuestos que todos
pagamos obligadamente. La estupidez no es un crimen, pero puede ayudar a
consentirlo, cuando el deterioro intelectual ya es tan grave como el
moral. ¿No es tonto permitir que alguien me robe, creyendo en su promesa
de brindarme “educación y salud”? Y si lo que yo quiero es que ese
ladrón no me robe a mí sino a “los ricos” y luego me de mi parte del
botín, ¿no me hace eso un canalla? ¿No tengo acaso merecido quedarme
sin nada? Esa estupidez tiene mucho de inmoral. Autoperjuicio.
En el “Estado de Bienestar” la forma de tener bienestar -y riqueza- es
con el Estado, y por eso quedan pocos ricos que sean honestos hacendados,
fabricantes, comerciantes al mayor o al detal. Pero
de cualquier modo que haga su riqueza -decente o no-, al rico le acosan
los colectores de impuestos, con alícuotas más elevadas e impuestos
especiales. ¿Qué hacen entonces los ricos? Simple: no invierten. La
inversión puede ser más conspicua (ostentosa) que el consumo. ¿Qué
hacen con sus ganancias? Las consumen, las disfrutan, pero no tienen
incentivos para invertir y hacer reproducir la riqueza. Porque
grande o pequeño, un capitalista invierte sólo cuando tiene expectativa
de ganar; y un empresario invierte únicamente cuando puede cargar el
monto de sus impuestos al precio de venta como un costo adicional, y aún
así ganar dinero. Si no es así nadie invierte, lo cual es natural y lógico.
Pero si alguien invierte, todos nosotros pagamos sus impuestos; lo cual es
soportable cuando la carga tributaria es moderada. Pero cuando es
exagerada, entonces no hay inversiones, o las hay menos. Entonces el poder
adquisitivo de los mercados se deprime y no pueden absorber la producción.
Y hay carestía, pues los precios se inflan con impuestos ya en las
haciendas, fábricas y centros de producción, y en las cadenas de
distribución y comercio. Los
pobres y la clase media.
¿Quiénes pierden en este mal negocio que es la democracia
“redistributiva”? Los pobres, que pasan a miserables. Y la clase
media, que desaparece. Y si el Gobierno de turno pretende controlar los
precios fracasa, como demuestra palmariamente la historia universal. Si
con reglamentos meticulosos intenta controlar las condiciones de los
productos (“pro consumidor”) o de la producción (laborales), también
fracasa, a menos que su propósito real sea limitar la actividad económica
a sus validos y “protegidos”. Por eso es estúpido que llevados por
innobles pasiones democráticas como el igualitarismo, la envidia y la
codicia, alentemos al Estado a cobrar elevados impuestos a los ricos, o a
reglamentarles la vida, en la vana esperanza de recoger alguna parte del
botín, o hacerles infelices. Nos inflingimos grave daño a nosotros
mismos. Todos deberíamos arrepentirnos de culpa tan infame. Capitalismo.
Es el proceso por el cual el capital se reproduce. Y “capitalista” no
es el señor gordo del puro y la cadena de oro que aparece en las
caricaturas socialistas de todas las épocas. Capitalista es toda persona
que vive de un capital. Por ej. la viuda que vive de los intereses de sus
cédulas hipotecarias (o vivía, cuando aún era posible). O que alquila
un cuarto al estudiante o a la secretaria, o el garaje al vecino. Esa señora
es una capitalista. El
capitalismo es inherente a cualquier tipo de sociedad; sólo que si el
capitalismo es liberal y no mercantilista, se vive sin robar. No hay
programas “redistributivos” con sus excesivos y desalentadores
impuestos; no hay inflación; no hay reglamentos estatales para las
actividades, oficios y empresas. Así la reproducción del capital se hace
con más justicia, eficiencia y bienestar. Se produce más riqueza, y las
gentes participan de ella a través de su distribución masiva. ¿Cómo?
Mediante los sueldos y salarios que ganan como trabajadores y empleados,
los intereses y rentas que perciben como capitalistas, y las utilidades y
beneficios que ganan como empresarios. Nadie roba a nadie, pero nadie se
deja robar, bajo pretexto alguno. Lo verá Ud. en la Parte II. “Neo”
liberalismo. El mal
llamado Neoliberalismo no tiene nada de liberal; es la reedición del
viejo mercantilismo, incluso con matices socialistas. Tómese en cuenta
que bajo el mercantilismo y el socialismo el capital no deja de
reproducirse, sólo que con acusados deficits en justicia, eficiencia y
bienestar. El
mercantilismo privó desde el siglo XV hasta el XIX. En en el XIX el
capitalismo liberal fue ensayado de modo parcial y durante un lapso breve,
que sin embargo sirvió para demostrar su superioridad. Y enseguida, con
la democracia ilimitada, las mayorías impusieron la ley del más
numeroso, y nos trajeron el socialismo, ya en el XX. El mercantilismo es
un sistema muy malo; sólo el socialismo es peor. Mercantilismo.
En este sistema la mayoría le dice al Gobierno lo siguiente: “Basta de
libre competencia. Decreta reglamentos que cierren los mercados, y no
permitas que nuevos competidores ingresen. De esta suerte proteges a los
empresarios ya establecidos en cada ramo, y les permites robar a sus
clientes y proveedores -entre ellos, sus trabajadores-, imponiendo precios
y condiciones, sin que éstos puedan optar por otras alternativas. Después,
decretas elevados impuestos y así les quitas buena parte de sus ganancias
mal habidas; y enseguida compartes el botín con nosotros.” Una
canallada por donde se mire, dado que un crimen no justifica otro crimen,
ni siquiera contra el autor del primero: el robo perpetrado por los
“protegidos” empresarios mercantilistas no justifica el cometido por
los Gobiernos. Como tampoco justifica la violencia que emplean los
sindicalistas -para imponer sus monopolios laborales-, equivalentes
obreros de los empresarios mercantilistas. Monopolios.
Como siempre, en las consecuencias del pecado está el castigo. ¿Cuáles
son las consecuencias de este pecado, que los viejos canonistas llamaban
por su nombre: MONOPOLIO? Las consecuencias directas son: bienes y
servicios económicos insuficientes para la mayoría; muy caros; y de baja
calidad. Y desempleo para muchas personas, paralizadas por la inactividad
económica, resultado también de las extorsiones de los sindicalistas
cuando la inflación corre a un paso más lento que las presiones
gremiales. En otras palabras: pobreza y miseria para la inmensa mayoría;
y riqueza para unos pocos, con acceso privilegiado a oportunidades
controladas por el Estado. Y sobreempleo para quienes pueden hallar un
quehacer, obligados a trabajar largas jornadas extraordinarias para
subsistir. La sociedad se divide así en tres estratos o capas: --
los ricos arriba, zánganos muchos de ellos; --
los pobres abajo -desempleados el grueso de ellos-; --
y los sobreempleados más o menos en el medio, trabajando como esclavos
para mantenerse a sí mismos y a todos. Por
eso no es raro que la sociedad tome la forma de una pirámide; pero cada
vez más estrangulada en su parte media. Otras
consecuencias,
a la par del empobrecimiento galopante e involuntario: a)
continua inestabilidad política: crisis, revoluciones, elecciones traumáticas,
etc.; b)
progresiva destrucción del matrimonio y la familia; c)
erosión de los valores y normas morales en medio de un desesperado “sálvese
quien pueda”; d)
embrutecimiento generalizado, al degradarse la racionalidad promedio; e)
alza de la criminalidad, como resultado del deterioro familiar, moral e
intelectual. Socialismo.
En el siglo XIX, los socialistas culparon al capitalismo y a los
empresarios de esta situación, y propusieron el socialismo. Los
cristianos de todas las denominaciones, desconocedores de la verdadera
doctrina bíblica antiestatista, les acompañaron en masa. En el siglo XX
el socialismo se impuso, pero pese a sus propósitos declarados, no acabó
con el capital ni con las empresas. Sometió a los empresarios privados y
les confiscó crecientes porciones de sus ganancias, y a veces les
reemplazó -a medida que cerraban sus negocios- con empresarios estatales,
empleando capital del Estado. Esa fue una “tercera vía”. Pero el
socialismo no acabó con el bandidismo estatal. No mejoró la situación.
¿Cómo es el socialismo? Un sistema más simple, en el papel al menos; la
mayoría democrática le dice a su Gobierno: “Roba tú directamente, o
como sea, pero dame una parte.” Las
leyes malas. Los
socialistas se hicieron bandidos, y cada categoría, empresa o sector
busca su acomodo. ¿Cómo? Mediante las leyes malas o estatistas, gran
plaga heredada del anterior y desorientado siglo XX. Las leyes malas
decretan impuestos excesivos e injustos, que no son uniformes e iguales
para todos. Implícito va el que se se roba sólo a quien tiene, por ende,
a “los ricos”. Y en lugar de sancionar unas pocas reglas generales,
iguales y válidas para todos, las leyes malas también proclaman
infinidad de estatutos y reglamentos pormenorizados, para cada condición
humana o social. Y cada quien busca obtener un reglamento parcializado en
su favor, que le sea ventajoso para él y desventajoso para sus
competidores. Para lo cual todo lo que debe hacer es “organizarse y
participar”, vale decir cabildear; o sea: conspirar. Entre las pésimas
consecuencias de esta insana práctica, tenemos que los contratos privados
entre las partes ya no valen nada, y lo que vale es la legislación, el
decreto y la ordenanza política. Cabildear se convierte en necesidad
perentoria si uno quiere tratar de evitar daños y perjuicios mayores; y
encima de eso, quien no “participa” es descalificado, denigrado y
sometido a intensa presión sicológica a “participar” por la
propaganda estatista. Pero
el socialismo es una gran estafa masiva. Toda estafa se basa en una ilusión,
una quimera, la promesa hueca de recibir algo por nada o casi nada; por
eso dice en un antiguo refrán anglosajón: “es imposible timar a una
persona decente”. Porque alguien decente sabe que recibir algo por nada
no es justo (las donaciones voluntarias son relaciones de caridad, no de
justicia) y no acepta el trato. Así no hay estafa. “Se
atiende gratis”. La
quimera en este caso es la promesa de recibir lecciones, cuidados médicos,
atención previsional, etc., "de gratis”, o a bajo precio,
subsidiado, por debajo del costo. Como siempre, en las consecuencias del
pecado está el castigo. Un ejemplo: la “gratuidad” de la enseñanza
superior financiada con impuestos significa que mediante nuestros aportes
forzados al Tesoro Fiscal, todos les costeamos sus estudios universitarios
a los hijos de los ricos. Otro ejemplo: el lote de beneficios que los
Gobiernos distribuyen entre sus partidarios y amigos -p. ej. empleos y
colocaciones en la maquinaria estatal, contratos de favor, créditos
“baratos”- significa que con nuestros impuestos todos financiamos a
los partidos de turno en el Gobierno. Fraudes
y “denuncias”. Y en
vista de ello, ¿cómo extrañarse de los fraudes electorales en esa lotería
democrática, siendo los premios tan jugosos, y el sistema entero uno de
pillería, truhanismo y hamponato? Sin duda los más pillos y menos
escrupulosos serán siempre vencedores. ¿Y cómo asombrarse de que la
corrupción prolifere y la inmoralidad reine en un sistema con esos
fundamentos? Otro ejemplo: las “denuncias” se convierten en el único
medio de escalar posiciones en la jerarquía política. El juego político
entre hampones es de predador y presa, y éstas son sus reglas: --
si no dejas huellas, rastros o marcas, puedes seguir y adelantar otra
casilla; --
pero en caso contrario otro jugador puede hacer de ti una presa, quitarte
de en medio, y tu predador adelantará otra casilla a costa tuyo. El
socialismo no resolvió ni ayudó a resolver o aliviar uno sólo de los
males del mercantilismo; muy por el contrario los agravó, multiplicó y
les añadió otros nuevos, como p. ej. el adoctrinamiento o “lavado de
cerebro” masivo en el engaño y la falacia. Aunque en la práctica, las
naciones han vivido el siglo XX en una mezcla de socialismo y
mercantilismo, robando y siendo robadas. Y con mucha mentira. “Educación
y salud”. Tras palabras
grandilocuentes hay ofertas engañosas, ejemplos típicos de la clase de
fraude semántico estatista: --
No es “educación” sino enseñanza como debe decirse, pues la segunda
no siempre lleva a la primera. Para que la enseñanza resulte en educación,
han de mediar dos condiciones: 1) ser la docencia de buena calidad -la
cual el Estado no puede brindar-; y 2) poner el educando la parte suya,
que es el aprendizaje, complemento necesario de la enseñanza si se desea
lograr la educación, que es el resultado. Ahora, si lo que se desea es
inculcar la doctrina estatista a todos los ciudadanos desde pequeños,
entonces en lugar de “educación” debe decirse “adoctrinamiento”
de la población. --
Análogamente, no es “salud” sino medicina como debe decirse, por la
misma razón: la segunda no siempre lleva a la primera. La medicina no
siempre puede curar o restablecer la salud; en muchos casos apenas alcanza
para aliviar el sufrimiento (cuidados paliativos), o poner un freno al
progreso de la enfermedad, o instalar una prótesis, etc. En todo caso,
para que la medicina cumpla su objetivo o resultado previsto, han de
mediar dos condiciones: 1) ser de ser buena calidad -eficaz el tratamiento
recomendado-, la cual el Estado no puede brindar, y por eso los Gobiernos
insisten obsesiva y maniáticamente en la “prevención”; y 2) poner el
enfermo la parte suya, que para eso es “paciente”: seguir fiel y
cumplidamente lo indicado. Ahora, si lo que se desea es una regimentación
de todos los ciudadanos desde pequeños, como parte del proceso de
adoctrinamiento -con sus vacunas y sus “campañas
educativo-preventivas”-, entonces en lugar de “salud” debe decirse
“control” de la población. La
pésima educación estatal es el factor más responsable en la degradación
en la racionalidad promedio; y en que hayan sido borradas del mapa las
soluciones alternativas y no convencionales a todas las crisis, desde el
crimen hasta la basura, pasando por el desempleo y la pobreza. Y el de la
medicina es un caso particular de la obsesión maniática del Estado por
la “prevención” en todo, y la consabida “educación como prevención”.
Esto es un disparate, ¿cómo “prevenir” el crimen? ¿Nos van a poner
un policía al lado a cada quien? De hecho parece ser esa la “solución”
a la incapacidad del Estado municipal para recoger la basura, pese a ser
una de sus funciones propias, aunque se niega a admitirlo por considerar
que tiene otros más elevados asuntos que atender. Por eso constantemente
nos “concientiza” ( = culpa) a nosotros de arrojar basura en la calle.
De hecho todo disparate envuelve una implícita confesión de impotencia
por parte del Estado. Y en el problema del crimen, el Estado se niega a
admitir que su naturaleza es esencialmente represiva, y que la única
prevención es la represión y la disuasión; y además ignora los
conceptos de justicia restitutiva y compensatoria -centrada en la víctima-,
o se resiste obstinadamente a considerarlos. Opciones.
Ahora el socialismo ha avanzado mucho, y tenemos tres opciones: a)
seguir en lo mismo; b)
salir del socialismo para volver al pasado mercantilista puro; c)
vivir sin robar. Pero
deberíamos discutir esas opciones, cosa que imposible hoy en día porque
los medios de comunicación han secuestrado el debate, y sólo permiten
discutir “¿quién manda?”, y “¿cómo elegimos a los mandamases?”
que es lo mismo que preguntar “¿quién puede robar?”, y “¿cómo
elegimos a los supremos ladrones?” En eso ha terminado la cacareada
democracia: en elegir si esta o la otra banda de delincuentes se hace
cargo, en medio de la alucinante guerra de pandillas en que terminamos.
Por eso yo no soy demócrata. Porque me da igual que me robe este o aquel.
Tampoco me interesa robar, o participar en robos tomando cosas robadas. Lo
que yo quisiera es que no me roben. Y que no me mientan, añadiendo el
insulto al perjuicio. PARTE
II: CAPITALISMO LIBERAL En
el capitalismo liberal, el ciudadano individual -no la mayoría- le dice
al Estado lo siguiente: “No quiero que me robes, pero tampoco que robes
a nadie, puesto que no quiero parte en pillaje o botín alguno. Y no
quiero injustas ventajas especiales para mí, pero tampoco que me pongas
en injusta desventaja otorgandolas a otros: quiero trato igual para todo
el mundo. A cambio de mis impuestos, quiero de ti solamente aquello que
requiere el uso de la fuerza: defensa contra agresiones externas si las
hay, justicia si te la pido, y algunas obras públicas. Pero no quiero
participar en programa redistributivo alguno, ni como cotizante, ni como
beneficiario. Y si tampoco quiero involucramiento alguno contigo, y deseo
mantenerme apartado de los negocios públicos y ocupado exclusivamente en
los privados -familia, empresa, aprendizaje, iglesia o lo que yo elija-,
no me obligues ni me apremies o me presiones porque es mi inalienable
derecho el no participar si así lo decido. Y por favor, no me mientas.” Eso
se traduciría a lenguaje jurídico y se escribiría clarito en una
Constitución liberal, especificando que legislación alguna puede
contravenir este principio inmutable: No robar ni dejarse robar. Ni
manipular. De nadie. Ni siquiera de los electos democráticamente. Democracia
y delito. Por eso habría
que escribir una segunda cláusula: ninguna mayoría puede conculcar el
principio de vivir sin robar o ser robado. Por lo tanto, contra él no hay
democracia que valga. Por cuantiosas o numerosas que sean, las facciones
no podrán agavillarse para delinquir legalmente -ni sus representantes-,
ni participar como cómplices o encubridores, ni hacer propaganda o apología
al delito. Un
programa redistributivo -p. ej. el impuesto progresivo para financiar
servicios públicos impropios- es una conspiración para cometer delitos.
Al igual que un programa restrictivo de la libre competencia, por
ejemplos: los aranceles y derechos antidumping para las importaciones; la
permisería de las leyes para comercios minoristas; el “1 x 1” para la
música criolla o el cine nacional; las habilitaciones estatales exigidas
para los bancos e instituciones financieras. Y si hay partidos políticos,
o asociaciones gremiales, empresariales o de otro tipo que auspicien o
apoyen programas redistributivos o anticompetitivos -acompañados siempre
de todo género de calumnias y falsedades contra el capitalismo- han de
considerarse como lo que son: organizaciones criminales. Sus promotores,
directivos, cómplices y encubridores deberían al menos compensar los daños
a sus víctimas, e ir a la cárcel si hay sospechas fundadas de probable
reincidencia. En
otras palabras: el capitalismo liberal sólo es compatible con una
democracia limitada. Elecciones indirectas, y calificaciones muy estrictas
tanto para elegir como para ser elegido posibilitan su preservación. Mercados
libres: trabajo honesto, competencia abierta y capitalización.
Esas son las tres claves del capitalismo liberal. Sus ideales, éticos a
la vez que económicos. Y sus axiomas o premisas indiscutibles son dos: no
robar ni ser robado. Respetadas estas dos premisas, el trabajo no tropieza
con esos tremendos obstáculos que son las confiscaciones tributarias y
los reglamentos limitativos. De este modo el trabajo honesto, realizado a
conciencia y de modo diligente, en condiciones de competencia libre, toma
provecho de la especialización, y del máximo rendimiento de los
recursos, asignados a sus óptimos empleos. Por esa razón, a través de
los procesos de intercambios plenamente voluntarios que se definen como
mercados abiertos, libres -lo contrario a mercados cautivos-, y respetado
el derecho a la conservación íntegra de sus frutos, el trabajo de cada
quien genera capitalización continua en favor suyo. Algo
lo más parecido a este sistema se puso en práctica en Europa occidental
entre 1815 -el fin de las guerras napoleónicas- y 1914 aproximadamente; y
en EEUU por la misma época, aunque con más vigor desde 1865, al final de
la Guerra Civil en ese país. Por eso son naciones ricas, pese a haberse
desviado de la ruta posteriormente y negado los anteriores principios,
impulsadas por el calor de la democracia, cuya consecuencia lógica final
es el socialismo, término hacia el cual “progresamos” a través del
estatismo. Progreso
auténtico: eficiencia, justicia y bienestar.
Y estos tres son los resultados del capitalismo liberal. Porque mediante y
a través de los procesos de mercado se logra producir con eficiencia y
repartir con justicia al propio tiempo. De este modo se consigue el
bienestar; no hay otro. Es cuando la tecnología se consume y se incorpora
naturalmente al proceso productivo -a través de sus precios-, y los
agentes avanzan en sus respectivas curvas de aprendizaje. Hay verdadero
progreso. Así, el trabajo en competencia, y la capitalización, generan
incrementos en la productividad de todos los factores; y precios cada vez
menores, no habiendo inflación dineraria. Aumentan de tal forma los
grados de capacidad adquisitiva de todos los involucrados, si bien unos más
que otros. Esto es: hay riqueza, en aumento constante, a la par que se
distribuye. El bienestar no tarda en llegar. Es el desarrollo o
crecimiento “desde abajo” (expresión de Michael Novak): la sociedad
entera se enriquece, comenzando por los más pobres, cuando los
desocupados son contratados para ayudar en los nuevos emprendimientos. Y
así la sociedad toma la forma no ya de pirámide sino de rombo: --
Como siempre, arriba los ricos, que siempre son minoría; y sí, pueden
ser más ricos. Sólo que hay más cantidad de ricos, y el acceso a la
cima es abierto: se llega por medios honestos y productivos. --
La amplia mayoría no es el pobrerío sino la clase media. Infinidad de
profesionales y técnicos -no necesariamente todos universitarios-,
obreros y personal especializado milita en las filas de una gran cantidad
de empresas, muchas pequeñas, pero otras medianas y grandes también, que
eso no es delito. Otros encabezan sus propios negocios. Y la riqueza
“chorrea” para abajo a través de los ingresos factoriales: sueldos y
salarios, y comisiones, intereses pasivos, ganancias y dividendos. --
Y los pobres son minoría, viviendo mucho mejor: puede ser de trabajos
ocasionales como limpiar o cuidar carros; o puede ser de una caridad que
es más generosa y abundante en tanto haya más abundancia. O puede ser
también de los cupones estatales para enseñanza, cuidados médicos y
previsión, tal como propone el Premio Nobel 1974 Milton Friedman -¿por
qué no?- pero en escuelas, clínicas y aseguradoras privadas, como verá
Ud. enseguida. Es diez veces preferible ser pobre en el capitalismo
liberal que en el mercantilismo, y cien veces que en el socialismo. “Tercera
vía”. La gente busca
la “tercera vía” porque le han dicho que el capitalismo liberal será
bueno para producir pero no para distribuir, y que para eso es bueno el
socialismo o el Estado. Son falsas las dos afirmaciones. En Venezuela
tuvimos esta “economía mixta” desde 1958 al menos. Y fracasó. Ni
produjo ni distribuyó. El capitalismo liberal es el único sistema que
produce con eficiencia y reparte con justicia a los factores productivos
(trabajo, capital y empresa) sin desincentivarles. Sueldos y salarios para
los trabajadores y empleados; intereses y rentas para los capitalistas;
utilidades y beneficios para los empresarios. A cada quien según su
contribución o aporte a la producción, valorizado a precios de mercado. Tu
cheque por adelantado. Y
para esa distribución no hay que esperar a que “la riqueza se filtre”
-como dicen los socialdemócratas y neo liberales- porque el reparto es
por adelantado: cada quien que monta un negocio y toma capital o trabajo
prestado, debe pagarlo casi de inmediato. El empresario es quien cobra de
último, si cobra; nunca sabe cuánto va a cobrar ni cuándo, ni siquiera
si va a cobrar o no. Por eso, de las tres clases de ingresos factoriales,
la tercera de ellas -la del empresario- es demorada, y es eventual y
aleatoria. Por eso puede ser mayor. Eso se llama riesgo empresarial. “¿Y
cómo quedo yo ahí ...?”
Tú puede en este instante preguntarte: “¿Y cómo quedo yo en el
capitalismo liberal?” La respuesta es: ¡MUY BIEN! ¿Y cómo así? Tus
cheques dependerán de tu forma de vivir que tengas o escojas. Hay tres
-todas decentes y productivas-, y puedes combinarlas: ser trabajador o
empleado, capitalista, o empresario. Para terminar este ensayo, veamos
cada una de ellas, y cómo quedarías tú allí. Pero recuerda que en este
sistema en principio no hay ventajas especiales o privilegios para ninguna
categoría, la tuya o la de nadie. 1)
Trabajadores y empleados en general.
En todas partes viven de sus sueldos y salarios. Pero en un capitalismo
liberal no habría despojos ni violencias. Nada de impuestos inicuos
-entre ellos la inflación-, ni de “proteccionismo” matón al abrigo
del Estado, sea mercantilista o sindicalista. De este modo, nuevas
empresas florecerían por doquier, y las actualmente existentes podrían
expandirse y/o diversificarse, incrementandose las ofertas de puestos
laborales. Crecerían de inmediato las contrataciones -en condiciones
voluntarias-; y con ellas el empleo. Liberar el capital de sus ataduras es
que los empresarios aumenten en número, y compitan por contratar
trabajadores, mejorando en la puja las condiciones ofrecidas. Disminuido
y contenido el gasto público, sin inflación y con impuestos moderados,
los sueldos y salarios reales se elevarían continuamente, al
incrementarse la productividad del trabajo, al compás de la acumulación
de capital. Empleados y trabajadores veríamos como la competencia libre
en todos los mercados conduce a una situación de baja progresiva de los
precios llamada “deflación”: ingresos sólidos, y cada vez más poder
adquisitivo. Podríamos ahorrar, y así convertirnos en capitalistas o
poseedores de capital. Un ingreso bastaría para mantener holgadamente a
una familia, y la jornada laboral sería menos extensa y agotadora. Adiós
al “stress”. Preguntas
específicas ... #
¿Qué pasaría con los educadores, médicos y profesionales de la
salud, empleados del Seguro Social y otros entes similares? Hoy son
encargados de servicios públicos impropios. En un sistema capitalista
liberal todos ellos mejorarían, pues los centros educativos, médicos,
previsionales, culturales y recreativos, etc. ahora del Estado, podrían
dejar de serlo, y pasar a ser de propiedad de sus profesionales, técnicos,
administrativos y obreros. En buenas condiciones económicas, sus
consumidores y usuarios pagarían sus matrículas, precios, pólizas, etc.
Así de este modo, maestros y profesores, médicos y enfermeras -odontólogos,
bioanalistas, etc.- ganarían sueldos dignos -y primas y bonos
significativos- por primera vez en su vida, y sin depender de afiliaciones
políticas. Nadie les exigiría pura “mística y sacrificio” como
ahora. Madres y padres de familia verían a sus hijas e hijos bien
educados y atendidos. #
¿Y los pobres que transitoriamente no puedan pagar por enseñanza,
medicina y previsión? Como vimos el Estado podría transitoriamente
hacerse cargo de los costos de su atención, pero con cupones
reembolsables, y sólo para esos tres rubros: enseñanza, atención médica
y previsión. Esta sería la única ventaja especial, a conceder por un
Ministerio de Bienestar Social “liberal” -en lugar de los actuales de
Educación, Salud, Seguridad Social, Cultura y otros cuantos-; y encargado
de sólo dos funciones: distribuir las tres series de cupones a los pobres
elegibles para los tres servicios, y reembolsarles el dinero a las tres
clases de empresas prestatarias. De ese modo, los pobres y sus hijos serían
mucho mejor tratados, en instituciones privadas que podrían escoger con
toda libertad, de entre todas las existentes en el mercado. Y compitiendo
los institutos docentes la enseñanza mejoraría en calidad, para todos
nosotros. Todos, y no solamente los pobres, recibiríamos atención médica,
y muy buena. Y todos podríamos contratar pólizas de contingencias y
retiros con firmas aseguradoras privadas. Y todo ello, sea que paguemos
las matrículas, las cuentas médicas y las pólizas con cupones, o con
nuestro dinero. ¿No sería eso mucho más digno, y hasta más igualitario
...? #
¿Y qué pasaría con los policías, jueces, militares y otros
funcionarios y empleados estatales ...? Es decir, quienes hoy son
encargados de servicios públicos propios. Por supuesto todos mejorarían
notablemente de inmediato, pues el Presupuesto estatal sería todo para
ellos. Y una economía productiva genera más impuestos. ¡Por fin ganarían
sueldos cónsonos con sus funciones, que cobrarían realce y majestad, no
como ahora! La corrupción se reduciría a niveles tratables por sus
remedios apropiados, los judiciales. #
¿Y los otros empleados y trabajadores del Estado? Enseguida hallarían
oportunidades de empleo altamente productivo y por consiguiente
remunerador, en un sector privado en expansión creciente. Cesaría su
actual dependencia de un sueldito miserable, y siempre condicionado a los
vaivenes políticos. #
¿Y los trabajadores urbanos o rurales de las provincias alejadas y
pobres? Acabar con el estatismo es liberar empresas -actuales y
potenciales- acabando con privilegios que disfrutan los capitalinos,
ubicados en la vecindad del poder, y no los interioranos, situados en los
más apartados rincones del país. Y acabar con el estatismo es terminar
con la permisería, las reglamentaciones, inspecciones, controles
interminables e impuestos abusivos -impedimentos a la formación de
capital- de los cuales en el estatismo el residente de la capital puede
librarse muchas veces por hallarse junto a las autoridades; no así el de
provincia. Privatizar escuelas, hospitales y entes previsionales es
concederles autonomía y mejorar de inmediato sus servicios. Parece un
mero juego de palabras, pero sólo por virtud del capital el interior del
país podría librarse de la dictadura económica y política de la
capital. #
¿Y los buhoneros? Podrían decidir. Pasarían algunos a ser
empresarios formales, y otros aprovecharían algunas de las muchas nuevas
oportunidades de un empleo mejor, en el sector formal en expansión. De un
modo u otro desaparecerían el hacinamiento, hediondez y contaminación
actuales, que acompañan a la pobreza y fragilidad que hoy les aqueja. #
¿Y los sindicalistas y sus gremios? No podrían imponer monopolios
laborales por la fuerza, ni emplear la amenaza de violencia para intimar a
no trabajar a quien lo desee. Pero estas prácticas mercantilistas no son
de la esencia de los sindicatos, otrora respetables y aún loables
instituciones, de origen medieval. En un capitalismo liberal recuperarían
sus tres antiguas tres funciones -muy importantes, y que ahora no cumplen-
para desempeñarlas en régimen voluntario o de plena libertad: --
escuela de entrenamiento y capacitación, --
mercado o bolsa de trabajo, --
caja de previsión social o “Montepío”. #
¿Y los periodistas y los medios de comunicación? Acabar con el
estatismo es terminar con el actual sistema oligopolista de licencia
previa en los medios radioeléctricos, y rígidos controles. Y con la
publicidad oficial en la prensa escrita. Los medios estatales podrían
pasar a propiedad de sus periodistas, trabajadores y empleados. Pero
nuevos medios surgirían de inmediato, y la competencia libre y abierta
contribuiría con mucho a mejorar la hoy deleznable calidad del producto. No
se necesita hacer muy larga la lista. Porque en los medios de comunicación
sería igual a como en todos los demás rubros -bancos, seguros, casas de
bolsa, agencias de viajes, tiendas, almacenes o bodegas y bodeguitas-: los
productores carecerían de privilegios, y el público gozaría de una
amplia gama de opciones, con suficiente poder adquisitivo para sostener
aquellas que prefiere mediante el uso o consumo. ¿Y sus empleados,
trabajadores y asalariados? De cualquier categoría, tendrían lo que
ahora no tienen: gran abundancia de fuentes de empleo para escoger
alternativas con mejores condiciones de trabajo. 2)
Capitalistas. En todas
partes viven de sus intereses y rentas. Pero bajo un sistema capitalista
liberal, todos podríamos tener ahorros de verdad, y conservarlos, y
acrecerlos. Incluyendo empleados, trabajadores y asalariados. Con nuestros
ahorros, en una economía no inflacionaria todos podríamos: a)
Ganar intereses de verdad, y no esas tasas miserables que pagan los bancos
hoy en día, siempre por debajo de los precios y el bajísimo nivel de
vida general. b)
Pero además tendríamos un Mercado de Valores de verdad, y no esa
pantomima que hay ahora; así podríamos invertir en la Bolsa, adquiriendo
acciones y bonos de empresas exitosas. Con nuestros cheques de dividendos
y pagos podríamos complementar nuestros ingresos, y prepararnos para
disfrutar de un retiro sabroso. Como accionistas en las empresas, p. ej.
petroleras, del hierro o aluminio, eléctricas o telefónicas, ¡hasta
podríamos votar para elegir la Directiva! c)
Asimismo podríamos participar como socios capitalistas en pequeños y
medianos negocios emprendidos por familiares, amigos u otras personas de
nuestra confianza. 3)
Empresarios (y profesionales). En todas partes viven de sus utilidades y beneficios, así como los
profesionales y técnicos por cuenta propia viven de sus ingresos
proporcionados por sus clientes y usuarios de sus servicios. Pero bajo un
sistema capitalista liberal, los empresarios tendrían mercados con mucho
más poder adquisitivo, y suficientes libertades como para expandir su
giro comercial. Podrían ser ricos, todos ellos y no solamente algunos.
También los profesionales y técnicos ejerciendo por cuenta propia. Sobre
el capitalismo liberal hay mucha mitología, principalmente en contra,
pero alguna también supuestamente a favor, divulgada por los “neo”
liberales a veces de buena fe y por ignorancia. Así hay quien cree que
liberalismo es el gobierno (estatista) de los empresarios, o que todo el
mundo sea empresario. Hay que despejar los mitos, todos son malos. Excepto
con los niños, no hay mentira buena; para los adultos, lo único bueno es
la verdad. (Y tú eres persona adulta, ¿o si?) Por ejemplo en un
capitalismo liberal podría ser empresario cualquiera que crea tener las
condiciones, pero quien de ellas carece, no se vería apremiado a serlo si
no es su voluntad. Y ello porque en una economía próspera, un trabajo en
relación de dependencia podría ser bien compensado y seguro, y
socialmente reconocido. También ocurriría que no ser profesional
universitario no sería un estigma, y hacerse de un diploma por
cualesquiera medios no sería prácticamente obligante para “salir de
abajo” (aunque ahora tampoco es una garantía). Todos
nosotros, aún no siendo profesionales o empresarios, somos clientes y
usuarios, trabajadores, o proveedores de los empresarios y de los
profesionales. Y en una sociedad liberal, todos podríamos ayudarnos a
enriquecernos todos, unos a otros, tanto como cada quien quisiera, de
acuerdo a su propia escala de valores, sin que gobernante alguno le
obligara o condicionara a ser pobre. Y
con seguridad todos nos ayudaríamos entre todos a pasar la vida
holgadamente, con mucho menos incomodidades. Es decir, con las
dificultades y problemas de la vida, pero no con ese calvario de
padecimientos innecesarios. Con bienes y servicios abundantes, de buena
factura y accesibles; sin esa penuria que es ahora. Eso sería cooperación.
Eso sería solidario. Eso sería participación. ¿No le parece? Pero
no me diga que es una “utopía”. Si Ud. cree que la de vivir sin robar
es una aspiración “utópica”, ¿qué puedo decirle? Siga dejandose
robar entonces, y tratando de tomar algo robado cuando le sea posible. No
puedo desearle suerte en el saqueo. (*)
E-mail: alberman02@hotmail.com
|
|
OFICINA DE ILE |
|
INSTITUTO DE LIBRE EMPRESA (ILE) Free Enterprise Institute Lima,
Perú Realice una donación (click aquí) |