LA INVIABILIDAD CONJETURAL DE NUESTRO DESTINO ECONÓMICO 

Charles M. Philbrook*

 

 

 

“…cuando la marea sube, eleva todos los barcos” dijo, el 17 de agosto de 1962, el presidente Kennedy después de recibir el visto bueno del Congreso norteamericano para la construcción de una gigantesca represa.  La alegoría en dicho discurso, es decir, la marea alta y la represa –por uno y otro lado- dejaba entrever que una buena política económica produce crecimiento y mejora el nivel de vida de la población.

 

Bien, la marea alta del Perú, de los últimos cinco años, solo ha podido elevar unos cuantos barcos; cualquiera que haya sido la política económica, fue todo menos buena (o todo menos la mejor, para tranquilizar a los fanáticos toledistas).

 

Si los países son producto de su historia, la del nuestro, debe de haber sido particularmente especial para habernos dado los actuales niveles de exclusión social y económica los cuales, a su vez, guardan estrecha relación con la pobreza y la informalidad.  La desigualdad en la distribución del ingreso, y la pobreza, son el anverso y reverso de una misma moneda.  América Latina es la región más desigual del mundo; nuestro país, es uno de los más desiguales de la región.  Pregunta: ¿cuán desigual es el Perú?

 

Una manera de medir esta desigualdad es mediante el coeficiente GINI, el cual va de CERO a UNO.  Mientras más cerca se encuentre de 1 mayor desigualdad existe y, esto implica, que una sola persona se lleva todo el ingreso nacional.  De 1950 al 2004 el promedio del GINI peruano era de 0.55, el de América Latina 0.50 y, el de los países desarrollados, 0.33.  Una idea de la magnitud de la concentración del ingreso nacional peruano, en unos cuantos, es el hecho que solo 54 contribuyentes aportan el 40% de la recaudación tributaria (!?).

 

Ahora bien, la exclusión, al dividir a la sociedad entre quienes están dentro y quienes están fuera, agudiza el nivel de pobreza y, al hacerlo, obliga a los de la periferia, a los de afuera, a ser informales.  En 1970, el sector informal de la economía representaba un 20% del PBI; hoy, podría llegar a un 60% del mismo.  En una generación, es decir, en unos 30 años, de seguir la tendencia, vamos a encontrarnos con un sector informal del mismo tamaño que el formal.  Lo curioso es que, nunca antes en la historia económica de la humanidad, la informalidad ha llegado a ser del tamaño de la formalidad porque, antes de llegar a ese punto, algo dramáticamente violento sucede: uno de los dos termina absorbiendo al otro.

 

Si la informalidad en lo económico produce los guarismos arriba mencionados, la informalidad en lo demográfico no es más que su imagen espejo y, esto, lo apreciamos en la Lima periférica, en la Lima de los conos.  En 1960, la población de Lima metropolitana era de unos 2 millones y, de éstos, el 25% vivía en los conos y un 75% en Lima central y el Callao.  Hoy por hoy, de 8 millones de limeños, el 65% vive en los conos, es decir, los porcentajes se han prácticamente invertido; en menos de una década, de mantenerse esta tendencia, debería llegar al 75%, como en los sesenta, solo que al revés (!).

 

A la exclusión no le queda mucho de vida; a lo sumo, unos 30 años.  Los de adentro y los de afuera recorren, en sentido contrario, un mismo sendero: los unos al encuentro de los otros.  En algún momento, la inevitabilidad del cambio hará del centro la periferia y, de la periferia, el centro; recién entonces recordaremos que solo tiene sentido existencial el preguntarse “¿qué hice mal?” cuando ya es tarde para evitar el desenlace.   

 

Recién entonces la clase política se dará cuenta  de que no hay ninguna experiencia exitosa de reformas “hacia la izquierda”.  Ninguna reforma se hace siguiendo el camino de Dante al descender en el Infierno (avanzaba por la izquierda). Toda y cada una de las reformas se hacen “hacia la derecha”: mayor flexibilidad, menos regulaciones, menos impuestos; en suma, más libertad para que cada individuo pueda decidir, por su cuenta y riesgo, qué es lo que más le conviene (Liberty means responsibility; that´s why most people dread it, aseguraba Shaw).

 

La desigualdad en la distribución del ingreso se debe a la desigualdad en la distribución del capitalismo.  Quienes tienes y quienes no tienen se diferencian, precisamente, en el acceso que puedan tener o no a las herramientas del capitalismo.  La brecha en el ingreso se reduce a medida que los ingresos no salariales (dividendos, intereses o ganancias de capital) representan una cada vez mayor parte del ingreso total.  Dicho de otro modo: si queremos reducir la desigualdad en el ingreso debemos buscar que se den las condiciones que permitan que cada vez sea mayor el número de participantes en la economía formal.  Esto empieza por reconocer que solo y únicamente mercados libres, competitivos e incluyentes permiten que aflore el potencial que todos llevamos dentro; solo entonces los de la periferia empiezan a formar parte del núcleo; solo entonces las fuerzas centrífugas de la exclusión son reemplazadas por las fuerzas centrípetas de la inclusión.

 

Éste es el camino que siguieron los países de la órbita soviética, éste es el camino que sigue China, y éste es el camino que, muy pronto, seguirá Cuba.  Está escrito; solo se requiere saber leer…

 

 

 

* Director de Estudios Económicos, Datum Internacional, S.A.

OFICINA DE ILE

INSTITUTO DE LIBRE EMPRESA (ILE)

Free Enterprise Institute

Lima, Perú
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