EL SINIESTRO DESENCANTO EUROPEO

Charles M. Philbrook*

 

 

La izquierda académica, presa de pánico al ver que cada vez son más los países socialistas que optan por un régimen híbrido, en el cual la esfera económica pasa a manos capitalistas y la política sigue siendo vertical y monopartidista, ha caído en el grave error de violar la segunda gran Ley de los Hoyos, cual es, al caer en uno, dejar da cavar (siendo la primera, el evitar caer en uno…).

 

En los últimos años, su discurso ya no gira en torno a si es eficiente o no el Capitalismo creando riqueza ya que, al parecer, se han dado cuenta que negar lo evidente ni es romántico ni atrae seguidores; tampoco, si está marxistamente condenado o no a desaparecer víctima de sus propias contradicciones.  No, hoy en día, al ver que cada vez son más los países socialistas, como China, Vietnam, Albania y los ex miembros del Pacto de Varsovia, que optan por economías de mercado y propiedad privada, han decidido afirmar que la globalización (léase Capitalismo) y el libre comercio benefician, únicamente, a los países desarrollados; aumentan la brecha entre ricos y pobres y, como si esto no fuese suficiente, destruyen el medio ambiente.  Es un deber moral, entonces, de todo hermano ideológico ubicado en puesto de poder, el de subir los aranceles para reducir el comercio; aumentar los impuestos para que los ricos y los pobres sean cada vez menos (…y, el Estado, más).

 

 El “problema” del medio ambiente –afirman- se soluciona con más burocracia; por cierto, ni en Venezuela ni en China ni en Zimbabwe, el medio ambiente es un “problema”: éste, solo es tal mientras sea administrado por el sector privado (!).

 

Look for the obvious –without being obvious!

Más impuestos y más regulaciones no van a crear más riqueza; no van a generar más puestos de trabajo; no lo han hecho antes y no lo van a hacer ahora.  Si algo explica el “milagro” chino, y el del Sureste asiático es, precisamente, menos impuestos y menos regulaciones. 

 

La idea detrás de un menor nivel impositivo como catalizador de un mayor crecimiento económico, probablemente, se remonte al siglo XIV, a Ibn Khaldun.  Varios siglos tuvieron que pasar para que un economista, Arthur Laffer, intuyera que, si una empresa o una persona tienen más dinero para gastar, lo van a hacer y, si lo hacen, el gobierno debería recaudar más.  La lógica es simple: a una tasa impositiva de 0% y de 100% la recaudación tributaria debe ser nula.  El hecho que la recaudación aumente y luego desaparezca, a medida que va subiendo la tasa, debe darnos una U invertida (gráfico 1).  Hay un punto teórico, llamémosle A, después del cual, cualquier alza en los impuestos lleva a una menor recaudación (punto C).  Si, por el contrario, se opta por reducir impuestos, dos cosas suceden: en el corto plazo, la recaudación disminuye, pero, como ahora empresas y consumidores tienen para gastar más, empiezan a hacerlo; mayores ingresos se traducen en mayores gastos lo cual lleva a las empresas a contratar más empleados para poder producir más; en el mediano y largo plazo la actividad económica aumenta (punto B) y la recaudación, también.

 

Lo interesante de esto es que, a diferencia de la teoría socialista, en la práctica, las ideas Khaldunianas siempre han dado buenos resultados.  Esto hizo China en sus zonas económicas especiales (SEZs); esto hizo los EE.UU. con Reagan, esto hace Irlanda y esto debería hacer cualquier país pobre que quisiera dejar de serlo.

 

El período de post guerra, tanto en Europa como en los Estados Unidos, es interesante porque nos brinda dos fotos: una antes de y otra después de la crisis energética de 1973 y 1979.

 

Estos dos hechos produjeron dos efectos en la economía: por el lado de la demanda, un mayor precio del petróleo redujo el ingreso real ya que la inflación subió más rápido que los sueldos y salarios; una mayor participación porcentual en gastos de transporte como porcentaje del ingreso total, redujo el consumo de otros bienes y servicios. Por el lado de la oferta, estos mayores costos de producción obligaron a las empresas a seguir uno de dos caminos posibles: o mantenían su nivel de producción y subían sus precios o mantenían sus precios y producían menos. 

El efecto neto es que, tanto en Europa como en los Estados Unidos, el desempleo se disparó (gráfico 2).  

 

La llegada de Ibn Khaldun al poder en los Estados Unidos (Reagan se limitó a poner en práctica sus recomendaciones) llevó a que se flexibilizara el mercado laboral y financiero; llevó a que se disminuyeran los impuestos personales y corporativos a nivel federal; en suma, llevó de nuevo la luz del crecimiento económico a un país envuelto en la oscuridad de las regulaciones, los impuestos altos y la esclerosis carteriana (si Clinton gobernó por dos períodos es porque mantuvo lo que dejó Reagan…o Khaldun, si gustan).

 

Estas reformas permitieron que el desempleo en los Estados Unidos empezara a descender a partir de 1983 (Reagan gobernó desde 1980 hasta 1988).  Hoy, es de un 4.7% (gráfico 3).

En Europa, en cambio, el desempleo no solo no disminuyó sino que siguió aumentando (gráfico 2).  Si bien es cierto que el promedio en los países de la comunidad es de un 10% (el doble que el de los EE.UU.) estos guarismos encierran verdades siniestras que hacen que uno cuestione el lado humano del así llamado “modelo social europeo”, después de todo, ¿cuán social puede ser un modelo que permite tales niveles de desempleo?

 

Veamos: los desempleados de largo plazo, es decir, aquellos que están sin trabajo por más de seis meses, como porcentaje del total de desempleados representan, como se puede apreciar en el siguiente cuadro, entre un 57% y un 77% en Europa, mientras que, en los Estados Unidos, ese mismo grupo pasó de 10% a 12% entre 1990 y el 2003.

 

Esto hace que este grupo sea, comparativamente, 5 veces más grande en Europa.  Si todo esto tiene un lado humano hay que ser bien inhumano para no poder verlo…(¡?).

 

Se puede argüir que hay ene razones por las cuales estos números divergen en uno y otro lado: los europeos trabajan menos horas al año; gozan del doble de vacaciones; el sindicalismo está más afianzado; los impuestos son más altos y el despido arbitrario es un gran no-no.  Lo que no se puede argüir, en cambio, es que los europeos buscan, deliberadamente, una tasa de desempleo relativamente más alta.  Si esto fuese así los jóvenes europeos no huirían, en masse, hacia las costas de Norteamérica en busca de un mejor futuro al punto que, hoy, aprovechando que no necesitan visa para entrar, llegan, se quedan, ésta expira y pasan a formar parte del mayor grupo de ilegales en el país del jazz.  Si esto pasa a nivel europeo, a nivel particular es mucho más sintomático: El año pasado, por primera vez desde 1968, la migración neta en Alemania fue negativa (sí, ¡Alemania!); fueron más los que salieron que los que regresaron.  Según la Destatis, la agencia federal de estadísticas, 144,815 alemanes no regresaron “debido al desempleo, la ausencia de oportunidades y los impuestos altos”.[1]

 

Suecia e Irlanda: Dos caras de diferentes monedas

Si hay dos países europeos que optaron por tomar rumbos diferentes, en lo que al tamaño y rol del Estado en la economía se refiere, éstos fueron Suecia e Irlanda.

 

Hasta comienzos de la década del sesenta, la economía sueca crecía por encima del promedio europeo. Su PBI per capita, como porcentaje del promedio de la OECD (el club de los países industrializados) se encontraba un 20% por encima del mismo (gráfico 4).  El paso del tiempo y su cada vez más “social” modelo social hicieron de la realidad una tragicomedia: si hoy Suecia tiene un PBI per capita por debajo del promedio de la OECD, y a un 60% de su población dependiente de beneficios estatales, esto solo se debe a que su estructura tributaria es la más alta de Europa.[2]

 

En más de medio siglo, Suecia solo ha podido crear, en neto, menos de 100,000 puestos de trabajo en el sector privado (gráfico 5).  El sector público, como se aprecia, explica más del 90% de esta generación de puestos laborales. 

Con justa razón, al igual que sus primos genéticos, éstos también buscan huir.

 

Por cierto, si uno revisa las estadísticas de desempleo se da con la curiosa sensación de que estos números y los gráficos…hay algo que esconden.  ¡Y vaya si esconden!  El gobierno sueco estima su desempleo “oficial” en un 6%, pero, no contabiliza (como sí lo hace los EE.UU.) a todos aquellos que trabajan en programas gubernamentales de apoyo al trabajo; a todos aquellos que son obligados a jubilarse antes de tiempo y a los estudiantes que optan por serlo por no conseguir trabajo.  Si se incluyera a todos ellos –como debería de ser- su desempleo, según la célebre consultora McKinsey Global Institute, fluctuaría entre un 15% y un 17%: ya sabemos, entonces, de donde viene eso de “hacerse el sueco”.[3]

 

Bien, si Suecia es el paraíso socialista, Irlanda es el Tigre Celta, el paraíso capitalista.  Hasta antes de que se dieran las reformas que permitieron el despegue, en 1987, el PBI per capita de los hijos de San Patricio, como porcentaje del promedio en la Unión Europea, era un 70%; hoy, se encuentra un 40% por encima del mismo (gráfico 6).  Suecia e Irlanda fueron en direcciones opuestas: la primera, enfiló hacia el sur; la otra, hacia el norte (gráficos 4 y 6).  Se han debido encontrar en 1996.  Se rumorea que los suecos preguntaron, “¿a dónde van?”, y éstos respondieron “al paraíso”.  “¡Ah!”, obtuvieron por respuesta, “entonces, nos encontramos allí”. 

 

Los irlandeses nunca esperaron: saben que el paraíso socialista no es de este mundo…¡pertenece a otra dimensión!

 

Las reformas celtas estuvieron enmarcadas en el gran “Acuerdo Social” que firmaron empresarios y trabajadores, con el Estado como árbitro.  Las mismas, establecían que el gobierno empezaría por reducir los impuestos; esto, obligaría a los empresarios a no despedir empleados; los trabajadores, por su parte, limitarían sus exigencias salariales. 

 

¿El predicado?, claro que sí: El desempleo cayó de 17%, en 1987, a 4%, hoy; y, de ser exportador de mano de obra barata, ha pasado a ser receptor neto de unos 40,000 trabajadores por año.[4]

 

Podrán pasar siglos y podrán pasar gobiernos; lo que no pasará nunca será la forma de crear prosperidad, de crear riqueza.  Puede ser cierto que no solo de pan viva el hombre, pero, si lo que no es pan es lo que un político tiene en mente, debe ser honesto y decirle a su pueblo que su gobierno le llevará todo menos pan…cómo lo hace, ya es otro discurso.

 

Un cambio de rumbo, cualquiera que éste sea, requiere de dos cosas: deseo y conocimiento.  El deseo de algo diferente, algo mejor, solo es posible si tenemos el conocimiento de la existencia de esa otra alternativa, esa otra opción.  Latinoamérica si desea no lo demuestra y si conoce le es indiferente.  Su pasado estatista, dirigiste, es demasiado grande, pesado, infranqueable; ni Chile escapa a eso.[5]  Un cambio de rumbo, entonces, es poco probable; un ondulante plateau, lo más probable.  Bienvenido Presente; adiós, Futuro…

 

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* Director de Estudios Económicos, Datum Internacional, S.A.



[1] “German Exodus Gathers Pace”, Financial Times, 1/setiembre/2006

[2] “European Welfare Has Turned into a Money-Go-Round”, Bloomberg, 21/agosto/2006

[3] “The Swedish Model”, The Economist, 7/setiembre/2006

[4] “Cuentos Chinos”, Andrés Oppenheimer, Editorial Sudamericana, Edición 2005, págs. 93-100

[5] Si más del 80% de las exportaciones chilenas son productos primarios (ergo, casi nulo valor agregado) cómo van a hacer para salir del subdesarrollo es algo que, incrédulamente, merece ser contemplado.

OFICINA DE ILE

INSTITUTO DE LIBRE EMPRESA (ILE)

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