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Por
Alberto Benegas Lynch (h)
Para
LA NACIÓN
De
un tiempo a esta parte, la vertiente más popular que pretende encarar los
problemas del medio ambiente aparece también como la forma más
contundente de estrangular las bases de la sociedad abierta. Paradójicamente,
en este caso, para preservar la propiedad del planeta se destruye la
propiedad a través de las figuras de la “subjetividad plural” y los
“derechos difusos” que permiten demandar frente a cualquier uso
considerado indebido de lo que pertenece a otro, alegando la “defensa de
la humanidad”. Garret Hardin acuñó la expresión “la tragedia de los
comunes” para ilustrar el despilfarro y el uso desaprensivo de lo que es
de todos, que, en la práctica, no es de nadie, en contraste con los
incentivos de cuidar y mantener lo que es propio cuando se asignan
derechos de propiedad.
Con razón se considera al agua indispensable para la vida del ser humano.
Somos agua en un setenta por ciento y el planeta está compuesto en sus
dos terceras partes por agua, aunque la mayor proporción sea salada y
otra se encuentre atrapada por los hielos. F. Segerfeld nos informa de que
la precipitación anual sobre tierra firme es de 113.500 kilómetros cúbicos,
de los que se evaporan 72.000, lo cual deja un neto de 41.500. Eso
significa nada menos que 19.000 litros por día y por persona en el
planeta. A pesar de esto, se mueren, literalmente, millones de personas
por año debido a la falta de agua o al agua contaminada.
El autor explica que esto se debe a la politización de ese bien tan
preciado, situación que no ocurre cuando la recolección, purificación y
distribución se encuentra en manos privadas, que si quieren prosperar
deben atender los requerimientos del público sin favores ni componendas
con el poder gubernamental del momento.
Ejemplifica con los casos de Ruanda, Haití y Camboya, donde las
precipitaciones son varias veces mayores que en Australia. En los tres
primeros casos hay crisis de agua, mientras que esto no ocurre respecto de
Australia, por las razones apuntadas. Por esto es que el premio Nobel de
Economía Vernon L. Smith escribe: “El agua se ha convertido en un bien
de cantidad y calidad demasiado importante como para dejarlo en manos de
las autoridades políticas”. En el mismo sentido, Martin Wolf, editor
asociado de Financial Times, apunta: “El agua es demasiado importante
para que no esté sujeta al mercado”.
La conservación de especies animales es un caso paradigmático. Las
ballenas se extinguen, lo que no sucede con las vacas. Esto no siempre fue
así. En la época de la colonia, se aniquilaban las vacas simplemente
para usar un trozo de cuero o para comer algo de carne, situación que
hizo que muchos mostraran su preocupación por la posible extinción de
estos animales, hasta que apareció la revolución tecnológica del
momento: la marca y el alambrado permitieron asignar derechos de propiedad
y, así, conservar el ganado vacuno.
En Africa, se asignaron derechos de propiedad sobre los elefantes de
Zimbabwe, mientras que en Kenya los elefantes son de propiedad común. En
el último caso, en sólo once años la población de elefantes se redujo
de 167.000 a 16.000, mientras que en el mismo período se elevó de 40.000
a 50.000, a pesar de contar con un territorio mucho más desventajoso que
el de Kenya. En este país se favorece la posibilidad de que los elefantes
sean eliminados en busca de marfil, ya que nadie está interesado en
conservar y multiplicar la manada, como sucede en Zimbabwe.
Claro que la institución de la propiedad privada no asegura que serán
conservadas todas las especies animales. Por ejemplo, es poco probable que
el hombre deje de consumir antibióticos para conservar bacterias, ya que
esto pondría en riesgo la supervivencia de la especie humana. Tampoco es
probable que se desee conservar cucarachas. En la misma línea argumental,
si bien es cierto que las emanaciones de monóxido de carbono deben ser
castigadas, puesto que significan la lesión de derechos de terceros, la
polución cero es imposible, puesto que requeriría que nos abstuviéramos
de respirar, ya que al exhalar estamos contaminando.
En estos momentos se debate acerca del “efecto invernadero” o
calentamiento global debido al debilitamiento o perforación de la capa de
ozono que envuelve el globo en la estratosfera. Sin embargo, los científicos
D. L. Hartmann y D. Doeling sostienen, en un trabajo publicado en el
Journal of Geophisical Research, que en muchas extensiones ha habido un
engrosamiento de la capa de ozono. Añade que las perforaciones han hecho
que al penetrar los rayos ultravioletas y tocar la superficie marina se
generara mayor evaporación y, consecuentemente, nubes de altura, lo cual
dificulta la entrada de rayos solares y provoca un enfriamiento del
planeta.
Por su parte, R. C. Balling señala: “La atmósfera de la Tierra se ha
enfriado en 0,13 grados centígrados desde 1979, según las mediciones
satelitales. (...) A pesar de que modelos computarizados del efecto
invernadero predicen que el calentamiento mayor ocurrirá en la región ártica,
del hemisferio norte, los registros de temperatura indican que el Artico
se ha enfriado en 0,88 grados centígrados durante los últimos cincuenta
años”. El mismo autor enfatiza que, debido a su efecto de enfriamiento,
el dióxido de sulfuro provocado por aerosoles más que compensa la
concentración de dióxido de carbono en la atmósfera.
En este último sentido, y debido a las alarmas del tipo de las expuestas
recientemente en nuestro país por Al Gore, es de interés citar una
declaración del comité ejecutivo de la Organización Meteorológica
Mundial, en Ginebra, que dice: “El estado presente del conocimiento no
permite ninguna predicción confiable respecto del futuro de la
concentración de dióxido de carbono o su impacto sobre el clima”.
También es importante subrayar que el fitoplancton consume dióxido de
carbono en una proporción mayor que todo lo liberado por los combustibles
fósiles y que los desajustes cíclicos en la capa de ozono se deben en
buena medida a fenómenos meteorológicos, como las erupciones volcánicas.
Por otro lado, en estas situaciones siempre hay equilibrios entre las
contrapartes (trade offs) que hay que tener en cuenta. Por ejemplo, se
afirma que los clorofluocarbonos son responsables de la destrucción de
las moléculas de la capa de ozono debido a las emisiones que provocan los
refrigeradores, equipos de aire acondicionado, combustibles de automotores
y ciertos solventes para limpiar circuitos de computadores. El trade off
aparece cuando se documentan las intoxicaciones que se producen debido a
la deficiente refrigeración y acondicionamiento de la alimentación y
cuando se exhiben estadísticas de los aumentos de accidentes viales
debido a la fabricación de automotores más livianos.
En cualquier caso, donde se detecta una lesión al derecho debe procederse
a la rectificación, pero para cuidar los recursos naturales debe
despolitizarse el proceso. Es preciso abstenerse de la actitud arrogante
de pretender la manipulación del ecosistema por parte de la burocracia
estatal. Hay que permitir que la compleja información dispersa pueda
ponerse de relieve a través de los precios. Cuando se conjetura que
cierto recurso será más escaso o se atribuye mayor valor para usos
alternativos, los precios se elevan, lo cual fuerza a reducir el consumo,
al tiempo que se incentiva el desarrollo de variantes sustitutivas y, en
su caso, el reciclaje.
La sociedad abierta permite establecer los ritmos óptimos del crecimiento
y asignar los recursos de la manera más adecuada a las necesidades
presentes y futuras. La intromisión del aparato estatal en la producción
a través de ideas como la del llamado “desarrollo sustentable” no
hace más que distorsionar el uso y la asignación de recursos. Por
ejemplo, la “tragedia de los comunes” irrumpe cuando se mantienen
campos de forestación en manos fiscales, lo que incentiva la tala
irracional. En ese caso, nadie se ocupa de forestar para que otros saquen
buen partido de ello. La presunción de conocimiento ha hecho que ya en la
época de la Revolución Industrial se sugiriera el establecimiento político
de cuotas para el carbón al efecto de “aprovechar ese recurso no
renovable”, que, a poco andar, fue reemplazado por el petróleo. Hoy es
frecuente que se señale que existen determinadas reservas para tal
cantidad de años, sin percibir que no es posible extrapolar precios a
situaciones distintas. El movimiento de precios modifica la duración de
las reservas.
T. L. Anderson y D. R. Leal, en su obra Free Market Enviromentalism,
escriben: “El mercado libre enfatiza que el crecimiento económico y la
calidad del medio ambiente no resultan incompatibles. Los ingresos altos
permiten afrontar una mayor calidad del medio ambiente y, además, de los
bienes materiales. No es ningún accidente que los países menos
progresistas tengan más polución y más riesgos ambientales”.
El autor es doctor en Economía y doctor en Ciencias de Dirección.
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