CÓMO PODRÍA AFECTAR A LA ECONOMIA PERUANA UNA RECESIÓN MUNDIAL

Charles M. Philbrook*

 

Lima, Perú, Febrero 16.-Las conferencias son un muy buen medio de transmitir información, suponiendo — sobreentendido está— que haya algo que decir.  Este martes, tuve oportunidad de regresar al Centro de Altos Estudios Nacionales (CAEN) y poner esto en práctica.  Esta vez, me tocó exponer sobre toda esa combinación de factores y circunstancias que ponen en riesgo la estabilidad de la economía global, y, claro, lo que está pasando en el sistema bancario norteamericano tenía que ser medular. 

 

Sobre esto último mencioné algo que la prensa mundial, la prensa mainstream, está pasando por alto, porque lo ignora o porque sabe lo que pasa, pero no sabe cómo explicarlo (la prensa alternativa —los blogs financieros, principalmente— le está dando una cada vez mayor importancia).  El hecho es que en el último mes las reservas propias del sistema bancario (“non-borrowed reserves”) se han hecho humo, han desaparecido, y ahora son negativas.  A fines de enero, de acuerdo con cifras de la Reserva Federal, éstas llegaban a menos $8,000 millones, que equivale a menos 20% del total de reservas.  La última vez que esto pasó, en tal magnitud, el país se encontraba en plena Gran Depresión —y de ahí la importancia de esta información estadística—.  [www.federalreserve.gov/releases/h3/20080131].

 

Más de una pregunta en la conferencia, enfocada desde diferentes ángulos, buscaba descubrir por conjeturas el probable desenlace de esta dramática obra (financiera); otras tantas buscaban determinar cómo nos podría afectar.  El cómo nos puede afectar dependerá de la severidad de la crisis, la cual dependerá de la respuesta que los gobiernos le den a los excesos especulativos que la orgía crediticia ha puesto al descubierto.  Y como ya sabemos qué forma toman esas respuestas (más deuda) es muy probable que esta crisis alcance proporciones épicas. 

 

Por un momento, supongamos que esta crisis arrastra al mundo a una gran recesión económica, la más severa desde la Segunda Guerra Mundial, pero algo menos que la Gran Depresión (por cierto, los excesos especulativos del presente superan largamente a los de esa época).  Si así fuera, lo peor que nos podría pasar sería lo que nos pasó en la década de los treinta.  Y lo que pasó, si nos centramos en el tema de las exportaciones peruanas —por cuestión de tiempo y espacio—, fue que éstas cayeron un 75% en el período 1929-1933 [Stephen G. Triantis, Cyclical changes in trade balances of countries exporting primary products, 1967, p. 19].  

 

En todos estos años, la composición de nuestras exportaciones no ha cambiado en nada —y esto hace pensar que lo que pasó con éstas en los treinta podría volver a repetirse, de materializarse el supuesto—: un 80% sigue siendo tradicional, con un prácticamente nulo valor agregado.  El año pasado, de los $28,000 millones en exportaciones de bienes y servicios, el 60% procedía del sector minería: oro, plata, cobre y zinc.  Esas son pésimas noticias, después de todo, cada vez que el ciclo económico mundial entra en su fase contractiva, los precios de estos commodities son los primeros en derrumbarse.  Sin mucha dificultad se puede argüir que períodos de gran inflación avivan el interés por los metales preciosos, y eso juega a nuestro favor.  Cierto. Pero la naturaleza de este ciclo es distinta, es deflacionaria, debido a una inimaginable cantidad de deuda en el sistema, nunca antes vista, que necesita ser purgada.  Y como que ya lo está siendo —al menos eso reflejan las reservas negativas de los bancos.

 

Olvidémonos, por un momento, de las lecciones del pasado; concentrémonos en el rumbo que podrían tomar las exportaciones, ya no si los precios de los commodities se derrumban —como en los treinta—, sino si éstas retomaran la tendencia que tenían en el período 1990-2002.  Si así fuera, es decir, si las exportaciones no hubieran crecido exponencialmente como lo hicieron a partir del 2002 (impulsadas por el ‘boom’ de los commodities), y hubieran seguido creciendo a una tasa promedio anual de 13% (como lo hacían en el período ya mencionado), el año pasado, éstas, habrían llegado a los $10,000 millones.  O dicho de esta manera: si regresaran a este nivel, caerían en un 65%.  Más de uno podrá pensar que esta vez es diferente, ya que exportamos mucho más; pues bien, hagamos a un lado esos dos supuestos y veamos qué ha pasado con las exportaciones reales.  El año pasado, las exportaciones reales, que tienen en cuenta el volumen exportado y mantienen constante el precio, representaron el 40% de las exportaciones en términos nominales (que consideran precio y volumen).  En otras palabras, y para que puedan ver la relación con lo dicho líneas arriba: un 60% de las exportaciones totales reflejan un mayor precio [“Evolución de las exportaciones e importaciones”, INEI]. 

 

 Tenemos, entonces, tres escenarios negativos: uno extremo, en el cual la historia se repite; otro igual de malo, pero que refleja la tendencia que éstas tenían hasta antes del ‘artificial’ boom exportador, y uno menos subjetivo, basado en volúmenes de exportación y que, igualmente, no tiene nada bueno que contar.  En cualquiera de estos casos, la historia de las exportaciones tiene un final triste.

 

Es probable que nada de esto suceda y que las cosas sigan como están; como también es probable que algo de esto se dé; o peor aún: que todo lo escrito se cumpla.  Pero si sólo una pequeña parte de todo lo negativo se materializara, queda claro que el Gobierno no tiene ningún plan de contingencia y sigue gastando como si no hubiera un mañana.  Jefferson, el tercer presidente norteamericano, solía decir que prefería los sueños del futuro a la historia del pasado.  ¿Está el presidente García a punto de descubrir el porqué?

 

* Director de Estudios Económicos, Datum Internacional, S.A.

OFICINA DE ILE

INSTITUTO DE LIBRE EMPRESA (ILE)

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Lima, Perú
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