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EL MOQUEGUAZO Guillermo Vidalon Del Pino* |
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Uno
de los problemas de nuestra fragilidad democrática es que no contamos con
un sistema que permita la renovación por tercios de los representantes,
ello le daría mayor legitimidad y fortalecería la institucionalidad de
organismos como el Congreso y los integrantes de los consejos regionales
de los gobiernos subnacionales. Parecería
que no percibimos que la dinámica política se mueve por cauces formales
e informales. Si la
institucionalidad actual no permite que las reclamaciones fluyan por los
cauces adecuados, para que las iniciativas puedan ser acogidas o
rechazadas oportunamente, corremos el riesgo que falacias, como las que
alimentaron el “Moqueguazo”, continúen marcando el ritmo de nuestro
agitado devenir democrático. El
10 de junio estalló el denominado “Moqueguazo”, movimiento similar al
“Arequipazo del 2002”. Tras un año de reclamaciones orientadas a
distorsionar el sentido de la normatividad vigente, las autoridades
electas de Moquegua, congresistas, gobernantes regionales y alcaldes
consideraron que la falacia llamada “material beneficiado” había
fermentado lo suficiente en el subconsciente colectivo de los pobladores
de su jurisdicción, como para “recuperar presencia” y reestrenar con
nuevos bríos su prédica reivindicativa, como tenía que ser, volvieron a
fracasar. En
general, nuestras autoridades subnacionales no se asumen como parte de la
estructura del Estado, eluden asumir que su función primordial es la de
garantizar el orden público, el respeto a las leyes y a las autoridades
competentes, realizan todo lo contrario, fácil u oportunistamente,
deciden “cambiar de sombrero” y asumir el rol de agitadores sociales
frente al Estado, cuestionando, inclusive, a autoridades de rango
nacional. La
discrepancia y la alternancia de ideas es el sustento de todo orden democrático
pero, finalmente, alguien asume la decisión política sobre tal o cual
posición o hecho controvertido. Ese alguien es la autoridad nacional y a
ella se le debe respeto; de lo contrario, caemos en la figura del
desacato. Mucho de lo
acontecido en Moquegua está teñido de flagrancia.
¿Cómo
se instala la falacia?, pues buscando el resquicio en la norma que permita
generar confusión y dar apariencia de verdad a la mentira.
Cuando malintencionadamente se expresó y comunicó al pueblo de
Moquegua que el Canon Minero, al cual tiene derecho por ley, debía
calcularse en base al material beneficiado y no como la naturaleza jurídica
de la norma lo señala, que el Canon y las regalías son las
compensaciones a las regiones y localidades de donde se extrae el
material, en este caso, el mineralizado; en consecuencia, la retribución
a la región respectiva resulta de la explotación de los recursos
naturales que posee, es decir, del material que se extrae en cada región
y no del que se obtiene luego del proceso implementado en las
instalaciones de las empresas que trabajan con dicho material. Es
cierto que cualquier lingüista interpreta que el sufijo
"ado" hace referencia a una acción debidamente concluida.
Por lo tanto, si en minería el "Beneficio" se realiza en las
"Plantas de Beneficio", entiéndase "Lixiviación" o
"Concentradora", los dirigentes moqueguanos optaron por
interpretar el resquicio de la norma, por ende, su “Derecho al Canon”
les provenía del mineral obtenido luego de pasar por una “planta de
beneficio”, lo cual distorsiona el sentir de la norma. ¿Por
qué?, porque la región no aporta "material beneficiado", sino
sólo "material con
algún contenido de mineral" y, por ello, el valor resultante después
del proceso de "beneficio" es un valor que lo aporta la inversión
de las empresas a través de las denominadas "plantas de
beneficio". La
retribución a las regiones, través del Canon Minero y las Regalías
proviene del "material con contenido de mineral", por lo que el
cálculo de retribución lo hace el Ministerio de Economía y Finanzas en
virtud de lo establecido por las normas respectivas, tal como se ha venido
haciendo hasta la fecha. Entre
la manifestación del “Moqueguazo” y la omisión a aclarar, oportuna y
públicamente, que la demanda de la clase política regional no era
proporcional a lo que quiso señalar el legislador, había transcurrido
casi un año.
Tiempo suficiente para que la percepción de la opinión pública
regional fuese hábilmente nutrida por la falacia.
Los políticos formales (autoridades electas) pretendieron liderar
la demanda, inclusive participaron en una curiosa huelga de hambre (ocho días
después, los ayunantes no mostraban ningún trastorno en su salud, al
extremo que salieron caminando y asistieron a una reunión trasnochadora
con el presidente del Consejo de Ministros para hallar una solución). Por
su parte, los políticos informales, organizados a través de Frentes de
Defensa Regionales o agazapados a través de la denominación “sociedad
civil”, oportunamente entrenados y armados, atacaron y secuestraron a
miembros de la Policía Nacional del Perú, quienes fueron emboscados por
un ex militar quien asumió el liderazgo en el accionar desarrollado,
motivando el desborde delincuencial de la protesta. ¿Qué
está detrás de este nuevo accionar político? ¿Quién, cómo y dónde
se financia y entrena a militantes militarizados? Los reservistas son una
fuerza de segunda línea, deben actuar cuando las instituciones armadas
regulares soliciten su participación u ocupan el liderazgo cuando la
fuerza regular ha sido diezmada por el enemigo.
Pero aquí está sucediendo todo lo contrario, algunos reservistas
se están convirtiendo en un grupo para militar para subvertir el orden,
lo cual es sumamente peligroso y riesgoso para el país. Una
lectura transversal indica que o hay coordinación entre quienes
desarrollan un accionar político formal con los informales o lo que está
aconteciendo es que, ante el yerro de los canales formales de manifestación
política, se está legitimando un accionar violento como expresión de la
protesta, lo cual es sumamente grave, pues puede terminar legitimando en
los sectores más radicales la misma práctica de la violencia que asoló
el país en los años 80.
La
irrupción de la violencia terrorista de la década del ochenta fue
fermentada en los años 70, no lo soslayemos en el análisis, menos aún
cuando en el contexto Sudamericano hay quienes están dispuestos a
financiar “revoluciones de nuevo tipo”, donde lo que les interesa es
enquistarse en el poder, acabando con el proceso democrático e
interrumpiendo el modelo de desarrollo económico implementado en el Perú.
No perdamos la perspectiva.
(*)
Comunicador social de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, con
estudios de letras y derecho en la Pontificia Universidad Catolica del
Perú. |
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OFICINA DE ILE |
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INSTITUTO DE LIBRE EMPRESA (ILE) Free Enterprise Institute Lima,
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