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EL PIE VISIBLE DEL ESTADO Charles
M. Philbrook*
Ya
desde el siglo XIV, y gracias a los escritos de un árabe, Ibn Khaldun,
uno que otro filósofo observador se atrevía a postular que un cada vez
mayor tamaño del Estado, más temprano que tarde, terminaba por quitarle
impulso a la economía. Las
ideas de Khaldun, que varios siglos después servirían de sostén a la
curva de Laffer y a las reformas de Reagan, partían del supuesto que una
mayor tasa tributaria, más allá de cierto punto teórico, influía
negativamente en la actividad comercial y, por consiguiente, reducía los
ingresos del tesoro público. Cuatrocientos
años más tarde, un escocés, Adam Smith, después de observar los dramáticos
cambios que En
los últimos tiempos, sin embargo, un renovado interés por todo lo público
y colectivo ha hecho que el tamaño del Estado, medido por el gasto público
como porcentaje de la economía, vuelva a ser lo que ya había dejado de
ser: un obstáculo al progreso económico.
A primera vista, son tres las causas y dos los planos en los cuales
reside este gran cambio. En un plano ideológico, lo es la cada vez más
clara convicción por la cual la responsabilidad ‘social’ debe
anteponerse a la responsabilidad ‘individual’.
Por tanto, lo que por default era natural -después de todo, sólo se puede ser
‘responsable’ por las acciones propias- pasó a ser forzado,
artificial: ahora, uno es responsable por lo que otros hagan, y otros por
lo que uno haga; al final del día, nadie es responsable por lo que hace
(he ahí la cuna del desorden en el cual vivimos).
Pues
bien, en un segundo plano, esta vez en uno histórico, encontramos que Sobre
estas bases espurias, entonces, se ha construido el moderno Estado de
Bienestar (Welfare State), el cual, como nos muestra los Estados Unidos, es
cada vez más voraz. Desde su
independencia, en 1776, hasta 1929, el gasto de los tres niveles del
gobierno (federal, estatal y local) no superaba el 12% del PBI; los
gobiernos estatales y locales representaban las dos terceras partes de ese
gasto. Hoy, el gasto público
sobrepasa el 30% del PBI, y el gasto federal se lleva las dos terceras
partes del total. Una similar
tendencia, y mucho más marcada, se observa en los países europeos donde
ese promedio supera el 40%. En
Francia y Suecia, por cierto, va más allá del 50% (y eso explica por qué
en estos países, en los últimos años, más del 70% de la creación del
empleo se ha dado en el sector público). ¿Puede
llegar a ser eficiente un Estado que interviene cada vez más en la economía?
¿Una mayor intervención destruye la actividad económica?
No y sí, sería la respuesta a una y otra pregunta, y esto lo
vemos en el campo monetario. Por
ejemplo, Las
grandes reformas económicas siempre se han hecho y se siguen haciendo
hacia la derecha, y no hacia la izquierda siguiendo el camino de Dante al
descender en el Infierno. Acabada
Queda,
pues, flotando en el ambiente la siguiente observación: si se parte del
supuesto que una mayor intervención en la economía, más allá de lo
fundamental (por definir), tiene efectos negativos, ¿a qué se debe? Y
una vez establecido esto, ¿cuáles deberían ser los límites naturales
del Estado? La
respuesta a la primera pregunta la da un debate entre Milton Friedman y
Eben Wilson, allá por los setenta, sobre las cuatro maneras (no tres ni
cinco) de gastar el dinero. Friedman
argüía que sólo hay cuatro maneras posibles de hacerlo: se puede gastar
el dinero de uno en uno; o el dinero de uno en otros; también, el dinero
de otros en uno; y, finalmente, el dinero de otros en otros.
La primera forma de gastar es la más eficiente: sólo uno puede
saber qué quiere y cuánto lo quiere.
La última, empero, es la más ineficiente: cuando uno gasta el
dinero de otros en otros, ni lo cuida ni le interesa qué hace con él.
Una y otra vez, todo gobierno se encuentra o en la tercera o en la
cuarta categoría. Ésa es la
fuente de su ineficiencia y de toda corrupción… Quienes
crean que estos argumentos no son convincentes deberían preguntarse por
qué en el caso de países étnica y religiosamente similares, el paso del
tiempo sólo permite comprobar a qué lleva un Estado elefantiásico,
totalitario, avasallador. Corea
del Norte y Corea del Sur, que hasta 1945 eran un único país, hoy, no
podrían ser más diferentes. Concentrándonos
en el ingreso per capita, y por paridad de compra, la relación entre uno
y otro es de 14:1 a favor de Corea del Sur.
Algo similar vemos en el caso de China y Hong Kong.
Si bien aquí la historia se modifica en algo por la intervención
británica, el hecho es que, en ¿Cuál,
finalmente, debe ser el rol del Estado? Desde una concepción libertaria,
debería limitarse a la defensa nacional y a vigilar el orden interno,
pero por sobretodo a ser el gran árbitro, el gran administrador de
justicia. Como no hay manera
de ser parcial cuando se es juez y parte, es mejor que se concentre en
estas tres actividades. Una
cuarta, que es tan importante como las anteriores, es que pueda garantizar
que en la sociedad se dé igualdad de ‘oportunidades’ mas no de
‘resultados’. Que
garantice esto último a algunos lleva a que prive de oportunidades a
otros. Así de simple.
* Director de Estudios Económicos, Datum
Internacional, S.A. |
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OFICINA DE ILE |
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INSTITUTO DE LIBRE EMPRESA (ILE) Free Enterprise Institute Lima,
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