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Desequilibrios
financieros globales superan a los de la Gran Depresión
Charles
Philbrook (*)
20
de diciembre de 2007
Si
uno analiza la economía China y las de los países emergentes, el boom de
los commodities y el casi parabólico crecimiento de los mercados de
valores, sólo puede llegar a dos conclusiones, mutualmente excluyentes: o
esta vez es diferente o la economía global se encuentra en serios
problemas.
Kenneth
Boulding, el gran financista –apuntando en dirección a la segunda opción-
afirmaba que quienes creen que el crecimiento exponencial se puede dar en
un mundo finito, o están locos o son economistas…Ya en
1928, a
un año del crack bursátil, los medios no dejaban de hablar del nuevo
‘super ciclo’ económico. Desoyendo
a Boulding insistían en que parejo crecimiento era determinísticamente
perdurable. Y si bien es cierto de que no hay manera de saber qué nos
depara el futuro, las lecciones del ayer pueden servir de mucho.
En esto, sin embargo, las noticias no son nada alentadoras.
Por ejemplo, realizando un rápido viaje por el túnel del tiempo
encontramos lo siguiente: En 1929, los Estados Unidos tenía superávits
en cuenta corriente y de capitales, era acreedor neto y
la Reserva
Federal
tenía un mayor margen de maniobra (inflación baja y tasa de fondos
federales en un nivel superior al actual).
Hoy en día, los Estados Unidos, es deudor neto y su déficit en
cuenta corriente está siendo financiado, principalmente, por bancos
centrales. La inflación va en
aumento (en el resto del mundo, también) y una de las principales fuentes
de financiamiento empresarial de corto plazo, la de papeles comerciales,
ya se contrae en casi 30%.
¿Cómo
se llegó a esta situación? Se
llegó a esto debido a que, en 1973, colapsa el Acuerdo de Bretton Woods y
Estados Unidos rompe el nexo del dólar con el oro.
El verdadero problema, empero, se remonta a
la Gran Guerra
y al fin del patrón oro. Con
el patrón oro el tipo de cambio entre las diferentes monedas era fijo;
sin el patrón, pasó a ser flotante, es decir, toda la estructura de
precios y costos en los diferentes países empezó a fluctuar de acuerdo a
la variación cambiaria. El
dinero, y contrariamente a lo que creen algunos economistas desinformados,
no es un commodity más; es un punto referencial, como lo es Polaris Borealis,
la Estrella
del Norte, a la cual ningún hombre de mar quisiera ver desplazándose de
un lado a otro en el firmamento. Tan
es así que Jude Wanniski, en su libro The
Way the World Works, llega a teorizar que la caída de
la Unión
Soviética
se debió, precisamente, a la decisión unilateral de Nixon de abandonar
ese régimen cambiario y dejar que el dólar flote.
Es un hecho que sólo en mercados libres se produce la formación
de precios, y sólo cuando ésta se da se puede realizar el cálculo económico
que permite establecer los ingresos, costos y utilidades de una empresa.
Al no contar
la Unión Soviética
con esos mercados recurría a los precios determinados internacionalmente.
Pero cuando colapsa el patrón
oro los precios de los commodities empiezan a dispararse por todos lados.
Los precios del petróleo y otros commodities, por citar un
ejemplo, durante años eran hermosas y predecibles líneas planas.
Sin Bretton Woods, entonces,
la Estrella
del Norte desaparecía del firmamento soviético –y, poco menos de
veinte años después, el ‘Imperio del Mal’ se partía en pedazos--.
Pero
eso no es todo lo que desaparece en 1973.
También desaparece la disciplina fiscal (si alguna vez la hubo).
En 1980, según McKinsey
Global Institute, la deuda pública de todos los países del mundo,
como porcentaje de la economía global, ascendía a un 20%; hoy, sobrepasa
el 60% (Mapping the Global Capital
Market, 2006). Esa deuda,
a su vez, fue monetizada, es decir, convertida en masa monetaria por los
bancos centrales y amplificada ene veces (dependiendo del multiplicador)
por los bancos comerciales mediante el sistema bancario de reserva
fraccionaria. En otras
palabras, sin una mayor deuda pública no podía haber una mayor creación
de dinero; y sin una mayor creación de dinero no podía haber un aumento
en el nivel de deuda de los hogares y de las corporaciones.
Todo,
sin embargo, tiene un límite; y las deudas, también.
En 1950, la deuda total de los hogares norteamericanos, como
porcentaje del ingreso disponible, era de 32%.
Hoy, es de 135%. Y en
la Unión
Europea
es de 110%. Pero los números,
al igual que la circunstancia del pensamiento orteguiano, sólo cobran
sentido en el tiempo…y con el volumen.
La deuda pública y privada en los Estados Unidos, a comienzos de
los veinte, y cuando empieza a formarse la gran burbuja, equivalía al
total del PBI de la época: dólar de deuda por dólar de producción, de
ingresos. Hoy llega a 3.5 dólares
de deuda por dólar de producción. Insostenible
en el tiempo y en volumen.
Cuando
hay sobreendeudamiento, como ahora, sólo se pueden dar dos escenarios
posibles: uno deflacionario, por el cual se purga el exceso de deuda del
sistema y se producen las bancarrotas por doquier; y otro inflacionario,
por el cual la deuda se elimina al reducir el valor de la moneda en la
cual ésta se paga. Este último
escenario, sin embargo, en un mundo sobre apalancado como éste sólo
llevaría a tasas de interés más altas y a una gran crisis financiera
(por la magnitud del apalancamiento en reversa que tasas más altas
producirían). En uno y otro
caso la factura se paga. No
hay, después de todo, lo que algunos llaman “almuerzo gratis” o free lunch.
¿Por
cuánto tiempo más los bancos centrales podrán seguir con esta parodia
de estabilidad? Por todo el
tiempo que les tome llevar al sistema a un nivel infranqueable de
insolvencia. Tarde o temprano, desgraciadamente, se llega a la “hora
cero”, es decir, al punto en el cual una mayor creación de deuda ya no
genera crecimiento económico. Y
a eso estamos rápidamente llegando: entre 1949 y 1959, cada dólar de
deuda en el mercado crediticio creaba 70 centavos de PBI en los Estados
Unidos. En los últimos diez años,
en cambio, por cada dólar de deuda ya sólo se crea 20 centavos de PBI. La
burbuja monetaria va llegando a su fin…
Por
último, y a modo de reflexión, la ilusión del consumo que diverge cada
vez más del ingreso siempre nos aleja, temporalmente, de la realidad.
Pero, vamos, si no fuera por esas ilusiones, qué sería de nuestras
vidas…estaríamos libres de deudas, de desencantos y la vida no tendría
ningún interés, ¿o sí?
* Director de Estudios Económicos, Datum
Internacional, S.A.
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