|
Leviatán
europeo enrumba por el camino de la ruptura monetaria
Charles
Philbrook (*)
7
de Octubre de 2008
Una
de las dos causas de esta crisis (no una ni tres), afirma la izquierda
económica, se encuentra en la desregulación del sistema financiero que
Ronald Reagan, ex presidente norteamericano, emprendió en los ochenta
—siendo la otra el capitalismo en sí—. Sin
embargo, como todo lo que viene de aquel lado del espectro ideológico
debe ser cuestionado (después de todo, no son pocos los socialistas que aún
creen en las barbaridades de Fourier, como que la abolición de la
propiedad privada llevará a la inmortalidad del hombre y a convertir en
limonada el agua salada de mar), la primera observación podría ser la
siguiente: si en la desregulación yace una de las causas de esta crisis,
por qué a mayor regulación mayores parecen ser los problemas.
La banca europea —como se verá líneas abajo— se encuentra en
peor situación que la norteamericana, y la banca china enfrenta un
potencialmente peor escenario que el europeo. (Standard & Poor calcula
que la cartera pesada del sistema bancario chino podría alcanzar un monto
total equivalente al 50% del PBI nominal.)
Y aun dándoles el beneficio de la duda a estos discípulos de
Fourier, si todo el caos financiero fuese consecuencia de una insuficiente
regulación, ¿cómo explicar, entonces, el rotundo fracaso del
experimento soviético, donde todo era controlado, hasta el aire que se
respiraba?
“Dadme una palanca…”
Ahora
bien, nada de lo dicho hasta el momento tiene sentido si no se explica en
qué consiste el “apalancamiento financiero”, y cómo éste tiene
agarrado del cogote al mundo. Veamos:
todo banco, por cada dólar de patrimonio (o pesos o la unidad monetaria
que se elija), puede crear diez dólares en activos, en préstamos. Esta
relación de diez a uno, entre los activos y el patrimonio, es el
apalancamiento. Y esta relación
se rompe cuando se dan pérdidas en el patrimonio o en el valor de los
activos. Supongamos, entonces,
que el banco ABC tiene un millón de dólares en patrimonio y diez
millones en activos, y que la tasa de interés que paga por depósitos es
5% mientras que la tasa que cobra por sus préstamos es 9%.
Esta diferencia de 4% entre una y otra tasa es el “spread”, que
multiplicado por los diez millones en activos le genera al banco una
utilidad de 400,000 dólares. Pues
bien, supongamos ahora que ABC tiene una pérdida de 500,000 dólares, la
cual borra sus utilidades y reduce su patrimonio en 100,000 dólares.
Esta pérdida patrimonial implica que, a fin de mantener el
apalancamiento financiero en su nivel inicial (por razones de regulación),
los activos (los préstamos) se deben reducir en un millón de dólares
(diez veces la pérdida). Si
la reducción crediticia es grande la economía entra en recesión, y si
es gigantesca —como que todo apunta hacia eso—, el cuerpo económico
entra en convulsiones que acaban en síncope…, y a eso se le sigue
llamando ‘depresión’.
Son
dos, entonces, los problemas que enfrentan los bancos europeos: el nivel
de apalancamiento —con su correlato crediticio— y el tamaño
sobredimensionado de éstos en relación a sus países de origen.
Tres de los bancos más grandes, Deutsche
Bank, Barclays y UBS, cuentan
con ratios de apalancamiento de 83, 42 y
48 a
uno, respectivamente. Esto
implica que si el valor de los activos en cualquiera de estos bancos
cayera en “sólo” 2%, el patrimonio se reduciría a cero (quebrados).
Rápidamente tendrían que ver la manera de realizar aportes de
capital, reducir sus colocaciones u obtener alguna forma de rescate
financiero en su país de origen. Pero
esto último queda descartado desde el momento que son demasiado grandes
en relación a éstos. Los
pasivos de Deutsche Bank, por ejemplo, equivalen a un 80% del PBI alemán.
Los de Fortis, a un 200%
del PBI belga. Y Barclays,
un gigante inglés, tampoco se queda atrás, con pasivos que alcanzan el
100% de la economía inglesa. Queda claro que cualquier rescate debe
venir, o por el lado del Banco Central Europeo (BCE), o por una asociación
de países. El BCE, sin
embargo, de acuerdo al Tratado de Maastricht, está prohibido de
participar en rescate financiero alguno, y la segunda opción sólo es
viable siempre y cuando el contribuyente alemán esté dispuesto a tirarle
un salvavidas al contribuyente inglés, o el francés al belga, o el español
al portugués. (O que los cinco últimos se tiren al primero —pero eso
ya escapa a los alcances del rescate—.)
Si
esta crisis fuera un partido de fútbol estaríamos en los cincos minutos
del primer tiempo. ¡Cinco
minutos! Y ya el Leviatán
europeo (el gran Estado) ha corrido y sudado como si quedaran cinco
minutos para que acabe. Esta
semana, Alemania se vio en la necesidad de asistir con un tanque de oxígeno,
en el campo de juego, a su jugador estrella, el banco hipotecario Hypo
Real Estate; Bélgica, Holanda y Luxemburgo tuvieron que prestarse ese
mismo tanque para ayudar a Fortis
y Dexia; Islandia, también, con
Glitnir Bank (el caso islandés
sí que es crítico: los pasivos de sus tres bancos más grandes equivalen
a un 800% de su PBI). E Inglaterra tuvo que retirar (léase nacionalizar)
del campo a Bradford & Bingley,
un banco hipotecario. Los
europeos, todo parece indicar, están entrando en verdadero pánico.
Y a tanto debe llegar que Irlanda se vio obligada a asegurar todos
los depósitos del sistema bancario (un 200% del PBI), algo que los
estatutos fundacionales del BCE no permiten, y algo que lleva a la
siguiente observación: ¿se puede llegar a un punto en esta crisis en el
que no haya quién rescate a los rescatistas?
Como
decía, esta crisis se encuentra en sus inicios, pero ya Europa tiembla…
¿Saben algo los burócratas en Estrasburgo o Frankfurt que el común de
los mortales ignora? Sí, y
podría ser esto: según el Fondo Monetario Internacional las inversiones
inmobiliarias de los bancos europeos en los Estados Unidos equivalen a 75
centavos por cada dólar invertido por sus pares norteamericanos.
A este riesgo, súmenle el de haber invertido en el sector
inmobiliario europeo, que, según algunos medios, alcanzó niveles de
especulación y ‘exuberancia irracional’ sólo superada por la
tulipmanía, en la primera mitad del siglo XVII. Y
sigan sumando: se sabe que el punto máximo del ciclo inmobiliario
norteamericano se adelanta en unos dos años al europeo (y ya se cumplió
el tiempo). También se sabe que en los últimos diez años el índice
real del sector vivienda en los Estados Unidos se disparó un 50%, pero lo
hizo en un 155% en Inglaterra, un 122% en España, un 92% en Francia y un
70%, en promedio, en los demás países industrializados.
(“Will housing boom outside
U.S.
soon go bust?”, Wall Street Journal, 27/setiembre/2007).
Si
la naturaleza de esta crisis se redujera a un simplón tema regulatorio,
¿qué explica la situación en la que se encuentran los bancos europeos y
chinos? Y si todo se redujera
a un mucho mayor control de la economía y del sistema capitalista, ¿por
qué colapsó el comunismo? Por
último, si Europa se encuentra en una mejor posición social, política y
económica que los Estados Unidos —como aducen los de la izquierda
bohemia—, ¿por qué entonces, en los últimos meses, y desde que se
profundiza la crisis, el euro se desploma, literalmente, en relación al dólar?
¿Por qué entonces el euro empieza a gritar “ruptura” en
diferentes idiomas? Grita
ruptura porque la viabilidad de cualquier moneda fiduciaria nace de la
confianza que la gente tenga en ésta.
Si pierde la confianza el mercado rápidamente le encuentra un
reemplazo. Esto es
precisamente lo que en forma embrionaria pareciera estarse gestando en
Europa. Cada país que
comparte el euro lo imprime dependiendo del tamaño de su economía en la
región. El número de serie
de cada uno de estos billetes viene precedido por una letra que indica el
país de origen. Pues bien,
los alemanes han comenzado a rechazar euros de procedencia española,
italiana, griega y portuguesa. (“Support for euro in doubt as germans reject latin bloc notes”, The
Telegraph (Londres), 13/junio/2008). Y
esta posible ruptura monetaria se ve reflejada en el mercado de deuda pública,
en el diferencial en tasas en relación a los Bonos del Tesoro alemán a
diez años, el German Bund.
En los últimos cinco años el spread promedio en los bonos españoles,
italianos, griegos y portugueses, en relación al alemán, era de 0.15%.
Súbitamente, y desde que se manifiesta la crisis en agosto del año
pasado, este spread ha ido aumentando, y hoy ya supera el 0.85%.
Podrá parecer una variación insignificante, pero para quienes
conocen algo de la dinámica en el mercado de deuda gubernamental, esto
equivale a un terremoto en la escala 7 de Richter.
Para algunos, podrá parecer un sismo más, pero para otros que
valoran la vida, probablemente, sea la hora de empezar a correr.
Podrá ser o no el comienzo del fin del euro, quién sabe, pero sí
es el fin del comienzo del gran Leviatán europeo.
You
can bet on that horse!.
* Director de Estudios Económicos, Datum
Internacional, S.A.
|