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Los
derivados financieros oscurecen el panorama económico mundial
Charles
Philbrook (*)
3
de noviembre de 2007
Un
contrato derivado financiero, como su nombre lo indica, “deriva” su
valor ya sea de un activo subyacente (por ejemplo, la variación en el
precio de las acciones de IBM) o de un evento determinado (por ejemplo,
las variaciones en las tasas de interés o el riesgo de incumplimiento de
pago). Como supondrán, al
haber una enorme cantidad de activos y de eventos, hay un gran abanico de
posibilidades que se le presentan al alquimista financiero para crear
derivados. Puede, también, construir un derivado sobre un derivado; del
mismo modo, puede construir un derivado sobre un derivado sobre otro
derivado. ¿Caótico? Claro
que sí, y esto fue, precisamente, lo que se hizo en el mercado
inmobiliario norteamericano. Y
es por eso que los bancos comerciales y firmas bursátiles están en
serios, muy serios problemas.
Hasta
no hace mucho –comienzos de los setenta- el norteamericano que quería
comprar una casa tenía que ir a su banco local para obtener el préstamo
(eso hizo mi padre y eso hicieron mis abuelos).
El banco dejaba de otorgar préstamos hipotecarios una vez que éstos
llegaban a un porcentaje predeterminado de su cartera de colocaciones.
Así funcionaba el sistema hasta que a Ginnie
Mae, una agencia gubernamental, se le ocurrió empezar a comprar la
cartera hipotecaria de los bancos para que éstos liberaran recursos y
pudieran seguir “dinamizando” el mercado.
Compraba la cartera, la dividía en paquetes de, digamos, unas
8,000 hipotecas cada uno, y procedía a emitir títulos valores con estas
hipotecas de colateral. Nacían
las MBS (Mortgage-Backed Securities).
Con
el paso de los años, y viendo que el negocio presentaba un tremendo
potencial, Wall Street empezó a hacer lo mismo (algo en lo cual colaboré,
por un tiempo). Ahora eran
firmas bursátiles las que compraban las carteras hipotecarias de los
bancos, las empaquetaban, y emitían MBSs.
Todo iba bien hasta que el alquimista financiero, fiel al sueño de
sus antepasados que buscaban la transmutación del metal inferior en oro,
empezó a preguntarse: “¿Cómo convertir una hipoteca inferior en un
instrumento financiero superior?”
La
respuesta no tardó en llegar: “Sigue empaquetando” Creó, entonces,
un nuevo instrumento al cual llamó CDO (Collateralized
Debt Obligation). Un CDO
es un derivado financiero que tiene a MBSs como activos subyacentes.
El valor del CDO, por lo tanto, depende de los MBS que, a su vez,
dependen de todas las hipotecas que representan.
La
creatividad, decía James Russell Lowell, el poeta norteamericano, no
consiste en descubrir cosas nuevas, sino en convertirlas en algo diferente
una vez que éstas han sido descubiertas.
No cabe ninguna duda que los alquimistas modernos tuvieron que
haber leído a Lowell. Esto se
deduce del hecho que ni bien fueron creados los MBS y CDO a alguien se le
ocurrió empaquetar CDOs y crear nuevos CDOs (a los cuales llamó CDO al
cuadrado); y luego siguió empaquetando CDOs de CDOs de CDOs (a los cuales
llamó CDO al cubo). ¡Lowell
no podría estar más orgulloso!
Pues
bien, esa es la esencia del caos en el cual se encuentran inmersos los
bancos comerciales y las firmas bursátiles más grandes del mundo.
Al caer el precio de las viviendas y al empezar a aumentar
exponencialmente la ejecución de hipotecas, el valor de estos MBS cae,
con lo cual afecta negativamente, en forma de cascada, a toda esta gama de
CDOs. Todos estos bancos
tienen cientos de millones de dólares invertidos en estos instrumentos
financieros que, día a día, y a medida que se desploma el mercado
inmobiliario, van perdiendo valor. Algunos
CDO (los que tienen asignado un riesgo crediticio de BBB) ya han perdido
un 80% de su valor par de acuerdo a los índices ABX.
Más
de un banco puede estar “técnicamente” quebrado, pero, debido a la
falta de transparencia y a la imposibilidad de asignarles un precio de
mercado a estos instrumentos, no hay manera de saberlo.
Ese es el problema al cual busca darle solución el Departamento
del Tesoro.
Ese,
sin embargo, es el problema que parece no tener solución: En el último
trimestre unas 18 millones de viviendas permanecían vacías, sin ocupar;
de éstas, 2 millones fueron puestas en venta.
En otras palabras, y para que se ponga en perspectiva la dimensión
del problema, hay un tsunami de viviendas (16 millones más todas las que
siguen siendo puestas en venta) que están por inundar el mercado en
momentos en que la demanda sigue cayendo (U.S.
home vacancies rise to record on foreclosures, Bloomberg,
26/oct/2007).
[En
el siguiente capítulo veremos la magnitud del problema que enfrentan los
bancos]
* Director de Estudios Económicos, Datum
Internacional, S.A.
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