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Precio
del petroleo desafia al abismo
Charles
Philbrook (*)
6
de marzo de 2008
Uno de los más
interesantes libros que sobre el tema de los commodities se haya escrito
en los últimos años es, ciertamente, Hot Commodities, de Jim Rogers,
co-fundador del Quantum Fund junto a George Soros.
Sus doscientas y tantas páginas de bien hilvanados temas se leen fácilmente
y dejan un mar de información en el camino.
La tesis central gira en torno a que el mundo se encuentra en un
extendido superciclo económico —que puede durar otros diez años—, y
uno que está sustentado en el crecimiento económico y mayor demanda de
materias primas por parte de los países emergentes, principalmente China.
El libro tiene todo, menos algo: no hay una sola página que se le
dedique al papel que ha jugado y sigue jugando, en la evolución en el
precio de los commodities, la masiva cantidad de dinero con la que los
bancos centrales empezaron a inundar los mercados financieros desde,
aproximadamente, 1998. (No es ninguna casualidad que el precio nominal de
los dos tipos de oro, el negro y el amarillo, haya empezado su largo
ascenso un año después, en 1999, luego de haber entrado en caída libre
en 1980, y que se haya más que triplicado desde entonces.
La casualidad juega un rol determinante en la astrología, pero
ninguno —que pueda ser demostrado— en la economía.)
En el muy largo
plazo, sin embargo, los commodities industriales (con los que se
construyen cosas, como el cobre, el titanio o el níquel) presentan
retornos reales a la inversión negativos.
Y el petróleo no se queda muy atrás: según Charles Dumas,
estratega global de Lombard Street Research, en los últimos 150 años el
retorno a la inversión en crudo, una vez descontada la inflación, ha
sido nulo, cero, inexistente [“Are commodities a bubble ready to
burst?”, The Telegraph (Londres), 18/diciembre/2007].
Las dos grandes
guerras del siglo pasado aumentaron dramáticamente la demanda por
commodities industriales, y una vez acabado el conflicto el precio de éstos
continuó con su predestinado rumbo, cuesta abajo.
Y si la historia de estos commodities es una historia con
trayectoria descendente, la del petróleo es una con trayectoria lateral,
hacia los lados. El nacimiento
corporativo de Standard Oil, en 1865, llevó la industrialización del
proceso productivo al sector de los hidrocarburos. Y con la
industrialización, los precios del crudo comenzaron a desplomarse, desde
los $120 en 1870 hasta los $25 en 1873.
Durante cien años (hasta 1973), un 80% de la distribución estadística
de estos precios fluctuaba entre los $20 y los $10 (en dólares de hoy).
Pero en 1973 y 1979, dos eventos, uno monetario y otro político,
acabaron con el sopor en este mercado: en 1973, el sistema monetario de
Bretton Woods colapsó, y las diferentes monedas globales pasaron de tener
un tipo de cambio fijo entre éstas a uno flotante.
El caos empezó a reinar. Y
sólo cuando a esto último se le añade la “tercera gran revolución en
la historia” —después de la francesa y la bolchevique—, en la cual
se depone al sah de Irán y se instaura la República Islámica, la
disparada en el precio del crudo cobra sentido.
Irán, después de todo, es uno de los principales países
productores de la OPEP.
Sin mucha
dificultad se podría argüir que estos factores del ayer, rediseñados,
revigorizados y aumentados, persisten en el presente y explican la
tendencia alcista en el precio. Al
caos económico que produce el tipo de cambio flotante entre monedas hay
que sumarle el bacanal monetario al que han llevado al mundo los bancos
centrales: la liquidez global, medida por la base monetaria de los Estados
Unidos más las reservas internacionales de los bancos centrales, ha
pasado de crecer, nominalmente, 7% en 1998 a más de 18% el año pasado;
es decir, el dinero —o una buena aproximación a éste— crece casi
“cuatro” veces más rápido que la producción mundial de bienes y
servicios. (¿Guardará esta
creciente liquidez alguna relación con el crecimiento parabólico
observado en el precio del crudo y los demás commodities?)
Y al exceso de
liquidez, una vez más, súmenle esos otros factores, los no monetarios,
que esta vez podríamos subdividir en geopolíticos y de producción
—igual, por cierto, de importantes—.
Veámoslo de la siguiente manera: si el decurso de los años y la
sucesión de eventos llevara al mundo a una tercera gran conflagración,
ésta, probablemente, tendría como foco el Medio Oriente.
Ahora bien, si tenemos en cuenta que un 25% del petróleo que
consume el mundo pasa por el (muy estrecho) estrecho de Ormuz
—amenazadoramente patrullado por la marina de Ahmadinejad, el presidente
de Irán—, y un 60% de las reservas probadas de éste se encuentran en
la región —donde el peligro de que surjan nuevas revoluciones islámicas
fundamentalistas aumenta con los años—, cualquier pequeño incidente,
como es de suponer, sirve para poner presión en este mercado.
Con mayor razón aun si se tiene en cuenta que, desde 1990, la
capacidad de producción sin usar en este sector, como porcentaje del
total, ha fluctuado en algo menos de 5% —su menor nivel desde 1975—.
Uno último, y sin el cual todo análisis que se haga de la economía
global quedaría incompleto, es
el relacionado al ‘síndrome de China’ y su impaciente voracidad por
commodities industriales, energéticos, agrícolas, etcétera.
En los últimos
diez años, la demanda mundial de crudo ha aumentado en algo más de 13
millones de barriles diarios, cinco de los cuales se deben a un mayor
consumo en el gigante asiático, es decir, 40% de este consumo adicional.
Esto se debe, en gran parte, a los subsidios que Pekín concede y
que distorsionan la relación producción-consumo, con lo cual una cada
vez mayor demanda sólo puede ser cubierta importando cada vez mayores
cantidades. En los últimos
cinco años, como establece un informe del Wall Street Journal, la demanda
mundial en este sector ha aumentado a una tasa anual de 1.5%, mientras que
en China lo ha hecho a una anual de 9%.
Sin China —subraya—, la demanda mundial de crudo sería
“moderada” [“As oil price sets new high, stress hits developing
nations”, The Wall Street Journal, 1/noviembre/2007].
Hay factores
monetarios y no monetarios que vienen dándose desde los setenta y que
influyen en el precio de este recurso energético, de una u otra manera,
en un mayor o menor grado. Por
lo tanto —podríamos prematuramente llegar a conjeturar—, eso explicaría
lo que pasa en el mercado del crudo, ¿no es así?
Pues bien, esta vez, no es así.
Todo
inversionista tiene cuatro grandes tipos de “activos” en los cuales
puede poner a trabajar su capital: puede hacerlo comprando acciones
corporativas o bonos (gubernamentales o corporativos); o puede hacerlo
invirtiendo en bienes raíces o en commodities.
Históricamente, años de gran rendimiento en cualquiera de estos
sectores eran seguidos por años de mínimo o nulo rendimiento.
Y más aún: si subía uno de estos sectores caían los otros, pero
nunca —como ahora, hasta hace poco— subían todos y mostraban
espectaculares retornos al mismo tiempo.
Esto es lo atípico de los últimos años, y ‘esto’ es lo que
explica por qué sigue disparándose el precio del petróleo y el de otros
commodities.
Si uno observa
el mercado spot y el mercado de futuros del petróleo verá que a fines de
los noventa —y debido a la orgía monetaria— empieza a incubarse el
factor fundamental que explica lo que aquí sucede.
Desde 1990 hasta el 2002, los precios en el mercado de futuros
fluctuaban alrededor de $20 nominales y raramente se desviaban más allá
de 10% hacia arriba o hacia abajo. Es
decir, la volatilidad o variación en los precios era mínima.
El mercado spot, en cambio, presentaba una mayor volatilidad —lo
cual es natural—. Pues bien,
a comienzos del 2002 algo sucede que produce un cortocircuito en estos
mercados. Ese ‘algo’ podría
indicar que nos encontramos ante uno de tres escenarios posibles: que el
mundo llegó —como afirman algunos especialistas— a la temida era de
“peak oil” (o el punto a partir del cual el costo marginal de extraer
el recurso aumenta considerablemente); que nos encontramos ante una de las
más grandes eras especulativas (y de ahí el título), o una combinación
de los puntos anteriores.
En relación al
primer punto, uno de los más grandes especialistas en el tema, Nansen G.
Saleri, presidente de Quantum Reservoir, y ex jefe de la Gerencia de
Administración en Reservas de Saudi Aramco, lo minimiza y afirma categóricamente
que “en el mundo hay suficiente petróleo” [“The world has plenty of
oil”, The Wall Street Journal, 4/marzo/2008].
Saleri señala que son cuatro los supuestos que hay que tener en
cuenta para aceptar o descartar la teoría de ‘peak oil’.
Uno de éstos —y el más importante— es el que se refiere a la
cantidad del recurso bajo tierra. Sus
estimaciones sugieren que habría entre 12 a 16 millones de millones de
barriles de petróleo, convencional y no convencional, atrapados en el
subsuelo, de los cuales el mundo ya habría consumido un millón de
millones, es decir, la catorceava parte si promediamos.
“Peak oil”, asevera Saleri, “debería arribar entre los años
2045 y 2067”, y dicho esto da por cerrado cualquier debate (los otros
supuestos se basan en un crecimiento promedio anual de la demanda que
fluctúa entre cero y dos por ciento, y en el que la industria recupera,
en promedio, uno de cada tres barriles de petróleo convencional).
Si no es uno,
entonces, queda el otro, el tema especulativo —aunque siempre exista la
probabilidad de un escenario intermedio—.
Diferentes datos, sin embargo, indican que los actuales niveles de
especulación, por parte de inversionistas institucionales (como fondos de
pensiones, fondos de cobertura, compañías de seguro, bancos de inversión
y fondos mutuos), podrían haber llevado a éste y otros mercados de
commodities a un punto sin precedentes en la historia financiera de la
humanidad. Esto implicaría
que el mundo se encuentra ante la tercera gran ola especulativa de los últimos
veinte años — siendo las otras dos la ‘nueva economía’ y la del
mercado inmobiliario, también de naturaleza global—.
Un contrato
derivado financiero, como su nombre sugiere, deriva su valor de un activo
subyacente o de un evento determinado (por ejemplo, las variaciones en las
tasas de interés). El valor
nocional de un contrato es el valor implícito en éste.
En 1998, y según el Bank for International Settlements (el banco
central de los bancos centrales), el valor nocional de estos contratos en
commodities era algo menos de un millón de millones de dólares (un trillón,
en inglés).
Con el paso del
tiempo, una cada vez mayor percolación de liquidez por los mercados
financieros volvió a insuflar ‘aire’ en las vías respiratorias de
los commodities. En
consecuencia, los precios spot y futuros empezaron a moverse juntos.
Esto, como es de suponer, atrajo mayores inversiones, lo que a su
vez siguió influyendo en el precio. Esta
dinámica terminó por crear un sistema de ciclo cerrado, por el cual lo
que pasaba en A influía en B, que a su vez repercutía en A.
Hoy, el valor nocional de los contratos financieros en commodities
supera los $13 millones de millones, lo que equivale al Producto Bruto
Interno de los Estados Unidos. Es
decir, de la casi nada han llegado al casi todo.
(¿De dónde salió todo ese dinero? ¿Qué institución tiene el
monopolio de la creación de dinero?).
El petróleo,
entonces, hace lo único que puede hacer: subir y subir…, en un
escenario en el que los niveles de inventario de gasolina y de crudo en
los Estados Unidos —en los últimos catorce años en el primer caso y en
los últimos dos meses en el segundo—, siguen aumentando.
Eso es más que atípico: eso indica algo más, algo que algunos
medios ya han empezado a sopesar.
En los últimos
meses, la especulación en commodities ya no viene por el lado de los
mercados futuros, sino por el lado del mercado spot, con lo cual se crea
una demanda ‘artificial’, que no se recicla en el proceso productivo
sino que acaba en un almacén. Un
cada vez mayor número de fondos de cobertura, hace notar el Financial
Times, está dejando de invertir en contratos futuros para poder invertir
en el mercado spot, en el commodity físico [“Lex: physical
commodities”, Financial Times, 10/octubre/2007].
Buscar controlar a los mercados futuros “arrinconando” a los
mercados spot no es nada del otro mundo: la demanda mundial de petróleo
llega a los $3 millones de millones, suponiendo un precio spot de $100 y
un consumo diario de 83 millones de barriles.
Es decir, un fondo institucional que invierta $300,000 millones ya
controla el 10% de este mercado —e inflaría la demanda—.
O puede comprar tres millones de contratos futuros y con un ‘depósito’
(initial margin, en inglés) de $45,000 millones obtener el mismo
resultado. Esta nueva dinámica
explicaría por qué este mercado ha pasado, en algo menos de un año, de
una situación de “contango” (en la que el precio spot estaba por
debajo de la curva de precios de los contratos futuros) a una de
“backwardation” (en la que el precio spot está por encima)
Kenneth
Boulding, el gran financista, afirmaba que quienes creen que el
crecimiento exponencial se puede dar en un mundo finito, o están locos o
son economistas. Nada puede
crecer por mucho tiempo más rápido que la economía porque,
eventualmente, llegaría a ser del tamaño de ésta —lo cual es un
imposible—. ¿Estarán al
tanto de esto los que vienen inflando con aire el precio de esta sustancia
negra y pegajosa? Stay tuned!
* Director de Estudios Económicos, Datum
Internacional, S.A.
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