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Un
mayor consumo asegura otra Gran Depresión
Charles
Philbrook (*)
2
de marzo de 2009
Qué
duda cabe, esta milyunanochesca crisis de la economía global,
que lleva al mandamás del FMI y al primer ministro británico a
afirmar que el mundo desarrollado ya se encuentra en depresión
(aunque poco después Strauss-Kahn se haya visto obligado a
retractarse), debe ser la peor pesadilla de todo economista
neoclásico-walrasiano-keynesiano.
Y debe serlo porque, a fin de cuentas, son sus
recomendaciones —y solo suyas— las que los gobiernos del
mundo desesperadamente buscan poner en práctica. Pero
ponerlas en práctica lo único que parece haber logrado es
dejar al descubierto una incómoda verdad: la solución a un
problema de insolvencia es, contablemente, diametralmente
opuesta a un problema de liquidez: la naturaleza del primero
lleva a la liquidación de activos y posterior eliminación de
pasivos; la del segundo, a la toma de deuda que mejore el flujo
de caja. La
insolvencia es de carácter permanente; la liquidez, de carácter
temporal. Y así
como una inundación no se soluciona con más y más agua, un
problema de insolvencia no se soluciona con más y más liquidez
(léase deuda).
Sabemos
que el sistema bancario de Occidente es insolvente (a eso apunta
el nivel de activos “tóxicos” que, en relación a su
patrimonio, mantienen los bancos norteamericanos fuera de sus
libros contables —en una relación de tres a uno—; y a eso
también apunta el sobreapalancamiento promedio de los bancos
europeos en relación a sus pares del otro lado del Atlántico,
y a la mayor exposición relativa de aquéllos en el sector
inmobiliario de los Estados Unidos, Europa del Este y América
Latina). Y si a los
bancos se le suma la industria automotriz, construcción y otras
industrias del sub-sector bienes intermedios, la pregunta que
ruega ser hecha es: ¿cómo se llega a este callejón sin
salida?
Año
tras año de intervención estatal en los mercados crediticios,
bajando y subiendo arbitrariamente la tasa de interés que
controlan los bancos centrales, ha distorsionado la información
que esta wickselliana tasa transmite sobre la verdadera oferta
de ahorros y demanda por inversiones en la economía, ha roto la
función reguladora que ésta cumple sobre el
consumo-ahorro-inversión, y ha engañado a los productores a
que emprendan procesos productivos intensivos en bienes de
capital. Ese engaño
ha llevado a que se construyan demasiadas casas —muchas más
de las que el ingreso nacional permite—, demasiados autos y
demasiados bienes duraderos.
¿Qué hacer, pues, con todos ellos?
¿Y ahora que pierden su valor y caen en precio, qué
hacer con esa pirámide invertida de productos financieros que
derivan su valor de todos esos bienes?
Por último, dónde yace la falla: ¿en el Estado o en el
mercado?
Toda
intervención en los mercados viene con su factura bajo el
brazo. (Los Chávez, Castro y Stalin de este mundo lo saben muy
bien. Vaya que sí.
Y esto, lejos de representar un falso
“fundamentalismo” —después de todo, no descansa en dogma
o religión alguna—, obedece a una observación empírica,
real, que se repite una y otra vez a lo largo de la historia.
¿O no?) Ahora
viene el pago de esa factura: un nivel de deuda global sin
precedente en la historia empieza a ser eliminada, repudiada,
pues no hay un nivel de ahorro e ingreso real que la sustente y
le sirva de base. Si
al inicio del ciclo un aumento marginal en la deuda producía un
más que proporcional aumento en el PBI, ahora, y debido a los
retornos decrecientes, se requiere más y más de ésta para
producir ese mismo PBI. Se
llega, entonces, a ese límite natural en toda expansión
monetaria y crediticia, no basada en un mayor ahorro, cuando la
economía, lejos de aceptar y procesar más deuda, empieza a
rechazarla. Es así
como del instinto animal keynesiano (“animal spirits”) se
pasa al instinto de conservación patrimonial.
Erróneamente
cree la clase política global que uno y otro paquete de estímulo
fiscal puede llevarnos de vuelta a esa orgía crediticia y
especulativa que precedió a esta gran crisis.
Nada más lejos de la verdad y de los hechos: Japón ya
lo viene intentando desde 1990, año en el que su mercado
inmobiliario y financiero se desploman.
¿De qué logros se puede jactar?
De ninguno: millones de millones de millones de yenes en
paquete tras paquete fiscal solo han conseguido que la deuda pública
se dispare de 60% a 180% del PBI, y que el índice de su bolsa
de valores, el Nikkei 225, que en 1990 fluctuaba alrededor de
los 40,000 puntos, hoy lo haga alrededor de los 8,000.
Keynes y sus recetas no sirvieron de mucho a los
ciudadanos del Sol Naciente.
Como que aparentemente no sirven de mucho a los chinos
que ya van por su segundo gran paquete fiscal, y sus índices de
producción industrial siguen en caída libre.
(Por cierto, ¿qué pasó con la supuesta reactivación
económica que el supuesto primer paquete debía supuestamente
producir?)
Quienes
creen que un mayor consumo es la solución, y que toda esta
crisis es producto de la “falta de confianza” por parte del
consumidor, o ignoran la naturaleza de esta crisis —un exceso
de deuda que debe ser eliminado— o creen como los alquimistas
que con la piedra filosofal —un mayor consumo a costa de un
menor ahorro— se puede convertir el barro en oro.
Esta
crisis no es una de “escasez” en el consumo; si lo fuera, la
cocina keynesiana sería el menú du jour.
No, si algo la caracteriza, es, precisamente, todo lo
contrario, es decir, un “exceso” en el consumo.
Ese exceso se manifestaba en un boom sin precedentes, el
cual, alimentado por la irresponsabilidad de las autoridades
monetarias, condujo a un crecimiento vertiginoso de los
agregados monetarios y crediticios, infló los precios de los
commodities, de los bienes inmuebles y de los activos
financieros, y, al igual que lo que el mundo vivió en los 20,
llevó a más de un aprendiz de alquimista a proclamar el fin
del ciclo económico. ¿Cómo
justificar, entonces, más de lo mismo?
Más aún: ¿cómo justificarlo sabiendo que el tiempo es
lo único que se interpone entre la tentación y el estímulo,
el engatusamiento y posterior desengaño?
El mundo ya olvidó que Estados Unidos va por su segundo
paquete de…¡estímulo! Y
afirman los “expertos” que el primero no fue lo
suficientemente grande. Pues
bien, por qué no se plantea lo siguiente: que se calcule más
allá de qué monto en gasto fiscal llevaría a la bancarrota a
los Estados Unidos, y que se fije el tercer paquete en un dólar
menos. ¿Garantizará
eso el crecimiento o la bancarrota?
* Director de Estudios Económicos, Datum
Internacional, S.A.
(Lima,
Perú)
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