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Responsabilidad
social del empresariado
Guillermo
Vidalón del Pino (*)
Octubre 28, 2008
Los
empresarios son sujetos con cualidades especiales, capaces de ver
oportunidades de negocios allí donde otros simplemente las dejaríamos
pasar. Su visión suele ser de
largo plazo, establecen un objetivo y se centran en él hasta alcanzar el
grado de satisfacción en aquello que se proponen.
Los
empresarios suelen organizar recursos y personas hacia un objetivo común
y, en el proceso, generan su propio puesto de trabajo, así como el de
otras personas que carecen de dicha habilidad porque han desarrollado
otras que les proporcionan mayor beneplácito.
Si
los empresarios generan riqueza, puestos de trabajo
y contribuyen con la sociedad compartiendo sus riquezas a través
del pago de impuestos y bienes y servicios ¿qué es lo que está
fallando?, ¿por qué tanto descontento y desconfianza hacia ellos?, ¿será
la envidia humana?, ¿la constatación material de la diferencia entre
quien posee y quien no?
Si
el empresario genera riqueza, y además ha mostrado disposición para
compartirla a través de la
contribución entregada al Estado, ¿qué es lo que está pasando? Una
explicación es que cuando el peso del Estado es excesivo en leyes,
regulaciones e impuestos, limita la capacidad y creatividad de
emprendimiento, la potencialidad de otras personas que desean incursionar
en el proceso de la conformación de alguna empresa; por eso habría tanta
informalidad en el Perú.
Entonces,
cabe preguntarse, ¿qué hacemos para reducir el peso de un Estado que se
niega a reducirse?, que lo reinventan cotidianamente en cada una de sus múltiples
instancias; que, a diferencia del sector privado, suele carecer de una
administración que le brinde continuidad, perspectiva de futuro.
Si
ésa es la realidad que debe afrontar el empresariado y la ciudadanía en
su conjunto, lógico sería que quien se encuentra más dotado para
administrar con eficiencia y eficacia los recursos de todos, asuma dicha
función o proyecte su eficiencia y visión de largo plazo al aparato
estatal.
Ello
quiere decir que se requiere un Estado limitado en funciones pero
eficiente, una burocracia de primer nivel, altamente calificada, con visión
de Nación y remunerada competitivamente, la cual tenga libertad para
accionar, pero a la cual se le deberá exigir resultados a favor de la
mayoría de la población. El
trabajo en la administración pública es un servicio, sí, pero no tiene
por qué estar mal remunerado, porque de lo contrario solo alejamos a los
más competentes y dejamos el aparato estatal a merced de algunos sin
capacidad de decisión y, en otros casos, de hábiles corruptos, lo cual
también resulta contraproducente.
La Responsabilidad
Social
del empresariado en un país como el
nuestro es la de elaborar, proponer, persuadir, y expresar opinión,
convertirse en corriente de opinión favorablemente percibida por el público,
principalmente sobre aquellos puntos controversiales que considere que no
favorecen el desarrollo integral del país.
La
Responsabilidad Social del empresariado no es la del pródigo dadivoso y
dispendioso; todo lo contrario, es la de quien administra legítimamente
sus recursos con prudencia para ahorrar cuando sea adecuado y decidir una
inversión en el momento que considera que está convenientemente
preparado o cuando ésta implique el menor riesgo posible. Además, la
libertad de empresa es un derecho constitucional consignado en el artículo
59 de nuestra Carta Magna.
Por
otro lado, hay quienes confunden el rol del empresariado al demandarle el
despojarse de su propiedad, o parte de ella, bajo el argumento de que en
toda acción empresarial debería considerarse un indefinido principio de
solidaridad. No se percatan
que la escala de valores propuesta por la ética tiene el siguiente orden:
respeto a la vida, a la libertad de creación, opinión, disposición y
liberalidad de lo adquirido legítimamente, lo cual implica voluntariedad.
Promover la imposición a favor de la solidaridad es incitar al
ejercicio de la violencia, atenta contra la convivencia pacífica, es por
eso que, como bien señala el Ing. Roque Benavides, “el
mundo se mueve por intereses” y no por difusos enunciados como “lo
hacemos por buena gente”.
En
nuestro accionar cotidiano, las personas manifestamos intereses diversos
que los convertimos en nuestra motivación, en nuestro leitmotiv, en
nuestra utopía dinamizadora que nos impulsa hacia la búsqueda de algo
que nos brinde satisfacción. Sin
un interés definido las personas avanzaríamos sin rumbo, por eso es que
el interés legítimo del empresario, así como el interés de otros
ciudadanos, deben moverse en las instancias del mercado, allí donde la
universal ley de la oferta y la demanda
armoniza intereses y nos indica quién otorga que y a cambio de
que. Esto implica una
administración legítima, saludable y transparente de los intereses.
Distinto es cuando se recurre a las instancias del poder político
para conseguir algún beneficio más allá del mercado.
Los
empresarios que administran legítimamente sus intereses también deben
asumir un compromiso social, convertirse en corriente de opinión
debidamente valorada por la opinión pública. ¿Cómo lograrlo?
Emitiendo opinión cuando se produce una paralización que condena
el abandono a los pacientes más pobres del país, ello los deslegitima,
les resta autoridad y merma el reconocimiento que merecen.
Empresariado que no se inmuta por la baja calidad de la educación
pública está obnubilado en el árbol y no se percata del bosque.
Empresariado
que se ha trazado como meta crear riqueza, también debe ser conciente
que, en su proceso de expansión, cada vez más, necesitará incorporar a
su empresa personal más y más competitivo, capaz de discernir con
propiedad e inmediatez el cúmulo de información de que se dispone en la
actualidad, y ello sólo se logra capacitando al recurso humano, sembrando
para cosechar en el largo plazo, no nos mantengamos esquivos al desafío
del futuro.
(*)
Comunicador social de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, con
estudios de letras y derecho en la Pontificia Universidad Catolica del
Perú.
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