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¿Ha
fallado el mercado?
Michael
Miller (*)
2
de marzo de 2009
¿Quién
habría imaginado hace 20 años, cuando cayó el muro de Berlín
y celebramos el fin del socialismo,
que el capitalismo empezaría a ser cuestionado en 2009? El
cardenal de Westminster,
Comrmack Murphy O'Connor, llegó incluso a decir que de la misma
manera que 1989 marcó el
final del comunismo, 2008 fue el año en el que el
"capitalismo había muerto".
¿Qué
defensa podemos hacer del capitalismo a la vista de todas las
crisis, el fraude y la intervención
pública cuando incluso algunos defensores del libre mercado
están apoyando los rescates
y parece que han perdido la fe en la libertad? ¿Acaso el
capitalismo ha dejado de ser creíble?
¿Debemos culpar a los mercados libres de los problemas
financieros que ahora padecemos?
Antes
de intentar responder a esta cuestión, resulta importante
recordar que el término "capitalismo" fue, de hecho,
acuñado por el marxismo y, pese a que nosotros lo utilizamos como
equivalente a "economía de mercado", la visión
marxista aún influye en el modo en que entendemos
la economía. El término capitalista nos evoca la imagen de que
el mercado es algo con
entidad material concreta: una fuerza nebulosa que puede generar
gran riqueza pero también
dañarnos enormemente. Esta caracterización impersonal puede
llevarnos a culpar a los
mercados cuando las cosas van mal en lugar de buscar las
verdaderas razones detrás de una
crisis que suelen ser más difíciles de diagnosticar y que
suelen revelar una cultura más profunda
sobre el asunto.
El
Papa Juan Pablo II rechazó el término capitalista como una
imagen mecanicista, amoral e impersonal,
por lo que decía preferir "economía de mercado" o
"economía libre". No lo hizo para
ser pedante, sino para ilustrar la profunda verdad de que los
mercados son fundamentalmente
redes de relaciones humanas. Entender los mercados de esta
manera aporta luz no sólo a
muchos problemas económicos, sino también a las cuestiones
subyacentes a la moralidad de
los mercados. Si éstos están intrínsecamente conectados con
la acción humana, entonces
deben poseer una dimensión moral. El capitalismo tal y como lo
estudian los marxistas o los
modelos matemáticos neoclásicos, separa los mercados de la
moralidad (y por tanto de la
realidad).
Los
mercados no son más que las actividades combinadas de millones
de individuos y familias. No
los componen simplemente los inversores de Wall Street, sino que
están formados por nosotros
mismos. Como el resto de las cosas humanas, los mercados no son perfectos
y pueden fallar. Si nos convertimos en excesivamente
especulativos y creemos que los
precios pueden llegar hasta el infinito, puede que violemos las
normas de prudencia y sigamos
inflando esos precios (como sucedió con la burbuja de los
tulipanes en 1637, con las empresas
puntocom en el año 2000 o con la vivienda el año
pasado), pero pronto o tarde tendrán
que pinchar.
A
pesar de sus fallos, sin embargo, los mercados libres han sacado
a más gente de la pobreza y
han creado más prosperidad y paz que cualquier otro sistema
conocido. De hecho, por muy grave
que esté resultando la crisis actual, en las economías de
mercado más asentadas apenas encontramos
gente sin recursos y al borde de la inanición. Conviene fijarse
en que normalmente se culpa a
los mercados de las crisis, pero se suele olvidar que también
son la causa del crecimiento
anterior.
En
estos días de turbulencias financieras, podemos escuchar a los
antiliberales hablar sobre la desregulación
o el capitalismo ultramontano. Ambos términos son hombres de
paja. Intente pensar en
algún país que carezca de regulaciones sobre la economía o
las empresas. Para que los
mercados libres puedan seguir funcionando, necesitan un marco
asentado sobre el imperio de
la ley, los contratos y los derechos de propiedad correctamente
protegidos.
La
cuestión de fondo es qué clase de regulación y qué nivel de
intervencionismo deberíamos escoger.
No conviene olvidar que muchas de las causas que han provocado
la crisis tienen su origen en
el Estado. Los reguladores federales obligaron a conceder
hipotecas a los clientes que
no podían devolverlas; la Reserva Federal manipuló la oferta
monetaria, exacerbando la burbuja
inmobiliaria; y los políticos de todos los partidos prometieron
rescates varios que incentivaron
los comportamientos irresponsables. Todo esto son ejemplos
claros de lo que Friedrich
Hayek llamó "la fatal arrogancia", esto es, la idea
de que los burócratas y los políticos
tienen un mejor conocimiento sobre la economía que los
individuos y las empresas.
Tan
importante como el marco jurídico es contar con una cultura
moral. Esto incluye confianza,
diligencia, cooperación, honestidad, perseverancia y prudencia.
Si la crisis nos ha enseñado
algo, esto ha sido la importancia de la moralidad para una
economía de mercado. La lista
de los siete pecados capitales resume las causas de la crisis.
¿Cuántos de nosotros, movidos
por la avaricia, la gula o la envidia no ha utilizado las
tarjetas de crédito para comprar
cosas que no necesitaba o que no podía pagar, simplemente para
aparentar un status mayor?
¿Qué no decir de los banqueros de Wall Street que no pudieron
resistir las oportunidades de
asumir riesgos más y más imprudentes con el dinero de sus
clientes y que adquirieron
instrumentos financieros que casi no entendían? Los mercados no
pueden persistir sin una
sólida moral ciudadana.
Sin
embargo, en lugar de aprender las lecciones del pasado, volvemos
a oír llamadas a la regulación
y a la intervención pública. Puede que alguna regulación sea
necesaria, pero no deberíamos
creer que la regulación va a solucionar nuestros problemas
morales. Aquí es cuando
resulta útil darnos cuenta de que los mercados son redes de
relaciones humanas.
Si
regulamos demasiado los mercados, estaremos concentrándolos en
cada vez menos manos. Esto es
lo que nos ha llevado a toda clase de corrupción: economías
socialistas, oligarquías y sindicatos
que controlan las industrias para impedir que funcione el
mecanismo de precios. Es inútil
creer que la regulación lo resolverá todo; es un sueño
utópico que ignora la falibilidad humana
y es la misma promesa que siempre nos hicieron los socialistas.
Ahora
bien, también es erróneo pensar que los mercados funcionan
solos. Los mercados requieren
algo más que eficiencia: de virtud. Nuestros Padres Fundadores
nos ensañaron que sin virtud
política la libertad no puede preservarse a largo plazo. Lo
mismo puede decirse de la
libertad económica; y también de la libertad política, ya que
sin la primera no puede existir la
segunda. Como la libertad, el mercado debe comportarse
moralmente o terminará por derrumbarse.
Fuente:
Libertad digital, 28 de enero de 2009.
http://iglesia.libertaddigital.com/ha-fallado-el-mercado-1276236150.html
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