13
de julio de 2005
“El
nazismo conquistó a Alemania porque nunca encontró la
adecuada resistencia intelectual. [...] Sólo una fuerza
liberal hubiese podido oponerse; pero ya no quedaban
liberales en Alemania.” (Mises, Gobierno Omnipotente, págs.
201 y 317, ed. española.)
Y
no quedaban liberales en Alemania porque como especie se habían
extinguido, y eso desde mucho tiempo antes de la aparición
de Hitler. “Gobierno Omnipotente” es el libro que Ludwig
von Mises (1881-1973) escribió durante la Segunda Guerra
Mundial, refugiado en su tranquilo exilio de Ginebra, donde
pasó “los años más felices de su vida”, según su
esposa Margit. Y conste que una esposa sabe mejor aún que
su marido mismo cuándo éste es o no feliz ... Con perdón
de las feministas, pero ya todos sabemos que NO soy políticamente
correcto (“PC”).
“Gobierno
Omnipotente” es un libro lúcido y profético. Mises
aplica el liberalismo como herramienta intelectual de análisis
en asuntos y materias más allá de la economía -Derecho,
historia, ciencia política y hasta estrategia militar- muchísimo
mejor que como otras escuelas liberales no austríacas
intentaron hacer eso mismo después (Virginia y Chicago,
salvo la notable excepción de Milton Friedman). Diserta
magistralmente sobre las verdaderas causas por las cuales el
nacional-socialismo se adueñó de Alemania, no por la
violencia sino por la persuasión. Y nos descubre los
numerosos malentendidos y las múltiples leyendas
interesadas sobre el tema, elaboradas ex profeso con el fin
de proteger la reputación de partidos, grupos y corrientes
de pensamiento. Sus páginas nos son de mucho servicio hoy
en día, con el resurgir del socialismo.
(A
propósito, al lector que me escribió “Tus ensayos
parecen Bibliografías comentadas”, ¡acertaste, te
felicito! Y gracias, lo tomo como un elogio: mi intención
no es otra que invitar a leer ciertos autores que lo
merecen. Mi paisano Jorge Luis Borges dejaba para otros el
orgullo por los libros que habían escrito, y él lo quería
por los que había leído. Modestia aparte, ¡yo también!)
¿Es
Dios el Estado?
En ese libro ginebrino Mises denuncia al socialismo como
doctrina económica, y a su expresión política concreta el
estatismo. Y recuerda mucho una resonante y blasfema frase
de Ferdinad Lassalle (el dirigente socialista más
influyente de su época): “El Estado es Dios”. Si el
Estado es Dios, entonces el estatismo es una religión. Sin
duda una religión falsa, aunque muy popular. Y Mises -una
de las mentes más brillantes del pasado siglo XX- así lo
advierte. Pero no siendo creyente, Mises no puede oponerle
al estatismo lo único que puede enfrentar a una religión
falsa: la religión verdadera.
En
su más amplio sentido, la religión falsa es el naturalismo
evolucionista y vagamente panteísta que seduce a las elites
cultas, del cual el estatismo es su credo político. Un
extraordinario filósofo político cristiano también austríaco
aunque nativo de Colonia, Eric Voegelin (1901-1985) demostró
en “La Nueva Ciencia de la Política” (1952) el origen
de esta creencia religiosa: la vieja herejía gnóstica, que
el cristianismo heredó del judaísmo. Pero en un sentido
estricto la religión falsa es el estatismo: los políticos,
funcionarios y burócratas configuran el clero dirigente de
la religión falsa; los intelectuales y pensadores
estatistas son sus teólogos, y los instruidos y cultivados,
sus maestros. Y las gentes de todas clases sociales, desde
niños educadas en sus credos, claman al Estado, le corean
sus consignas, en él depositan su entera e ingenua
confianza, y a él le dirigen sus oraciones y esperanzas, y
le consagran su devoción, como a un dios.
Es
la idolatría (“estatolatría”) que arrastra las mentes,
corazones y espíritus de millones de personas, en cientos
de países. Y las condena a la pobreza, el atraso y la
miseria. En “Gobierno omnipotente” Mises lo advierte y
analiza con erudición y agudeza.
Ahora
bien, el liberalismo es una doctrina económico-política,
como todos sabemos. Pero si Ud. va a enfrentar o a competir
por la conciencia de las gentes con una religión -así sea
falsa-, no puede oponerle nada más que una tesis económico-política,
así sea verdadera, ¿me explico ...? No es suficiente. Va a
estar en inferioridad de condiciones. Sobre todo si es un
liberalismo filosóficamente mal parado, sobre una base tan
débil y traicionera, el utilitarismo. La filósofa ateísta
(y misiana) Ayn Rand en ese punto no se equivocó, y vale
reconocerle su mérito.
Por
eso el liberalismo es impotente frente al Gobierno
omnipotente. Y en pocas palabras, esa es la respuesta a la
pregunta: Si los liberales tenemos razón, ¿por qué somos
tan poquitos y siempre perdemos? O sea, si el liberalismo es
la doctrina verdadera de la Economía Política ¿por qué
los estatistas son tantos y tantos, miles, millones, y
siempre ganan y se imponen y mandan? La respuesta es que sólo
la religión verdadera puede oponerse a una religión falsa.
Si no lo hace, la religión falsa no encontrará oposición
en este mundo.
El
liberalismo se eclipsa ¿por qué?
El agnóstico Mises se hace esa misma pregunta: ¿por qué
el liberalismo tiende a desaparecer, como especie en vías
de extinción, en el panorama de las formas de Gobierno y
sistemas económicos? En última instancia su respuesta es:
“porque la gente en su inmensa mayoría es muy ignorante
como para seguir la ilación de los argumentos económicos.”
Cierto, pero insuficiente.
Veamos.
El concepto de “Gobierno omnipotente” también es
insuficiente. Un Gobierno estatista luce omnipotente porque
puede intervenir y de hecho interviene en todo aspecto de la
vida humana: agricultura, industria, transporte, comercio y
finanzas, educación y medicina, arte y cultura, deporte y
ciencia ... pero no puede crear riqueza. Puede inutilizar
los procesos de mercado, empobrecernos y arruinarnos, y
puede censurarnos, meternos presos y hasta fusilarnos; pero
no puede enriquecernos. Mises enseña de modo eminente que
hay una sola manera de crear riqueza; y dos de distribuirla:
el mercado la distribuye o el Estado la “re”-distribuye.
Pero el Estado lo hace por la fuerza, y así perturba su
creación, matando incentivos e interfiriendo en las
asignaciones, tanto de recompensas como de recursos. Por eso
el “socialismo del siglo XXI” que nos proponen Chávez y
los otros socialistas de ahora ya no es de distribución de
la riqueza sino de resignación a la pobreza, que nos dicen
es “cristiana”. ¿Por qué? Porque un Gobierno estatista
es estéril, cualquier cosa menos omnipotente. Es un dios
falso, muy falso. “Gobierno omnipotente” significa en
realidad Gobierno ilimitado. Y el concepto opuesto es
Gobierno limitado.
La
Biblia, freno y contención eficaz para la arrogancia del
poder. La del Gobierno limitado a sus funciones propias
represivas del fraude y la violencia, judiciales, defensivas
y de obras públicas, es la doctrina bíblica, cuando la
Biblia se lee e interpreta de acuerdo a su sentido literal e
histórico. Como fue más o menos el caso durante los siglos
cristianos.
Dice
la Biblia que todo poder proviene de Dios (Romanos 13); lo
cual significa que que todo poder tiene límites, ya que
Dios no delega poderes ilimitados:
--
Con este argumento, los primeros escritores cristianos se
opusieron a las pretensiones dictatoriales y totalitarias de
los últimos Emperadores romanos. Citaban muy especialmente
el cap. 8 de I Reyes, que es el primer manifiesto escrito a
favor de la libertad y en contra de la tiranía.
--
Y en asuntos de Gobierno -eclesiástico y político-, en la
Edad Media los pensadores y escritores cristianos opusieron
citas bíblicas a las despóticas ambiciones de príncipes,
Obispos, Emperadores y Papas. Y con éxito: entre los siglos
V y XV hubo en Europa una fuerte lucha por la separación de
las esferas, y de hecho se logró una división y
consiguiente equilibrio entre los poderes existentes en ese
entonces. Comenzando por los poderes eclesiástico y civil.
En ambas esferas se reconocían diferentes competencias a
las distintas autoridades de aldeas y municipios,
provincias, reinos y “el orbe”. En la esfera política
el poder militar se trataba como distinto del político,
bajo cuyo mando se trataba de contener. Y el poder eclesiástico
se dividía entre el clero secular y las órdenes monásticas
e instituciones monacales, muchas y muy influyentes (y
profunda fue su labor civilizatoria, como recuerda siempre
el Cardenal Joseph Ratzinger, hoy Papa Benedicto XVI). Y
todos los poderes reconocían asimismo autonomía a los
comerciantes y a los gremios, y a las universidades y a su
tarea de investigación en el campo del saber, y a las
bellas artes en su esfera. Santo Tomás de Aquino y Dante
Alighieri sistematizaron intelectualmente esta forma de
vida.
--
Mucho más tarde, y ya en la Era del Despotismo Ilustrado,
la doctrina del derecho divino de los reyes fue torcida para
servir a los fines del poder absoluto. Aunque paralelamente,
debe decirse que la Biblia también fue correctamente
interpretada en contra del Gobierno ilimitado y prepotente
de los monarcas por los defensores de la libertad, aunque ya
en franca minoría.
--
Y de paso vale recordar que en 1864 y 1907 respectivamente,
los Papas Pío IX y Pío X condenaron lo que se llamó herejía
modernista, en sendos “Silabarios de errores”, hoy
vistos con horror por la PC (“política correcta”), al
punto de sonrojar los católicos, avergonzados. Si bien es
cierto que ambos documentos condenaron el capitalismo, no
hay que olvidar que el modernismo, junto al naturalismo
darwinista, están en la raíz de todos los socialismos,
nacionalismos, estatismos, militarismos belicistas y
racismos que terminaron en los intervencionismos y las trágicas
crisis económicas del siglo XX, y en sus dos sangrientas
carnicerías, las Guerras mundiales. En medio de tanto
espantoso atentado terrorista, vaya un recuerdo para Pío IX
y Pío X: lejos de ser “reaccionarios”, todo lo
contrario, denunciando a la madre intelectual de tantas
calamidades mucho antes de su alumbramiento, ¡se
anticiparon a su época!
Biblia
mata socialismo:
--
La sentencia “Al César lo que es del César” -repetida
por Jesús en los tres Evangelios sinópticos- se ha
interpretado siempre en forma restrictiva. El episodio de
Zaqueo, narrado en Lucas 19:2-10, se leía bien, como está
escrito: no es un rico que distribuye su riqueza entre los
pobres; es un colector de impuestos a quien Jesús conmina a
devolver los tributos excesivos a sus dueños legítimos,
los contribuyentes. En todo caso Jesús estaría promoviendo
aquí nada menos que la desestatización fiscal tal vez;
pero ¡no la “revolución social”!
--
En cuanto a bienes materiales, el relato de Ananías y Séfora
(Hechos 5) se interpretaba al pie de la letra: como castigo
a una mentira, no a una negativa a compartir hacienda, cuya
donación con fines caritativos es claramente voluntaria. Y
también era interpretada en consonancia con las 2 Epístolas
de Pablo a los cristianos tesalonicenses, a quienes
desalienta sobre la experiencia de propiedad y vida en común.
Y así todas las enseñanzas bíblicas acerca de la economía
los negocios y el Gobierno, que no son pocas.
La
Biblia declara autoritativamente lo que los cristianos políticamente
liberales llamamos “Consejo de Dios a las Naciones”.
Tradicionalmente la doctrina del Gobierno limitado fue parte
importante de la cosmovisión judeocristiana de la realidad,
el mundo y la vida. Hizo juego con la Filosofía aristotélica
en eso que se llamó “la síntesis medieval”; pero los
filósofos posteriores -Duns Scoto, Guillermo de Occam-
tomaron las sendas que llevan al racionalismo (Descartes) o
el empiricismo (Locke, Hume), abjurando de la injustamente
despreciada escolástica. Sin embargo este pensamiento
floreció en la Escuela de Salamanca o Escolástica hispana
o tardía de los siglos XVI y XVII, que puso las bases de la
ciencia económica, desarrollada por los fisiócratas y
otros economistas franceses, padres del libre mercado:
Quesnay, Turgot, Jean-Baptiste Say y Frederic Bastiat. De
allí sale la Escuela austríaca de Economía.
Algo
muy grave y desafortunado ocurrió a fines del siglo XVIII.
Hubo una escisión:
1.-
Por una parte, la doctrina del Gobierno limitado comenzó a
ser quitada de su correspondiente marco filosófico y
religioso. Así perdió su base de sustentación filosófica
natural. Y hasta cambió de nombre: el mundo le llamó
“liberalismo”. Sin duda el Gobierno limitado produce un
considerable grado de libertad personal; pero esa es sólo
una de sus buenas consecuencias, entre otras. También
produce generosas medidas de justicia, orden y paz, y
riqueza. El Gobierno limitado es el buen Gobierno. Pero una
vez descontextualizado, el concepto de Gobierno limitado se
perdió de vista; y el “liberalismo” o doctrina de la
libertad personal, comenzó a buscarse otras bases filosóficas
y morales, distintas al sólido realismo bíblico reforzado
con la Filosofía aristotélica, y mucho más endebles. Con
ellas no pudo enfrentar al socialismo. Es más: tanto el
socialismo más blando de John Stuart Mill, como el más
duro de Marx, muestran antecedentes en Adam Smith -teoría
laboral del valor, subestimación del empresario, educación
estatal-, y otros economistas “clásicos” ingleses; y
asimismo en el filósofo y reformador social Jeremías
Bentham, padre del utilitarismo.
2.-
Por otra parte, la doctrina socialista comenzó a vestir un
ropaje seudocristiano. En el s. XIX la Biblia comenzó a ser
leída e interpretada de maneras caprichosas y forzadas en
pro del socialismo. P. ej. en el Antiguo Testamento, la
institución del Año Jubilar, que buscaba la unidad
familiar, fue vista como destinada a promover la igualdad
económica. Los profetas clamando justicia fueron escuchados
como abogando por “justicia social”. Y en los
Evangelios, el episodio del joven rico y observante, que
expone la doctrina cristiana de la salvación sobrenatural
por obra y gracia de Dios, fue vista como un anatema a la
riqueza. Las iglesias cristianas protestantes y evangélicas
se hicieron socialistas, comenzando por la Anglicana -lo
cual tuvo un efecto desvastador en todo el Commonwealth
anglosajón-; y así el socialismo se hizo mayoría. Tolstoi
fue el arquetipo de una larga serie de escritores
socialistas cristianos. Eso fue durante todo el siglo XIX,
hasta 1917, cuando la revolución rusa impuso la forma atea
de socialismo, cultivada por marxistas y fabianos. Pero esa
forma colapsó en 1989, y el socialismo ahora se ha
revestido otra vez de ropaje seudocristiano; y así,
legitimado de nuevo, nos impone el estatismo.
Iglesia
y Estado, religión y política. Sin embargo el socialismo cristiano es una mentira. La
verdad es otra muy diferente y opuesta; y hasta silogística
si se quiere poner en esa forma:
--
Veamos. La religión cristiana puede tomarse como la premisa
mayor. Ella comprende todo el Consejo de Dios, tanto para
esta vida como para la que viene. Es una cosmovisión, muy
completa, y abarca lo espiritual y lo material, lo celeste y
lo mundano. En lo que hace a la familia, la Iglesia y la
educación -esferas privadas-; y a la política o esfera pública.
Asimismo lo que hace a la Iglesia y el Estado, los cuales
deben ir separados; pero esa separación no implica la de
religión y política, división que no es posible -siempre
andan juntas, como sagazmente reconoció el socialista francés
Pierre Proudhon en el s. XIX-; ni siquiera es conveniente,
ya que un tal corte haría a la política independiente de
la moral, y a la moral independiente del juicio de Dios. Y
por supuesto, esta visión comprende lo individual y lo
social, y lo económico y lo político, y el ámbito
internacional y el doméstico nacional.
--
La doctrina de Gobierno limitado es el Consejo de Dios a las
Naciones. Y si tal es la premisa menor ...
--
... entonces la conclusión es inevitable: un cristiano debe
oponerse activa y decididamente al Gobierno ilimitado, y
defender y promover eficazmente el Gobierno limitado, esa
doctrina que el mundo llamó alguna vez liberalismo. Y no es
opcional; si es cristiano, no puede ser ni siquiera neutral
frente al “Gobierno omnipotente” que se cree un dios.
El
estatismo, los liberales y los creyentes. Pero en el s. XIX el cristianismo se hizo
socialista, y el liberalismo dejó de ser cristiano.
Tenemos
los laicos que comenzar por decirles claramente a nuestros
catequistas, sacerdotes, obispos, pastores, y maestros bíblicos
que el socialismo no es cristiano, sino contrario a la
cosmovisión cristiana, como cualquier forma de estatismo,
despotismo o totalitarismo. Y explicarles que en su origen y
esencia son inequívocamente judeocristianas las ideas de
economía libre, Gobierno limitado, e instituciones privadas
separadas del Estado; llámense liberalismo, capitalismo,
libremercadismo o como quieran llamarles. Después de todo,
los creyentes siempre nos hemos opuesto a las pretensiones
tiránicas del poder, de cualquiera forma de poder, incluso
el poder democrático, que puede ser el más tiránico de
las Edades, como certeramente intuyó Alexis de Tocqueville
en el siglo XIX, y explicó su paisano Bertrand de Jouvenel
en el XX, y explica ahora Hans-Hermann Hoppe en
“Democracia, otro dios que fracasó”.
Los
creyentes hemos de oponernos a las pretensiones tiránicas
del estatismo; y no los círculos liberales nada más,
siempre escasos en número desafortunadamente (y más
escasos de fondos, y de influencia), abrazados como se
hallan a una mera tesis político-económica que no responde
ni puede a los interrogantes en el fondo metafísicos y
espirituales, cuya respuesta tanta gente busca en la religión
falsa, el estatismo.
Pero
como “sólo la verdad os hará libres” (Juan 8:32)
resulta que la resistencia al poder pasa por eso que Eric
Voegelin genialmente llamó “resistencia a la mentira”;
y esa es la principal materia de estudio en el Centro de
Economía de la Oferta (CEO), un centro liberal que hace años
fundamos con Néstor Suárez y otros economistas y politólogos
en el Zulia, Venezuela. Su propósito es desnudar los engaños
y falacias de las propuestas y prácticas estatistas.
“Economía
de la Oferta” y estatología (y homosexuales)
En opinión del CEO, de todas las presentaciones actuales
del libremercadismo, esta nos parece -sobre todo en
versiones como la de George Gilder- que reúne ventajas
apreciables:
--
es la más fiel a la herencia austriana;
--
es la más completa, evitando el unilateralismo en el lado
del consumidor y la demanda que muchas veces oculta o relega
a segundo plano a los factores productivos y al empresario
como creadores de riqueza;
--
por consiguiente es la más práctica desde el ángulo político,
al descubrirnos la desestatización y liberación de los
potencialies creativos como vía de transición hacia una
sociedad de mercado: desregulaciones, privatizaciones
populares y reubicación del Esado a cargo de sus funciones
propias;
--
y es la más consistente con una ajustada y panorámica visión
de todos los elementos no económicos a considerar. Esto último
se ve muy bien en un ejemplo muy actual: las leyes que
garantizan privilegios a los homosexuales en materias de
matrimonio y herencia, pólizas de seguros y otras propias
del derecho de familia y civil y comercial. Cada quien es
libre de juzgar sobre una conducta que los creyentes
reprobamos; pero todos los liberales -creyentes o no- deberíamos
saber que es por completo iliberal una ley que otorga
privilegios a tal o cual categoría de personas. Y todos
-con independencia de las costumbres y estilos de vida de
cada quien- deberíamos recuperar nuestra libertad para
testar y contratar pólizas privadamente. Y hasta nuestra
libertad para casarnos privadamente. Es la desestatización
de los contratos de seguro, la familia y el matrimonio. ¿Los
homosexuales? Siendo adultos los involucrados, claro está,
pueden entonces casarse si quieren entre ellos ante un
notario público, con un contrato matrimonial. Y por
supuesto, celebrar todos sus contratos de seguro
privadamente, con las firmas comerciales del ramo ... en
igualdad de condiciones con el resto de la sociedad. ¿Y los
cristianos? También. Pero aparte, preferimos casarnos
hombres con mujeres, y por la Iglesia ante Dios y la
asamblea -cada quien la suya, quiero decir- como fue por
siglos y siglos; y el Estado no debería tener nada que
decir. Y se acabó el problema.
Este
de los homosexuales, como muchos otros, es un seudoproblema
creado por el estatismo. Así como todos los que surgen de
la educación estatal compulsiva y financiada con impuestos,
a propósito de los contenidos y modalidades de la enseñanza.
Los seudoproblemas surgen en un Estado que quiere regular la
vida de todo el mundo hasta en sus aspectos más íntimos, y
conceder o negar privilegios a este o a aquel grupo o
categoría, negando la libertad de contratar (y hasta la de
testar: el Estado no reconoce ninguna voluntad privada, ni
siquiera la última ...) El estatismo, como toda religión
falsa, tiene su teología, muy mentirosa: la suma de filosofía,
antropología, sociología, “trabajo social”, educación,
periodismo, historia, ciencia política, economía y
finanzas enseñadas en la inmensa mayoría de los centros
universitarios enfeudados al Estado y al servicio del
estatismo. Es la estatología, que impide ver detrás de los
seudoproblemas. La estatología es la teología estatista,
que denunciamos en el CEO. Configuran los pies de barro del
ídolo Estado.
Esa
ideología o teología falsa estatista impregna las currículas
y programas, desde la educación elemental a la
universitaria. Y ahora en un creciente número de posgrados,
maestrías y doctorados, diplomados, cursos de
“actualización” y “perfeccionamiento” (¿?), que
los estatistas han vuelto prácticamente obligantes. Salvo
honrosas excepciones, les sirven a los estatistas para
tenernos atados permenentemente a los de la clase media, a
fin de impartirnos un continuo adoctrinamiento perverso y
compulsivo, en todas y cada una de las múltiples ramas y
hojas de la estatología, que además nos cuesta muy caro.
Por supuesto que todo viene disfrazado de “científico”
y “técnico”, y la enseñanza es impartida por
“expertos” todos debidamente acreditados. Por cierto la
acreditación -el cartón sellado y firmado- es el anzuelo
que mordemos, en la esperanza de que nos sirva para alcanzar
un puesto o lograr una promoción.
Pero
ese interminable indoctrinamiento disfrazado nos quita el
tiempo que podríamos dedicar -entre otras cosas- a
investigar los asuntos por nuestra propia cuenta, de manera
independiente de tutores estatistas, en otras fuentes de
conocimiento, y con mejores resultados. El liberalismo es
algo que se aprende y se estudia; y mientras más se
consolida el estatismo, más remoto se hace en el tiempo y
menos accesible el conocimiento liberal, y mayor es la
cantidad de tiempo hay que dedicar a su aprendizaje y
estudio, si se desea saber liberalismo y no meramente
declararse liberal. (Recuerde Ud. la cita de Mises al
comienzo, por favor: para 1920 “ya no quedaban liberales
en Alemania.”) Pero ahora hasta en las Iglesias hay que
hacer todo el tiempo ese tipo de cursos estatistas o de
“política correcta”.
El
dilema actual.
¿Y de ahora en adelante? Una de dos:
--
o los creyentes -y me refiero a la tradición
judeo-cristiana- nos sacudimos las telarañas, combatimos al
estatismo, nos oponemos a la estatología, y decidimos así
ser “luz del mundo y sal de la tierra”, según el
mandamiento establecido en Mateo 5:13-14, siguiendo a las
Bienaventuranzas, esas Ocho Bendiciones del Sermón de la
Montaña ...
--
o el mundo se queda sin luz y sumido en la más profunda
oscuridad, y carente de sal. La sal es el factor de
preservación; y sin factores preservantes eficaces la
civilización se arruina, se pierde, no perdura.
La
ofensiva socialista es doctrinal en primer término; y la
respuesta tiene que ser de igual naturaleza si quiere ser
eficaz. Y si no es con la doctrina liberal, entonces, ¿con
cual? Pero sin el auxilio de la sana filosofía y la religión
verdadera que le prestan su marco adecuado, el liberalismo
ha sido y es impotente.©
*
Politologo y Profesor de la Universidad San Pablo,
Guatemala.