31
de julio de 2006
Ahora
todos los Gobiernos latinoamericanos son neocomunistas tipo Chávez o
neoliberales tipo Bachelet. Pero el neocomunismo es la reacción contra el
“neo” liberalismo fracasado de los 90. ¿Cómo entonces nuevos
Gobiernos -en Perú Alan García, y en México Felipe Calderón- ensayan
otra vez un esquema fracasado?
La
respuesta tiene dos partes: 1) El “neo” liberalismo es otra ingeniería
social, versión actual de ese mismo vicio que Friedrich Hayek lúcidamente
describió y denunció, siguiendo los pasos de Mises y Popper. Y por eso
atrae a los estatistas como la miel a las moscas. 2) El liberalismo clásico
-Gobiernos limitados, mercados libres e instituciones privadas separadas
del Estado- no está presente en la política, ni siquiera como oferta.
Sigue ausente y sin aviso. La segunda parte de la respuesta nos lleva a la
gran pregunta: ¿por qué esa persistente ausencia del liberalismo clásico?
Veamos.
1.
El “neo” liberalismo es otra ingeniería social
Nada
tiene del liberalismo verdadero, clásico. Vea Ud. todos esos
“modelos” y “equilibrios macroeconómicos”. Vea todas esas cifras,
esos porcentajes con su decimal. Vea esa profusión de estadísticas, gráficos
y ecuaciones. Vea Ud. las “prescripciones de políticas públicas” en
lenguaje tan confuso e inentendible como el keynesiano. ¿Qué hay detrás?
¿Libre mercado? No. Lo que hay es el mismo exorbitante gasto estatal de
siempre, sostenido con alta presión tributaria y endeudamiento masivo,
justificado con abundancia de programas “sociales” inútiles y
regulaciones economicidas, y de servicios y agencias burocráticas para
unos y otras. Muy poco de mercado, y casi nada de libre.
Por
eso los más entusiastas cultores, difusores y propagandistas del
“neo” liberalismo son los mismos políticos dirigistas de siempre,
acompañados de los profesores y profesionales universitarios con vocación
de ingenieros sociales -cual nueva casta sacerdotal- y de los periodistas
convertidos a la nueva religión. Todos comparten los mismos supuestos básicos
de la ingeniería social: que la economía y los negocios son demasiado
importantes para dejarles al albedrío de la gente corriente -el mercado
tiene “fallos”, y “asimetrías de información”, ¿no es así?-;
que deben ser dirigidos; siendo por supuesto el Gobierno el candidato
obvio para dirigirles (¿quién si no?) con el auxilio de la gente
“preparada”.
Bachelet
es el modelo de socialista reconvertido al neoliberalismo -vía John Rawls
{1} y el Manifiesto de Euston {2}-, aunando “conciencia social y
eficiencia técnica”, que hallan lo más idóneo para enfrentar a los
demonios del neocomunismo salvaje tipo Hugo Chávez, como Ollanta Humala y
Andrés Manuel López Obrador. Con sus escasos márgenes, las pírricas
“victorias” electorales de Alan García y Felipe Calderón plantean
dudas e interrogantes, y muchas incertidumbres; pero sin embargo los periódicos
y “analistas” de los medios suponen que aplicando las recetas
neoliberales estos nuevos Presidentes ganarán popularidad en pocos meses,
porque tienen de su lado la ciencia económica políticamente correcta,
avalada por Harvard, el FMI y el NYT.
Desde
Platón, la ingeniería social siempre recurre a ideologías supuestamente
científicas para dirigirle la vida a la gente, suponiendo que en esos
conocimientos son bien formados y educados los funcionarios
gubernamentales y sus corifeos, en las Universidades, esos “templos del
saber”. En los ‘20 y ‘30 las ideologías científicas fueron las del
socialismo democrático fabiano y el New Deal, el comunismo y el
nazifascismo. En los ‘40 y ‘50 fueron -en Latinoamérica- el cepalismo
y la teoría del desarrollo económico, “mejorando” a Marx con
generosas dosis de Keynes y Rostow, y mucha estadística e investigación
operativa. En los ‘70 y ‘80 fue la teoría de la dependencia
centro-periferia, que espiritualizaba a Marx y a Lenin con aspersiones de
Teología de la Liberación, y combinaba planeación económica con
“participación popular”.
¿Y
el neoliberalismo? Es la ideología científica actual de la ingeniería
social, supuestamente “afinada” por la Escuela de Chicago, que no dice
ir en contra de los mercados sino sólo de sus fallos, imperfecciones y
malas inclinaciones naturales.
2.
El liberalismo clásico ha estado y sigue ausente
El
drama de América latina no es Chávez, ni Ollanta, ni siquiera Castro.
Ese no es el problema. Es la falta de partidos liberales de verdad,
armados con un Plan de Gobierno y a la vez Programa para la Transición a
la sociedad de libre mercado, como puede ser v. gr. nuestro Plan de 11
Derechos de Rumbo Propio, el Instituto de Libre Empresa ILE y la
Conferencia Liberal Hispanoamericana CLH. Pero no hay partidos capaces de
ofrecerlo y mercadearlo masivamente a todos los públicos actual o
potencialmente interesados.
¿Públicos
interesados? No los burócratas, educadores y clérigos socialistas,
empresarios timoratos y demás estatistas que viven muy bien al cobijo de
las subvenciones, garantías y proteccionismos típicos de la ingeniería
social, o esperan hacerlo próximamente. Ellos no se van a interesar en un
proyecto político de libre mercado e inspirado en el liberalismo clásico.
Pero sí los desempleados, estudiantes, profesionales y técnicos sin
futuro, empresarios pobres (informales, y sus empleados y obreros aún más
pobres), amas de casa sin dinero, novios y matrimonios sin vivienda,
ancianos sin familia ni pensión. Es decir: hablamos de damnificados del
estatismo, quienes a falta de partidos liberales consecuentes se arrojan
en brazos de los neocomunistas. Y sobre todo, hablamos de campesinos,
agricultores, comerciantes y clases medias del interior de cada país, en
las provincias, donde los fracasos del estatismo son más visibles, y
donde queden aún restos de iniciativa privada, y de valores de
independencia económica, familiar y personal.
Pero
la gran pregunta es esta: ¿por qué no hay esos partidos liberales
consecuentes? La respuesta es que el liberalismo clásico ha tenido y
tiene muy pocos exponentes académicos. Y que éstos, al menos en América
latina, y salvo contadas excepciones, no lo presentan completo, y por eso
carecen de seguidores políticos capaces de ofrecer propuestas atrayentes.
Se da a conocer sólo una parte del liberalismo clásico: la Economía
austriana. {3} Y se deja de lado sus otras dos partes, más importantes
desde el punto de vista político: la Filosofía realista, firme cosmovisión
del hombre y la sociedad en el marco de la realidad creada, de la
certidumbre del verdadero y objetivo conocimiento, y de la conservación
del orden natural y del necesario y saludable equilibrio entre las
diversas esferas, sectores y poderes sociales; y la doctrina de los
Derechos Naturales, que concibe la Ley al servicio de la Justicia, y al
Estado como no única fuente del Derecho. Ambas vertientes fueron las
bases intelectuales del movimiento foral {4} de la España de las tres
culturas -judía, cristiana y musulmana-, de la cual proceden tanto la
Escuela de Salamanca como su sucesor el austroliberalismo. Porque el
liberalismo no comenzó en 1776 con Adam Smith, la Revolución Industrial
en Inglaterra o la Independencia de EEUU; sus raíces, muy anteriores, son
bíblicas, clásicas y medievales, hispánicas y federalistas.
Pero
el liberalismo clásico está ahora como secuestrado por profesantes de la
Economía, y falto de representantes en otras ramas del saber, con lo cual
se transmite una imagen parcial del mismo, mutilada y empobrecida, históricamente
recortada y políticamente impotente. Esta ausencia de la tradición
liberal en la política y áreas distintas a la Economía permitió que el
nombre “liberalismo”, otrora cargado de brillo y prestigio, le fuese
por tal motivo quitado y secuestrado por la izquierda a mediados del siglo
XX; y transformado desde entonces en sinónimo de su archienemigo, el
socialismo. Por eso hay tantos partidos socialistas y semisocialistas que
se hacen llamar “liberales”, y han constituido una Internacional
“Liberal”, sembrando en todo el mundo gran confusión, al identificar
prácticamente el liberalismo con la democracia, y mezclarle con doctrinas
antiliberales a la moda política correcta, desorientando así de esta
manera a infinidad de personas -jóvenes sobre todo- deseosas de encontrar
la salida, que se desalientan al no hallar por este lado una señal clara
y no ambigua.
Y
por eso tiende a confundirse el liberalismo, la recia doctrina de
Gobiernos limitados, mercados libres e instituciones privadas separadas
del Estado -antes de 1812 llamada en todo el mundo “whiggism”, o
doctrina bíblica de Gobierno limitado-, con la tolerancia civilizada
entre personas que abrazan valores opuestos. O con el respeto civilizado
entre personas que siguen doctrinas adversas. O peor aún, con el
escepticismo, que es la incredulidad sistemática y generalizada hacia
toda doctrina, o con el irenismo, que es el compromiso relativista y
seudopacifista entre doctrinas opuestas, o con el sincretismo, que es su
mezcolanza y amalgama. O mucho peor todavía, con el blandengue
“pensamiento débil” (o flojo) que es en realidad renuncia al
pensamiento.
3.
Un acierto de Lenin
En
1913 Lenin hizo una breve presentación del marxismo en un escrito muy
corto titulado “Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo”.
{5} Escribió allí que el marxismo sintetizaba las enseñanzas de “los
más grandes representantes de la filosofía, la economía política y el
socialismo”. Aclarando que el marxismo era “el heredero legítimo de
lo mejor que la humanidad creó en el siglo XIX: la filosofía alemana, la
economía política inglesa y el socialismo francés.” Lenin creía al
marxismo una doctrina realista, un socialismo científico, que integraba y
a la vez superaba al materialismo dialéctico en Filosofía, a Adam Smith,
David Ricardo y ambos Mill –padre e hijo- en Economía, y a los
utopistas Saint Simon y Proudhom en política y Gobierno constitucional.
Y
Lenin creía al marxismo una doctrina muy entera: capaz de trazar una visión
panorámica completa y exhaustiva del hombre y la sociedad, base y punto
de partida para un proyecto político exitoso; y en esto tuvo razón, por
desgracia -no están exentos de aciertos los grandes ignorantes, ni a
salvo de errores los grandes sabios-, y el mismo Lenin se encargó de
probarlo de inmediato: concibió y desarrolló ese proyecto político, y
lo llevó a la práctica hasta el final. Aún estamos pagando las gravísimas
consecuencias de su tremendo éxito.
¿Y
el liberalismo clásico? Es comparable porque también tiene tres fuentes
y tres partes integrantes muy suyas: una filosofía, una política y una
economía. La Filosofía es el realismo aristotélico, que comprende la
idea de orden natural; y la Ciencia Política es la Escuela del Derecho
Natural, con su tesis del Gobierno limitado. Y en tercer lugar la
explicación científica de los mercados y la Economía, que es sin duda
la mejor: la Escuela austriana. Porque los clásicos ingleses de la Economía
en cambio se conectan al racionalismo estrecho constructivista y al
utilitarismo (Bentham), y de allí su irrealismo crónico y su afinidad
por generaciones con las variantes de la ingeniería social: el socialismo
y la “tercera vía”, la de Stuart Mill, Keynes y el Welfare State. Y
con la cadena de positivistas jurídicos de Hobbes a Kelsen. {6}
4.
Liberalismo completo
Pero
aún siendo la mejor economía, la Escuela austriana es sólo una parte
del liberalismo clásico, y desde el ángulo político ni siquiera el más
importante de sus tres componentes.
El
liberalismo clásico también es doctrina entera, y realista en serio, y
verdadera, no falsa como el marxismo, ni cruel. Aunque Fukuyama {7}, los
Posmodernistas -suerte de escépticos y relativistas de ahora, con barniz
de seudociencia- {8} y los pragmáticos han decretado el siglo XX como la
tumba de todos los grandes sistemas filosóficos y sus doctrinas políticas,
la realidad es que lo ha sido de los falsos, una vez harto comprobadas su
mentira y su horrible crueldad -en designio y aplicación-, mas no del
liberalismo clásico, ese “ideal desconocido” de Ayn Rand, todavía
nunca ensayado plenamente. Esa es la gran trampa de la cháchara sobre el
“fin de las ideologías” y del Posmodernismo. Tan falsas son las tesis
colectivistas y estatistas -nada utópicas por cierto- que no persuaden
por el debate y la argumentación racionales, sino que se imponen por la
pura manipulación emocional y la sola fuerza del voto mayoritario, cuando
no de las armas y la violencia desnuda. Por eso siguen vivas esas
doctrinas.
Dar
al liberalismo clásico por equivalente del austrianismo económico es una
injusticia, y casi como si el liberalismo clásico fuese otra ingeniería
social, siendo propiamente lo contrario. Y un peligro, porque priva a la
enseñanza económica austriana de la fructífera y políticamente fértil
compañía de las corrientes afines en otras dos disciplinas: realismo en
Filosofía y jusnaturalismo en Ciencias Políticas y Jurídicas. Así la
Economía austriana aislada queda en serio riesgo de caer ante el embate
de cualquier viento filosófico de moda (caso Posmodernismo). O de
aparejarse con vertientes filosófico-políticas contrarias, sean
nihilistas, estériles y puramente destructivas como el anarquismo, o sean
proclives a la ingeniería social, como el positivismo filosófico o el
contractualismo jurídico (caso John Rawls). La “Public Choice” y
otros intentos de tender conexiones entre Economía y Derecho son loables,
pero casi todos enmarcan en el contractualismo y el utilitarismo o el
positivismo. Les falta su marco apropiado e histórico, la Filosofía
realista, destacando siempre el carácter y rasgos no puramente
convencionales sino naturales de los derechos humanos básicos -vida,
libertad y propiedad-; y de las instituciones sociales -entre ellas el
Gobierno-, dotadas por lo tanto de funciones, contenidos y límites
propios, más allá del arbitrio y la voluntad humana, incluso
mayoritaria.
Tomar
la parte por el todo no es sólo grave error intelectual, es también
causa segura de impotencia y fracaso políticos. Se vio en 1989, tras la
caída del Muro de Berlín y la implosión de la URSS, cuando en Europa
Oriental hubo varios intentos fallidos de transición al libre mercado.
Diversas causas explican los fracasos, pero una de ellas, y no de menor
peso, fue el brindar una presentación muy incompleta y puramente
economicista del liberalismo clásico, incapaz de proporcionar
justificaciones más sólidas y convincentes, de dibujar una pintura más
completa, colorida y atractiva de la sociedad de libre mercado, y de
proponer y describir los pasos intermedios para llegar.
5.
Un error de Hayek
Aspirar
al éxito político para el liberalismo clásico sólo en base a la Economía
austriana es irrealista. Sin embargo, y con pocas excepciones, con mucho
de ese irrealismo viven las Fundaciones e instituciones asociadas al
liberalismo clásico, comenzando por la más célebre de todas, la
Sociedad Mont Pelerin, fundada por Hayek y otros pensadores liberales en
1947. ¿Por qué? En buena parte porque muchas de ellas -y sus asociadas y
dependientes- siguen el desafortunado consejo de Hayek {9}, un genio sin
duda, pero equivocado entonces al recomendar esfuerzos intelectuales y
académicos y desalentar emprendimientos políticos. Cuando los genios se
equivocan, sus errores tienen consecuencias enormes y de gran
trascendencia. Por cierto, la Sociedad Mont Pelerin se llama como el hotel
que sirvió de sede a la primera reunión en 1947, porque el Profesor
Frank Knight, reputado economista de Chicago, con torpeza se empeñó en
vetar los nombres propuestos por el mismo Hayek: Acton y Tocqueville, dos
magníficos exponentes y practicantes del realismo filosófico y el
jusnaturalismo político en el siglo XIX, ambos católicos. Así se
siguieron cortando los puentes del liberalismo con la religión, que Hayek
quería reconstruir, como uno de los objetivos cardinales de la naciente
Sociedad.
Pero,
¿imagina Ud. cómo hubiera sido el mundo en los últimos 100 años, si
Lenin en 1913 hayekianamente hubiese aconsejado a sus seguidores no
dedicarse a la política sino sólo a especulaciones filosóficas,
investigaciones científicas, históricas y bibliográficas? El tal caso
probablemente marxistas y socialistas de otras observancias hubiesen
quedado reducidos a pequeños círculos de disconformes, hurgando
bibliotecas y documentos, y escribiendo artículos, ensayos monográficos
y libros. Hasta ahora. Y hoy pegados a Internet, como los esperantistas,
filatelistas, liberales clásicos y observadores de los pájaros.
¿E
imagina Ud. cómo hubiera sido el mundo en los últimos 50 años, si Hayek
en 1947 hubiese considerado que las cátedras universitarias y los centros
de producción y transmisión de ideas y conocimientos estaban ya en poder
de los socialistas o a punto de caer? ¿Y si en consecuencia,
leninianamente Hayek hubiera aconsejado a los liberales fieles dedicarse a
la política tanto o más que a los estudios y reflexiones académicas,
distinguiendo así -bíblicamente- entre la ignorancia y el mal, es decir,
el pecado? En tal caso probablemente los liberales clásicos hubieran
organizados partidos, ganado elecciones en muchos países, abolido el
estatismo -con sus inflaciones, guerras, desempleos y miserias- mediante
revoluciones de libre mercado, y cambiado la historia del mundo. Y
obligado así a los cientistas sociales, periodistas, políticos y
curiosos en general, a correr a las bibliotecas (y ahora a Internet) a
descubrir cuáles autores, obras y principios inspiraron a los políticos
liberales cambios tan benéficos para la humanidad. Y entonces hubiese
florecido una pasión por el conocimiento liberal genuino, y profusión de
ensayos, volúmenes y Websites y series televisivas ¡sobre los exitosos
cumplimientos del liberalismo clásico y no sobre sus incumplidas
potencialidades!
Según
cuenta el Evangelio de Lucas, Nuestro Señor Jesucristo observó que a
menudo los hijos de la Oscuridad eran más astutos y sagaces que los hijos
de la Luz. {10} No se equivocó.
6.
¿Y ahora?
Entre
1901 y 1902 Lenin escribió una de sus obras más famosas, sugestivamente
intitulada “¿Qué hacer?” {11} Descarnadamente describía la por
entonces alicaída situación del marxismo y del socialismo como
movimientos políticos, al tiempo que polemizaba con corrientes y
organizaciones, criticando acerbamente su incapacidad de lograr
resultados. Y trazaba una a una las líneas maestras del proyecto
comunista; ese mismo que concluyó (¡eso esperamos!) en 1989. “¿Qué
hacer?” es muy voluminoso, pero fue escrito con la intención de
desarrollar las ideas contenidas en una obra anterior más breve, titulada
-más sugestivamente- “¿Por dónde empezar?”
Quizá
la afligente situación del liberalismo clásico de hoy en día sea
comparable. Los equívocos persisten, y las instituciones con él
identificadas por lo general los agravan, confundiendo “profesores
universitarios” con intelectuales -grave error de concepto-; y entre
todas gastan cada año varios U$S millones en actividades supuestamente
“formativas” para varios cientos o miles de personas, pero no se ven
resultados políticos. Asimismo tienden a creer por completo
inconciliables la condición intelectual y el ejercicio de la política
-grave error de juicio-, y así el quehacer político y los puestos de
Gobierno y Legislaturas quedan abiertos de par en par a los ignorantes e
improvisados y/o deshonestos demagogos y aventureros estatistas.
Los
liberales clásicos de hoy pagamos los costos de todos esos errores
acumulados. Y lo que es muchísimo más trágico, también los pueblos de
América latina, por no decir del mundo entero. El liberalismo clásico
está muy lejos de ganar elecciones en país alguno; y salvo alguna que
otra loable excepción, se halla por completo ausente de las competencias
comiciales.
Pero
para encontrar la salida -¿Qué hacer?- no es necesaria una obra muy
voluminosa. Basta un párrafo: tenemos que empezar de nuevo, retomando las
raíces, y como fue con el movimiento foral en la España medieval, buscar
ahora por el lado de las libertades y autonomías regionales garantizadas
con Estatutos locales, como en Santa Cruz, Bolivia; Loreto y Puno, Perú;
Guayas, Ecuador; Zulia, Venezuela; y Limón, Costa Rica. Y las demás
regiones que vienen. Proseguir con ahinco los estudios -y ahora más que
nunca {12}- y la producción intelectual, pero ya no limitados al terreno
de la Economía. Ni desligados de la actividad política sino en forma
paralela y conectada, apoyando una plataforma programática racional y a
la vez atractiva, capaz de apelar al pensamiento pero también a las
emociones y sentimientos legítimos y nobles de la gente. No ya en pos de
teorías y propuestas insensatas e inhumanas, sino de ideales verdaderos,
harto beneficiosos para todos, alcanzables, viables, decentes y prácticos.
Dios
quiera que podamos. Y pronto.
*
Politólogo, Profesor de la Universidad San Pablo, Guatemala.
Notas
{1}
John Rawls, acreditado filósofo de Harvard, publicó A Theory of Justice
en 1971, libro al cual Ayn Rand respondió con An Untitled Setter,
comentando que “ciertas maldades están protegidas por su misma
enormidad” (The Ayn Rand Letter Vol. II, No. 10 February 12, 1973.)
Igual puede decirse de ciertos errores.
{2}
Manifiesto de Euston, disponible en http://eustonmanifesto.org/joomla/
{3}
Decir “austríaca” suele llevar a la gente a creer que es la de los
actuales Gobiernos socialdemócratas de Austria.
{4}
En la España medieval los “Fueros” locales (Castilla, León, Navarra,
etc.) garantizaban a las gentes de esas localidades sus derechos naturales
y otros complementarios, mucho antes de la Carta Magna inglesa de 1215.
Sobre
federalismo y fueros comarcales, municipales y Cartas Pueblas, y muy en
especial el “Fuero Viejo de los Infanzones” -es decir de los burgueses
de a pie y gentes del común-, vale consultar:
http://www.ih.csic.es/departamentos/medieval/fmh/fuero.htm
http://pci204.cindoc.csic.es/tesauros/Derecho/HTML/DER_F13.HTM
{5}
Versión en español disponible en la “Biblioteca de Lenin”,
http://www.marx2mao.com/M2M(SP)/Lenin(SP)/Index(sp).html
{6}
Se ha notado mucho el sustrato común kantiano de estos enfoques y la
casual coincidencia de las tres “K” en Kant, Keynes y Kelsen. Podría
agregarse una cuarta: el presbítero inglés David Kingsley, contemporáneo
de Marx, y mucho más célebre en su época. Arzobispo de Canterbury y
Capellán de la Reina Victoria, fue el fundador del moderno socialismo
cristiano.
Es
casual, pero cierto que los cuatro fueron muy ruinosos respectivamente en
la Filosofía, la Economía, el Derecho y la Religión cristiana.
{7}
Francis Fukuyama, conocido por su muy publicitado libro “El fin de la
Historia y el último hombre”, de 1992. Algunos despistados creen que un
hegeliano puede ser liberal, lo cual demuestra los extremos hasta los
cuales llegan las confusiones sobre el liberalismo.
{8}
Sobre Posmodernismo vale consultar a quien mostró al emperador en toda su
completa desnudez con su farsa del “Social Text”: Alan Sokal, co-autor
con Jean Bricmont de “Impostures intellectuelles”, publicado
originalmente en francés por Éditions Odile Jacob, Paris, Octubre 1997.
Hay varias ediciones en inglés, y en castellano por Editorial Paidós,
Barcelona, 1999.
{9}
Véase F. A. Hayek (1899-1992): Una semblanza moral, por el Dr. Jesús
Huerta de Soto, publicado en La Ilustración Liberal, nº 4,
Octubre-Noviembre de 1999, pp. 123 a 128,
http://www.liberalismo.org/articulo/19/
{10}
Lucas 16:8
{11}
Versión en español disponible en la “Biblioteca de Lenin”,
http://www.marx2mao.com/M2M(SP)/Lenin(SP)/Index(sp).html
{12}
Para volver a la Filosofía realista, que arranca en Aristóteles, hay dos
avenidas. Los no creyentes pueden encontrar preferible tomar por la de Ayn
Rand y sus mejores discípulos: David Kelley, Leonard Peikoff y Harry
Binswanger. Es la cuarta reconstrucción del aristotelismo en Occidente,
siendo las otras tres las llamadas “grandes síntesis” medievales: judía,
musulmana y cristiana, no ajenas a la Escuela de Traductores de Toledo,
España.
Y
si así lo prefieren, los creyentes pueden reencontrar la Filosofía
realista (y de paso la Escuela de los Derechos Naturales) tomando por la
avenida de San Alberto Magno, Santo Tomás y sus discípulos de todas las
edades, desde Juan de Santo Tomás y Juan de Mariana hasta los más
recientes: Etienne Gilson, Jacques Maritain, Regis Jolivet, Michele
Federico Sciacca, Cornelio Fabro, Robert Spaemann y Rocco Buttiglione.
Entre otros autores, incluso muchos cristianos no católicos como Robert
Hutchins y Mortimer Adler, y judíos como Dennis Prager. Basta no dejarse
distraer ni perder la paciencia por los frecuentes errores económicos de
estos grandes filósofos, así como no hay que dejarse alterar por los
frecuentes errores filosóficos de los grandes economistas austrianos.