Poco
antes de su reciente y lamentado fallecimiento, el Profesor y banquero
español Rafael Termes -economista “austríaco”- produjo un Ensayo
para la Conferencia del Acton Institute, 1 al 3 de Junio de 2005 en
Orlando, Florida.
Brillante
como siempre, el ensayo del Dr. Termes -que me permito editar- es
particularmente ilustrativo respecto de algunos puntos muy importantes
para entender el liberalismo, y no siempre bien investigados en la
literatura:
1)
El origen hispánico y cristiano del liberalismo, que unos desconocen, y
otros pretenden desconocer. Y su conexión con la Filosofía realista.
Vaya mi edición como homenaje al Dr. Rafael Termes -de quien tanto aprendí
y sigo aprendiendo-, motivado por quienes en su ignorancia me han hecho a
mí el muy inmerecido homenaje de atribuirme la paternidad nada menos del
liberalismo cristiano (¡!) Como si fuese invento mío, e inexistentes
Santo Tomás de Aquino y la Escuela de Salamanca. O inexistentes aquellos
honestos mercantes calvinistas y puritanos -sí, Weber otra vez, ¿por qué
no?- que en el Viejo Mundo y en el Nuevo pusieron en práctica las enseñanzas
morales y económicas de los Padres tomistas españoles, quienes sin
embargo no fueron -¡ay!- profetas en su tierra.
2)
El cuño burgués del mercantilismo y el absolutismo, originados en el
deseo de honores, ennoblecimiento y monopolios, por parte de ciertos
deshonestos comerciantes, carentes de frenos morales pero ricos en
billetes -surgidos de la revolución comercial de los siglos XVI y XVII-,
y en mala hora coludidos con ciertos monarcas hambrientos de dinero y
dispuestos a venderles privilegios. Y en capacidad legal de hacerlo.
Porque en el turbio negocio entraron ciertos intelectuales pobres de la
burguesía -filósofos, juristas, economistas, novelistas- sin moneda para
comprar posiciones, pero con pluma y papel bastantes al servicio del
poder, escribiendo y divulgando toda suerte de justificaciones ideológicas
para las ambiciones del estatismo, y leyes para concretarlas. Hoy es
igual.
3)
Las vicisitudes del decadente liberalismo español post-Salamanca, tomando
siempre por liberales algunas formas políticas de Gobierno
constitucional, republicano o democrático, parlamentario o tripartito -o
peor aún, el triunfo de este o el otro partido-; vicios que heredamos los
hispanoamericanos, y que explican nuestro atraso y pobreza.
Mil
gracias por tan iluminador trabajo, Dr. Termes -especialmente por su último
párrafo-; y que Dios lo tenga en su santa Gloria.
Alberto
Mansueti
El
14 de Enero de 1639, las tres ciudades del río Connecticut -Windsor,
Hartford y Wetherfield- como resultado de los trabajos realizados para
constituirse en un Estado o Commonwealth, bajo un Gobierno común,
aprobaron un documento conocido como “The Fundamental Orders”, que en
su Preámbulo define los propósitos buscados. Estos son, por un lado
“mantener y preservar la libertad y la pureza del Evangelio de nuestro
Señor Jesús”; y por otro lado “ordenar y disponer los asuntos del
pueblo, para lo cual, y a fin de asegurar la paz y la unión de tal
pueblo, resulta necesario el establecimiento de un ordenado y decente
Gobierno”.
Esto
sentado, el documento en sus once artículos establece entre otras cosas
las normas para elegir tanto el Gobernador como los restantes cargos públicos.
The
Fundamental Orders de Connecticut, la primera Constitución escrita
conocida, marca el comienzo del liberalismo en América, 137 años antes
de la Declaración de Independencia de las trece colonias, suscrita en
Filadelfia el 4 de julio de 1776. En efecto, el Gobierno de la nueva
Colonia de Connecticut fue diseñado por algunas de aquellas personas que
a partir de 1620 emigraron de Inglaterra para huir del absolutismo político
y la intransigencia religiosa de Jacobo I Estuardo. Se basa en ciertos
fundamentales aspectos:
1)
Primero, para ser admitidos al sufragio, los libreshombres o habitantes de
la Colonia no están sujetos a ninguna identificación religiosa.
2)
Segundo, los poderes de todos los magistrados públicos están
estrictamente definidos y limitados.
3)
Tercero, los habitantes, si bien no poseen plenos derechos políticos,
disfrutan del derecho legal a elegir diputados para la Corte.
4)
Cuarto, el Gobernador tiene sus poderes fuertemente limitados, y prohibido
presentarse a inmediata reelección.
5)
Y quinto, no se halla en todo el texto ninguna referencia a autoridades
exteriores a la Colonia; la de Massachusetts -de la que las tres ciudades
se habían separado-, queda ignorada; y más importante, se ignora también
a Carlos I, monarca reinante en Inglaterra.
Todo
ello permite afirmar que el Gobierno de Connecticut constituye la última
instancia de una asociación política de carácter eminentemente liberal.
Pero,
¿de dónde surgió la genial inspiración que llevó a unos cuantos
colonos, alejados de los centros de pensamiento de la vieja Europa, a
desarrollar una teoría política tan en contraste con la que imperaba en
su época? Está generalmente admitido que el clérigo puritano Thomas
Hooker, uno de los fundadores del Estado de Connecticut, influyó
decisivamente en el contenido de The Fundamental Orders.
El
año anterior, y con motivo de unas elecciones, Hooker pronunció un sermón
en Hartford, el 31 de Mayo de 1638, a partir del texto del Deuteronomio
(1,13) donde se lee “Elegid de entre vosotros hombres sabios, conocidos
entre vuestras tribus, y yo les pondré a dirigiros”. Apoyándose en el
texto bíblico, Hooker mantuvo que:
a)
el fundamento de la autoridad del Gobierno radica en el libre
consentimiento del pueblo;
b)
la elección de magistrados públicos corresponde al pueblo por voluntad
del propio Dios;
c)
quien tiene poder para designar a los magistrados públicos, lo tiene
también para establecer los límites dentro de los cuales los elegidos
deben ejercitar el poder conferido.
Entre
las razones dadas para asentar esta doctrina, Thomas Hooker señala que
mediante una elección libre, los corazones del pueblo estarán más
inclinados a amar a las personas elegidas, y más dispuestas a rendirles
obediencia. Y concluyó su sermón con este reto: “Ya que Dios nos ha
dado la libertad, tomémosla.”
Y
¿de dónde -sería la siguiente pregunta- le vino a Hooker la inspiración,
en materia política, para afirmar lo que afirma en el memorable sermón
de las elecciones? Una hipótesis que, si bien no totalmente contrastada
por el cotejo de textos, la identidad de pensamiento permite sostener, es
que la fuente sería la llamada Escuela de Salamanca. Y que las cosas
pudieron suceder de la siguiente forma: Francisco Suárez -eminente doctor
de dicha Escuela- publicó en 1613 su famosa “Defensio fidei
catholicae” que por sus ideas políticas, no religiosas, fue mandada
quemar tanto por el anglicano rey inglés Jacobo I, como por el cristianísimo
rey francés Luis XIII, ya que entonces el absolutismo era la doctrina
oficial tanto en Inglaterra como en Francia. La Defensio fidei de Suárez
pudo ser conocida por Thomas Hooker que , estudiaba en Cambridge desde
1611, antes de emigrar a Holanda para pasar luego a Massachusetts.
Que
el pensamiento de Thomas Hooker, en lo tocante a la organización política,
es liberal, es evidente. Tampoco ofrece dudas que sus ideas coinciden con
las que sobre la sociedad civil y la autoridad política sostiene
Francisco Suárez en su Defensio fidei, dirigida a los Serenísimos Reyes
y Príncipes, hijos y defensores de la Iglesia Romana y Católica.
Francisco Suárez, en acuerdo con el pensamiento dominante en la Escuela
de Salamanca, afirma que todo poder viene de Dios, y reside en el pueblo.
Y que éste pueblo, mediante un acto libre de la voluntad, lo transfiere,
eligiendo la persona o las personas que lo han de ejercer. Y ésta es
también la doctrina sostenida por Thomas Hooker, no sólo en el sermón
que precedió a la Constitución de Connecticut, sino en otros textos
suyos conocidos.
Esta
coincidencia avalaría la tesis del papel germinal del pensamiento católico
español de los siglos XVI y XVII, tanto en política como en economía.
La Universidad de Salamanca no sólo habría sido la primera en defender,
dos siglos antes de Adam Smith, el liberalismo económico, sino también
la fuente nutricia del liberalismo político, ochenta años antes de
Locke.
La escolástica medieval
Esta
afirmación me obliga ahora a retener su atención de Uds. para referirme
a los antecedentes, génesis y desarrollo de esta hoy famosa Escuela de
Salamanca.
Se
dice, no con cierta imprecisión, que la Edad Media es el tiempo de la
filosofía cristiana. Es cierto por lo menos que durante esta época
existió una verdadera especulación filosófica cristiana. Aunque no es
menos cierto que hombres de una misma fe sin quebrantos, y sin merma del
acuerdo fundamental, discreparon y en algunos casos no poco, en sus ideas
filosóficas. A este respecto quiero citar tan sólo por un lado al
franciscano Juan de Fidenza, más conocido por Buenaventura (1221-1274); y
por otro lado al dominico Tomás de Aquino (1224-1274). La doctrina del
Aquinatense está llena de equilibrio, y en ella se conjugan armónicamente
lo natural y lo sobrenatural, el orden social y el celeste, el bien común
y el bien privado. En cambio San Buenaventura es el primer gran maestro de
una dirección teológica, filosófica y social muy distinta -por no decir
contrapuesta- a la tomasiana. Frente al naturalismo personalista y
trascendente de Aquino, la postura acusadamente teocéntrica de
Buenaventura puede inducir a una infravaloración de todas las realidades
naturales humanas, en cuanto no son sobrenaturales. Así puede explicarse
que en los escritos del gran Maestro franciscano apenas se preste atención
a los aspectos sociales y económicos; aunque también cabe sostener
evidentemente que tal silencio es debido a que su preocupación era
exclusivamente teológica.
Sea
lo que fuere, la verdad es que a partir de ambos magisterios, el
pensamiento escolástico grosso modo se escinde en dos grandes corrientes:
la tomista, adoptada sobre todo por los dominicos, de orientación aristotélica;
y la franciscana, de orientación platónica. Aunque convenga en primer
lugar insistir en que se trata de una interpretación de carácter general
que admite notables excepciones; p. ej. San Bernardino de Siena, siendo
franciscano, en materias económicas mantiene posturas totalmente
tomasianas. Y advertir en segundo lugar que las respectivas orientaciones
de partida se desdibujarán un tanto al impulso de las transformaciones
filosóficas y socio-económicas que tendrán lugar en los siglos XIV y
XV.
Pido
perdón por detenerme aunque sea en forma tan superficial y breve en estos
aspectos de la primera escolástica, bien conocidos de todos ustedes; pero
me parecía imprescindible para llegar a lo que pretendo. Y es que,
mientras tenía lugar la evolución del pensamiento escolástico en la línea
aristotélica-tomista, desde principios del siglo XIV se desarrollaba la
corriente místico-especulativa, cuya principal figura fue el Maestro
Eckhart (1260-1327), en la que están los orígenes del idealismo
hegeliano. Este movimiento aparece en un momento en que frente a la unidad
imperial comienzan a surgir las nuevas nacionalidades, coincidiendo con la
ruptura entre el poder civil y el papal, puesta de manifiesto en las
enconadas luchas entre Felipe IV el Hermoso, Rey de Francia, y el Papa
Bonifacio VIII; y entre Luis de Baviera y Juan XXII.
La
actuación de este Felipe IV el Hermoso (reinó entre 1314 y 1385) fue
especialmente perjudicial para la corriente liberal, que lícitamente
encuentra su apoyo en el último Santo Tomás, a quien Lord Acton -a falta
del término liberal que alumbrarían los españoles de 1812-, llamaba el
primer whig de la historia. Su reinado marca un cambio en la concepción
de la monarquía, que en contra de las tradiciones feudales de gobiernos
limitados, multiplica su acción directa y omnipresente. “El rey es
Emperador en su reino”, dicen sus Consejeros, los “legistas”,
defensores acérrimos de las prerrogativas reales. Prerrogativas que se
ponen de manifiesto en la lucha contra el Papado, en la destrucción de la
Orden del Temple y confiscación de sus riquezas para el tesoro real, en
las disposiciones contra los mercaderes, y finalmente en la introducción
de levas e impuestos regulares, contra los usos medievales que limitaban
el poder de exacción real gracias al respeto a la santidad de la
propiedad privada.
En
estas circunstancias, la crisis religiosa, con los movimientos pietistas
de beginas y begardos, y la reacción contra la especulación teológica
imperante -excesivamente abstracta y desligada de la realidad-, conducen a
la eclosión, tanto en la Universidad de París como en Oxford, de la
filosofía nominalista, cuyo principal sistematizador fue Guillermo de
Ockham (1290-1349). Este Ockham extrapoló las conclusiones de Duns Scoto
(1266-1308), primer sucesor de Buenaventura, hasta llegar a un relativismo
escéptico, de marcado tinte pesimista.
Scoto
pensaba que el fundamento de la ética es exclusivamente la voluntad
divina; para Tomás de Aquino, en cambio, la ética no queda a merced de
una voluntad divina aleatoria o cambiante, sino que está gobernada por la
ley eterna, inmutable, que expresa la esencia divina bajo la perspectiva
intelectual. Según Scoto, toda la ley moral, en lo que no se refiere a
Dios mismo, depende del puro querer de Dios, el cual sólo está limitado
por el principio de no contradicción. Ockham fue más lejos y afirmó que
la voluntad divina no está condicionada ni siquiera por el principio de
no contradicción; y que por tanto los actos humanos no son intrínsecamente
buenos o malos. Dios no manda hacer lo intrínsecamente bueno y evitar lo
intrínsecamente malo, sino simplemente ser obedecido, pudiendo mandar,
por ejemplo, odiarle, y hacer así que esto sea bueno. Fácilmente se
comprende que una ética de esta naturaleza, trasladada al espíritu
laico, que nace y se expansiona al fin de la Edad Media, debía culminar
en el subjetivismo moral, que sin duda influiría en determinadas
concepciones socio-económicas de la modernidad.
En
el pensamiento precursor de Marsilio de Padua (1275-1343) se observa que
el nominalismo, derivado del fideísmo sobrenaturalista franciscano, jugó
un importante papel en el advenimiento del absolutismo político. Se rompía
el orden medieval europeo, en el marco del cual el Estado se obligaba a
los dictados de la no arbitraria ley natural. Marsilio, que llegó a ser
rector de la Universidad de París, en su famosa obra “Defensor
Pacis”, en la misma línea que su coetáneo Guillermo de Ockham sostiene
por un lado que los mandamientos de Dios son puramente arbitrarios y
misteriosos, incomprensibles en términos racionales y éticos. Y por otra
parte, afirma que el Estado es supremo y debe ser obedecido en todo lo que
mande. Así quedaba destruida la doctrina de Tomás de Aquino sobre la
capacidad de la razón humana para conocer la ley natural como norma de
conducta, por encima de cualquier edicto del Estado, y abierto el paso al
absolutismo estatal del Renacimiento.
La Escuela de Salamanca
Pero
afortunadamente la filosofía realista aristotélico-tomista,
temporalmente eclipsada por el auge del nominalismo ockhamista, resurgió
a partir del primer cuarto del siglo XVI, gracias al magisterio de los
doctores eclesiásticos españoles dominicos, franciscanos, jesuitas o
agustinos, que enseñaron principalmente en Salamanca, Alcalá de Henares
y Lisboa. La doctrina de estos escritores constituye el núcleo de lo que
se conoce como la segunda escolástica o escolástica tardía. Y es de
singular importancia para establecer las relaciones entre economía y
moral en el mundo moderno, progresivamente secularizado.
La
preocupación principal de todos ellos, los maestros españoles, es ética.
Es decir, se sienten en la necesidad de juzgar la actuación de los
negociantes -la clase burguesa que empuja con brío- a la luz de la teología
moral. Pero para hacerlo con fundamento, se dedicarán, más que ninguno
de sus antecesores, a investigar empíricamente y desentrañar el sentido
económico de dicha actuación. Y a decir verdad, lo hicieron con tal
competencia y buen sentido que sus opiniones y sentencias son altamente útiles
para enjuiciar las actuaciones, desde el punto de vista ético, incluso en
el contexto de una economía que desde entonces ha experimentado un gran
desarrollo.
Son
muchos los maestros salmantinos que merecerían ser citados. En aras a la
brevedad, basta señalar en primer lugar a Francisco de Vitoria
(1483-1546), el fundador de la escuela. Y a Domingo de Soto (1494-1570),
Martín de Azpilcueta (1493-1586), Tomás de Mercado (1500-1575), Domingo
Bañez (1528-1604), Luis de Molina (1535-1601), Juan de Mariana
(1536-1624). Y Francisco Suárez (1548-1617), sin duda la última gran
figura de esta escuela, a quien he apelado para introducir el tema de esta
ponencia.
No
voy a entrar ahora en un detallado análisis del hecho hoy plenamente
aceptado de las aportaciones a la ciencia económica de los autores
citados. Ellos -especialmente Martín de Azpilcueta, el doctor navarro-
establecieron la teoría cuantitativa del dinero doce años antes que el
francés Jean Bodin (1530-1596). Ellos, especialmente Tomás de Mercado,
descubrieron la teoría del tipo de cambio basada en la paridad del poder
de compra. Ellos, sin excepción, perfeccionaron la teoría del valor
basada en la utilidad, que llamaban generalmente deseabilidad
-complacibilitas-, anticipándose con eso unos tres siglos a las
aportaciones de Jevons, Menger y Walras. Ellos enumeraron los factores
determinantes del precio de las cosas venales, dejando implícitamente
establecidos todos los elementos necesarios para la formulación de la
teoría de la oferta y la demanda.
Es
evidente que tales datos bastan para otorgar a esta escuela de teólogos y
juristas un lugar destacado en la historia del análisis económico.
Propiedad privada y precio
justo
Sin
embargo, con ser muy importante la aportación salmantina a la ciencia
económica, lo que a nosotros nos interesa es el juicio moral que aquellos
doctores emitieron sobre la organización y la actividad económica. Y a
este respecto hay que decir que todos, siguiendo la argumentación de
Santo Tomás, estuvieron por el derecho natural a la propiedad privada.
Diversos textos de Vitoria (en De iustitia) y de Molina (en De iustitia et
iure) así lo prueban.
Todos
estos maestros se pronunciaron también por la libertad económica,
declarando que el precio moralmente justo es el formado de acuerdo con la
oferta y la demanda, con exclusión de violencia, engaño o dolo, y
siempre que haya suficiente número de compradores y vendedores. Vale
decir, en ausencia de monopolio público, que estos doctores tenían por
un crimen. Vale la pena citar a este propósito, por su frescura y
conocimiento de la realidad, los textos de Tomás de Mercado: “el precio
justo es el que corre de contado públicamente y se usa esta semana y esta
hora, como dicen en la plaza, no habiendo en ello fuerza ni engaño;
aunque es más variable, según la experiencia enseña, que el viento. Y
que si uno trajo mercería de Flandes y cuando llegó a Sevilla vale de
balde, por la gran copia y abundancia que ha, bien podrá guardarla. Mas,
si la vende, no ha de tener cuenta con lo que a él le costó, o costeó
por el camino, sino con lo que ahora se aprecia en la ciudad, porque a
esta variedad y ventura está sujeta el arte del mercader: ahora debe
perder; otro día el tiempo tendrá cuidado de ofrecerle oportunidad y
ocasión de ganar.”
El
propio Francisco de Vitoria, entre otros textos dice: “donde quiera que
se halla alguna cosa venal de modo que existen muchos compradores y
vendedores de ella, no se debe tener en cuenta la naturaleza de la cosa,
ni el precio al que fue comprada, es decir, lo caro que costó y con cuántos
trabajos y peligro. V.gr. Pedro vende trigo; al comprarlo no se deben
considerar los gastos hechos por Pedro y los trabajos, sino la común
estimación. El modio de trigo vale cuatro piezas de plata, y si alguien
lo comprara por tres, ocasionaría una injuria al que vende, porque la común
estimación del modio de trigo es que vale cuatro monedas de plata. Y así,
si el mismo vendedor vendiera más caro el trigo, teniendo en cuenta los
gastos y trabajos, vendería injustamente porque solo debe venderlo según
la común estimación en la plaza, a como vale en la plaza.” Y su
sucesor, Domingo de Soto, defiende el precio de mercado diciendo que una
cosa vale aquello por lo que puede ser vendida, excluida la violencia, el
fraude y el dolo. Es decir, el precio libremente debatido en un mercado en
competencia, palabra que concretamente usa Luis de Molina, cuando dice que
la competencia -concurrentium- entre muchos compradores, más unas veces
que otras, y su mayor avidez, hará subir los precios; en cambio, la
rareza de compradores los hará descender.
Por
esto, todos los doctores de la Escuela de Salamanca miraban la regulación
del precio por parte del Estado con la mayor desaprobación. A este
respecto es incluso llamativa la postura de Martín de Azpilcueta, quien
tajantemente se opone a la regulación del precio, por ser innecesaria
cuando hay abundancia, e inefectiva y dañina cuando hay escasez.
Juan
de Medina es ferviente defensor de la tesis según la cual los que se
meten en negocios han de asumir las pérdidas de la misma manera que
tienen derecho a los beneficios. Y dice que el único caso en que el
negociante debe estar protegido de pérdidas, mediante subsidio estatal,
es cuando tiene que vender a precio fijado por los gobernantes. Con lo
cual aporta un nuevo argumento contra el precio legal: dice que los
subsidios a las empresas perjudican a la sociedad por entero. Y Juan de
Mariana coincide con esta opinión, precisando que quienes temiendo por la
quiebra de sus negocios recurren a la autoridad, como un náufrago a la
roca, intentando aliviar así sus dificultades a costa de la sociedad, son
los más perniciosos de los hombres. Todo ellos, concluye, deben ser
rechazados y evitados con el mayor cuidado.
Justificación del interés
En
relación con el interés, la aportación de los teólogos españoles es
muy importante porque demuestra la evolución del pensamiento escolástico
a la par del desarrollo económico.
Tomás
de Aquino en el siglo XIII, fiel todavía a la concepción del dinero como
bien en sí mismo estéril, había aceptado el interés cuando el dinero
no se presta a un particular sin finalidad específica, sino que se
facilita a un negociante para realización de operaciones comerciales
provechosas; pero había reconocido el derecho a resarcirse del daño
emergente al que se priva de su dinero por prestarlo. Aunque no aceptaba
la justificación del interés por el lucro cesante.
Los
escolásticos españoles del XVI contemplaron el auge del comercio y la
nueva estructura capitalista de la sociedad. Pudieron entender el valor
del dinero en función del tiempo. Y aunque en cierto modo seguían
condenando el interés en sí, acabaron por reconocer los tres títulos
extrínsecos -damnum emergens, lucrum cessans y poena conventionalis- que
en caso de presentarse, justifican con ciertas limitaciones la percepción
de un interés.
Tal
vez la defensa más abierta del interés se debe a un monje menos conocido
y hasta ahora no nombrado: fray Felipe de la Cruz, citado por Alejandro
Chafuen en su libro “Raíces cristianas de la economía de libre
mercado”. De la Cruz, en “Tratado único de intereses” (publicado en
1637) desarrolla con ingeniosos argumentos que el valor del dinero de
presente es mayor que el de futuro, lo cual entraña la aparición del
interés. Demuestra cómo al desprenderse uno de sus haberes, se priva de
todo lo que podría hacerse con ellos. Y dice con gran sentido de la
realidad, que si es sentencia común de los doctores que los que están en
extrema necesidad pueden tomar de lo ajeno para sobrevivir, con más razón
el que tiene dinero y no puede trabajar, puede prestarlo a interés para
ganar aquello que le hará comer honestamente.
Los salarios
El
tema de los salarios fue abordado por los autores salmantinos como un tema
más de justicia conmutativa, no distributiva. Frecuentemente se incluía
como un capítulo dentro de los libros que analizaban los alquileres y
arrendamientos (de locatione). Todo lo que era venta de un factor de
producción se analizaba en el mismo capítulo. Por tal motivo, era muy
coherente tratar allí el tema del salario.
Esta
tradición de tratar los salarios como un tema de justicia conmutativa
puede remontarse, al menos, hasta Santo Tomás de Aquino. Tomás señalaba
que los salarios eran “la remuneración natural del trabajo como si
fuera el precio del mismo”; postura que también adoptaron San
Bernardino de Siena y San Antonino de Florencia, quienes tratan los
salarios como los demás bienes. En esta línea, Luis de Molina remarca
que el salario se determina al igual que los demás precios. Y el más
tardío Henrique de Villalobos, muerto en 1637, piensa que en materia de
salarios tenemos que juzgar de la misma manera en que juzgamos el precio
de los demás bienes.
Para
nuestros escolásticos, la teoría del salario justo descansa en la
voluntariedad y el libre consentimiento, excluyendo todo tipo de fraude o
engaño. En principio la necesidad del trabajador no determina el salario,
así como la necesidad del propietario no determina el precio del alquiler
o del arrendamiento. El salario justo es el que resulta de la libre
negociación entre las dos partes. Aunque resulta interesante la declaración
de Francisco de Vitoria, quien dice que está obligado a la restitución
el patrono que impone un cierto salario al sirviente o criado, aunque éste
no lo acepte; y lo explica diciendo que el acuerdo no fue voluntario
simpliciter, sino que tuvo algo mezclado de involuntario al margen, es
decir, la necesidad, obligado por la cual fue a servirle, porque no pudo más,
por ver que se moría de hambre y no hallaba donde ir. Luis de Molina
reconoce la obligación de restitución, a cargo de los dueños, cuando se
determine un salario menor que el ínfimo acostumbrado en plaza, bien por
ignorancia, coacción o necesidad del criado. Leonardo Lessio, en el último
período de la segunda escolástica, también recurre a la oferta y la
demanda como patrón del salario justo. Incluyendo el caso de aquellos que
querían trabajar para adquirir experiencia y aprender un arte, piensa que
es justo que estos aprendices reciban salarios por debajo del mínimo comúnmente
aceptable.
La
preferencia de los escolásticos de Salamanca por los menos dotados es
clara, como lo prueba el interés que demostraron, y a veces desde bandos
opuestos, por las leyes de pobres, que en su siglo empezaban a
promulgarse. La permanente preocupación de estos autores es por el
bienestar de los trabajadores y de los consumidores. Sus condenas a los
monopolios, los fraudes, la coerción y los altos impuestos estaban todas
dirigidas a proteger y beneficiar a los trabajadores. Pero sin embargo,
nunca propusieron que se estableciera un salario mínimo legal,
convencidos de que un salario por encima del de estimación común
produciría injusticias y desempleo. En cualquier caso, los escolásticos
salmantinos, empezando por Domingo de Soto, nunca consideraron a los
salarios como materia de justicia distributiva, sino conmutativa. Por esto
pensaban que no corresponde a la autoridad determinar cuáles deben ser
los ingresos de los trabajadores.
Tamaño del Estado, gasto
público e inflación
En
cuanto al papel del Estado, la mayoría de los salmantinos que analizaron
las estructuras políticas, consideraron que lo más importante no era
tanto el sistema político o forma de Gobierno, sino más bien los
derechos y las condiciones disfrutadas por los ciudadanos.
Para
estos escolásticos, la sociedad es anterior al poder gubernamental. Lo
afirma Juan de Mariana quien dice: “sólo después de constituida la
sociedad podía surgir entre los hombres el pensamiento de crear un poder,
hecho que por sí solo bastaría a probar que los gobernantes son para los
pueblos, y no los pueblos para los gobernantes, cuando no sintiéramos
para confirmarlo y ponerlo fuera de toda duda el grito de nuestra libertad
individual, herida desde el punto en que un hombre ha extendido sobre otro
el cetro de la ley o la espada de la fuerza.”
La
existencia de Gobierno, por sí misma, significa un límite a la libertad.
Para Mariana este límite era necesario, pero para ser válido debía
estar fundamentado en el consentimiento o voluntad popular: “si para
nuestro propio bienestar necesitamos que alguien nos gobierne, nosotros
somos los que debemos darle el imperio, no él quien debe imponérnoslo
con la punta de la espada.” Como la necesidad de adoptar medidas para
preservar la paz es una de las principales razones para justificar la
existencia de gobiernos, parece apropiado concluir que una de las
principales funciones de un Gobierno legítimo es la de proteger los
derechos de propiedad. Mariana era un crítico acérrimo de notorios
gobernantes de su época, que no respetaron los derechos personales como
es debido.
Ya
en el siglo XVII, Pedro Fernández de Navarrete criticaba el elevado número
de personas que vivían del Estado “chupando como harpías el patrimonio
real, mientras que el miserable labrador está sustentándose de limitado
pan de centeno, y algunas pobres yerbas”. Y dice que gran parte del
gasto público emana de la excesiva cantidad de cortesanos (los burócratas
de los siglos XVI y XVII) y por eso “es bien descargalla de mucha parte
della. No basta con prohibir y estorbar que la corte se hinche de más
gente, sino con limpiarla y purgarla de la mucha que el día de hoy tiene.
Y aunque se juzgue que esta proposición tiene mucho de rigor, por ser las
cortes patria común, es inexcusable el usar deste remedio, aviendo
llegado el daño a ser tan grande y tan evidente.” No resulta difícil
trasladar estas atinadas, aunque duras, reflexiones a la actual situación
europea caracterizada por una hipertrofia enorme del Estado.
De
hecho, el tan citado Padre De Mariana no dejó de advertir que el excesivo
gasto público -tanto entonces como hoy, digo yo- es la causa esencial y
última de la depreciación de la moneda, es decir, de la inflación. Que
es el impuesto más injusto, porque no es aprobado por ningún Parlamento,
y porque afecta principalmente a los menos pudientes. Por otra parte, es
bien conocido el proceso inquisitorial que sufrió De Mariana por criticar
en su De monetae mutatione las manipulaciones del duque de Lerma, bajo
Felipe III, para salir de esa forma de la quiebra del Estado.
Capitalismo y
protestantismo
El
breve repaso que hemos hecho del pensamiento económico de los maestros
salmantinos, al margen de su interés para evaluar la moralidad de la
economía de mercado, aporta una refutación empírica a la teoría de Max
Weber en cuanto al papel exclusivo del protestantismo en la génesis del
capitalismo.
Es
evidente, por lo que acabamos de ver, que los escolásticos de Salamanca,
todos ellos ortodoxos doctores católicos, en lo tocante a la propiedad
privada, al precio de mercado, a la libertad de iniciativa y al papel del
Estado, defienden posturas que claramente se insertan en el espíritu del
capitalismo.
Este
hecho justifica que, entre otros, H.M. Robertson haya podido escribir:
“no es difícil juzgar que la religión que favoreció el espíritu del
capitalismo fue la jesuita y no la calvinista”; aunque esta frase es
incorrecta en su formulación, ya que no existe una religión jesuita, y
sesgada en su apreciación, ya que los escolásticos españoles del siglo
XVI no pertenecían ni exclusiva ni mayoritariamente a la Compañía de
Jesús.
Absolutismo y
mercantilismo
A
lo largo del siglo XVII se expandía en Europa el pensamiento escolástico
español, de raíz iusnaturalista, defensor de la libertad personal y la
propiedad privada, y contrario a la intervención del Estado en aquellos
campos en los que la iniciativa individual se basta. Pero
desafortunadamente, otra corriente, radicada en el nominalismo
voluntarista, iba socavando desde el siglo XVI el sistema de libre
mercado, para imponer un sistema político-económico al servicio del
Estado absoluto, desplazando las instituciones vigentes hasta entonces.
Constituye lo que hoy conocemos con el nombre de “mercantilismo”.
Propiamente
hablando, el mercantilismo no es un sistema de organización económica.
Es más bien un expediente para el sostenimiento del Estado absoluto, que
necesita grandes cantidades de dinero para su política de
engrandecimiento de la nación, frecuentemente a través de guerras. Al
final de la Edad Media, comenzó a aparecer la figura del “burgués”,
que no pertenecía ni al estamento aristocrático ni al eclesiástico,
pero tampoco era campesino. La actividad de la burguesía era negociar,
dedicándose especialmente al comercio, que le proporcionaba abundantes
medios pecuniarios. Apoyándose en ellos, se dedicó a buscar el
ennoblecimiento. El problema fiscal de los Estados de la Edad Moderna, le
brindó al comerciante y negociante sin mucho escrúpulo una oportunidad
dorada. Mientras el Estado absoluto iba asumiendo las atribuciones que
antes tenían los estamentos, los cargos públicos y honores se vendían
por dinero, y el dinero lo tenían los mercaderes burgueses. De este modo,
al convertirse los mercaderes en agentes económicos del Estado, mediante
un pacto entre ambos, nació el mercantilismo: el dinero del burgués y
sus negocios, a cambio de reconocimiento social y político.
El
mercantilismo podría llamarse capitalismo monopolístico de Estado,
basado en la fuerte imposición tributaria, la prohibición de
importaciones y el subsidio a las exportaciones. Era proclive a la creación
de privilegios especiales que implicaban la creación de monopolios por
merced o venta, concediendo el derecho exclusivo, otorgado por la Corona,
de producir o vender ciertos productos, o de operar en determinados ámbitos.
Estas patentes se concedían a los aliados de la Corona, o a aquellos
mercantes o grupos de mercaderes dispuestos a ayudar al Rey en la
recaudación de impuestos. El resultado de estas prácticas, amén de la
privación de las libertades políticas y económicas de los súbditos, no
podía ser otro que el déficit fiscal, la quiebra del crédito público,
la inflación, y con ella, la pobreza de los pueblos.
El mercantilismo en
Francia
El
país donde el absolutismo se implantó más profundamente y alcanzó su cúspide
fue Francia, aunque Inglaterra no se quedó rezagada. El absolutismo francés
se inicia en 1589, con el tránsito de la dinastía de los Valois a la
casa de Borbón. Enrique de Navarra, al subir al trono de Francia como
Enrique IV (1589-1610), se esforzó por recortar el poder de la nobleza y
de las instituciones del antiguo régimen, afianzando el poder real. El
absolutismo del primer Borbón continuó durante la regencia de María de
Médicis (1610-1614), quien se dedicó a comprar con dinero la adhesión
de la nobleza. Y con Luis XIII (1614-1643) y Luis XIV, quien tras la
regencia de su madre Ana de Austria (1643-1661) ocupó efectivamente el
trono desde 1661 hasta 1715.
El
hombre que sentó las bases del absolutismo francés fue Jean Bodin
(1530-1596). Pero el gran artífice del mercantilismo fue Jean Baptiste
Colbert (1619-1683), quien en 1661 -al morir el Cardenal Mazarino- se
convirtió en la máxima autoridad financiera de Luis XIV, el rey Sol,
encarnación del apogeo del absolutismo francés.
Colbert,
a quien Adam Smith convierte en el blanco de sus críticas contra el
mercantilismo, pudo realizar su labor gracias al apoyo de Luis XIV. El Rey
Sol, al igual que su Primer Ministro o todavía más, pensaba que su
propio interés como monarca se identificaba con el interés de Francia,
como lo prueba la famosa frase a él atribuida: “el Estado soy yo”.
Pero cabe destacar y subrayar que esta situación pudo mantenerse a lo
largo de casi dos siglos porque los distintos estamentos del país no sólo
la aceptaron sino que la aplaudieron y apoyaron.
Un
botón de muestra de esta apología del absolutismo lo hallamos en la
postura del mundo eclesiástico, cuyo exponente puede muy bien ser el
famoso orador sagrado Jacques Benigne Bossuet (1627-1704), obispo de Meaux
y teólogo oficial de la corte de Luis XIV. Para Bossuet todo el Estado se
halla en la persona del príncipe, y en él está la voluntad de todo el
pueblo. En consecuencia, Bossuet pensaba que el absolutismo era un bien, y
que no debían existir más límites al poder del soberano que los que él
mismo estableciera. De esta forma Bossuet llegaba casi a divinizar al rey
absoluto.
Si
comparamos esta doctrina de Bossuet con la que, alrededor de 1600,
sostuvieron los escolásticos salmantinos, en relación con la política,
es evidente que el pensamiento eclesiástico se había degradado
notablemente, en menos de un siglo.
El mercantilismo en España
En
España, el mercantilismo se inauguró durante el reinado de Felipe II
(1556-1598), dos años después de su llegada al trono. Tras su primera
bancarrota, el Contador del Reino, Luis Ortiz, dirigió al rey un Memorial
en el que se hacía un balance muy negativo de la economía española, y
se proponían diversos supuestos remedios para mejorarla. Estos remedios
consistían en síntesis en proteger las manufacturas españolas mediante
dos clases de prohibiciones: una encaminada a evitar que las materias
primas salieran del país, y otra a impedir que las mercancías
extranjeras entraran en el nuestro. Estas medidas -en la línea típicamente
mercantilista-, explican que Luis Ortiz sea comúnmente considerado como
el primer mercantilista español. Se abre un período de más de dos
siglos, en el cual el mercantilismo se extendería dominante, prácticamente
hasta las Cortes de Cádiz de 1812, el portillo por el que el liberalismo
económico -o si se quiere la economía clásica-, entró en nuestro país.
Sin
embargo, en estos dos siglos y medio en España el mercantilismo convivió
primero con la escolástica, situación que duró hasta mediado el siglo
XVII; y al final del período dicho -a partir de mediados del siglo
XVIII-, el mercantilismo español convivió con la Ilustración.
Entre
los mercantilistas de la primera época, que coincide con la depresión
económica, después de Luis Ortiz, es de justicia citar a Martín González
de Cellorigo (1600), Sancho Moncada (1619), Pedro Fernández de Navarrete
(1626), y Francisco Martínez de Mata (1650), quienes insistieron en la
recomendación de las mismas recetas mercantilistas. El agotamiento económico
de España se puso especialmente de manifiesto a lo largo del reinado de
Carlos II, último monarca de la Casa de Austria. En los 35 años en los
que permaneció en el trono, el pensamiento económico español de clara
inspiración colbertista, se manifestó en la producción literaria de
algunos economistas, en línea mercantilista, incluso con ribetes de un
cierto colectivismo, como se comprueba en los memoriales que Alvarez
Osorio dirigió al rey entre 1686 y 1691. En 1700 fallecido sin sucesión
Carlos II, y la corona recayó, por disposición testamentaria, en Felipe
de Anjou, hijo del Delfín Luis y María Ana de Baviera, nieto de María
Teresa, la hermana de Carlos II.
Y
ya asentada en el trono de España la dinastía borbónica -en la persona
del que pasó a ser Felipe V (1700-1746), no sin dificultades solventadas
por las armas con apoyo de Francia-, el pensamiento económico, centrado
en la búsqueda de las condiciones adecuadas para asegurar un ciclo que se
esperaba de recuperación, siguió en la línea mercantilista. Con las
figuras de Jerónimo Uztariz (1620-1732) y de Bernardo de Ulloa, quien en
1740 publica el “Restablecimiento de las fábricas y comercio español”,
considerado como el último gran texto del mercantilismo en nuestro país.
La Ilustración
Bernardo
Ward fue un economista irlandés afincado en España, que desempeñó
diversos cargos públicos relevantes al servicio de Fernando VI
(1746-1759). Ward podría significar la transición del mercantilismo,
aunque sin dejar de ser tal, hacia el pensamiento ilustrado. Su obra más
importante es el “Proyecto económico”, concluido en 1762 y publicado
en 1779. Aunque hay matices. Pedro Rodríguez de Campomanes (1723-1803),
el economista de Carlos III (1759-1788), se declarara discípulo del
mercantilista Uztariz; pero propone sin embargo volver a la libertad de
comercio que existía antes de 1543 -en tiempos de Carlos V-, y “que tan
favorables resultados produjo”. Pedro Campomanes no obstante publicó
-anónimamente pero a través de cauces oficiales- sus más divulgadas
obras económicas, en las que su mercantilismo le condujo al planteamiento
absolutista y regalista que pasado el tiempo se ha calificado como
“despotismo ilustrado”, característica del reinado del tercer monarca
Borbón.
En
la línea de mercantilismo abierta por Campomanes se sitúa el cultivador
de la nueva agronomía, aunque no fisiócrata, Pablo de Olavide
(1725-1802), el intendente de Sevilla. En su tertulia y biblioteca Melchor
Gaspar de Jovellanos (1744-1811), durante su estancia en la capital
andaluza, vio despertar su interés por la economía. Jovellanos,
arquetipo del ilustrado español, puede calificarse a juicio de muchos
eminentes autores como el mejor economista de su tiempo. Así lo demuestra
su extensa obra escrita, y en especial el “Informe de la Sociedad Económica
de esta Corte Real y Supremo Consejo de Castilla”, en el expediente de
Ley Agraria.
Según
el estudio de John H. Polt, citado por el Profesor Fuentes Quintana, el núcleo
de los conocimientos de economía en los escritos de Jovellanos está
integrado por tres principios básicos e interrelacionados, que son: a) el
principio del propio interés; b) el reconocimiento de los derechos de
propiedad privada; y c) la afirmación de las libertades económicas. Esta
coincidencia con las ideas del sistema smithiano, permiten afirmar, dice
Polt, que Jovellanos avanzó más allá del “liberalismo” todavía
mercantilista de Campomanes. Especialmente después de descubrir “La
riqueza de las naciones” (que leyó varias veces) se movió más y más
en la dirección del hoy llamado liberalismo clásico.
Con
la muerte de Carlos III en 1788, acaba en España la época que pretendía
combinar el despotismo con la Ilustración. La vía abierta por Jovellanos
da paso a la última generación de los economistas lustrados, más
proclives al constitucionalismo, tales como Valentín de Foronda
(1751-1821), Francisco de Cabarrús (1752-1810), Vicente Alcalá Galiano
(1758-1810) y José Alonso Ortiz (1755-1815). Cabe decir que a pesar de
conocer todos las nuevas corrientes del pensamiento económico europeo,
ninguno de estos mencionados autores -salvo el último, José Alonso
Ortiz- se esforzó como había hecho Jovellanos en recomendar las reformas
liberales que de acuerdo con el pensamiento de Adam Smith convenían a
España.
La
difusión del pensamiento smithiano en España se enfrentó con numerosos
obstáculos. Las autoridades de la Inquisición no fueron capaces de
entender aquello del interés propio racional -que no es egoísmo- en que
el profesor de Filosofía moral de Glasgow basa, esencialmente, la riqueza
de las naciones y el bienestar de los ciudadanos. El recién citado José
Alonso Ortiz, en su afán de impulsar la libertad económica, tradujo al
castellano “La riqueza de las naciones”. Pero vio esta traducción
censurada por el Santo Oficio y la Real Academia de la Historia.
El liberalismo español
El
advenimiento de Carlos IV -a la muerte de Carlos III- coincide con la
Revolución Francesa (1789). Las repercusiones ideológicas de la Revolución,
tras el motín de Aranjuez (1808), provocaron la abdicación del incapaz
Carlos IV, y el advenimiento del azaroso reinado de Fernando VII. Este último
fue caracterizado por una continua pugna entre los principios
constitucionales que el rey aceptaba cuando no tenía más remedio, y la
reacción absolutista, que imponía cuando podía imponerla. En el pleno
fragor de la guerra de la Independencia -que empezó en 1808 contra la
invasión de Napoléon Bonaparte-, en 1810 se reunieron las Cortes de Cádiz,
expresión de la revolución liberal española. Sus elevados principios
fueron recogidos en la Constitución de 1812, una de las más complejas
proclamaciones teóricas del liberalismo europeo.
Pero
esta Constitución, por utópica realmente inaplicable, se derrumbó al
regreso de Fernando VII en 1814. El pensamiento liberal español -aunque
con el paréntesis del trienio constitucional (1820-1823)- tuvo que
esperar a la muerte del monarca en 1833. Se impuso por fin por espacio de
un siglo, aunque con agrias e interminables disputas internas entre
liberales, y con sus altibajos en el nivel de intervencionismo estatal.
No
voy a cansarles a Uds. con la enumeración de los economistas que
aportaron su contribución a la política practicada a partir del reinado
de Isabel II. Entre ellos ha habido ejemplos preclaros del pensamiento
liberal. Pero la verdad es que incluso en los momentos en que las
libertades triunfaban en el orden constitucional y gubernativo, eso no
aportaba una verdadera libertad económica. La verdadera tradición
liberal española -de raíz iusnaturalista-, representada por la Escuela
de Salamanca, imperante durante nuestro Siglo de Oro en el apogeo político
de España, terminó por esfumarse, coincidiendo con la postración económica
y política del país.
Perdida
la esencia del pensamiento salmantino, los partidos que se llamaban
liberales o progresistas eran sobre todo y en esencia anticatólicos. Se
enfrentaron duramente con la Iglesia; y mediante procedimientos llamados
de desamortización, se apoderaron de los bienes eclesiásticos en
beneficio del Estado. Y ello para atender a las crecientes necesidades
financieras de los Gobiernos -metidos siempre en guerras con los carlistas
que no aceptaron a Isabel II-; y para enriquecer a los que querían atraer
al “progresismo”. Todo lo cual es más propio del mercantilismo que
del liberalismo.
A
los fines de mi intervención me parece importante recordar que la
Independencia de las colonias americanas -entre 1810 y 1826- tuvo lugar
cuando en España lo que todavía primaba era la monarquía absoluta en la
política y el mercantilismo en la economía. Desgracia fue que al
independizarse -al revés de lo que cincuenta años antes habían hecho
las colonias inglesas, que crearon un nuevo orden liberal-, los
independentistas hispanoamericanos, mirando a la metrópoli de la que con
tanto afán se separaban, organizaron sus nuevas naciones manteniendo la
estructura político-económica de la España mercantilista, con los
consiguientes monopolios y privilegios en manos de las clases dominantes.
Esta
situación, con escasas excepciones, se ha mantenido hasta el día de hoy.
La mayoría de los países hispanoamericanos se han visto dominados, a lo
largo de los años, por grupos de intereses, continuamente o en forma
rotativa asentados en el poder. Y con el agravante de las periódicas
perturbaciones del orden gubernamental y los desafortunados experimentos
de raíz socialista o constructivista. Ello ha supuesto la permanente
exclusión de las verdaderas libertades políticas y económicas que estos
países hubieran necesitado para su desarrollo.
Pero
nunca es tarde para reaccionar. Tras el fracaso del modelo mercantilista,
socialista y constructivista, los países de América Latina pueden
aprovechar el fenómeno de la globalización, del que ya se ha hablado
esta mañana. Pueden reaccionar, intentando seguir el camino que en el
Siglo XVII tomaron los Peregrinos del Mayflower.
Pero
eso será una vez que, y espero haya quedado claro, se comprenda que no
hay nada que se oponga entre el pensamiento liberal, bien entendido, y el
pensamiento cristiano.
(*)
Profesor y banquero español, recientemente fallecido.